Ciudades

Portadores alteños de VIH sufren discriminación, incluso homicidios

La discriminación en contra de personas con  VIH es de tal magnitud en El Alto, que la Policía reportó el caso de un joven que fue asesinado cuando reveló que portaba el virus

Desinformación. Una mujer portadora del VIH contó que en el hospital donde dio a luz, las enfermeras se pusieron hasta tres guantes para atenderla.

Desinformación. Una mujer portadora del VIH contó que en el hospital donde dio a luz, las enfermeras se pusieron hasta tres guantes para atenderla. Wara Vargas.

La Razón / Miguel Rivas / El Alto

01:51 / 29 de julio de 2013

La discriminación en contra de las personas que viven con el VIH llegó al extremo de segar la vida de un enfermo en El Alto. El 23 de julio, la Policía levantó de una avenida el cadáver quemado de un joven de 26 años que era portador del virus. Un integrante de una organización Lésbica, Gay, Bisexual y Transexual (LGBT) de esta ciudad relató lo sucedido a Sergio. Dijo que la víctima era gay y que antes del deceso viajó a los Yungas junto con algunos amigos. Allí ingirió bebidas alcohólicas y tuvo relaciones sexuales con una persona. Tras esto y turbado por el alcohol, reveló que era portador del VIH.

“Esto provocó la ira de los que estaban cerca, porque incluso habría un tercer involucrado (en las relaciones íntimas). Fue golpeado y degollado”, relató el joven.

Aparentemente, el autor o autores del asesinato intentaron borrar las evidencias, ya que quemaron el cuerpo, lo introdujeron en una bolsa de yute y lo abandonaron en la avenida Julio César Valdez de El Alto, donde el 23 de julio lo encontró la Policía. Esta entidad aún investiga el hecho, pero una de las hipótesis que maneja es que la víctima de 26 años fue eliminada por ser portadora del VIH, como informó el coronel Ramiro Magne, director de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen (FELCC).

De acuerdo con la indagación policial, Sergio salió de su domicilio, donde vive con su madre, el 11 de junio. Entonces, dejó dicho que se dirigía a Chulumani para ir a pasear con sus amigos. Al día siguiente, el infortunado llamó a su madre para comunicarle que ya había llegado a esa localidad.

El 20 de ese mes, su mamá llamó al celular de su hijo para saber qué había sido de él, pero  le contestó otra persona. Ésta le dijo: “Señora, salimos todos el sábado (16 de junio) de Chulumani, nadie se quedó”.

Esto alertó a la progenitora y su familia y empezaron a buscarlo, lo reportaron a la Policía y tres días después lo hallaron en la morgue. Para  la representante de la Red Boliviana de Personas que Viven con el VIH/Sida en Bolivia, (RedBol), Gracia Violeta Ross, no hay muchas dudas. “No me sorprendería que lo hayan matado por revelar que tenía VIH”, sentenció al respecto.

“La discriminación en este tipo de casos es fuerte y conozco de muchos hechos en los que no sólo las personas LGBT son golpeadas, sino también aquellas que declaran, se sinceran y dicen que son portadoras del virus”, indicó.

La Razón logró entrevistar a personas con VIH que relataron lo difícil que fue informar a sus familiares y amigos que eran portadores del virus. “La discriminación es permanente y en contra de nosotros se ejerce una presión psicológica. A otros les tocó vivir en medio de violencia física”, manifestó Ricardo tras revelar que a su amigo Leonardo lo golpearon en su casa después de que les dio a conocer su situación.

“Su papá lo agarró a patadas, le dijo que era gay, aunque no lo es. Se desquitó a golpes, le dio puñetes en la cara y lo insultó mientras lo hacía. Él llegó al hospital inconsciente y dijeron que fue asaltado, nadie hizo nada en contra del agresor y Leonardo no se animó a denunciarlo porque se lo pidió su madre”. Las nueve personas que entrevistó este medio coincidieron en que fueron discriminadas por su entorno familiar, de amigos o laboral o que tienen miedo de dar a conocer su situación y que por eso la mantienen oculta.  

