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Villa Tejada Alpacoma era al inicio un abrevadero de alpacas

Alpacoma es una voz aymara que en español significa bebedero de alpacas. Ésos son los orígenes del barrio que el 26 de diciembre sufrió un deslizamiento 

Problemas. Una vista de la quebrada deslizada y de la avenida Panorámica que está en riesgo de perderse en Villa Tejada Alpacoma.

Problemas. Una vista de la quebrada deslizada y de la avenida Panorámica que está en riesgo de perderse en Villa Tejada Alpacoma.

La Razón / Miguel Rivas / El Alto

00:04 / 15 de enero de 2012

Un bebedero de alpacas, eso era Tejada Alpacoma hace 45 años,  cuando por allí pasaban corrientes de agua que eran aprovechadas por los camélidos que pastaban por la zona. Manuel Espejo Quispe, expresidente de esta zona, mencionó que el nombre de este barrio tiene dos raíces: “Una se debe al dueño, el hacendado Vicente Tejada, quien vendió los terrenos a las personas que necesitaban un espacio para construir sus viviendas, y la otra es la fusión de dos palabras en aymara: alpacha (alpaca) y umaña (agua o vertiente de agua), por lo que los primeros habitantes le llamaron bebedero de alpacas”.

Espejo recordó que a 500 metros del borde del barranco existía  una pequeña laguna, camino hacia el municipio de Achocalla, sector que era aprovechado por los pastores de alpacas.

Según el vecino, cada día aparecían por allí entre 30 y 50 alpacas provenientes de diferentes lugares, acompañadas por sus dueños, para pastar y beber agua. Algunos de ellos procedían del altiplano y otros de Achocalla. Los primeros habitantes de la zona aparecieron en 1969 y Tejada Alpacoma fue fundada dos años más tarde, en 1971. Entonces, no existía ni luz ni agua y tampoco se contaba con alcantarillado sanitario ni pluvial.

El vecino relató que los terrenos que se extendían desde Villa Dolores hasta Tejada Alpacoma le pertenecían a Vicente Tejada padre. “En honor a su esposa, la señora Dolores, es que existe el nombre de ese barrio Villa Dolores. Lo mismo que los demás barrios, Tejada Rectangular y Tejada Triangular, que fueron creados en honor a su propietario”.

En los primeros años, el barrio contaba con 124 familias con un promedio de cinco integrantes cada una, por lo que lo habitaban alrededor de 620 personas. En la actualidad, existen 450 lotes con un aproximado de 2.250 vecinos. Quienes llegaron hace más de 40 años explican que los terrenos eran baldíos y que el lugar que se deslizó tenía árboles.

“Este terreno era lindo y no había ni basura, la gente llegaba de otras zonas para pasar un fin de semana en familia e incluso cerca de las ladrilleras (a 300 metros hacia abajo) se hacían competencias de motocross”, comentó Alejandra Quispe. Los vecinos indicaron que el deslizamiento del 26 de diciembre, cuando se perdieron 20 metros de la plataforma, no fue el único. Los derrumbes se producen desde hace 30 años, debido a que las autoridades no realizaron trabajos definitivos de estabilización.

Según el presidente de este barrio, Martín Canaviri, si los culpables fueran los vecinos, los deslizamientos no ocurrirían sólo en épocas de lluvia. “Se está tratando de inculpar a los vecinos para eludir responsabilidades. Aquí no hubo una buena gestión de ninguna autoridad y eso debe ser reconocido y asumido por el municipio, EPSAS y la misma Gobernación”

Los desmoronamientos más significativos se suscitaron en 1981, 1991, 2010 y 2011, también en épocas de lluvias. Desde el primer incidente hasta la fecha, Tejada Alpacoma perdió 150 metros de plataforma, de modo que las casas quedaron a 20 metros del barranco.

