La Gaceta Jurídica

Arte jurídico, virtudes y justicia

De Leonardo a Kant

La obra de Leonardo contempla las perspectivas que resaltan las virtudes, belleza o justicia.

La obra de Leonardo contempla las perspectivas que resaltan las virtudes, belleza o justicia. Foto: bobbyrock.wordpress.com

César Edmundo Manrique Zegarra

00:00 / 01 de mayo de 2015

El arte jurídico es el de la creación de la obra justa y su resultado, seguramente, ha de mostrarse a plenitud cuando la Jurisprudencia alcance un desarrollo similar al de la ciencia. El resultado del arte bello –siendo el arte de crear la obra bella– es el que, bien podemos verlo, arroja la Ciencia como consecuencia de su último desarrollo.

¿Cuál es el resultado que, como consecuencia de su último desarrollo, arroja la ciencia? Si cabe decirlo, en términos llanos es el conjunto de los múltiples, variados y ordinariamente descartables productos de la tecnología –que bien podemos llamarlos hijos, nietos o agnados de la obra de arte– que tenemos a disposición y cada día en mayor medida nos envuelven hasta llegar a ser casi lo único a que podemos acceder. 

Los productos de la tecnología (las obras últimas del arte moderno) con suave imperio intermedian entre la percepción y lo perceptible. El agua elemental llega hasta nosotros cotidiana, aséptica y embotellada y cuando no es así brota mansa y domesticada del tubo terminal de la cañería (esta agua es distinta de la que habita en la poesía y de la que de vez en cuando turbulenta arrasa).

El sonido múltiple, instantáneo, irrepetible y fugaz, ahora, gracias a la tecnología ordinariamente surge dócil, domésticamente encapsulado del aparato electrónico, transformado en suave música; el signo ha dejado de ser anuncio causal que incita para tornarse en asunto digital que se muestra en la pantalla como dato.

Materia humana y natural

Lo cierto es que el mundo figurado por los artistas del Renacimiento, cuando imaginaron la posibilidad de utilizar los recursos naturales para modelarlos, reproducir lo percibido, crear nuevas formas, someter la materia a las más diversas transformaciones y aplicarla a los más varia- dos usos, es resultado de la experiencia y su consecuencia concreta, el mundo construido a la postre por la ciencia y reproducido por la tecnología en un proceso que se agota en la copia, repetición y réplica ejercitado recursivamente al infinito.

No cabe duda de que en la grafía, el color, el sonido, el mármol o la arcilla extraídos de la naturaleza –que las técnicas del arte modelan y ajustan utilizando instrumentos cuidadosamente elaborados para crear la obra poética, pictórica, musical, escultórica o cerámica– está figurado el texto, la fotografía, el audífono, la estructura de cemento y fierro o la vajilla que son ahora pasado el tiempo no obra que abre las puertas de la imaginación y deleite que surge de la contemplación de su belleza o perfección, sino objetos para el uso, gozo y disfrute común, cotidiano y ordinario alcanzado gracias al desarrollo de ciencia y tecnología, ciencia y tecnología que sabiéndolo o no sus cultores se alimenta del impulso generado por la persecución de la belleza que la obra expresa.  

Si tales son los resultados del arte bello aplicado a la transformación de la materia prima natural y si entendemos que el arte jurídico es el de la creación de la obra justa sobre la modelación del otro elemento primario, la materia humana, cabe entonces preguntar:

¿Cuál es el orden justo en las relaciones humanas que cabría imaginar para figurar un mundo común, ordinaria y cotidianamente justo?, ¿cuáles son las posibilidades que brinda la materia humana (han de ser muchas más que las que brinda la materia natural) y cuáles los métodos y procedimientos para la construcción de ese mundo justo cuya edificación comprometería a la Jurisprudencia?

