Columnistas

La fantasía colonial

El desagrado que las élites sociales, económicas e intelectuales sienten hacia los otros sectores aún persiste.

La Razón (Edición Impresa) / Charls Arnold Ticona Rojas

00:29 / 22 de febrero de 2018

Entre algunos empresarios, políticos conservadores y opinadores neoliberales existe cierto pensamiento colectivo, según el cual el país está sumido en una crisis. Pero la persistencia de esta perspectiva no se debe tanto a la coyuntura económica específica, producto del contexto internacional adverso, sino más bien deviene del malestar que tienen respecto a la sociedad boliviana. En la década de los 90, el sociólogo e historiador peruano Guillermo Nugent reflexionó sobre la realidad de su país, análisis que puede ser extrapolado para examinar este malestar que ciertos sectores manifiestan en su afán por controlar la sociedad, la política y la economía de Bolivia.

Nugent señala que a pesar de que nuestras sociedades son independientes, más democráticas y más globales, aún persiste la “fantasía colonial”, manifiesta en la utopía de la dominación, la cual consistiría en una reproducción estática del orden social donde los sectores criollos-urbanos y populares-rurales deben estar a gusto en el lugar que les tocó nacer y vivir. Y aunque en cierto momento se trató de hermanar a dichos sectores bajo el discurso del mestizaje nacional, este cometido no se logró materializar. De allí que el desagrado que las élites sociales, económicas e intelectuales sienten hacia los otros sectores aún persiste; pero de manera más solapada o disimulada. A esto último Nugent le llama la “tragedia criolla” que soportan los gobernantes y poderosos de antaño. Y es que el tener que conversar (al menos eso piensan que hacen), o compartir ambientes de recreación, e incluso tener que sentarse en la misma mesa con los sectores populares les genera malestar no solo físico, sino también mental, por lo que reclaman el regreso a “un pasado feliz que fue arruinado”.

Por eso algunos empresarios, políticos conservadores y opinadores neoliberales no pierden la esperanza de volver a tomar el control y restablecer la utopía colonial. Y en ese su afán no dudan en ver el mundo social y económico en constante desorden, realidad en el que las personas, las cosas y las instituciones, a su entender, están fuera de su lugar, desencajadas o desajustadas. Solo así se puede comprender el tono alarmista que emplean cuando afirman que nos encontramos en plena desaceleración económica, que nuestro déficit fiscal y comercial son insostenibles; e incluso, de forma extremista, llegan a afirmar que nos estamos desangrando.

Por otra parte, desconocen que el éxito de la economía nacional está en su mercado interno, porque en los años de neoliberalismo éste fue dejado a su suerte bajo el eslogan de exportar o morir. Además, y ésta es la razón principal, por tener un “rostro ajeno” a sus intereses. Por eso, la inversión pública que viene ejecutando el Gobierno no solo debe ser entendida únicamente en términos monetarios o como una simple igualdad contable; pues además revela a un Estado que no solo participa en la economía, produciendo y redistribuyendo los recursos, sino que también está construyendo otra sociedad, con la única finalidad de no repetir la fantasía colonial.

Así, la irrupción que han protagonizado los sectores populares-rurales en las zonas urbanas, con una fuerte ética del trabajo y dinámicas económicas emprendedoras, no estaba contemplada en el libreto del poder de las antiguas élites ni en los manuales de los neoliberales, ya que jamás pasó por su cabeza que aquellos sectores asumirían el control de la cosa pública.

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