“Se tenía un lugar más amplio, ahora dista sólo 20 metros del borde. Pero ya conozco a mi cerrito. Sé cuándo estamos en problemas o cuándo no”, comentó la señora Laura Beltrán.   Manuel Espejo relató que la avenida Panorámica fue ocupada por asentamientos de modo que fue reducida de sus 40 metros originales a tan sólo los 20 que ahora tiene.

La zona está en alerta naranja

El 26 de diciembre se produjo un deslizamiento de 15 mil metros cúbicos de tierra debido a las intensas precipitaciones pluviales. Tejada Alpacoma fue declarada en alerta naranja,  debido a que se identificaron a  16 viviendas que estaban en riesgo de desplomarse, pues la quebrada ahora está a sólo 200 metros del borde deslizado, cuando antes estaba a 150 metros. Las casas serán expropiadas.

Antes había siembras y árboles

Rosa Paya aseguró que fue la primera habitante de Tejada Alpacoma hace 45 años, cuando allí sólo existían sembradíos y arbustos. “Aquí sembraron papa, cebada y otras verduras, no había luz, agua (alcantarillado), nada de lo que ahora se puede tener. Fue en 1973 que se instalaron las primeras piletas públicas”, recordó. Llegó acompañada sólo con su marido, con quien levantó parte de lo que ahora es su vivienda, la que no dejará pese al anuncio municipal de expropiar las viviendas afectadas por el deslizamiento.

Paya recordó: “Antes esto se parecía al paraíso, con mucha vegetación, niños corriendo y felices, algo que ahora no se puede ver por temor de acercarse al  barranco. “Cuando llegamos, en un principio dijimos que nunca nos iríamos, y eso vamos a hacer: quedarnos en este lugar porque hay muchas cosas que hemos vivido aquí, buenas y malas”, sentenció la anciana parada en la puerta de su casa.

Historias de barrio

‘Mi marido hubiera querido quedarse’: Rosa Paya. Ama de casa

Después de preguntarle cuál es el valor sentimental de su vivienda, la vecina respondió: “Aquí estuve con mi marido, con él hemos construido esta casa y hemos tenido tres hijos: dos mujeres y un varón. Si él estuviera aquí, se quedaría y pelearía por quedarse porque esto nos ha costado mucho. No sólo hablo de lo material. Mis hijos han nacido aquí, he sufrido con ellos cuando se enfermaban y no había forma de llevarlos a un hospital o posta sanitaria por la distancia y el lugar. Lo que más tristeza nos da es saber que él ya no está, se enfermó y en una semana su salud se ha deteriorado. Después, una mañana, ya no aguantó más y falleció, nos dejó con esto mismo que habíamos soñado. Sé que este mismo hecho ha marcado la vida de mis hijos a los que he visto crecer. Me acuerdo de los primeros pasos de cada uno de ellos y de que les gustaba llegar a la puerta de calle para mirarla. El barrio creció con ellos. A mi memoria llega el hecho de que una de mis hijas se acercó  un día y me dijo que le daba pena que su papá no esté aquí”.

‘Mi infancia la he vivido en este lugar’: Marco A. Monasterios. Cerrajero

Vive en Tejada Alpacoma 28 años de los 35 que tiene. Desde su quinto cumpleaños recuerda satisfacciones. “Cuando hemos llegado ya había viviendas, pero me gustaba jugar en el barranco, me decían que no me acerque, pero de niños somos así, insistentes. Una vez casi me caigo, pero era parte de las travesuras. Nadie lo sabe hasta ahora, pero entré a mi casa asustado. Aquí ya me sentía seguro, sólo me acerqué a mis papás que no sabían lo que había ocurrido. También de niños hemos ayudado a mis papás a construir lo que ahora es mi casa, porque sólo era un terreno. Recuerdo que hemos cavado los cimientos con una profundidad de más de metro y medio, nos embarramos, estábamos cansados. En la noche, las lluvias han destrozado mucho de lo que hicimos, así que tuvimos que volver a cavar. ¿Otra vez?, era nuestra expresión, por eso considero que ha sido un esfuerzo de la familia lograr el sueño de mis padres: su casa. Aquí mismo hice amigos, tuve muchas alegrías, he crecido con este barrio, no lo dejaría porque lo que sé, lo aprendí desde niño”.

