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‘El conejo’, salteña con sabor argentino

Valentín Lucio Choquehuanca es el propietario de una cadena que ofrece la típica empanada boliviana en el corazón de Buenos Aires.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Basualdo

00:00 / 27 de septiembre de 2015

El Conejo” notaba que cuando entraba a un restaurante en Buenos Aires, Argentina, la gente lo miraba de pies a cabeza. Y se sentía discriminado. De esa manera empezó a buscar entre la colectividad boliviana los lugares de su comida preferida y donde se sintiera como en casa. Nunca olvidó la salteña de su querida La Paz. Entonces, pensando en el resto de la comunidad migrante, ideó un negocio donde todos sus coterráneos puedan degustar de sus costumbres sin sentir el acoso de las miradas. Así nació su cadena de salteñerías en la capital del país austral, a donde había migrado en busca de un mejor destino. Y mal no le va.

Llegó a Buenos Aires en 1993. Atrás habían quedado los días vividos en su ciudad natal, donde el popular de Valentín Choquehuanca, su nombre de bautismo, acompañaba a los suyos en jornadas compartidas entre el hogar y la escuela. “Nací en 1970 y los recuerdos de mi niñez son los mejores”. Los paseos hacia la zona vecina de Vino Tinto, las corridas tras una pelota en la canchita del colegio Juancito Pinto y los festines con salteñas picantes al aire libre, en la parada del micro 130, son sus recuerdos imborrables.

Valentín pertenecía a una familia numerosa de padre, madre y 12 hermanos. Las cosas nunca fueron fáciles en el seno de su hogar, así que empezó a ganarse la vida y a entender lo difícil de la sobrevivencia en la gran ciudad. “Ayudaba a las señoras con las bolsas de su mercadería para subir a sus casas (Achachicala queda en una de las empinadas laderas paceñas y fue en su momento un gran barrio industrial), también había que comprar querosén para venderlo en el barrio. Trabajé a cambio de comida, nunca tuve vergüenza en ganarme la vida”. En esa búsqueda, el inquieto de Valentín, a sus 13 años, partió hacia la zona aurífera de Consata del departamento de La Paz, en principio acompañando a su padre para la explotación del dorado mineral. Allí permaneció cuatro años, donde intentó hacerse cooperativista. Pero contaba con solo 17 y la dirigencia no se lo permitía. “Yo pensaba que mi futuro estaba en la mina, así que desesperado me fui a hacer el cuartel pensando que de esa manera me iban a dejar, pero cumplí con el servicio y ni así”, recuerda. Valentín se decepcionó y su madre le aconsejó que tal vez era lo mejor, que el trabajo del minero es siempre sacrificado y que la mayoría termina con dolencias.

Pero el muchacho emprendedor no podía con su carácter, “yo no había terminado el colegio, ¿cuál iba a ser mi futuro?”. Entonces se acordó de su hermana mayor que había partido hacia Argentina tiempo atrás. Decidido, con 23 años, hizo maletas y llegó a Buenos Aires con muchas ilusiones y escasas monedas en el bolsillo. “Empecé a trabajar en la construcción, yo nunca había agarrado una pala, pero tuve que ganarme la vida de esa manera”.

Como había acumulado experiencia en sus días de minero, las cosas no resultaron tan complicadas. En las obras fue donde se familiarizó con la colectividad boliviana en Argentina y empezó a sentir más aprecio por sus paisanos y sus costumbres. “Era difícil ver a bolivianos en las calles de Buenos Aires, con ellos me sentía en casa”.

Se instaló en el barrio Cildáñez que queda sobre el arroyo del mismo nombre y que es uno de los 115 barrios no oficiales de la ciudad de Buenos Aires, llamado también “arroyo de la sangre” durante la primera mitad del siglo XX, debido al vertido masivo de sangre desde los mataderos de vacunos y otras reses. Se trata de un suburbio marginal que encaja en los denominativos de villa miseria, villa de emergencia o simplemente villa, una caterva de asentamientos informales caracterizados por la densa proliferación de viviendas precarias, que tomaron su nombre de la novela de Bernardo Verbitsky titulada Villa Miseria también es América (1957). “Allí había que sobrevivir, si eres nuevo incluso hay que pagar un peaje y por las noches se escuchaban los disparos de los matones. Circulaba mucha droga y era mejor llevarse bien con los ‘vaguitos’ de la villa que nos diferenciaban a los bolivianos por el color de piel. Si no nos molestaban los de la villa, lo hacía la Policía al salir de ella”, cuenta.

