La Gaceta Jurídica

Bolivia: la coyuntura y la descolonización

(Parte final)

Foto: adolfomendozasenador.blogspot.com

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La Gaceta Jurídica / Rafael Bautista S.

00:00 / 19 de junio de 2012

Curiosamente, los líderes sindicales han olvidado la crítica al sistema del cual son víctimas y sólo se empeñan en sacar las mejores tajadas de éste y de modo corporativo. Si fuésemos honestos veríamos en la canasta familiar de la Central Obrera Boliviana (cob) la introducción de satisfactores propios del mercado que, en su mayoría, no constituyen sinónimos de una dieta saludable. Se olvida que conceptos como “nivel de vida” y “necesidades actuales” crean el espacio idóneo para que el capitalismo no sea cuestionado a fondo, porque si queremos realmente dejar sin legitimación al capitalismo, deberíamos en primera instancia cuestionar aquellas “necesidades” que el capitalismo genera y satisface.

Es decir, todos han olvidado la lucha contra las desigualdades y renuncian a producir otro mundo mejor buscando su inclusión obsesiva en el sistema, mediante las mismas aspiraciones que iguala a todos en maldición: el desarrollo que se corea por todo lado es el mejor modo de asegurar nuestro subdesarrollo. Y de esto no se salva ni el gobierno.

Enfrascado en un afán desarrollista, olvida que el desarrollo no es un fin en sí mismo, sino la consecuencia indirecta de la realización de un proyecto propio. El desarrollo del primer mundo es la objetivación de la expansión capitalista en torno a la conformación de centros desarrollados y sus periferias, como garantía material de aquel desarrollo; es decir que el subdesarrollo no es una etapa anterior al desarrollo sino una contradicción inherente al desarrollo, o sea, es el propio desarrollo de los centros el que ocasiona el subdesarrollo, desequilibrando la periferia y produciendo su dependencia. Por supuesto que los centros no hacen esto solos, sino que aprovechan la complicidad de las oligarquías nacionales periféricas para consolidar un sistema económico basado en esa clasificación.

Cuando los médicos señalan la falta de condiciones materiales como causa del déficit en salud, caen en el mito del desarrollo. Se ven a sí mismos con los ojos del primer mundo y creen que sólo la igualdad de condiciones hace la diferencia. Pero si falta voluntad y el propósito profesional ya es sólo pecuniario, lo que empieza a advertirse es una suerte de insistencia cultural que caracteriza a las oligarquías. Cuando éstas se integran al mercado mundial con dependencia y subordinación renuncian de modo definitivo a constituirse en burguesía nacional. Su condición racista les impide imaginar siquiera la integración económica de su nación, es decir, en el desarrollo del elemento nacional (tarea que realizó la burguesía inglesa y generó el primer imperio capitalista); herederos de la mentalidad conquistadora, no son proclives al esfuerzo propio sino a la riqueza en forma de milagro, por eso les es más cómoda la inclusión en el mercado mundial de modo subordinado.

Eso explica el carácter colonial de los nuevos Estados, soberanamente apuestan por su dependencia. También desean el desarrollo que les promete el capitalismo, pero sólo a condición de subdesarrollar a sus propios países, o sea, el desarrollo sólo puede ser posible para una parte mínima del país. Cuando aparecen los populismos históricos y se persigue un despegue industrial, se olvida que cada vez es más difícil aquello, por la propia estructura de clases, el régimen de propiedad y el sistema legal que adquieren los países; por eso estos episodios revolucionarios acaban en una alianza de clases (o castas) cuyo horizonte único se traduce en la estabilidad del sistema. El desarrollo es sólo posible para los detentadores del poder político. Su legitimación consistirá en la creación de sus burocracias respectivas; por eso, el consenso es siempre mínimo y se produce en torno al margen exclusivo de la ciudadanía incluida.

Por eso las clases dominantes optan por el desarrollo moderno, porque no están dispuestas al sacrificio que significaría desarrollar de modo independiente al propio país (porque esto no da ganancias y menos inmediatas); por eso los estamentos de profesionales, privilegiados y superiores en un país pobre, no se ven como quienes deberían iniciar un despegue propio sino sólo como quienes deberían recibir los beneficios que genera el país, aun en condición de dependencia.

