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El ínclito escritor y poeta uruguayo Horacio Quiroga, así definía los días plenos de sol, algo ventosos e inmensamente celestes.
Tomamos ésta figura y la aplicamos a lo que, seguramente, será el marco que iluminará al estadio José Encarnación Romero de Maracaibo.
A pedir de todos éste corolario de la Copa América, donde, una vez más, el fútbol continental, ofrece cómo síntesis, lo mejor de siempre: Argentina y Brasil.
Cómo un deja vou de la final de Lima en 2004, se presenta esta edición, claro que con el deseo y el pronóstico objetivo (sí es que ambos pueden convivir) de un final diferente; aquella tarde en el estadio Nacional, se consumó una de las injusticias más grandes de éstos torneos, el empate de Adriano en el límite del tiempo reglamentario y esa desafortunada definición desde el punto del penal que mortificó a aquel proceso de Marcelo Bielsa y puso, con poco mérito, el trofeo más antiguo del planeta, en manos brasileñas.
Bielsa no tendrá revancha, pero sí unos cuantos jugadores cómo Ayala, Zanetti, Tévez, Mascherano, Crespo, Lucho González entre otros.
Los antecedentes no son compatibles, la albiceleste viene de ofrecer una verdadera cátedra de fútbol productivo y bello ante los mexicanos, mientras que la formación dirigida por Dunga, arribó agónicamente necesitando de una definición por penales, después de haber sido superada por Uruguay.
Tampoco hay una clara simetría con los prolegómenos del partido en Perú, ese equipo argentino tuvo gran criterio y rendimiento colectivo aún atravesando el trago amargo caída ante los aztecas, y el “scratch” contaba con un par de jugadores mas desequilibrantes, esto no permitía pronosticar una victoria clara de Argentina lo que contrasta, indiscutiblemente, con el panorama previo al choque de este domingo.
En Puerto Ordáz, el equipo de Basile pudo ratificar todo que había evidenciando ante oponentes no del todo calificados; necesitaba una manifestación rotunda, y la tuvo. La influencia de Riquelme, goleador y mentor de todas las victorias, la presencia de incipiente caudillo de Javier Mascherano, el andar productivo e intenso de Carlos Tévez y la franquicia llamada Lionel Messi. El rosarino es una especie de rara ávis en tiempos de perfiles vulgares y rústicos con gran preeminencia al juego físico y previsible en el resto del planeta.
No se puede negar el hechizo de esa camiseta amarilla y verde saturada de estrellas y empalagada de títulos. Brasil, muy a pesar de un plantel limitado desde la riqueza técnica, excepto Robinho y Diego, posee una mística ganadora que supera los nombres y el tiempo; podríamos decir que se siente cómodo como ninguno en estas instancias y por ello probablemente, la ventaja que ostenta Argentina, en parte por respeto y también por el peso de la instancia, no pueda ratificarse enfáticamente.
Al margen de los análisis, se viene un gran domingo de América y Venezuela cerrará su estupenda organización con un broche de oro.
Néstor Clivati
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