La Gaceta Jurídica

Consecuencias del abuso de la “detención preventiva”

De acuerdo a datos del Órgano Electoral Plurinacional (oep) referidos al Referendo Constitucional de este año, 4.704 presos estuvieron habilitados para sufragar, de estos la mayor parte se encuentra en Cochabamba, La Paz y Santa Cruz.

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La Razón (Edición Impresa) / Amelia Peña Aguilar*

12:53 / 20 de abril de 2016

No son los recientes acontecimientos que hicieron que las reclusas de la cárcel de Miraflores de La Paz comiencen a hablar de los problemas que sufren sus similares en el país.

Ausencia de respeto a los derechos humanos, hacinamiento por falta de infraestructura, peligros a los que exponen a sus hijas e hijos que viven junto a ellas en el penal, ignorancia de sus derechos, carencia de dinero e información que les permita acceder a la justicia, falta de trabajo que no les permite generar recursos para mantenerse y mantener a sus hijas e hijos y exposición permanente a enfermedades son problemas que experimentan cada día con tristeza y desesperanza.

De acuerdo a datos del Órgano Electoral Plurinacional (oep) referidos al Referendo Constitucional de este año, 4.704 presos estuvieron habilitados para sufragar, de estos la mayor parte se encuentra en Cochabamba, La Paz y Santa Cruz.

De ese total, alrededor de 1.430 personas son mujeres en estado de reclusión en La Paz, Cochabamba y Santa Cruz y representan casi el 69 por ciento de la población carcelaria femenina del país. En Quillacollo, Sacaba y Palmasola se alberga a la mayoría de ellas.

El Ministerio de Justicia maneja el dato de que aproximadamente el 30 por ciento de los reclusos cuenta con sentencia ejecutoriada y que el 70 por ciento se encuentra con detención preventiva.

Esta referencia es alarmante, ya que expone claramente la ausencia de justicia para los reclusos y las reclusas. Si se hace un sondeo entre estas últimas, la mayoría está detenida por narcotráfico y, de este grupo, muchas no tienen antecedentes, sino que fueron capturadas en sus primeros pasos en la delincuencia, que, en general, fueron impulsados por el abandono de sus maridos y la necesidad de manutención de sus hijos.

El arrepentimiento las carcome y la situación en la que viven por su incursión en el mundo del narcotráfico es peor de la que querían dejar atrás.

Existen otros casos de mujeres que terminaron asesinando a sus agresores, quienes las hubieran matado si ellas no se defendían; los golpeadores están muertos y las verdaderas víctimas en la cárcel. Nadie las escucha ni habla por ellas.

Ausencia de derechos humanos

Las reclusas denuncian maltrato por parte de las guardias de los recintos, señalan que muchas veces todas pagan por la picardía de una.

Por ejemplo, si se pierde un objeto o dinero de alguna funcionaria del penal, las sospechosas son golpeadas hasta que confiesen su culpa, delaten a su compañera o asuman una responsabilidad que no es suya para librarse de maltratos como puñetes y patadas en el piso y manguerazos de agua, que son algunos de los castigos que mencionan temiendo un castigo mayor si se revela la identidad de quien lo testificó.

Los niños y niñas dentro del penal aprenden a sobrevivir de este modo: los hijos e hijas de las mujeres enemigas, son enemigos. Se ve golpes, robo y violencia por doquier entre los y las pequeñas del penal, quienes, a medida que crecen, asimilan esto como normal.

Hacinamiento

Muchas mujeres con sus hijos comparten un mismo espacio, fácilmente se encuentra a 10 personas durmiendo en un cuarto, esto se debe a la falta de infra- estructura en los penales, lo que da lugar a la exposición y contagio de enfermedades como la tuberculosis pulmonar; por otro lado, la promiscuidad da lugar a que niños y niñas sean expuestos al desarrollo sexual precoz y muchas veces violento, por el mismo hecho de compartir el mismo ambiente para dormir.

Deformación psicológica

Si bien la mayoría de las mujeres delincuentes fueron víctimas de las circunstancias, eran personas normales hasta entrar al penal, donde, en lugar de reflexionar sobre como solucionar sus problemas, están más ocupadas en defenderse de la hostilidad del lugar.

La depresión, ganas de morir o marcas que se procuran en piernas y brazos con hojas de afeitar son algunas consecuencias de su condición de reclusas, pues dentro de la cárcel comienza el problema psicológico.

La difícil inserción en la sociedad

Posiblemente, si existiera espacio serían realizadas más actividades que ayuden a las reclusas a reincorporarse a la vida social positiva y productiva, sin embargo, no existen condiciones en infraestructura ni en la voluntad de las autoridades para generar políticas que las ayuden a rehacer su vida.

Las internas no pueden cambiar su realidad; además, dentro del penal existen pocas posibilidades de formarse en algún oficio y maneras legales de generar ingresos.

Las reclusas tienen deseos de contar con talleres que las capaciten en corte y confección, costura, panadería, pastelería o cocina; algunas, incluso, cuentan con formación universitaria y quieren proseguir sus carreras, pero las políticas de los organismos estatales encargados de los regímenes penales y penitenciarios no se con- centran en la reinserción, solo en el castigo.

La reclusión profundiza la pobreza

Si la pobreza fue causa de su delito, la cura es peor que la enfermedad. La reclusión les impide generar recursos y se profundiza su pobreza.

El acceso a la  justicia requiere dinero, los abogados que proporciona el Estado trabajan como si el fisco no les pagara, los juristas de ejercicio libre no son compasivos, no reservan en su agenda espacio para la caridad y no brindan sus servicios a personas que no tienen posibilidad de pagarles.

La pobreza hizo que muchas no accedan a una buena educación y que desconozcan sus derechos, algunas ni siquiera saben en qué instancia se encuentra su proceso ni de qué se las acusa. Estos factores sumados complican la posibilidad de salir del penal.

El camino, una quimera

¿Cómo solucionar estos problemas generados por la pobreza y las circunstancias de cada mujer? ¿Cómo sa- carlas del limbo en el que flotan?

Una vez más, la solución recae en la decisión, entereza y lucha de personas idóneas que formulen políticas para el sistema penitenciario y para la política criminal, que solucionen estos y otros problemas que tienen las mujeres en estado de reclusión.

La denuncia no es suficiente para generar un escenario en el que desaparezca la pobreza; el gobierno es protector de las mujeres que darán a luz, de niños que van a la escuela, de ancianos y de discapacitados, pero consideramos que las encarceladas necesitan tanto o más apoyo que todos ellos, pues en su situación de encierro encarnan la pobreza, el narcotráfico, la violencia familiar, la crisis social, etc.

No hay personas que necesiten más del estado y de todos que las que se encuentran en estado de reclusión.

*    Es economista, egresada de Derecho y diplomada en Pedagogía para la educación superior y en Diplomacia Cultural de los Pueblos.

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