Ciudades

La lucha por sobrevivir, oculta bajo el puente de Las Américas

Juan Gutiérrez (55) y su hermana Inesa (50) subsisten hace décadas de la recolección de basura inorgánica. La casucha que les cobija está debajo del Puente de las Américas, por el que cruzan miles de coches  cuyos ocupantes ignoran su existencia.

Miseria. Gutiérrez camina por una senda; a la izq. se observa la casucha de madera y calamina donde vive, debajo del Puente de las Américas.

Miseria. Gutiérrez camina por una senda; a la izq. se observa la casucha de madera y calamina donde vive, debajo del Puente de las Américas.

La Razón / Micaela Villa / La Paz

02:56 / 31 de marzo de 2012

Desde el puente se observa el meticuloso cuidado con el que Juan formó siete senderos con los mismos objetos que los demás de-   sechan y que a él le sirven para cambiarlos por alimentos. “Mi hermanita se trae cada tres días (basura), no siempre está aquí, yo hice los caminos para guardar estas cositas”, dice y señala con un palo las sendas que le dan cierto orden al caos de los desechos acumulados en el lugar.

Cuando se le pregunta por qué lo hace, responde: “De qué podemos vivir, dónde vamos a vivir”. Sin embargo, con una amable sonrisa explica que se siente contento de su forma de vida. “Hace años, 40 ó 50, que vivo aquí”.

Hace tres años que un vehículo, en El Alto, atropelló a Juan y le dejó una fisura en la tibia, lo que le obliga a caminar apoyado en un palo. Por ello ya no puede recolectar desechos como antes.

Inesa, luego de recorrer todas las noches los puntos donde los vecinos de La Paz dejan lo que ya no les sirve, se presenta con bolsas de basura. No hay objeto en desuso que se haya escapado de sus manos, y en los senderos se hallan apiladas botellas de plástico, tapas, ollas, vasos, pedazos de madera, calamina, fierros, zapatos, ropa usada, bolsas, carteras y partes de juguetes, todo clasificado.

También se ven paraguas, sombrillas, maletas, focos fluorescentes, saquillos, partes de inodoros, de computadoras, cajas de refrescos, colas de cigarrillos, envolturas de dulces, estuches, almohadas, latas, cepillos, escobas y más.  Juan no tiene hijos, su hermana engendró dos, pero sólo reciben ayuda económica de un tercer hermano, que les lleva regularmente dinero y alimentos.

La cocina es un precario cobertizo al final de una de las sendas que rodean la casa. “Usamos fogón y traemos leña de la calle”. Los carbohidratos son la base de su alimentación —papa, chuño y fideos—, además de algo de carne que logran comprar gracias a la recolección de basura. También viajan a Chuma, provincia Muñecas, con algunos objetos y los  cambian por coca o pan.

No cuentan con energía eléctrica y la casucha es tan estrecha que “duermo sentado”, dice. Para aprovisionarse de agua cruzan la Avenida del Poeta, que se halla en refacción, con bidones que llenan  de una vertiente.

Cuando se acaba la carne, Juan empieza a cazar pichones con una flecha, aunque de momento cría tres gallinas. “Teníamos otras dos, pero los maleantes que toman nos las robaron”, cuenta en referencia a los alcohólicos que son sus vecinos. Además, él visita diariamente un restaurante situado en la plaza Abaroa que le regala los desechos del menú.

Obsesión que puede curarse

La psicóloga Cintya Delgado opina que por las características descritas y la forma de vida de los hermanos Gutiérrez, ellos tienen una “obsesión” (conducta repetitiva por algo) por la basura, pues la convivencia va más allá de recogerla por una necesidad económica de sobrevivir. “Si conviven con la basura, de hecho existe una obsesión, hay un problema, es un trastorno de hábito de conducta”, dijo. La profesional señaló que este problema puede ser tratado a través de terapias.

Vecinos se quejan por los ratones

Yaquelín Cárdenas, empleada doméstica de una vivienda de la calle Capitán Ravelo, se queja de la presencia de ratones debido a los materiales que recolectan Juan Gutiérrez y su hermana. Una vecina confirma el hecho y dice que por ello decidió criar gatos.

“Entran ratones (a la casa), no sé qué hará la dueña, se ha conseguido gato, gracias a él se han perdido los ratones. También vienen moscas”, se queja y luego pide que los hermanos sean reubicados en otro sector; no quiere dar su nombre.

Otra vecina sostiene que no le molesta que Gutiérrez habite en el lugar, pues ella ya cuenta con tres felinos para ahuyentar a los roedores. Un adulto que vive a pocos metros de la casa de Gutiérrez, y también pide no ser identificado, afirma que los hermanos se dedican a esa labor, aunque cuentan con una casa y familia que los puede cobijar. “Prefieren vivir ahí; el dueño del terreno es un tal Flores, tampoco dice nada”. “Los vecinos quieren botarme, pero ¿dónde voy a ir?”, replica Gutiérrez.

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