Que llamen a esta situación privilegiada, derecho adquirido, retrata la herencia feudal-colonial a la cual se adscriben: el “derecho de pernada” de los señores feudales era un privilegio impuesto a costa de la dignidad de los campesinos. Esa es la historia de considerar derechos a los privilegios del patrón.

Actitud

Lo triste es la capacidad de manipulación, no sólo de los trabajadores en salud sino de los propios universitarios. Los primeros podían tranquilamente iniciar negociaciones con el gobierno y no confundirse en demandas aristocráticas, que acaban por favorecer no a ellos, una vez que ya han dejado de ser útiles; los segundos son patéticos, sobre todo los de la upea, siendo víctimas, hijos y nietos de víctimas del sistema de salud pública. Por eso, cuando el Presidente descalifica la educación universitaria, aunque lo diga de mal modo y cuando menos debiera, dice la verdad; porque la deformación académica que imparten las universidades, tiene mucho que ver con la devaluación mercantil de vocaciones como la medicina.

En otros países, un paro así ya habría desestabilizado todo. ¿Por qué en Bolivia no sucede esto? Porque, aunque nunca lo admitan los médicos, en Bolivia no es el sistema de salud pública o privada quien cura a la gente. En Bolivia la gente, sobre todo pobre, acude más a la medicina tradicional, alternativa y a yatiris, kallawayas, etc., nunca se han quejado de falta de infraestructura, ante un Estado que jamás les dio un solo peso. El gobierno peca de ingenuo creyendo que puede ganar esa pulseta con el sistema de salud pública sin generar antes el colchón institucional para hacer frente a lo que generaron los médicos: la desatención de la población. Pretender que sea la población la que resuelva la situación requería generar las condiciones para hacerla protagonista de medidas trascendentales; pero, desde el gasolinazo es cada vez menos creíble que el gobierno tome en cuenta la voz del pueblo.

Las últimas medidas que asume el gobierno muestran desesperado intento de ganar respaldo; pero sin la contundencia que debiera mostrar una real intención de revisar un proceso de nacionalización truncado. Recupera una empresa de electricidad pero, el mismo día, firma un nuevo contrato con Repsol; aquí no se trata de cuántas acciones recupera o no, sino del concepto mismo que se asume cuando se ejecuta la re-estatización. A la oposición y sus analistas mediáticos les preocupa, como a todo apátrida, el asunto legal, como si legal hubiese sido la privatización y el desmantelamiento del Estado (para hacerlo aparecer legal, las transnacionales, con todos sus bufetes de abogados hasta nacionales –que para eso sirven–, se las ingeniaron para hacer ajustes en las propias constituciones nacionales. Al gobierno le preocupa no espantar la inversión extranjera, sin tomar en cuenta que ésta ha sido diseñada para mantener intacta la estructura dependiente de la periferia mundial.

La nacionalización no consiste en que una empresa pase de manos extranjeras a manos nacionales, porque también estas pueden ser privadas, no necesariamente públicas, y contribuir a la constitución de una nueva clase dominante, cuya base industrial no genere sino otro enclave, afirmando otra vez el subdesarrollo del propio país. La nacionalización consiste en que la nación misma se asume como sujeto de su propio desarrollo. De ahí que la recuperación de sus hidrocarburos pasa por su control geopolítico, la atención a sus necesidades energéticas propias y su planeamiento estratégico; en torno siempre a un proyecto nacional propio. Si se ve en la recuperación sólo un mejor ingreso, entonces se renuncia al desarrollo que tanto se pregona, porque la lógica de sus operaciones sigue siendo digitada por el criterio de la ganancia, por eso se lo dejan a los privadas (que para eso son eficaces, para que la ganancia se transfiera siempre a los centros desarrollados), que transfieren los planes estratégicos siempre a los centros matrices, dejando al país dependiente de una planificación estratégica que ya no le corresponde hacer sino sólo obedecer. En eso cae el gobierno por someterse a las necesidades de la inversión antes que a las necesidades nacionales; que no pasan sólo por estímulos materiales.

