Animal Político

Del infierno de la informalidad a los paraísos fiscales

La informalidad aparece como el pecado original de la mayoría de los países en desarrollo.

La Razón (Edición Impresa) / Omar Velasco P. es economista

07:00 / 15 de agosto de 2018

La informalidad, conocida como economía subterránea, es calificada como el conjunto de actividades económicas que están fuera del sistema regulatorio, impositivo y de control por parte del Estado. A pesar de que se la puede reconocer fácilmente, su medición es compleja y altamente cuestionable. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) para conceptualizar la informalidad recurre a una serie de criterios como el tamaño del establecimiento económico, el pago de impuestos, la condición de asalariado, el contrato laboral, la existencia de seguro médico. En caso de no cumplir cualquiera de estas condiciones, se traspasa la frontera a lo que denominamos el sector informal.

En sí esta medición es bastante ambigua y excluyente. Pero más que una definición en sí misma es una regla de inferencia lógica proposicional, que parte del modus ponendo tollens que indica que no es posible que dos términos sean simultáneamente verdaderos, así que si uno es verdadero el otro necesariamente no lo es. En consecuencia, lo formal no puede ser al mismo tiempo informal. Es decir, como yo no puedo definir lo que es informal, voy a llamar informal aquello que no es formal. Parafraseando, voy a llamar oscuro a todo lo que no sea blanco, incluyendo la infinidad de tonalidades grises.

Frente a este vacío conceptual de la informalidad muchas veces es confundida, malinterpretada y hasta vilipendiada. La informalidad no es una actividad ilegal o criminal o, al menos, no la mayor parte de ella. El empleo informal se manifiesta en diferentes actividades como un puesto de comida callejera en alguna céntrica plaza paceña, en el trabajo de un lustrabotas de la avenida 16 de Julio, en las carreras de medianoche que realiza un taxista conectado al uber, en los servicios de un profesional independiente de los tantos que hay o en el trabajo de un aprendiz en un taller de chapería de la avenida Landaeta, es decir, el empleo informal está en todas partes.

Ahora bien, bajo el manto de la informalidad se encubren también actividades ilícitas como el contrabando, el lavado de dinero, el tráfico de personas y armas, entre otros delitos. Pero, en puridad, no se puede criminalizar a toda la informalidad.

Por otra parte, ésta no siempre es una elección de quien la realiza, sino un medio de vida, consecuencia de la falta de oportunidades sociales y no una actividad racional, como denota un estudio del Fondo Monetario Internacional (FMI), publicado en enero.

La informalidad es ante todo una consecuencia y no una causa. Más allá del modelo económico y las ideologías de los Estados, la informalidad aparece como el pecado original de la mayoría de los países en desarrollo que tienen estructuras económicas poco diversificadas, establecimientos económicos de pequeña escala y el rezago tecnológico que no permitieron alcanzar el capitalismo maduro de los países más industrializados que ostentan la mayor proporción de empleos formales. Por eso, no sorprende que países como Perú, Brasil, México o Colombia, que han fomentado una mayor flexibilización laboral y reducción de los costos laborales, a pesar de esos esfuerzos, aún presenten niveles por encima de la media mundial.

A la informalidad también se la pinta como sustituta de la formalidad, lo que no necesariamente es cierto. En Bolivia, la informalidad la lidera la población femenina, cuya participación sigue creciendo y actúa con un complemento al ingreso familiar, a excepción de las familias monoparentales. Existen sectores informales por antonomasia, como el trabajo familiar o el trabajo rural, que difícilmente se trasladan al empleo formal, por eso la movilidad entre el  empleo formal y el informal solo se da en determinados casos.

También se alega que la mano de obra informal es improductiva porque está concentrada en sectores de servicios y con empleos que no requieren alta calificación. Lo cierto es que la informalidad también puede estar ocultando segmentos cada vez más grandes de profesionales independientes y con buena instrucción. Aquí, la informalidad castiga la economía porque subutiliza el potencial de la fuerza de trabajo.

Volviendo a Bolivia, según los datos que reporta el estudio del FMI, la informalidad cae de 71% en 1993 a 65% en 2005 y a 46% en 2015 y no como incorrectamente se está comentando. Además, existe una docena de países por encima de Bolivia, lo cual no es un consuelo, pero se falta a la verdad.

Acabando la discusión, me pregunto si no hay alguna actividad más oscura que la propia informalidad y rápidamente se me viene a la cabeza los paraísos fiscales, que ocultan millones de millones de dólares provenientes del narcotráfico, evasión fiscal, guerras, corrupción, terrorismo, trata de personas, etcétera; y me pregunto si algún organismo internacional destinará recursos para hacer un ranking de los países más bendecidos por el capital extranjero proveniente de estos paraísos económicos.

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