La Gaceta Jurídica

Conflicto de intereses en la difícil tarea de informar

El Señor Justicia

Gaceta Jurídica / Carlos Conde Calle

00:00 / 08 de noviembre de 2013

Temas, tal vez irrelevantes, pasan inadvertidos para los periodistas. Así, en algún momento tenemos los dilemas éticos, traducidos en conflictos de intereses. La realidad periodística es rica en ese sentido: ¿cuán creíble es un periodista cuya esposa es fuente de información (peor cuando es fiscal)? Si la presentadora de televisión es esposa y novia de una autoridad pública, ¿es creíble? No se habrán preguntado: ¿defiendo a mi esposo (novio) o me excuso de tratar el tema? Es, pues, un dilema que, en los personal, debe resolver la presentadora. ¿No hubiera sido prudente que el periodista, exesposo de una conocida fiscal se hubiese excusado de tratar el caso? Son decisiones personalísimas.

Desde el ángulo teórico, Goodwin Eugene, Bruce Swain y William Rivers tratan el tema con rigor académico irreprochable. Al consuno, los autores recomiendan que no se puede ser al mismo tiempo relacionista público de una empresa o institución del Estado y periodista; son actividades que no se pueden mezclar. Si un periodista es remunerado por una empresa pública o privada y, a pesar suyo, trabaja en un medio de comunicación social y debe cubrir a esa fuente; si recibe un salario de la empresa privada o estatal y al mismo tiempo recibe un sueldo de un medio, ¿qué hacer?

Lo recomendable sería que deje el medio; pero “de pan vive el hombre”. Si el sueldo que le paga el medio es ridículo y cobra otro salario en la empresa privada, tiene un problema. Si no deja el medio, cuando menos debería pedir el cambio de fuente; v. gr, podría realizar una cobertura en la fuente de deportes y no del área económica.

Si el futbolista profesional es amigo, demasiado amigo del periodista deportivo, compromete su credibilidad. Si al futbolista se le encontró bebiendo en un bar en horas previas a un partido y debe informar, ¿qué hacer? El periodista y amigo puede decidir callarse; otro no lo haría. Lo sensato sería que el periodista cambie de fuente (podría trabajar en el área política o cultural y dejar deportes). Es muy poco probable que deje totalmente el medio.

Por eso, no es bueno ni recomendable que los programas deportivos regalen entradas donadas por los clubes. El periodista no debería aceptar que el club le pague sus pasajes para realizar una transmisión desde el exterior.

El periodista tiene parientes (ascendientes, descendientes y colaterales), éstos podrían trabajar en el espacio público. Digamos que es un juez y éste fue denunciado por prevaricato. ¿El periodista informará el caso? Por supuesto que no. Si lo hace, procurará favorecer a su hermano (que es juez). Parece repetitivo, pero es recomendable que pida que le cambien de fuente, deje seguridad para cubrir ciudad.

Antes de continuar, debo citar in extenso a Goodwin, quien sostiene que “cuando un propietario (y también periodista) tiene conflicto de intereses, puede afectar la credibilidad e independencia de toda la organización informativa”.

De aquí resulta que, cuando tenemos estos dilemas, conflicto de interés, dicen los autores –tal vez no lo advertimos hasta hoy– comprometemos nuestra credibilidad. Como dijimos en un anterior trabajo, nuestro mayor patrimonio es la credibilidad.

Cuando no reparamos el conflicto y no resolvemos inteligentemente estos dilemas, estamos afectando al medio donde trabajamos y, por supuesto, nos afecta en lo personal.

Que no quepa duda, donde más duelen y afectan los conflictos de intereses es en el campo político. Hay periodistas que pretenden pasar como “expertos” en temas políticos y pretenden “asesorar” a un político (que puede ser amigo o se puede tener simpatías con su partido político). Lo peor que puede ocurrir es que ese periodista sea militante activo de un partido que tiene presencia en el parlamento.

¿Qué y cómo informaría? De hecho tiene un dilema existencial. Ningún periodista debe militar activamente; si es un militante activo que deje el medio donde trabaja y que se dedique con ahínco y entusiasmo a la acción política. Sin embargo, hay periodistas que trabajan en los medios del Estado y, sin ningún empacho, declaran su militancia o simpatía con el partido político que gobierna circunstancialmente.

Eso ocurrió en el pasado y sucede en la actualidad. Si un periodista ha resuelto dejar su profesión y optó por dedicarse a la política, moralmente es correcto. Pero debe saber que es una ida sin retorno. Como ocurre, ahora, algunos periodistas que vuelven a la acción periodística ya no son creíbles y dañan y lastiman al medio que los cobija. Los autores que citamos recomiendan al periodista definirse: ¿periodista o político?

En general, como afirmé insistentemente, las normas éticas no son jurídicas, por tanto, no son de cumplimiento obligatorio. La deontología –conocida también como autorregulación– no puede hacerse cumplir coercitivamente porque compete sólo al infractor el decidir la sanción que se autoimpondrá, no hay ninguna ley o norma que obligue a que el periodista que dejó los medios no retorne. Si dijera lo contrario, estaría cometiendo una tremenda aberración intelectual.

Sobre los casos con los que partimos en esta columna, serán los mismos periodistas, conforme a la Ética, quienes resuelvan esos dilemas éticos.

Deontológicamente, serán los gremios periodísticos los que establezcan una sanción. En todo caso, esta sanción no puede ser ejecutada coercitivamente.

Si el infractor periodista no desea cumplir la sanción, es su derecho. Puede alegar que no hay ninguna norma jurídica que sancione la falta ética y no le falta razón.

Desde el lado ético, si la periodista casada con una autoridad política o si es novia de una autoridad edil, lo sensato sería que deje el medio, pero no se puede ir contra el derecho al trabajo. Entonces, ¿qué hacer? Solicitar el cambio de actividad, v. gr, si es presentadora de televisión, podría solicitar que se le asigne otra tarea como cubrir el área cultural o deportiva o, finalmente, integrar el equipo de producción del medio.

Si un periodista notable tiene esposa o exesposa en el Ministerio Público, solicite a su jefe de prensa no tratar casos judiciales y, particularmente, los que maneja la exesposa. Y ¿quién trataría el tema? Que sea otro conductor u otro programa. Los televidentes no son tontos y agradecerán mucho si se observa esa conducta.

A manera de ejemplo, en el campo judicial (donde hay jueces y fiscales), el Código de Procedimiento Penal o Civil y la Ley de Organización Judicial disponen que el juez o fiscal debe excusarse, si no lo hacen pueden ser recusados. Un símil tal vez no es adecuado, pero, ¿qué garantía tengo yo cuando el periodista tiene a la esposa en una de sus fuentes?

Los dilemas éticos son tan variados y se plantean en nuestra tarea todos los días. Por eso, debemos resolverlos inteligentemente. Lo contrario es brindar un mal servicio.

Desde un plano deontológico, Bruce Swain nos dice que “los periodistas deben evitar el indecoro, así como todo conflicto de intereses o apaiencia de conflicto”. 

En el código de ética de la confederación de trabajadores de la prensa se manda: “los periodistas no podrán recibir remuneración alguna de institución pública o privada que frecuente por razones informativas”.

En el Código Nacional de Ética se dispone como prohibiciones “el tener conflictos de intereses”. Finalmente, en el “decálogo del buen periodista” se sostiene que “el único patrimonio de este profesional es su nombre”. Entonces, cada vez que firma un artículo insuficiente o infiel a la propia consciencia se pierde parte de ese patrimonio o todo”.

Es experto en Derecho de la Información.

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