¿Qué centros de investigación patrocina nuestro gobierno para hacer posible un desarrollo de la conciencia plurinacional? ¿Bastará con tener un iluminado a la diestra del primer mandatario? El gobierno cierra cada vez más sus opciones y cierra, de ese modo, la posibilidad de su propia continuidad, aun cuando sus propias apuestas retroceden tanto que se encuentran con el lado opuesto. La oposición se queja más de lo que debiera, porque el gobierno está haciendo lo que ellos nunca pudieron: administrar mejor el Estado colonial. Su arrebato tiene otro origen: el racismo. Los medios descubrieron aquello descubriéndose a sí mismos. Por ello encuentran hasta en la anécdota un motivo para continuar la desacreditación. Eso pasó con el magistrado Cusi; éste, según los medios, “ultrajó la justicia con la coca”.

El carácter prejuicioso de este lamento logró destapar las profundas obsesiones racistas-coloniales (las cuales no sólo se atrincheran en la oposición sino que aparecen también en el propio gobierno, pues salvo contadas excepciones, no hemos visto una sola posición oficial que condene esta nueva defenestración de la hoja de coca). Si el magistrado hubiese dicho: “para emitir juicios delicados me encomiendo a Dios”, nadie hubiera objetado nada; pero cuando dice que en cuestiones complicadas “recurro a la coca”, entonces todos optan por el linchamiento. Jueces, políticos, periodistas, abogados, analistas condenan el linchamiento que llaman “justicia comunitaria”, para desacreditarla, pero gustosos lo realizan en el circo de los medios y mejor si se trata de un indio que es ahora magistrado.

Valores

Una vez orquestada la condena, los defensores del “derecho” desfilaron religiosamente por los medios. Pero repasemos la constitución histórica del “derecho moderno”. La conquista se consagra gracias al “derecho moderno” y gracias a éste se legitima una clasificación racista de la humanidad. Este “derecho” nace concibiendo un sujeto de derechos exclusivo, negándole esta cualidad a quienes no son considerados seres humanos. Si la eugenesia no es un accidente en la ciencia de la medicina moderna sino la deducción lógica de sus principios de clasificación biológica (por eso generaciones de médicos ven en el indio una raza en extinción, a la cual ya no debería prestársele atención), del mismo modo, el derecho positivo no hace más que secularizar las creencias últimas del mundo moderno (por eso Kelsen no halla mejor metáfora que la pirámide, para expresar una visión aristocrática de la justicia que, según éste, no tiene nada que ver con la ética, generaciones de abogados se creyeron ese cuento, justificando la corrupción de la cual ya eran parte). El lenguaje del Estado lo hacen las leyes, pero éstas ya no las hacen los Estados (menos los pueblos), sino son subordinados a un supuesto derecho natural que canoniza los valores modernos como sagrados.

Poner esos valores en suspenso es atentar al orden mismo. Es cuando Iglesia y mundo se ponen de acuerdo; por ejemplo, si antes, hasta Tomás de Aquino, la propiedad privada no era considerada de derecho natural, después, hasta la doctrina social de la Iglesia concibe a la propiedad privada del capital como natural. Lo que la razón no puede demostrar, la religión puede justificar, es decir, Dios puede avalar. El orden se garantiza.

El derecho ya no necesita demostrar aquello de lo cual parte, como un dogma de fe: los valores modernos son y representan el orden y, si el orden es lo sagrado, atentar contra sus valores es atentar contra Dios mismo. Entonces, el Dios al cual se encomienda el juez, al cual se jura, poniendo las manos sobre la Biblia, es un Dios pertinente al orden.

Con ese Dios no hay problema, porque es un simple garante de una estructura que gobierna el mundo por medio de las leyes. Por eso, mencionarlo no tiene nada que ver con la creencia religiosa; pues el derecho mismo es la religión sustitutiva que hace posible el acceso al reino de los cielos: la ley permite y garantiza el acceso a todo. Por eso hasta las guerras se hacen de modo legal y se invaden países con el derecho internacional en la mano.

Por eso aparecen las diatribas en los devotos del orden y piden, como en el circo romano, muerte sin perdón. Y lo hacen en nombre de una “justicia” supuestamente tan “racional”, tan “verdadera”, tan “universal”, tan “perfecta”, que no saben después explicar cómo semejante justicia es fiel administradora de la injusticia sistemática que sufre este país, desde su creación. Porque lo que despotrican, en realidad, es el supuesto asalto indio al poder judicial, un poder que les correspondía a los superiores, nunca a los considerados inferiores.