Hay 300 casos anotados

Según representantes de la Red Boliviana de Personas que Viven con el VIH/Sida en Bolivia (RedBol), regional El Alto, en esta ciudad existen 300 casos registrados de individuos que portan el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH)   y que por cada uno de ellos existen otros diez que no se reportaron. Así, serían 3.000 los infectados con este virus en esa urbe.

Cada vez, más mujeres infectadas

El número de mujeres portadoras del Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH) en El Alto se incrementó en los últimos años hasta equipararse al de los varones infectados. La representante de la Red Boliviana de Personas que Viven con el VIH/Sida en Bolivia (RedBol), Gracia Ross, aseveró que desde su aparición, en 1985,  la relación era de una mujer enferma por cada diez varones. 

Hace diez años, la relación era de tres hombres por cada fémina, y en la actualidad el número de mujeres afectadas creció de tal modo que el número se ha equiparado: por cada varón hay una de ellas portadora del VIH.

“La cantidad de madres va en aumento, esto se debe a que sus parejas tienen relaciones sexuales sin la protección adecuada con otras personas, lo que es causante de la transmisión”. Por lo menos, el 90% de las contaminaciones con VIH se da por sostener relaciones sexuales sin protegerse, 6% por vía sanguínea y el restante 4% por vía perinatal cuando una madre infectada pasa el virus a su hijo.

‘Tengo miedo de avisar a mi familia’: Rubén (24). Es estudiante y trabaja

“Hace tres años me diagnosticaron que tenía VIH, en 2010. Saberlo me deprimió mucho y hasta la fecha no logro decirles a mis papás lo que estoy viviendo, por miedo a su reacción. La única información que tenía era que este mal no era curable y pensé que iba a morir pronto. Mis medicamentos los dejo en la casa de mi vecino, un amigo mío, porque si los dejo en mi casa, mi mamá se puede enterar y no sé qué reacción podría tener al respecto.

Me senté muchas veces en la mesa a hablar sobre este tema sin decirles que me contagié. Mi meta es decírselos en algún momento, pero la reacción de ellos ante esta enfermedad es negativa, piensan que sólo la tienen los maricones. Esto sonó muy despectivo y me acordé cómo otras personas sufrieron maltrato y callé.

Hace menos de dos años, uno de los líderes que conocí en uno de los grupos de personas que viven con VIH, se puso mal, fuimos a su oficina y avisamos de su situación. Su jefe le dio la espalda y lo retiró del trabajo. En el hospital la atención era deficiente porque tenía el virus, murió poco tiempo después con cáncer en la cabeza y discriminado”.

‘Mi esposo y psicóloga me humillaron’: Cecilia (28). Es madre de familia

“Intenté lanzarme del puente. Un día de 2004 me enteré que tenía VIH y mi autoestima bajó mucho. En el centro de salud me derivaron a una psicóloga, que tomó una actitud negativa hacia mí. Me dijo: Tienes VIH y debe ser porque hiciste algo malo. Eso me avergonzó mucho.

Yo he tenido una sola pareja. Mi esposo me abandonó porque se enteró de que yo tenía el mal, me insultó y me dijo que yo había estado con muchos hombres, me trató de prostituta. Me dijo cosas muy desagradables que me dejaron llorando. Luego le dije que pudo haber sido él quien me contagió porque nunca tuve otra pareja. Eso me costó una cachetada, un jalón de cabellos, además de lanzarme al piso.

Estuvo distanciado por una semana, me hizo sentir que yo era la culpable, le pedí disculpas, y no me hablaba. Un día le dije que quería conversar, pensé que se había calmado. ‘Yo no tengo nada que hablar con una ramera’, fue lo que me contestó.  Estaba a punto de golpearme otra vez, pero me metí bajo la mesa como pude. Mi matrimonio cambió, se destrozó, pero me quedan mis hijos, que saben lo que tengo y me apoyan”.