‘Los muebles no son los únicos en este  espacio’: Laura Beltrán. Exprofesora

Hace más de 35 años su esposo falleció y ella fue la que se encargó de educar a los hijos. “Ahora tengo casi 70 años y fue corretear de un lado a otro porque tenía que ir del trabajo a la casa y luego volver a trabajar. He trabajado en el magisterio y el instituto de estadística. Mi lugar favorito en esta casa es la cocina porque es el lugar donde más paro, pero lo digo con mucho cariño ya que he preparado para mis hijos y nietos todo lo que me han pedido. En mi casa, los muebles no son los únicos que han ocupado un lugar, aquí hay mucho sentimiento. Yo corría de mi trabajo a la casa a ver cómo estaban mis niños, luego entraba a la cocina y les preparaba algo; en la noche lo mismo, así fue durante muchos años. Por eso creo que la cocina es mi rincón favorito, porque desde aquí he podido ver los cambios de mi casa. He sido padre y madre para ellos, el mayor de mis hijos tiene 46 años, el que sigue 42 y el menor 38, me hubiera gustado tener una mujercita pero con ellos me siento contenta. No hay alegría más grande que ver crecer a hijos y nietos”.

‘Es un amor integral porque hubo de todo’: Juana Mendoza. Tendera

Lleva más de 30 años en el lugar y fue la que abrió la primera tienda en el barrio, sus recuerdos se dividen en dos. “Los que están dentro de la casa y los que están de la puerta hacia afuera, eso es importante decirlo porque así como cada componente de la familia es importante también los vecinos han  sido parte de nuestra vida. La tienda es mi lugar favorito, lo mismo que mi jardín donde he sembrado varios tipos de plantas. Lo que hemos logrado aquí es un amor integral porque hay muchos sentimientos. Siempre me siento al lado de mis plantitas y comparo lo que ellas han crecido con lo que mis hijos me han dado nietos. Tengo dos hijos que lo son todo, con ellos he llorado y he reído, tengo mucho qué decir, son muy buenos. Hemos abierto la tienda y aquí venía un señor mayor al que le atendíamos y lo recordamos cuando almorzamos porque era a esa hora o por la mañana cuando se quedaba en la tienda para pedir que le demos cerveza y sus hijos luego se lo llevaban. Esta tienda ha servido para hacer amigos y conocer a la gente del barrio”.

‘No imagino mi casa sin muebles y sin nosotros’: Martín Canaviri. Presidente de la zona

El presidente de la zona lleva al menos 15 años viviendo en el lugar. “Uno de los recuerdos que me llena los ojos de lágrimas es el nacimiento de uno de mis hijos ya que era tarde, casi la medianoche, y el barrio no tenía postas, hospitales, ni un centro de salud. Mi esposa estaba    a punto de dar a luz, lo que me hizo correr hasta cierto sector para conseguir movilidad, no se dónde exactamente porque estaba aturdido, fue difícil pero lo logré. Menciono este episodio por la sencilla razón de que el nacimiento de uno de mis hijos ha sido como la luz que ha dado la claridad a la vivencia que teníamos en el barrio; lo que quiero decir es que hemos construido con mi esposa un hogar. Llegó mi niño a la casa y todo era alegría, pero había que hablar despacio, tratar de no hacer bulla, algo que él no hace ahora porque los niños juegan, corren, saltan y gritan, la casa se ve llena. Cierro los ojos y no imagino mi casa sin muebles, quizás podría no tenerlos, pero cada uno de ellos me trae a la memoria una foto, un chiste, una conversación o decisiones”.

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