Sobreponiéndose a la adversidad

Logró vencer aquella adversidad mudándose hacia su nueva morada: un taller clandestino de productos textiles donde trabajaba y dormía. La paga era buena y aprendió el oficio en pocos meses además de conocer a su nueva pareja y futura esposa de nombre Esther Alvarado, también boliviana de Cochabamba. “Yo era overlockista y ella, ayudante, juntos formamos nuestro hogar”. En sus momentos libres disfrutaban de las comidas. Pero Valentín notaba que cuando entraban a un restaurante, no les sacaban la mirada de encima. “En los 90 no te dejaban entrar así nomás a cualquier lugar, y si entrabas o te atendían mal o no te atendían”. Fue así que se daban modos para acceder a los menús de la colectividad que, segregada, no contaba con lugares visibles en la metrópoli porteña. “Había que ir a las villas a buscar algún picantito de pollo, chicharrón o salteñas”.

Hasta que un bien día resolvió que la situación no podía continuar así. “Yo dije, ¿por qué los bolivianos tenemos que escondernos para comer?, ¿por qué no podemos contar con un lugar normal?”. De ese modo, movido por la pelotera más que por un perfil de negociante, comenzó a planear la apertura de una salteñería en una calle alejada de los barrios de emergencia. “No podíamos seguir en guetos, cuando tuve hijos me di cuenta que ellos no podían vivir escondidos, ya son argentinos, de alguna manera teníamos que socializar más, nosotros los bolivianos también aportamos al desarrollo de este país”.

Agobiado por la situación económica en momentos en que el peso argentino empezaba su devaluación con respecto al dólar, “la gente podía dejar de vestirse, pero no de comer”, Valentín dejó el taller textil para abrir su negocio salteñero. Corría el año 2002, le comentó sobre su proyecto a un amigo de apellido Cornejo quien, también entusiasmado, apoyó la descabellada idea: conquistar Buenos Aires con la típica empanada boliviana. “No sabíamos qué nombre ponerle, había muchos que se repetían en la colectividad como Illimani, hasta que, entre broma y broma, le pusimos Conejo por mi amigo. Solo que ahora el apodo es mío”, indica Valentín entre risas.

Ese primer local fue inaugurado en Bajo Flores, una zona donde pululan inmigrantes bolivianos y donde pensó que era una buena punta de lanza para su empresa. Había un solo problema, a Valentín siempre le encantaron las salteñas, pero no tenía idea de cómo prepararlas. “Junto a mi mujer y los empleados nos dimos formas para aprender a hacerlas”.

Los inicios fueron prometedores. En fines de semana vendía 50 salteñas y ya era hora de multiplicar las sucursales. “Aproveché unos cursos del gobierno de Buenos Aires para administrar empresas. Y de esa manera me animé a abrir la segunda salteñería”. Aunque el infortunio también estuvo presente. “Esta ciudad es muy insegura. Recuerdo que en mi cumpleaños, el 16 de diciembre de 2010, nos asaltaron y mi esposa resultó herida de un disparo en una de sus piernas. Fue un gran susto, pero ello no impidió que siguiéramos con nuestro negocio”.

En la última década, el emprendimiento posibilitó la apertura de locales en barrios como Liniers, Mataderos, Villa Celina y El Abasto. Y ya no pasa desapercibido para los ojos argentinos. “Vienen, preguntan si es una empanada salteña, de Salta (provincia argentina), pero cuando les decimos que es boliviana tienen más curiosidad. Les gusta”.

Valentín ya lleva más de dos décadas en Argentina. Recuerda que llegó con la idea de retornar a los dos años pero cada vez es más complicado. Extraña Bolivia. Pero la salteña hace que se sienta más en casa.

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