‘Me gritó y  me sentí una basura’: Mauricio (27). Estudiante en la UMSA

“He tenido el apoyo de mi madre desde un principio, pero mi padre ha reaccionado de maneras diferente. Recuerdo que me hice la prueba del VIH como si fuera un juego y pensando que nunca iba a salir positivo. Eso fue hace cuatro años. Tardé un mes en decirles en mi casa. Primero a mi mamá, que se puso a llorar desconsoladamente. Al principio íbamos al médico con ella, incluso tenía la esperanza de que fuera una confusión, pero no fue así.

Acordamos avisarle a mi papá. Llegó del trabajo, cerca de las 21.00, se sentó a la mesa y cenó. Luego le dijimos que queríamos hablar con él. Hasta ahora me sorprende cómo recibió la noticia, pues mi padre nunca fue agresivo y siempre hablaba; pero esa noche me gritó, me insultó. Mi madre trató de calmarlo, pero eso lo exasperó más. Se acercó y me dijo que era una basura.

Quizás debí enfrentarlo, pero me eché a llorar porque en ese momento sí me sentía una basura. Sus palabras me hicieron sentir que era un ser humano despreciable. No me habló durante un año; luego, un día me preguntó cómo estaba, pero ya no era  lo mismo”.

‘Se colocaron tres guantes’: Raquel (27). Ama de casa casada

“Estaba embarazada y me dijeron que todas las mujeres deben hacerse la prueba de VIH antes del parto. Lo hice y salió positivo, no lo creí pero me lo confirmaron. Luego me explicaron que yo debía hacerme una cesárea. Cuando estuve en el hospital, el día que di a luz me aislaron, no me pusieron en un cuarto con las demás mamás; no parecía una sala de hospital, más bien era como un depósito con camilla, un lugar frío y oscuro.

La enfermera que vino a atenderme se puso tres guantes. ‘No vaya a ser que me contagies’, murmuró, aunque yo sólo sentía dolores fuertes por el parto. Nació mi hijo, pero sentí que nadie quería acercarse a mí. Dos enfermeras entraron donde me hallaba después del parto y una le dijo a la otra: ‘Yo no le tomaré la presión, hazlo tú, me da no sé qué (hizo un gesto de asco)’. Me sentía deprimida.

No querían que me acerque a mi hijo, les pedí poder verlo y me dijeron que era mejor que el niño se quede en otra sala para que esté protegido. Me quejé a un doctor que dijo que haría algo al respecto, pero no volví a verlo.  Salí del hospital con mi hijo en brazos y sin ayuda”.

‘Ya no hablo con mi papá ni hermanos’: Cecilia (28). Trabaja en una consultoría

“Si hay algo que me viene a la mente cuando me preguntan sobre cómo me enteré de que era portadora del VIH, es mi casa y la reacción de mis hermanos y mi papá, que fue muy negativa. Mi madre murió cinco años antes, quizás ella me hubiera apoyado. Ahora vivo sola. Recuerdo que decidí no avisarles en casa, soy la única mujer y tengo tres hermanos.

Una tarde, le conté a mi enamorado que tenía VIH y que sería bueno que él se haga las pruebas. Eso desató su ira y me gritó, terminó conmigo y nunca más lo vi. Llegué a mi casa y me puse a llorar porque realmente lo amaba. Mi hermano mayor llegó después, me vio llorando y me preguntó qué pasaba; mientras le contaba llegaron mis otros hermanos y mi papá, y todos reaccionaron igual que mi enamorado. Eran cuatro hombres enojados, insultando, cuestionando, diciendo que yo tenía relaciones con todos lo que quería y podía; incluso me preguntaron si había trabajado en un lenocinio. Mi papá me dijo que no era bueno que me quede en casa. No me golpearon, pero sus palabras fueron más hirientes.  Ya no hablo con ellos”.

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