Escape

Rostros de Coroico

Cuatro personajes que tienen en común haber sido acogidos por la capital de la provincia Nor Yungas

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández Ríos

07:00 / 01 de agosto de 2018

A  pesar de su tamaño, Coroico es un arco iris de nacionalidades y de historias, donde el mismo día se conoce a un europeo o a un asiático, a una persona que a pesar de no poder hablar es quien informa a la gente sobre las noticias del país, a la holandesa que en la búsqueda por encontrarse ya lleva nueve años en el pueblo, al suizo que eligió un lugar tranquilo para preparar helados artesanales y a una familia que es protegida por una perra de tres patas. De esa manera se presenta la capital de la provincia Nor Yungas, donde además de la naturaleza, el sosiego y clima agradable, tiene personajes que merecen ser conocidos. A continuación, Escape presenta algunas historias.

“Queremos que más turistas lleguen a nuestro municipio, para que conozcan lo que tenemos como pueblo y disfruten de nuestros lugares atractivos”, comenta Richard Escóbar, alcalde de Coroico.

Uno de esos elementos que fascinan es el origen del pueblo, porque tiene que ver con una leyenda. Siglos antes, el pueblo estaba unos kilómetros más lejos y se llamaba Kory Huayku o Coroico Viejo. Cuentan que durante una misa en la fiesta religiosa, una mujer de pollera parió seis pequeñas serpientes. Asustados, los asistentes pensaron en quemar a las criaturas, pese a que el marido de la mujer amenazó con maldecir al pueblo. Al final, la muchedumbre asesinó a sus hijos en una hoguera. Pero en ese momento, el cielo se cubrió de nubes oscuras y comenzó a llover con fuerza, mientras que la gente que intentaba escapar se convertía en piedra. Según ese mito, de entre las ruinas surgió la Virgen de la Candelaria, que se convirtió en una paloma blanca que después de volar se posó donde ahora está la iglesia principal.

Coroico también fue el lugar donde nacieron los hermanos Gregorio y Manuel Victorio Lanza, quienes formaron parte activa de la revolución del 16 de julio de 1809 y murieron ajusticiados por el ejército realista. En su honor, la plaza del pueblo se llama Manuel Victorio Lanza, quien fue asesinado en Chicaloma.

Helado suizo

El suizo Gianni Pedetti encontró en Coroico el lugar perfecto para vivir. Nacido cerca del lago Constanza —en el límite entre Alemania, Austria y Suiza—, desde joven supo que se iba a dedicar a todo lo relacionado con los alimentos, en especial con lo dulce. De ese modo se dedicó a la pastelería, aunque también quería conocer otras culturas, lo que le llevó a  Tailandia y Nepal. Con la mochila lista, recaló primero en Perú y, después, en Bolivia, específicamente en La Paz, donde conoció a Ninfa Riveros, el motivo principal para que decidiera radicar en los 3.600 msnm.

En sus tres años de estadía en la sede de gobierno abrió un restaurante en el casco viejo, radicó dos años en su país y en 2005 escogió Coroico como su lugar ideal. “Queríamos vivir en un lugar tranquilo, lejos de la ciudad, pero no tan lejos de la familia de mi esposa, y que además tuviera turismo”. Gianni y Ninfa tuvieron suerte, pues encontraron su nueva vivienda lo suficientemente cerca de la plaza García Lanza y, a la vez, lejos del bullicio del pueblo.

Ubicado al este de la plaza, la caminata de 15 minutos se hace afable por el camino de tierra custodiado por vegetación, casas y alojamientos. Al pasar la curva más pronunciada, además de unas flores de rojo intenso, la vista se dirige a un cartel hecho de piedra que indica el ingreso a Villa Bonita, o como la conocen los demás: la heladería del suizo, donde el patio que está en medio de la arboleda tiene mesas y sillas rústicas.

“Aquí es todo fácil, ¿para qué voy a utilizar algo que no sea natural?”, manifiesta Gianni con respecto a la preparación de sus postres, ya que para conseguir frutas solo tiene que estirar la mano, como los naranjales que están en el ingreso de su negocio. Jueves en la mañana, cuando la neblina se está alejando del cielo, el suizo está levantado para preparar helado de vainilla, maracuyá, dulce de leche, chocolate o de hierbabuena.

Quienes quieran disfrutar de quietud, Villa Bonita tiene cabañas que carecen de tecnología, lo que permite regocijarse de la naturaleza y dar la razón a Gianni cuando eligió Coroico como su hogar.

El vocero del pueblo

La plaza Manuel Victorio García Lanza luce atiborrada de vehículos públicos, pobladores, turistas y vendedores. Entre esa maraña se destaca Felipe Calle, quien recorre las calles para informar a los pobladores. Es vendedor de periódicos, pero no grita cuáles son los titulares, sino que hace escuchar su voz con un silbato amarillo que cuelga de su cuello. Nació sin la facultad del habla, pero con la virtud de hacerse entender y ser querido. Felipe comenzó a vender helados a los ocho años para sustentar los gastos de su madre y sus hermanos. A partir de ahí se especializó en el arte de la venta, pues cuando cumplió 16 años fue contratado para vender diarios en la plaza principal. “Les habla, les dice las noticias más importantes y vende siempre con una sonrisa”, explica Mónica Silva, esposa del vocero de Coroico. Para “hablar” con los clientes, además del silbato, Felipe se vale de un  bolígrafo, con el que escribe en un papel o en su brazo.