Un cierto diputado chaqueño, que alguna vez dijo que “la dignidad no da de comer” y, con ello, justificaba la violación de la soberanía nacional, decía que “el propio presidente Evo Morales debería pedir la renuncia del magistrado Cusi”. Decía además que el Tribunal Constitucional “no puede estar en manos de un kallawaya”. El atrevimiento no lo produce la ignorancia, sino el racismo, porque según este parecer un kallawaya no es un médico sino un charlatán. Para la visión eurocéntrica y, en consecuencia, racista de los médicos bolivianos, sólo la medicina moderna es ciencia; del mismo modo se refieren los dirigentes del magisterio paceño: sólo la ciencia moderna es científica, querer potenciar nuestros conocimientos ancestrales es volver a la prehistoria.

Lo que no se dice es que la medicina tradicional, a lo largo de nuestra historia, ha curado a más gente que la medicina moderna, que gracias a ésta, los pobres en este país viven, incluso después de haber sido desahuciados por aquella; que muchos fármacos exitosos a nivel mundial se deben gracias al conocimiento acumulado de culturas despreciadas por el mundo moderno; que a la industria farmacéutica ya no le interesa producir medicamentos para curar a la gente, porque curar ya no es rentable; que el éxito de la medicina china está en la preservación de su cultura y no en su negación, como sucede aquí; que en la cultura andina el enseñar también es curar, por eso los incas llamaban a este lugar Kollasuyo, el lugar de los curadores; que la neurobiología actual recién está descubriendo lo que nuestros yatiris saben hace milenios: que el origen de las enfermedades fisiológicas son desordenes espirituales; que la medicina moderna es terapéutica, mientras la tradicional es preventiva.

Relaciones

¿Qué tiene que ver esto con el derecho? El derecho moderno, como la medicina y, en general la ciencia moderna, no ven al ser humano en un todo integrado; el derecho parte del individuo escindido, cuyas relaciones contractuales son resultado del puro cálculo interesado. La figura del contrato es sólo posible dentro de una desconfianza mutua. Esta concepción deficitaria de humanidad aparece siempre en sistemas de dominación que sustituyen lo sagrado por el propio orden que imponen: cuando desaparece lo sagrado de la vida, lo único que queda es el puro cálculo de intereses. Eso es el mundo moderno y el derecho moderno administra aquello. Entonces, decir que es un disparate que un kallawaya sea un juez, es un disparate en sí mismo. Como disparate es que los abogados se hagan llamar doctores cuando no curan nada. Ni Hamurabi, ni Solón, ni Dracón, ni Moisés, ni Salomón, hubiesen sido del agrado de aquel diputado (pues el uno era campesino, otro comerciante, otro pastor de ovejas, etc.).

Se cuestiona que un legislador acuda a la coca por encima del derecho, de ese modo se asume, sin decirlo, la infalibilidad del derecho; si es así, ¿por qué hay sentencias injustas? Cuando la ignorancia cuestiona las propias creencias del magistrado, se devalúan esas creencias como inferiores, o sea, irracionales; pero, ¿por qué no cuestionar toda la escenografía ritual, hasta el juramento sobre la Biblia, que hace el derecho moderno? Otro político movimientista alegaba de modo ingenuo –siendo abogado y ex constituyente– que “un dictamen legal no puede subordinarse a lo cultural”. Lo cultural sería la lectura en coca y lo universal la propia lógica legal. Esto es puro eurocentrismo, pues el derecho moderno, siendo también particular, emanación normativa de la eticidad propia del individuo burgués europeo, ahora aparece como universal sin más. No hay soberbia más grande que, como dice Quijano, una etnia llamada Europa se proclame a sí misma universal, negando esta cualidad a todo el resto del mundo. El colonizado piensa de ese modo, que lo que viene del primer mundo es verdadero, racional, universal, etc., y todo lo nuestro, sólo por serlo, es falso, irracional, premoderno, etc.

Este anhelo, que se hace ideología con el liberalismo, se camufla en la revolución del 52 y pervive en la actualidad como ideología nacionalista (aun en el propio gobierno), oculta una cuestión de fe: el indio hace impo- sible el desarrollo. Por eso, aquellos políticos asumen que el derecho es intocable, porque han sido formados en el dogma positivista del derecho; por eso, cuando arguyen que todo veredicto debe reducirse “a una pura cuestión técnica”, muestran una pérdida de sentido de la justicia misma, cosa que adolecen casi todos los juristas.

