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Raquel Montenegro

La docente paceña recibió el homenaje que el Espacio Simón I. Patiño otorga anualmente.

Raquel Montenegro.

Raquel Montenegro.

La Razón (Edición Impresa) / Naira C. De la Zerda

00:00 / 13 de diciembre de 2017

La única actividad verdaderamente importante que la literata Raquel Montenegro cree que ha realizado en su vida ha sido enseñar. Lo cierto es que pasó cerca de tres décadas dando clases; primero en el Colegio Alemán Mariscal Braun, como profesora de Lenguaje y Literatura, en el ciclo secundario, durante 28 años. Poco después incursionó en la educación superior en la Universidad Mayor de San Andrés, en la que fue vicedecana de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, directora de la carrera de Literatura por casi una década y docente emérita. Pero lo que la hace merecedora del homenaje que el Espacio Simón I. Patiño (Ed. Guayaquil, Ecuador esq. Belisario Salinas) hace anualmente a pedagogos bolivianos, y se realizó el 30 de noviembre, es la pasión con la que desarrolló esta tarea y su influencia sobre sus estudiantes. 

— ¿Cómo encontró esa pasión por la literatura?

— Cuando salí bachiller no tenía claro qué debía estudiar, así que mi profesor de colegio, que después también lo sería de la universidad, Wálter Navia, me aconsejó que entrara a la Facultad de Filosofía y Letras, que en ese entonces se llamaba así. Desde el primer año me enamoré del asunto, no de enseñar todavía, pero sí de leer y escribir. Y cómo son las cosas de la vida y de Dios, más o menos cuando estaba en cuarto año, Navia me pidió que lo supliera dando clases. Si bien me asusté, porque trabajaría con alumnos de cursos superiores, también me gustó mucho. El año siguiente comencé a dar clases regularmente y no paré de hacerlo hasta 28 años después.

— Teniendo en cuenta su formación, ¿cómo encaró la enseñanza de esta materia a nivel escolar?

— Lo que más me importaba era enseñar con cariño. El Colegio Alemán es una institución rigurosa y disciplinada, pero también me gustaba darles libertad a mis estudiantes. Ellos eran jóvenes a los que estaba formando, no desde un sitial, sino como una persona que ha encontrado por lo que se apasiona y quería transmitirles o contagiarles eso, desde la lectura de los clásicos. Esa historia de darles libros de autoayuda o libros fáciles no me convence, ni antes ni ahora. Tienen que leer con apasionamiento las obras clásicas que son antiguas, sí, y que aparentemente no tienen nada que ver con su vida, pero hay que plantearse las preguntas clave para que vean que lo que narran estos libros sí tiene que ver con sus propios cuestionamientos. 

— ¿Cómo cambió el panorama cuando empezó a dar clases en la universidad?

— Es diferente, porque la mayoría está ahí porque quiere. Sin embargo, me encontré con otro tipo de complicaciones; primero con muchos bachilleres que no entendían lo que leían y después con un grupo desigual que tenía diferentes niveles de formación. Desde el principio sabían que tenían que leer, escribir y exponer, pero igualar el nivel es un proceso. Cuando uno ve que hay personas que tienen dificultades, debe disminuir el ritmo de avance, darle un espacio para que vaya poniéndose al día y orientar el camino por el que tiene que seguir. En la universidad tenía que haber un rigor en la investigación, en la escritura y lo que más me importaba era que lean literatura escrita y producida en Bolivia. Pero sobre todo quería hacer que estudiantes, que muchas veces no tienen ninguna formación literaria, creen su propio mundo leyendo y desarrollen un gusto genuino por la escritura.  

— Tras 30 años en las aulas, ¿qué  piensa de la educación en Bolivia?

— La educación aquí, espero que esté cambiando, pero tenía un problema grave: era absolutamente memorística. Los contenidos estaban muy dirigidos y muchas veces nuestros maestros buscaban el mensaje del autor, la famosa moraleja que en realidad se agarraba de la literatura como un medio para hacer de los niños seres más educados, más obedientes, pero no se gustaba de la lectura en sí y creo que nuestros maestros han hecho mucho daño con eso. Pienso que el alumno no es un depositario de conocimiento o instrucción. Es necesario buscar maneras para que aporte al proceso de enseñanza creativa y críticamente, desarrollando un pensamiento propio.  

— ¿Cómo cree que esto repercute en los profesionales?

— Me da mucho miedo que sigamos manteniendo lectores pasivos, porque lo que se enseña en literatura sirve para todos, es escribir y leer, y no sé cómo leen los profesionales que salen ahora, no sé qué herramientas tendrán para hacer una lectura comprensiva o una escritura comprensiva, porque a veces no se entiende lo que quieren decir cuando escriben. Por eso para ser docente a cualquier nivel se tiene que tener vocación y un gran compromiso para lograr que los alumnos duden, se interesen y pregunten. Yo siempre quise formar estudiantes participativos, críticos y autónomos, que no estén dispuestos a repetir contenidos de memoria.  

Nombre: Raquel Montenegro de Von Vacano.

Nació: La Paz, Bolivia.

Profesión: Licenciada en Literatura, con una maestría en Letras Hispánicas.

Educadora

Nació hace 71 años, estudió en el Colegio Alemán, institución en la que después fue profesora. Es la primera licenciada en Literatura formada en el país. Es parte de la generación que se perjudicó con el cierre de las universidades estatales en la época de las dictaduras militares.

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