Espere…

Por ejemplo, en la mano derecha anota 1 de mayo de 1973, la fecha en que nació. Cuando encuentra a un posible comprador le señala con el dedo el titular principal o alguna nota interesante, porque para él lo más importante es que la gente esté informada. Ya sea en la tarde o en la noche, con tal de acabar de vender los diarios, sus amigos transportistas suelen llevarle a Yolosita, Arapata, Coripata e incluso Chulumani y Santa Bárbara.

En sus momentos libres se dedica a jugar fútbol, que es su otra gran pasión. Desde hace varios años se ha destacado  como delantero y ha sido convocado por comunidades para que juegue por ellos. No obstante, en una jugada fortuita se rompió el peroné, lo que ocasionó la movilización de los vecinos de Coroico, quienes recaudaron dinero para pagar la intervención quirúrgica. A pesar de que le dijo a su esposa que se había retirado del fútbol de manera permanente, después de dos años de la lesión retornó a los campos de juego para hacer lo que le gusta, al igual que ser el vocero de Yungas desde la plaza principal de Coroico.

Carla, la holandesa

Al momento de escribir “Carla” y “Coroico” en el buscador de Google, el resultado lleva a Carla’s Garden Pub, que además de ofrecer comida y bebidas holandesas y alemanas, también es un buen lugar para conversar con Carla van Zetten, mejor conocida como Carla la Holandesa. Con sonrisa incesante y carcajada retumbante, cuenta que nació en Heiden, “un pueblito en el centro que la mayoría de los holandeses ni conocen”. Cuando terminó el colegio decidió dedicar medio año para viajar, con el fin de encontrar su lugar en el mundo. Empezó por Francia, continuó por Inglaterra y retornó a Holanda —donde se quedó ocho años—, pero no se acostumbró ni halló lo que quería, así es que siguió buscando.

Espere…

En una de sus incursiones conoció al holandés Rick de Rave, dueño del restaurante Sol & Luna —ubicado en la zona turística de La Paz—, quien después de un tiempo le llamó para ofrecerle la administración del negocio. “Analicé las ventajas y desventajas, lo pensé dos horas y decidí venir”. Se quedó tres años en la sede de gobierno, armó un menú diferente de la gastronomía holandesa, conoció nuevos amigos, pero su espíritu inquieto hizo que examinara otros lugares para descubrir su espacio ideal.

“Era muy bueno, muy lindo estar en La Paz, pero me faltaba algo verde”. Las dos alternativas que halló eran Samaipata y Coroico; al final eligió la última porque está cerca de una capital de departamento, de la embajada de su país y de un aeropuerto internacional.

En 2009 llegó a la capital de la provincia Nor Yungas para trabajar en un restaurante de pastelería alemana y meses después tuvo la idea de abrir un pub. Lo hizo en el pasaje Linares, donde se encuentran las gradas que conectan con la terminal de vehículos públicos.

Entre las amistades de La Paz, conoció a Edwin Chura, un chef que se ha convertido en su mano derecha para la administración de Carla’s Garden Pub. “Nunca he decidido dónde quiero estar y nunca he decidido que voy a quedarme aquí”, dice Carla, la holandesa de Coroico.

La casa de Kalúa

Bastan 10 minutos de caminata para llegar al hogar de Kalúa, una perra mestiza que puede pasar desapercibida si no fuera porque tiene tres patas. En el momento en que ingresa el futuro inquilino, la can de color castaño claro sube las gradas con mucha agilidad y ladrando, pero cuando está cerca, primero conoce al visitante de a poco y luego toma confianza hasta convertirse en cordial y cariñosa.

“Hemos disfrutado mucho esta casa”. Hace 25 años, el hostal era la casa de campo de la familia Rosas, donde hermanos, tíos, hijos y sobrinos solían pasar sus vacaciones. Entre ellos estaba Joanna Rosas, quien se opuso a la idea de vender la propiedad. “Sabiendo que hay buen flujo turístico en Coroico surgió la idea de que la casa se volviera hostal para generar ingresos, que deje de ser preocupación para mi papá y se convierta en el sustento de mi familia”.

De esa manera surgió Villa Rosas, donde Joanna, su esposo Israel Gómez y sus tres hijos iban a vivir. Después de un mes de haberse instalado, ella encontró en la calle a ocho cachorros, de los que algunos vecinos adoptaron a cuatro machos y después a las hembras, pero uno de los nuevos dueños regresó a una —a Kalúa— porque le faltaba una pata.

A un cachorro le cuesta pararse de cuatro patas y luego caminar. Para la cachorra despreciada costó todavía más. Un día, la cría seguía a su madre como podía, pero no pudo bajar las gradas y se cayó. “Escucharla llorar me rompió el corazón”. Sin consultarlo con Israel, Joanna llevó a la perrita al hostal, que se convirtió en su casa.

En un principio costó que la integrante canina se acostumbrara a vivir sin una pata. De hecho, Israel —quien es veterinario— le fabricó una prótesis, pero ella no se acostumbró. Ya han pasado dos años desde que Joanna la recogió y Kalúa es la reina de Villa Rosas, pues además de cuidar el hostal se ha convertido en el centro de atención de los visitantes. “Debe haber fotos suyas en todo lado, de varios países”, dice Joanna sobre la que considera es su hija.

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