Cuba - EE.UU.

Dos países sumergidos en una Guerra Fría durante 53 años

Fidel Castro indicó que fue blanco de unos 600 planes de la CIA para asesinarlo

Aliados. Fidel Castro, líder de la Revolución Cubana, junto al presidente soviético Nikita Kruschev.

Aliados. Fidel Castro, líder de la Revolución Cubana, junto al presidente soviético Nikita Kruschev. nbcnews.

La Razón (Edición Impresa) / EFE

03:40 / 18 de diciembre de 2014

Estados Unidos y Cuba, dos vecinos enemistados cuya hostilidad política durante más de cinco décadas puso al mundo al borde de una guerra nuclear, anunciaron ayer que restablecerán sus relaciones diplomáticas, en un histórico giro en las relaciones, aunque queda pendiente de resolver la cuestión del embargo económico (“bloqueo” para los cubanos) impuesto por Estados Unidos en 1961 como resto de la Guerra Fría.

Desde que en 1961 Fidel Castro, el histórico líder de la Revolución Cubana que dejó el poder en 2006, proclamara la orientación socialista de ésta, las fricciones entre Estados Unidos y el único país comunista de América fueron constantes y en ocasiones bordearon el conflicto abierto. Aunque era mirado con desconfianza por los círculos conservadores norteamericanos aun antes de su triunfo en enero de 1959, Castro no sufrió inmediatamente la hostilidad de Washington.

El jefe revolucionario visitó la capital estadounidense pocos meses después de entrar triunfalmente en La Habana y se entrevistó con el entonces vicepresidente Richard Nixon. El entonces presidente Dwight Eisenhower evitó el encuentro y se fue a jugar golf. Pero la combinación de las medidas de reforma agraria y nacionalizaciones llevadas a cabo en los primeros compases de la Revolución y el hecho de que las primeras oleadas de exiliados se concentraran en el vecino estado de Florida, minaron las relaciones. Las nacionalizaciones afectaban a las empresas estadounidenses que prácticamente monopolizaban la economía de la isla desde su independencia de España en 1898 y las grandes compañías azucareras del Norte perdieron sus tierras.

La Agencia Central de Inteligencia (CIA) recibió el encargo de preparar una fuerza de exiliados para invadir la isla y derrocar al régimen comunista ya bajo presidencia de John F. Kennedy. Las ilusiones de acabar con el régimen castrista por la fuerza se ahogaron en la Bahía de Cochinos.  Pero el embargo unilateral decretado por Estados Unidos que restringía prácticamente el crédito y el comercio, empujó a Cuba a los brazos de la Unión Soviética, en cuya órbita política y económica se movió La Habana hasta la caída del bloque comunista.

En 1962, en plena Guerra Fría, la instalación por parte del Ejército soviético de bases de misiles en la isla, a apenas 90 millas de Estados Unidos, estuvo a punto de desatar una guerra nuclear entre ambas potencias. Kennedy y el líder soviético Nikita Kruschev alcanzaron un acuerdo para retirar los misiles aunque con el compromiso de Washington de renunciar a atacar Cuba. Que no se abrieran hostilidades no significó que se paralizaran las actividades de la CIA en forma de sabotajes —básicamente quemas e introducción de plagas en los cañaverales, entonces la principal riqueza de Cuba, y atentados contra dirigentes revolucionarios.

El propio Fidel Castro se ha ufanado en repetidas ocasiones de haber sido el objetivo de más de 600 planes de la CIA para asesinarlo y en La Habana existe un museo que documenta esas actividades terroristas. Sin embargo, como ocurre frecuentemente con los vecinos, también se mantuvieron contactos muy discretos. Según testimonio del escritor y periodista francés Jean Lacouture, poco antes del asesinato de Kennedy hubo intentos de normalizar las relaciones en los que él asistió como intermediario.

El régimen de Castro se orientó hacia una abierta política “antiimperialista”, apoyando a los enemigos de Estados Unidos —Argelia, Vietnam, Nicaragua...— en el mundo. Fue especialmente importante la participación de tropas cubanas en la guerra de Angola en 1975, que contribuyó también al derrocamiento del régimen racista de Sudáfrica. Aunque con la llegada de Jimmy Carter a la Casa Blanca (1976-80) se produjo un deshielo en las relaciones entre los dos países que hizo que se abrieran en ambas capitales “Oficinas de Intereses” diplomáticos al amparo de la Embajada de Suiza.

Pero la crisis de los “balseros” que provocó un éxodo masivo de cubanos hacia Florida y la llegada de Ronald Reagan al poder volvieron a abrir un foso. De hecho, la única vez que fuerzas regulares de Estados Unidos y Cuba intercambiaron disparos fue en 1983, en la invasión de la isla caribeña de Granada.

El derrumbe del bloque soviético que tomó por sorpresa a los dirigentes castristas y estranguló a la economía cubana hasta niveles de supervivencia, hizo que el régimen declarara un “periodo especial en tiempos de paz”, que obligó a legalizar el dólar.  Paralelamente, aunque oficialmente el régimen se mantenía como comunista ortodoxo, Castro abrió su política exterior. El desastre de la economía agudizó la crisis migratoria, que puso en alerta a Estados Unidos, que temía una avalancha de refugiados.

Con Bill Clinton (1993-2001) también se produjeron discretos acercamientos hasta que cazas cubanos derribaron una avioneta de una organización anticastrista. El enfriamiento volvió aunque el caso del niño “balsero” Elián González, cuya madre murió en una travesía ilegal y que volvió a la isla tras una campaña en la que el Gobierno movilizó a la población, propició nuevos contactos.

Más datos sobre las relaciones

Reformas

Estados Unidos reconoció en un primer momento a Fidel Castro como el nuevo   líder de la isla, pero tardó poco en reconsiderar su postura. La reforma agraria cubana y la nacionalización de industrias estadounidenses dispararon las alarmas en Estados Unidos, que decretó la imposición gradual de restricciones comerciales sobre Cuba.

Decretos

Los intentos de estrangulamiento económico se combinaron con planes para derrocar al líder cubano. El embargo, que durante décadas se ejecutó a golpe de decretos presidenciales, se reforzó en 1996 con la aprobación de la Ley Helms-Burton, pero ni esa ni el resto de estrategias lograron el efecto deseado: la desaparición de Castro del mapa político.

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