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Tuky: ‘Me salí porque casi me mata una pandilla enemiga’

Es un joven que integró una pandilla y que da detalles del accionar de esos grupos

Recreación. Las pandillas de El Alto usan armas blancas en contra de sus víctimas o enemigos.

Recreación. Las pandillas de El Alto usan armas blancas en contra de sus víctimas o enemigos. Foto: Archivo Alejandro Álvarez

La Razón / El Alto

13:04 / 05 de diciembre de 2011

Tuky, que se hizo llamar así en alusión a un pandillero famoso, accedió a contar a La Razón su experiencia como integrante de una pandilla durante ocho años, a condición de ocultar su nombre.

Relató que para acceder a ese grupo tuvo que superar una prueba. Le dieron dos opciones: golpear a un Policía o robar en el centro de la ciudad de El Alto. Él optó por la segunda prueba.

“Es verdad que uno se hace al rudo y pretende demostrar cuán fuerte es. Yo la verdad no lo era, apenas tenía 14 años y los policías eran grandes para mí o por lo menos más fornidos. Era una situación huasa (dura) a la que había que atreverse. Llegue a la Ceja acompañado por tres amigos más y me vieron desde una pasarela. Al principio me sudaban las manos, pero luego me decidí. Vi a una señora con una cartera, se la jale y corrí lo más rápido que pude, no se si gritaron o no, me escape y dos horas después estaban celebrando mi ingreso”.

Explicó que las pruebas no se hacen el primer día en que te unes a ellos, sino poco a poco, mientras te van conociendo. Para algunos es un proceso de moldeaje y de evaluación. Dijo que para las mujeres existen otro tipo de pruebas que incluyen las sexuales o consumo de drogas y robo.

Una vez adentro, se endurecen las experiencias. “Eres un chango de pelotas (valiente), por eso te buscan y vas aprendiendo cosas que antes no hacías: peleas, te haces golpear, tomas, fumas, te drogas, tienes sexo con más de una chica del grupo, si es que éstas o no estás con pareja. Poco a poco las cosas van subiendo de intensidad”.

Aseguró que dos años después de su ingreso, empezó a portar armas blancas, las que utilizó en muchas oportunidades contra jóvenes de otras pandillas y así se ganó enemigos.

“He golpeado, he metido punta (navaja) e incluso llegue a utilizar fierro (pistola), pero nunca he disparado en contra de alguien, sólo era para hacer asustar. Lo que sí hicimos, en muchas oportunidades, era ir a fierrear (disparar) en la pampa y practicar con  latas de cerveza, que eran el blanco”.

Pero sus hazañas tuvieron sus consecuencias, como quedar preso durante un año por robo y por agresiones graves. “Era una tienda, quisimos sustraer el dinero y apareció el dueño. No había otra opción, ese momento lo golpeamos y salimos corriendo, pero nos encontraron a las cuatro horas”.

Hace un año y medio vivió la experiencia que lo hizo desertar. Fue golpeado por un grupo de jóvenes, con los que antes había chocado, y tuvo que ser internado en el hospital. “Me rodearon, me golpearon, me dijeron de todo y me recordaron los golpes anteriores”.

“Cuando desperté apenas podía ver con un ojo, el otro estaba cerrado por la hinchazón, pero mi madre estaba allí llorando, no tengo padre soy huérfano desde los cinco. El dolor de mis fracturas y moretones no fueron nada con el llanto de mi mamá...”, (silencio, agacha la cabeza y hace 0fuerza para no llorar también)”.

Y prosiguió para contar su decisión de alejarse: “Me salí porque casi me mata otra pandilla y con ello yo a mi madre, ahora estoy alejado, sigo siendo amigo de ellos (de la pandilla), pero me estoy dedicando a otra cosa”.

La lealtad es lo principal

“Ser pandillero es ganarse enemigos, a veces dentro y más aún afuera, pero considero que en la pandilla hemos tenido mucha lealtad. Se que si traicionas a tus amigos puedes pagar hasta con tu vida”.

Defensoría con 96 casos

La Defensoría de la Niñez y Adolescencia (DNA) de El Alto atendió, de enero a octubre de 2011, 96 caso en los que adolescentes de 16 años se vieron involucrados en actos ilícitos.

Ana María Callisaya detalló que del total, tres están directamente ligados a la participación de adolescentes en pandillas.

“Dos son de 16 años y uno de 15, todos varones, los mismos que han sido identificados como miembros de pandillas juveniles con antecedentes”.

Los restantes 93 casos corresponden a adolescentes en conflictos con la ley y que guardan relación con la participación en grupos o en actos influidos por esas agrupaciones.

Entre los delitos cometidos por ellos se tienen: parricidio,  violación, lesiones graves y robos.

Los menores de 16 años involucrados en estos hechos son ayudados por la Defensoría, pero los mayores de edad son imputables y pueden ser sancionados.

Surgen en colegios y barrios

Las pandillas surgen en los colegios y en los barrios. Sus actividades iniciales son consideradas como travesuras y luego se derivan a hechos delictivos porque no reciben sanciones.

El sociólogo Iván Nogales, que dirige el centro de Teatro Compa Trono, explicó que en el país somos susceptibles a ser influidos por las culturas foráneas, que es de donde se aprenden las formas de organización y actuación, y los ritos de iniciación.

La proliferación de este tipo de grupos juveniles, dijo, demuestra que existe una ausencia del Estado, que debería tener vínculos más cercanos con la población.

La psicóloga Sofía Claure indicó que las principales causas por las que los jóvenes y adolescentes se involucran en una pandilla son: el abandono familiar o moral, desempleo, violencia social y familiar, pobreza, marginación, exclusión social y falta de oportunidades.

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