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Juan Carlos Valdivia “Hay otra Bolivia que nadie está mirando”

‘Søren’, que el director considera la tercera parte de una trilogía, explora la relación de los jóvenes y el amor

El director de cine boliviano Juan Carlos Valdivia

El director de cine boliviano Juan Carlos Valdivia Foto: Wara Vargas archivo

La Razón (Edición Impresa) / Víctor Quintanilla - Periodista

07:00 / 22 de agosto de 2018

De paso por México, país en el que vivió 13 años y con el que no ha dejado de mantener vínculos profesionales y afectivos, el director de cine boliviano Juan Carlos Valdivia conversó sobre Søren, su más reciente película (que se estrenará en Bolivia el 13 de octubre), una mirada al país a partir de cuestionamientos sobre el amor y el ser joven hoy. El también guionista describió el desarrollo de su proceso creativo y expuso sus nuevos proyectos y lo que implica hacer cine en Bolivia.

— Søren, su sexta película, está terminada. ¿Cómo se siente con el resultado?

— Me siento muy contento. Me gusta la película. Considero que es la tercera parte de la trilogía que comenzó con Zona Sur y continuó con Yvy Maraey. Las tres ofrecen mirar al país desde una mirada particular y ahora el énfasis está en los jóvenes.

— ¿Cuál es la premisa de la que parte Søren sobre los jóvenes y, entiendo, también sobre el amor?

— Que el amor necesita reinvención e imaginación. Es sobre todo una película que pregunta sobre el amor. Como las dos anteriores, está diseñada —más que para tener un efecto de entretenimiento, aunque considero que es entretenida— para que reflexiones y te hagas preguntas. Creo que no es un tema que se pueda pontificar, especialmente cuando hoy en día tenemos muchas opciones. El paradigma está cambiando y nos estamos preguntando muchas cosas. Ahí se instala la película.

— ¿Qué se pregunta con la cinta?

— ¿Qué pasa cuando el desamor te visita? ¿Existe el poliamor? ¿Cuál es la función del deseo sexual en el amor? Hay muchas preguntas, yo las dejo, no quiero hacer algo discursivo ni pretendo patear el tablero y dar ideas radicales. Pero creo que en Bolivia seguimos insistiendo con una polarización y que los bolivianos ya hemos resuelto un montón de temas. Hay además un contexto de diversidad y de clase social en la película que la une temáticamente con las otras dos. A partir de la docencia y de conocer los cuestionamientos de los changos, a partir de las redes sociales, de estudiar el transmedia, los universos narrativos y la comunicación, empiezo a diseñar esta película y a ver que hay otra Bolivia que nadie está mirando.

— ¿Y por qué es importante abordar estos temas?

— Porque a mí me interesan. En ese sentido, creo que soy bastante egoísta, una persona que ha vivido cambios en su vida y ha querido mirar y cuestionarse esto. Vi el tema de la familia, de la burbuja que se revienta y de las nuevas relaciones en Zona Sur; las relaciones posibles en una nueva Bolivia en Yvy Maraey; y ahora me adentro un poco en cuáles son las preocupaciones y en cuál es esa Bolivia que estamos viendo. Al ver la película, veo otro país. Siento que a veces en el cine hemos construido una identidad cultural cinematográfica de la que nos cuesta salir, que tiene que ver con lo indígena, con lo minero, con el Occidente de Bolivia, con las luchas, con todas esas cosas que también están en mis películas, pero hay otra Bolivia hoy. Otro elemento en la película tiene que ver con una mirada de afuera, el personaje principal es un extranjero. Eso es interesante, porque los bolivianos tendemos mucho a mirarnos al ombligo, a creer que nuestros procesos políticos son únicos en el mundo, que somos el país más rico, alucinante y diverso del mundo. Y somos un país increíble, pero hay una nueva juventud global que viaja mucho. Ahora somos un país súper cosmopolita, viajado y conectado con el mundo. Y es importante que nuestro cine empiece a reflejar también a ese nuevo boliviano.

— El nombre de la cinta es un homenaje a Søren Kierkegaard, considerado el padre del existencialismo. ¿Cómo plasma ese pensamiento en la obra?

— Lo que básicamente le pasa a la pareja central es que a ambos les entra el bicho existencial. En algún momento de tu vida, quizás en la madurez, es cuando eso ocurre. Kierkegaard escribió un libro muy bello sobre el amor. Yo lo encontré en una librería en París, me llamó la atención y lo leí. Hay muchas ideas ahí que me inspiraron para el personaje principal. Dicen que la palabra afecto viene del término griego que significa “herida”. Un afecto es una herida abierta, entonces Søren es algo que está infecto, que se adentra para bien o para mal.

