La Gaceta Jurídica

Ausencia de Estado

Realidades jurídicas

La Gaceta Jurídica / Gabriel Paláez G.

00:00 / 06 de abril de 2012

Desde hace un buen tiempo, el país viene siendo testigo de una verdadera cadena de conflictos de toda índole. Nos hemos llenado de “estados de emergencia (por algo se empieza)”, después paros, huelgas de toda clase, algunas “quietas” otras “movilizadas”, otras “de hambre” y, sobretodo, “bloqueos” que también tienen sus “clases” o “tipos”. Pueden ser de calles o avenidas de una ciudad y los más temidos, los que interrumpen la circulación de caminos.

O sea, ante la impavidez del Gobierno en la mayoría de los casos, la ciudadanía, a pesar suyo, ha acabado por acostumbrarse o, mejor, resignarse a aquella situación. Prácticamente no hay día del año en que algún grupo o sector, pequeño o grande, no se “manifieste” de alguna manera, particularmente en las ciudades de La Paz y El Alto, que han acabado por convertirse en urbes caóticas en las que lo “normal” es cualquier cosa.

A ese desconsolador panorama se ha añadido otra figura: la de las marchas, también con características propias. Hemos sido testigos de una marcha contra la carretera por el centro del Tipnis y poco después otra similar en contra de la anterior.

Ahora está en preparación nada menos que la novena marcha para oponerse a la consulta que logre legalizar aquella construcción. No sería raro que para “empatar” en marchas se produzca la número diez. Esto implicaría que, en lo relativo al conflicto del Tipnis, estarían dos a dos.

No pretendemos entrar a un análisis de cuáles son las causas que han motivado la multiplicidad de esos conflictos y el hecho de que en los últimos años aquellos hayan rebasado en número a los de años pasados. Este detalle nos obligaría a escribir quizás varias páginas, de tal manera que no correremos ese riesgo.

Nos vamos a limitar a descartar cuál la explicación que se puede hallar para que se encuentren razones a esa anomia que existe, a esa pasividad del Gobierno, a ese “quémeimportismo”.

Las pocas veces que el Gobierno decidió intervenir utilizando la fuerza, lo hizo “escogiendo” conflictos como le vino en gana por razones generalmente políticas. Su intervención, por lo general, también fue equivocada, acabó siendo excesiva (con víctimas); ahora que existe televisión no hubo por dónde ni cómo ocultar nada. La intervención a la marcha por el Tipnis en Chaparina fue una muestra contundente de lo que afirmamos.

Pero, en la generalidad de los casos, la ciudadanía presencia asombrada cómo los mecanismos de defensa de la legalidad han desaparecido. No se actúa, se deja actuar a todos, como es sabido, “hasta las últimas consecuencias”. El slogan más repetido es ahora: “no vamos a permitir”.

Y, para colmo, los hechos parecen confirmar lo que el ciudadano afirma, que aquí sí es aplicable el refrán “guagua que llora no mama”. Si no protestamos en público, no pasa nada, nadie nos escucha ni nos atiende. La consigna, por lo tanto, es: salgamos a las calles, mientras más alboroto hagamos, mientras más perjuicio causemos, más molestias provoquemos en el resto, mejor. Nos van a atender.Se ha llegado al extremo de que sería conveniente que los medios de comunicación publicaran cada día algo así como una “lista de conflictos para hoy”, para que el ciudadano, por lo menos, sepa a qué atenerse. Algo parecido al rol de las farmacias de turno.

Pero el tema, si bien da para la parte irónica, es realmente preocupante, porque el país en forma permanente vive semiparalizado. Además, estos hechos implican para su economía pérdidas millonarias que a nadie parecen preocuparle.

Asimismo, los conflictos se agravan por otro hecho visible. El nuestro es un país, si quieren un Estado presidencialista, incluso más que plurinacional. Lo curioso es que a este hecho cotidiano no lo contempla el texto constitucional. Se ignora aquí lo que ocurre todos los días.

Entonces, frente a tal panorama se pretende que todos los conflictos, chicos y grandes, “suban” hasta el nivel de la Presidencia del Estado. Los sectores en pugna, o que exigen algo, acaban insistiendo en que, si no interviene el Presidente precisamente, no dejarán sin efecto sus medidas de presión. Y los ministros y “autoridades pertinentes”, bien gracias. Para ellos, mucho mejor. Así no se apuran y su trabajo se reduce.

Pero, los conflictos se agravan porque, sobre todo, en el Gobierno actual no solo es la figura del “Presidente del Estado”, sino que el actual es sobre todo un caudillo que por su propia cuenta quiere estar presente en casi todo, más aún si la solución del problema tiene que ver con sus índices de popularidad.

Al final, tenemos que llegar a la conclusión de que el tema es altamente complejo, porque nos encontramos frente a una definida AUSENCIA DE ESTADO. El Gobierno, que es uno de sus componentes, prácticamente ha desaparecido. Y es o porque sus autoridades no quieren actuar por no comprometerse o, lo que es pero todavía, porque han sido totalmente rebasadas. Puede ser también porque quienes sostienen el conflicto ya no creen en la eficacia de la actuación de aquellas. Como vulgarmente se dice, “no sirven”.

Esta ya es una situación extremadamente grave, porque el Estado ha dejado de tener presencia. Y aquí puede ocurrir cualquier cosa. La cena está servida para los audaces y los demagogos. Por eso se explica, en parte, el fenómeno de los linchamientos, pues quienes los ejecutan piensan: “total, qué nos van a hacer. Nadie nos habrá de castigar”. Total ausencia de Estado.

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