Escape

El protector del Chacaltaya

Desde hace 37 años, Samuel Mendoza cuida el refugio que fue construido por el Club Andino Boliviano.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández Ríos

07:00 / 15 de agosto de 2018

En la cosmovisión andina, los cerros son divinidades que protegen a la gente que habita en su entorno, ya que resguardan de los desastres y controlan los ciclos del agua. En ese sentido, el Illimani, el Huayna Potosí y el Mururata son seres tutelares que vigilan —como soldados pétreos— la tranquilidad de La Paz y El Alto. Entre estos vigilantes milenarios se encuentra el Chacaltaya, afectado por el calentamiento global y que este año, después de mucho tiempo, está cubierto por algo de nieve. En esta lógica de reciprocidad de la cultura de los Andes, los cerros también necesitan ser resguardados y Samuel Mendoza (58 años) lo sabe, ya que desde hace 37 que se ha convertido en el protector del Chacaltaya.

Esta relación espiritual empezó sin quererlo, cuando Samuel —entonces muy niño— encontró una revista de su abuelo en la que vio la fotografía de un esquiador que descendía por un nevado. “Al ver eso me dije que algún día iba a conocer las montañas, porque ni siquiera sabía del Chacaltaya”, comenta parado en el límite entre El Alto y La Paz, en la comunidad Siete Lagunas, desde donde se puede ver parte de ambas ciudades.

Todos los días, a las ocho de la mañana, Samuel aguarda ahí el paso de algún vehículo que le acerque al cerro. En caso de que no haya, no se hace problema en caminar cuatro horas por los caminos sinuosos y de tierra que le llevan a su trabajo.

La oportunidad de ascender la montaña ocurrió en su adolescencia, cuando su padre era cuidador del refugio que el Club Andino Boliviano (CAB) construyó en la cima del Chacaltaya. Eran tiempos en que el cerro estaba cubierto de nieve y cuando todos los días llegaban visitantes extranjeros para conocer la denominada pista de esquí más alta del mundo.

Samuel conoce bien esta región, como el riachuelo que termina en Río Seco y que dicen tenía oro, aquel en el que dos vehículos se accidentaron en febrero por la crecida de la corriente.

Hipnotizado por el esplendor de la nieve, comenzó a practicar andinismo, que lo llevó a coronar el Huayna Potosí y el Ancohuma, entre otros nevados del país, además de formar parte de la comitiva que tuvo la misión de buscar los restos del avión de Eastern Airlines que se estrelló en el Illimani el 1 de enero de 1985.

Dispuestos a conocer su lugar de trabajo y tras recorrer el camino que lleva a la mina Milluni durante cerca de media hora, Samuel pide que el vehículo se desvíe hacia la derecha, donde empieza el sendero ascendente y serpenteante que conduce al Chacaltaya. En comparación con años anteriores, hay nieve en todo este sector, gracias a las bajas temperaturas y a las nevadas, por lo que algunos coches se quedan detenidos en las curvas, así es que los visitantes tienen que emprender una caminata hacia la cima.

Después de haber trabajado como guía de montaña y competir en varios certámenes de esquí, Samuel se dedicó —desde 1981— a ayudar a su progenitor en el cuidado del refugio y a manejar el teleférico que transportaba a los esquiadores, pero “cuando ha muerto, solo me he quedado”. El 19 de enero de 1986 iba a llevarse a cabo un campeonato de esquí, pero la nevada intensa ocasionó que se cancelara la actividad. Aquella jornada, Samuel tuvo que bajar a El Alto para hacer recargar la batería que hacía funcionar el motor del teleférico. Su progenitor se quedó a cargo del refugio. “No se sabe muy bien, tal vez haya sido por la edad o porque le ha fallado la vista, o tal vez por la neblina espesa”. Lo cierto es que su papá cayó varios metros y murió debido a los golpes en la cabeza.

Desde la mitad de la montaña se puede observar toda la urbe alteña, que resplandece por el reflejo de los techos de calamina.  “Antes solo existía la Ceja, la 16 de Julio y parte de Alto Lima”, señala Samuel, quien ha visto cómo, desde hace 30 años, se ha extendido la mancha urbana.

Cuenta que en los años 90 era cierta aquella expresión del tan afamado grito de guerra del club The Strongest: “K’alatakaya”, ya que en verdad las piedras reventaban como consecuencia de las bajas temperaturas, pero “en 2005 el hielo ha empezado a desgastarse desde abajo, poco a poco, y en 2006 ya no había pista de hielo, ha quedado piedra nomás”.

En el ascenso, los visitantes se detienen en un mirador natural —a 5.200 msnm—, desde donde se puede contemplar la magnificencia del Huayna Potosí, parte de la cordillera y del lago Titicaca. Ahí también hay una wak’a (sitio sagrado) donde los creyentes construyen pequeñas casas con piedras pizarra. “Los que tienen fe consiguen su casita de verdad”, afirma.

Después de 20 minutos de caminata, Samuel y sus acompañantes llegan al refugio, una casa con paredes de piedra y techo de diferentes materiales —de teja, calamina y vidrio—, que se han deteriorado debido al viento y frío intensos.

El protector ha llegado antes que los visitantes, por lo que de inmediato quita los candados del ingreso al refugio y alista lo que puedan necesitar. “Les cuento todas las experiencias que he vivido en las montañas, les digo cómo tienen que cuidarse, y qué tienen que hacer en la montaña”. Por ejemplo, recomienda que antes de subir al último tramo del Chacaltaya se haga una pausa de al menos 20 minutos para aclimatarse y resistir la falta de oxígeno.

En esa explanada están el refugio y la Cabaña Museo Federico Nielsen Reyes —declarada patrimonio arquitectónico de La Paz—, donde todavía está el motor de camión Volvo que hacía funcionar el teleférico que subía a los esquiadores.

La caminata culmina a 5.435 msnm, en el pico más alto de la montaña, donde se tiene la sensación de estar en el cielo, desde donde se observa El Alto, parte de La Paz y del lago Titicaca, además de los cerros circundantes, donde a pesar de la falta de oxígeno se siente libertad, por lo que Samuel extiende los brazos, mira al cielo y se queda a disfrutar la paz del Chacaltaya. Es el territorio del guardián del nevado.

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