Escape

Dahab, el Mar Rojo y el cañón

El escritor boliviano Ignacio Vera de Rada recorre la localidad egipcia en la península del Sinaí.

La Razón (Edición Impresa) / Ignacio Vera de Rada

07:00 / 08 de agosto de 2018

Salí de mi apartamento de El Cairo, tan abrigado como un esquimal, a eso de las 22.00, y me subí al bus que iba a dejar la capital a eso de las 23.00. La ciudad nunca duerme. El Cairo, a tales horas, es tan iluminada como una superestrella que echa su luz pródigamente. Los letreros iluminaban más que los mismos faroles de los postes, el griterío de las personas a esas horas es tan intenso como el de las 11.00 o de mediodía y el tráfico de automóviles se presentaba tan nutrido y ruidoso como en las horas pico de afluencia en cualquier gran urbe. La capital egipcia no sabe de descansos nocturnos.

El autobús partía para dejar la ciudad y emprender un largo viaje de unas ocho o nueve horas. Me dirigía a Dahab, en el continente asiático, porque el balneario de Dahab está localizado en la península del Sinaí, es decir, ya dentro de ese remoto continente. En el bus había gente de todas las nacionalidades, y a pesar de ese cosmopolitismo, ninguno entendía cómo una ciudad podía mantenerse por tanto tiempo despierta y vivir acaso más activamente de noche que de día. Lo cierto es que El Cairo, como es ya un dicho común, es más atractivo de noche que de día.

Salimos, por fin, a las 23.30 porque, a pesar de que la partida estaba prevista para las 22.00, los árabes no tienen un sentido de puntualidad tan riguroso, como tampoco nosotros los latinos.

El viaje era largo, muy largo como para pensar en mantenerse despierto durante todo el trayecto, y a pesar de que era consciente de que iba a pasar por el famoso e histórico canal de Suez, el sueño pudo más que la expectativa. Desperté en el bus cuando se anunciaban los primeros albores del día. Era el 24 de diciembre de 2017.

Acompañado de un costarricense, fui a alojarme a un bonito hotel situado a las afueras de la ciudad asiática. Dahab no tiene los aires de misterio y antigüedad que tienen El Cairo, Alejandría y las muchas otras poblaciones egipcias que están atestadas de centros arqueológicos e históricos; no tiene un halo desértico que se tiende como velo en casi todos los poblados que guardan el pasado de la humanidad; Dahab tiene más bien un aire veraniego y de frescura. Ahí pueden pasarse vacaciones tan ligeras y alegres como en las playas más pintorescas y atractivas de América.

Su mar es de aguas claras y en ellas pueden verse arrecifes de coral del celeste más llamativo y pececitos de los más variados colores nadando a sus anchas.

La ciudad misma luce atractiva. El centro de la misma presenta los más variados tonos. En la costa hay como un paseo o bulevar en el que hay por todos lados souvenirs y recuerdos hechos allí mismo, en las tiendas de los artesanos, así como agencias de viajes que ofrecen recorridos por todos los recodos de la urbe y aún más allá. Hay también restaurantes con vista al mar, en los que se sirven mariscos y shawarmas con té beduino.

Incluso los lugares que parecen más desprovistos de una relevancia cultural —en el estricto sentido del término— guardan resonancias pretéritas que tienen que ver con la génesis del mundo o la formación de las sociedades. La localidad de Dahab, tan veraniega a primera vista, tiene historias que son cual cofres que contienen preciados secretos. Sus costas acarician el imponente Mar Rojo, el que se abrió cuando el bastón de Moisés se levantó para que se produjera una de las migraciones más importantes de la historia.

Vi caer el sol en el confín de esas aguas bíblicas. Y el crepúsculo se hacía tan bello que ni con todas las palabras del castellano podría yo describir aquí. La nochebuena. Al día siguiente, para el mundo católico, iba a ser Navidad. Yo solamente me abracé con mi compañero costarricense.

Playas y arrecifes de coral

Navidad no significó mucho, y es que estando en el universo árabe, todas las costumbres y tradiciones cristianas —y aún occidentales— parecerían no haber existido en ningún lugar ni en ningún tiempo.

Entonces, muy de mañana, a eso de las 07.00, subimos a unas camionetas que nos trasladaron a toda velocidad a una playa hermosa. El coche en el que iba se tambaleaba hasta el punto de hacer saltar hasta mis ojos la arena de las dunas sobre las que pasábamos. En el trayecto se veían camellos sin dueño, parecían silvestres, yendo tan libres como el viento que en ese lugar sopla intensamente a toda hora.

Los coches se estacionaron y bajamos. El suelo era de piedras cortantes y filosas; la playa no tenía esa fina arena que tienen las playas famosas, pero el panorama era igual de bello que el de éstas, o incluso mejor.

