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El American Ballet vence prejuicios raciales

Una bailarina afroamericana, Misty Copeland (Kansas, 1982), llegó a la máxima categoría en la principal compañía de ballet de Estados Unidos: el American Ballet Theatre (ABT). En ese país no hay elenco nacional como tal, pero el ABT cumple estas funciones protocolares e históricas.

La Razón (Edición Impresa) / Roger Salas (El País) / Madrid

00:00 / 05 de julio de 2015

Una bailarina afroamericana, Misty Copeland (Kansas, 1982), llegó a la máxima categoría en la principal compañía de ballet de Estados Unidos: el American Ballet Theatre (ABT). En ese país no hay elenco nacional como tal, pero el ABT cumple estas funciones protocolares e históricas.

La selección se produce en un momento difícil para la entidad, atacada por la prensa neoyorquina. Kevin MacKenzie, director artístico, forzó a la dimisión por edad de las tres estrellas femeninas del conjunto, muy queridas por el poderoso público “balletómano”: la cubana Xiomara Reyes, la argentina Paloma Herrera y la estadounidense Julie Kent.

Así se creó el espacio para nuevos puestos de primeras figuras, y junto a Copeland ascendieron Stella Abrera, la rusa Maria Konchetlova y el danés Alban Lendordf.

MENTORA. Copeland tuvo una mentora a su lado todos estos años de duro bregar entre blancas: la bailarina y maestra negra Raven Wilkinson (Nueva York, 1935), que subió ayer a la escena del Metropolitan al final de la función de El lago de los cisnes, donde Copeland recibió la consagración con una ovación, para hacerle una profunda reverencia. Hoy difundió el comunicado oficial firmado por MacKenzie.

Pero las cosas en el ballet norteamericano nunca fueron fáciles para los negros. En la década fundacional de los años 40 del siglo pasado, en el American Ballet Theatre existía el llamado Black Dance Group, a insistencia de sus promotores, pero tenían que bailar aparte. Agnes de Mille (la sobrina de Cecil, el cineasta, y que había nacido en Harlem) les creó Black ritual: primigenia obra coréutica para afroamericanos hecha por una blanca.

Cuando una bailarina negra enfermaba, la sustituía Margarite de Anguerro, a la que le pintaban la cara y le ponían unos guantes, negros por fuera, crema claro por dentro. Anguerro misma contó después los chistes que le hacían sus camaradas de compañía.

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