— Aunque de forma distinta, ¿lo político está presente en Søren?

— Quizás tiene que ver con la identidad misma de esta pareja, con su problemática. El tema camba-colla está mucho menos presente en los jóvenes que en los viejos. Están las nuevas burguesías. En fin, hay un montón de guiños. Y se ve una Bolivia muy diversa, muy entrañable. Te dan ganas de ir a ese país, conocerlo, ir a nuevos lugares. Pienso que estamos viviendo los últimos años de una clase política que está de salida, que no entiende el mundo ni a los jóvenes. Y los jóvenes todavía no se han armado de herramientas suficientes como para tumbarlos, ni al uno ni al otro. Pero es algo que evidentemente va a pasar. Cuando pase, todos van a quedar sorprendidos por la manera en que va a pasar (…).

— Parte de mostrar esa Bolivia entrañable tiene que ver con los espacios en sus películas, ¿cuál es el común denominador y cómo se traduce en Søren?

— He explorado mucho el espacio cinematográfico desde las películas anteriores. Yvy Maraey era un viaje a través de ciertas burbujas, como también Zona Sur era una burbuja con sus miniburbujas adentro. En Yvy Maraey ibas atravesando la burbuja de la hacienda, de la comunidad indígena, del bosque y de todos estos lugares cerrados y claustrofóbicos. Ahora hay un espacio más expandido, una sensación más abierta.

— También es guionista, ¿cuáles son los mayores retos al escribir y cómo los sobrelleva?

— A mí me gusta el cine de personajes, más que uno de trama o de acción. Yo empiezo mis películas cuando tengo los personajes. Mis películas son los personajes, sus complejidades, sus conflictos. Cuando ya tengo personajes complejos es que puedo escribir. Trato de escribir un primer tratamiento en 18 a 21 días, pero para llegar a eso tienes que tener la represa llena de cosas. Creo que es un error escribir cuando no sabes qué vas a contar. Tienes que tener un exceso de información y luego abrir la represa para dejar salir todo. Después lo editas y ordenas.

— ¿Qué otros proyectos tiene en marcha?

— Tengo ahora un guion y voy a empezar dos más. Viene una etapa fértil. Tengo un proyecto sobre la familia de Hans Ertl en Bolivia, basado en la novela de Rodrigo Hasbún. Estoy volviéndola a adaptar después de tres guiones originales. Es una historia inspirada en hechos reales que tiene mucha fuerza. Ya tengo un productor y es posible que se haga el próximo año, básicamente será una película alemana. Y tuve una reunión con un escritor muy conocido en México, todavía no quiero revelar el nombre, que me va a dar los derechos de una novela que me entusiasma mucho. Después de tres guiones originales, estoy volcando mi interés de nuevo a las adaptaciones literarias. Mi deseo es dedicarme unos años cien por ciento al cine y a la televisión.

— Finalmente, ¿el cine en Bolivia sigue siendo un emprendimiento personal?

— Totalmente. El Estado ha sido incapaz de fomentar el desarrollo y crecimiento de la actividad cinematográfica. Tenemos además un medio dividido, segmentado, constantemente en peleas y que no ha logrado unificarse para exigir mejores condiciones, como hay en todos los países, que hacen frente a la hegemonía de Estados Unidos. Es una cuestión de soberanía. Un país que no produce contenidos, no es un país, es un paisaje. Estamos en una situación muy vulnerable en la producción de contenidos. Los públicos y en especial los jóvenes ya no ven cine boliviano, no creen en él. Aunque hay cines en todo lado, los números son devastadores: hace 10 años, las ventas por taquilla han subido a 35 millones, de los cuales el cine boliviano representa un 1%. Los ingresos del cine boliviano se han mantenido igual, mientras que los ingresos del cine importado han subido 100 veces. Los cineastas terminamos con un montón de deudas, haces muchos sacrificios para hacer una película. No soy una persona a la que le gusta quejarse porque nadie me ha obligado a hacer cine, lo hago porque quiero, pero terminas agotado y con poca motivación de seguir haciendo cine en Bolivia.

Perfil

Nombre: Juan Carlos Valdivia

Nació en: La Paz

Profesión: cineasta

Prolífico

El director, que se formó en Estados Unidos (Columbia College, Chicago) realizó seis largometrajes, entre los que se encuentran Jonás y la ballena rosada (1995), American visa (2005), Zona Sur (2009) e Yvy Maraey (2012).

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