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Entre racionamientos de agua, Cotahuma sobrevive mediante autogestión

No hay más que ver la cantidad de vertientes de las laderas y el agua que corre por el suelo, sin canalizar, y que contrasta con la limitada provisión de agua en algunas zonas de La Paz, donde se han hecho obras de trasvase entre represas y aviones militares bombardean nubes con sustancias químicas para provocar lluvias.    

Vecinas de la zona de Las Nieves, Macrodistrito Cotahuma, aprovechan el agua que rebalsa del tanque de una de las cooperativas para lavar ropa.

Vecinas de la zona de Las Nieves, Macrodistrito Cotahuma, aprovechan el agua que rebalsa del tanque de una de las cooperativas para lavar ropa. Ignacio Prudencio

La Razón Digital / EFE / La Paz

11:02 / 29 de enero de 2017

Mientras en algunos de los barrios de La Paz se producen racionamientos de agua desde hace más de dos meses por causa de la sequía, hay un distrito en una de las laderas de la ciudad, Cotahuma, cuyo nombre en aimara significa "lago de agua", donde sus vecinos autogestionan el suministro mediante cooperativas.    

"No hay agua, dicen, ¡pues aquí hay harta!", exclama Toribio, un vecino de la parte alta del barrio, en el que habitan unas 250.000 personas, casi un tercio de la población paceña.    

No hay más que ver la cantidad de vertientes de las laderas y el agua que corre por el suelo, sin canalizar, y que contrasta con la limitada provisión de agua en algunas zonas de La Paz, donde se han hecho obras de trasvase entre represas y aviones militares bombardean nubes con sustancias químicas para provocar lluvias.    

"Es un macrodistrito bendecido por Dios porque tenemos mucha agua de vertiente", cuenta a Efe el subalcalde de Cotahuma, Freddy Mercado.    

Al principio era un peligro. El agua salía con mucha presión y ocasionaba daños a las casas e incluso deslizamientos de tierra, en una ladera que ha visto en diferentes momentos como viviendas enteras se hundían bajo el suelo.    

Y entonces, hace un par de décadas, los vecinos se empezaron a organizar en cooperativas porque la empresa encargada del suministro de agua en el resto de la ciudad, la Empresa Pública Social de Agua y Saneamiento (Epsas), nunca llegó a ocuparse del barrio por falta de capacidad para hacer estudios sobre distribución, según Mercado.    

"A través de trabajo vecinal construyen piscinas o pozas de agua en donde ellos tratan de clorar y filtrar agua para el consumo interno"; sin ningún tipo de conocimiento técnico ni apoyo logístico, agregó.    

Pero a pesar de que puede resultar peligroso, según Mercado el agua en esta zona llega "casi casi purificada y cristalina".    

Cuando comenzaron las cooperativas abastecían a apenas una decena de familias, hoy cada una de las diez cooperativas que funcionan en Cotahuma y de los comités de agua abastece a centenares de familias.    

Al principio, como aseguran los vecinos, no pagaban más de 5 pesos al año (0,70 dólares), hoy el monto anual ronda los 30 bolivianos (4 dólares), una cantidad aún muy alejada a los 100 pesos mensuales (14,3 dólares) que cobra más o menos la empresa pública en los hogares del resto de barrios a los que abastece.    

Y a pesar de todo, el encargado del sistema de Control Social de Cotahuma, Máximo Chacón, lamenta que alguna cooperativa está cobrando de más y haciendo un uso lucrativo del servicio, ya que no hay una autoridad que controle y supervise su trabajo.    

No obstante, ahora no sale tanta agua como hace unos años y las partes altas del barrio, las zonas más próximas a la ciudad de El Alto, sufren cortes, que podrían ser evitados con una bomba de agua que dé presión al suministro, tal y como indica el presidente de las Asociaciones Comunitarias, Víctor Hugo Huayhua.    

Una mujer aimara, de nombre Cata, por ejemplo, sólo tiene agua en su casa dos veces por semana.    

Esta mujer lava ropa en un lavadero que se nutre de las frías aguas que salen de la montaña. Mientras en esa zona tienen que tapar los agujeros del lavadero para que no salga tanta agua, en su casa llega sin presión o ni siquiera llega.    

Tiene que pagar todos los días a una cooperativa unos 60 centavos de dólar por poder ocupar un lugar en el lavadero y cobra como mucho un dólar y medio por lavar una docena de prendas de ropa que va a buscar a la casa de los vecinos y devuelve una vez seca.    

"No quieren pagar más", dice quien lava unas tres o cuatro docenas de prendas al día en un agua helada.    Al lado de las lavanderas, un joven, Ricardo, riega un verde y florido jardín.    

De su manguera no para de salir agua; vive al lado de las canalizaciones y tiene agua todo el día, en una muestra de las disparidades de un sistema que aún estando bien organizado sufre de falta de medios técnicos. (29/01/2017)

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