Había surfistas y buzos que se metían impávidos a la helada agua del invierno. Se bañaban con el agua del mar y trataban de alcanzar el coral que se veía a simple vista; era de un color verde claro, o más bien turquesa. Luego fue el almuerzo, uno tan sencillo como puede tener un hombre que pasa sus días viendo el amanecer y el atardecer en una playa en las márgenes del Mar Rojo. Nos sentamos en el piso en unas mantas colorinches y comenzamos a comer con las manos.

Pasado el almuerzo, que no estuvo precisamente suculento, pero que entonces sí nos supo a gloria, nos subimos a unas lanchas que nos llevaron mar adentro. La barca iba tan rápido como las camionetas que nos habían llevado a tal lugar de la playa y hacía que saltaran hasta mis ojos gotas de las olas sobre las que pasábamos casi a saltos. Llegados a un punto, ya podíamos ver frente a nosotros una silueta plomiza como si fuese un denso nubarrón en el piso: era Arabia Saudita.

Nos metimos tanto que llegamos a una costa saudí. Ya de regreso, al caer el sol, vimos las primeras estrellas orientales en el cielo, y frente a mí se hizo un espectáculo de solemne imponencia: a la hora precisa, como un ofertorio ineludible, un hombre se tiende en el piso, mira en dirección de la Meca como si las estrellas primerizas lo guiasen, se reclina más todavía para no sentir el viento que trae el mar, y eleva una plegaria a su dios Alá. La noche.

El safari y el cañón

Despuntó el día en la península. Un día alegre, pero ventoso. El horizonte marino, visto desde el hotel, era increíble, como una combinación de celeste con naranja en el confín. Diríase que era lo mismo que un atardecer. Después del desayuno egipcio, que consiste generalmente en huevos, leche, jugo de naranja, pan, queso y mermelada, vinieron a recogernos unos jeeps safari en los que entramos apretujadas tantas personas cuantas podían caber. En el automóvil se escuchó, en todo el trayecto, la música árabe, tan movida y aguda como el graznido de un ave gigantesca.

Ahora ya no era el mar, sino el desierto infinito del Sinaí el que abrumaba la visión. Nos metimos por el océano de arena tanto como pudimos hasta llegar a unos cañones de piedra arenisca erosionada. En todo el trayecto solo se veía la nota aburrida y monótona del desierto amarillo. Nos estacionamos y tuvimos en frente unas rocas enormes. Era el Cañón Blanco, que no encierra historia humana, pero sí historia natural, pues esta deformación de las capas geológicas de la tierra se remonta a los tiempos en que nuestro planeta todavía se ordenaba para adquirir su forma actual en que es habitable para el hombre.

Caminamos por una hora, más o menos, hasta llegar a una pendiente que debíamos trepar. Agarrados de un cordel que no otorgaba la menor seguridad, hicimos de montañeros profesionales hasta conquistar la cima de una gran piedra rojiza. Seguimos subiendo, asiéndonos de las rocas salientes y de unas ramas secas, así vadeamos precipicios. Llegamos, por fin, a una laguna de aguas verduzcas, cerca de un barranco. Algunos se despojaron de sus vestidos y se lanzaron al agua desde un peñasco al cual se podía acceder sin mucha dificultad.

A la mitad de la tarde, alrededor de las 16.30, los jeeps nos llevaron a un almuerzo beduino. Era como en una cabaña caribeña; dentro había, como en la playa, unas mantas colorinches sobre las que nos tendimos para saborear una comida hecha por los mismos lugareños, los beduinos.

Cena con beduinos

Llegamos al hotel en la noche a descansar por unas horas y después, a las 21.00, salimos en los jeeps hasta un monte que era como una apacheta andina. Con un frío que acuchillaba la piel y congelaba cabezas y orejas, nos pusimos debajo de unas frazadas gruesas y fumamos shisha toda la noche. De rato en rato tomábamos té, uno que hervía y burbujeaba en la misma taza porque de no haberlo tomado así, hubiese parecido helado. El frío era tan intenso que rompí mi abstinencia y me puse a fumar dos cigarrillos.

Había miles de estrellas en el cielo nocturno. El clima era abrumadoramente hostil, pero la visión maravillaba. En el monte, hubo demostraciones pirotécnicas y ejecutaron unas danzas con una música igualmente desconocida para mis oídos latinos. Se hizo una fogata tan grande que ya parecía pira, cuyas brasas sirvieron para que luego hiciéramos pollo asado. El objetivo del paseo nocturno era la contemplación de la noche en la costa desértica y la convivencia con beduinos.

Me tendí en el duro piso, sintiendo el frío de la arena en mis espaldas, para contemplar los astros. Eran tantos que toda la noche no hubiese bastado para observarlos todos. Solo veía el cielo y su majestuosidad. Pasó un lucero en todo su esplendor. La belleza nocturna de Dahab.

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