Tesis kantianas

Kant imagina un mundo construido sobre el reconocimiento de que cada uno de los seres humanos es un fin en sí mismo (lo cual es obvio porque no hay ninguno que no lo sienta así); sobre la posibilidad de que cada uno de los seres humanos goce de libertad para decidir cómo ser un fin en sí mismo (liberado de los condicionamientos que constriñen la voluntad y la sujetan a las exigencias de la necesidad).

Por último, un mundo en el cual cada uno reconozca en todos los otros esa misma condición de ser un fin en sí mismo y la libertad de serlo que se concreta en la formula… “trata a todo ser racional (a ti mismo y a los demás) de tal modo que en tu máxima tal ser valga al mismo tiempo como un fin en sí…” (Kant. Metafísica de las costumbres).

En cierto modo, las magníficas tesis kantianas renuevan las enunciadas en otro tiempo y circunstancias por Protágoras. Siendo “el hombre la medida de todas las cosas” –predica Protágoras– y teniendo todos similar capacidad de juzgar, hay que convenir entonces en que “lo que a cada ciudad parece justo y recto, lo es en efecto para ella en tanto lo juzgue así” (Platon. Teeteto, 167c).

La tesis convencionalista es una entre muchas otras de similar valor, interés y riqueza que como la primera constituyen recurso para ejercitar y afinar la reflexión y son, asimismo, instrumento para orientar la práctica.

Lo que esconden las obras

La obra kantiana no agota las posibilidades del arte jurídico, tanto como que la obra de Leonardo no agota las del arte bello aunque ambas fijan una orientación, señalan un camino, muestran una veta inagotable de recursos.

La Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres y la Gioconda –elaboradas con distinta materia, colores una y palabras la otra– dan cuenta de la exploración emprendida por uno y otro en su particular empeño sobre la base de un cuidadoso inventario de las posibilidades abiertas a la imaginación materializadas en la obra que por ello mismo muestra apenas un vago atisbo de lo que está escondido en ellas.

Tanto Kant como Leonardo, para elaborar su obra lo hacen contemplando al hombre desde perspectivas que echan luz sobre aquellos aspectos que resaltan ángulos que permiten y hacen resaltar las virtudes que determinan su belleza o justicia sin dejar de lado aquellos otros aspectos que permanecen en la obscuridad de la cual emergen y, por contraste, las hacen visibles y resplandecientes.

Ante todo –dice Leonardo en su Tratado sobre la Pintura– hay que “aprender la perspectiva para la justa medida de las cosas: después estudiará copiando buenos dibujos, para acostumbrarse a un contorno correcto: luego dibujará el natural para ver la razón de las cosas que aprendió antes… es primordial…  el estudio…  de todas las figuras… de las sombras y luces convenientes al sitio en que están colocadas las tales figuras”.

La de Leonardo, que no es distinta de la perspectiva kantiana (y tampoco el método) cuando éste último encuentra, por ejemplo, que la libertad de la voluntad que determina la pertenencia del hombre al mundo inteligible, surge y es comprensible en su plenitud cuando el contraste permite la contemplación de esa misma voluntad sometida a los condicionamientos de la sensibilidad a la cual causalmente pertenece y de la cual se libera.

El desarrollo de la Jurisprudencia supone primordialmente el desarrollo o cultivo del sentido del gusto jurídico o del gusto por la obra, acción o hecho justo, tanto como que el de la ciencia es, en última instancia, manifestación del sentido del gusto por lo bello, (llámese bueno, útil o necesario) armónico u ordenado.

Porque… ¿cómo podría concretarse la creación de la obra jurídica o levantarse la construcción o edificarse un mundo a la luz de los criterios de justicia (en lo cual han de aplicarse las capacidades creadoras) sin que sean expresión del sentido del gusto jurídico, es decir sin la capacidad de apreciar los actos, hechos y obras justas?Tal vez falta transitar el camino de Kant (Kant es un decir) siguiendo la ruta seguida en la persecución del mundo de Leonardo (Leonardo es otro decir).

Lima 10 de abril de 2015

Es abogado peruano.

Tomado de: cienciayjurisprudencia.blogspot.com

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