Si fuera la sentencia legal una pura cuestión técnica no harían falta abogados ni jueces y si en efecto fuera, ya no tendría sentido la ciencia del derecho, pues si todo está dicho, ya no hay más ciencia, es decir, producción de conocimiento, sino pura aplicación técnica. Cuando todo se reduce a lo técnico, esto delata pérdida de sentido y, lo que es peor, ausencia de sabiduría. Pero sin sabiduría no hay justicia y eso es precisamente lo que muestra el derecho moderno. Ningún abogado podría explicar el procedimiento técnico que le sirvió al rey Salomón para emitir su juicio sobre el niño que reclamaban las dos madres, porque aquello no fue una ciega deducción técnica de normas sino producto de la sabiduría; lo que no se enseña en las universidades. Los abogados han olvidado que la ley fue dada para el hombre, no el hombre para la ley. Ese olvido es producto de una relación fetichista con la ley, ante la cual se inclinan como si se tratase de una divinidad, por eso para preservarla hasta la vida humana les es indiferente.

Cuando se imputa al propio Presidente, se sugiere que es él la encarnación de aquel desatino, o sea, el pecado original no es haber elegido a un magistrado indio sino a un presidente indio. Los medios justifican así una nueva oleada racista de desacreditación del indio mismo y todo lo que éste representa.

Esa lectura lineal del tiempo (que el pasado está atrás y el futuro adelante) es ya hasta insostenible en la propia física cuántica. Por eso hasta la neurobiología actual señala que aquello es una pura apariencia. Quienes defienden un inexorable “ir hacia adelante” son quienes, en realidad, se hallan atrás, en pleno siglo xviii. Pero examinemos la afirmación. La modernidad privilegia una imagen de futuro que es su propia imagen, desacreditando todo lo que no coincide con su propia imagen, por eso lo devalúa como premoderno. De ese modo, todas las demás culturas son sinónimo de atraso; porque en el “adelante” moderno, el pasado es devaluado hasta moralmente. La modernidad inaugura una experiencia del tiempo vacío, hueco, por eso inaugura también la pérdida de sentido como forma de vida. ¿Qué tipo de consistencia puede tener un individuo que pretende partir sólo de sí? Hasta Heidegger señala que quien pretenda partir de sí, parte en realidad de la nada. Por eso lo que proyecta es también nada. Por eso el futuro moderno se diluye en la nada. Ese “ir adelante” es una marcha inexorable a la cual se somete el ser humano cuando ha perdido todo sentido histórico.

Nadie habla de volver a la edad de piedra, salvo quienes desacreditan toda crítica al sistema actual. Para estos toda crítica es volver al pasado, cuando son estos los que sacralizan un orden que apenas tiene cinco siglos y ha demostrado ocasionar más destrucción, además a nivel global, en tan poco tiempo, que todas las otras civilizaciones y culturas que han existido y perdurado en los restantes 10.000 años de historia humana.

Paradigma

Se trata de una lucha hasta espiritual. Cuando el cacique Seattle decía que para conocer al hombre blanco debemos conocer sus sueños, tenía razón; es en el ámbito de sus más hondas creencias, de sus referencias últimas de sentido, donde se halla la fuente de las certidumbres del individuo moderno. La creencia en su superioridad se encuentra allí, expresada en la ideología propia del mundo moderno: el racismo. Pero un nuevo paradigma, como dice Thomas Kuhn, refiriéndose a la ciencia, no se instala de modo “natural” sino que debe enfrentar la resistencia hasta insensata del viejo paradigma (tampoco por mejores argumentos o “falsaciones”, es que cambia el viejo paradigma por voluntad propia, decía). En última instancia, la ciencia también es una cuestión de fe. Por eso el empecinamiento tozudo de un paradigma que, en medio de una evidente crisis civilizatoria, no muestra sino la disparatada resis- tencia de sus apologistas. Los cuales son peores y hasta ridículos en sociedades coloniales como la nuestra.

*    Es académico colaborador de la Revista del Instituto de Estudios Internacionales IDEI-Bolivia, No. 35, mayo 2012.

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