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Crimen y teatro: Valoraciones penales de la imagen del crimen en Shakespeare

(Parte III)

El derecho

El derecho Foto: etc.usf.edu

La Gaceta Jurídica / Gonzalo Quintero Olivares

06:19 / 06 de diciembre de 2011

5.2. Othello

a) Desdémona abandona su casa y Othello es acusado de haberle inducido a hacerlo

La historia del Moro de Venecia comienza (1) con la acusación, vertida contra él por Brabantio, padre de Desdémona, de que ha hechizado a su hija para inducirle a abandonar el hogar familiar. Pero Desdémona declara públicamente que no ha sido así, sino que ha marchado voluntariamente, enamorada del Moro y para contraer matrimonio.

La edad de Desdémona no se precisa en la obra, pero imaginaremos que es menor de edad en tanto que vive en apariencia sometida a la potestad paterna (2), de modo tal que no podría contraer matrimonio sin la venia de su padre. De acuerdo con una idea de los deberes y derechos de los padres que ha perdurado hasta nuestros tiempos, los menores de edad, sometidos a la patria potestad, no pueden abandonar el domicilio paterno sin permiso de sus padres (3).

Actualmente ¿podría suscitarse un problema de calificación penal en relación con una situación de esa clase? Si alguien induce a un menor de edad a abandonar el lugar en el que sus padres quieren que esté parece, al menos en una primera valoración, en el ámbito típico del artículo224 del cp (Código Penal) (4). Pero si se trata, como en la tragedia, de que el menor o la menor se enamora rendidamente del adulto y por influjo de esa pasión abandona la casa paterna, como sucede en la tragedia y podría suceder perfectamente en nuestros días, ¿cabría derivar especie alguna de responsabilidad sobre el causante último de la decisión?

El artículo 224 del cp se refiere a la acción de “inducir” al menor a que abandone. Una primera y necesaria crítica la merece el que el legislador español haya situado como sujeto de la acción de abandono al “menor”, sin ninguna precisión, a pesar de la diferencia que lógicamente existe entre un niño de siete años (término temporal usado en el artículo486 del Código anterior como límite mínimo) y un muchacho o muchacha de diecisiete.

Menor será toda persona que no haya alcanzado la mayoría de edad (dieciocho años), y eso, que resulta comprensible contemplando el problema en una sola dirección (el derecho y deber de los padres de ejercer la patria potestad y velar por la educación, salud y seguridad del menor), no parece tan asumible si se detiene el análisis en los propios derechos del menor a desarrollar libremente su personalidad. Por ese motivo hubiera sido conveniente fijar un margen de árbitro judicial que permitiera valorar las circunstancias concurrentes (madurez del menor, edad del inductor), en lugar de establecer una regla típica cerrada.

Mas la cuestión que quería destacar no es esa sino la dificultad que entraña la apreciación de la inducción en esos casos caracterizados por la pasión amorosa entre el supuesto inductor y la menor inducida. Si es inductor, de acuerdo con el modo en que ese concepto viene interpretado en doctrina (5), será porque ha hecho nacer en la persona inducida la decisión de obrar de un modo determinado, lo cual podrá lograr mediante inducción directa o mediante inducción tácita. Pero no basta con eso, sino que además es preciso que el inductor desee precisamente que la persona inducida realice esa concreta acción.

Por lo tanto, nunca podrá ser tenido por inductor quien se ha limitado a crear unas condiciones en las que la persona supuestamente inducida toma una determinación, pues lo que haya hecho o significado ese supuesto inductor no será otra cosa que la motivación o razón última de un acto esencialmente libre. En la tragedia que sirve de pretexto a estas páginas Desdémona declara ante todos que su decisión de abandonar la casa familiar para unirse en matrimonio con Othello ha sido exclusivamente suya, y él no ha hecho otra cosa, aunque no sea poco, que enamorarla con el relato de su vida.

Pues bien, si aceptáramos, en nuestro tiempo y ante un suceso análogo que es perfectamente imaginable, que todo aquel que hace nacer una idea en la mente de otra persona, incluso sin desear que realice un acto concreto, ha de ser necesariamente responsabilizado como inductor, violaríamos, ante todo, el concepto de inducción que ha sido construido por doctrina y jurisprudencia con el transcurso de los años.Claro está que con ello no pretendo cerrar el paso a cualquier forma de inducción que no sea la directa y expresa. La llamada inducción tácita, es directa, cualidad que se adquiere por la orientación subjetiva del inductor a la consecución de un fin. Lo “tácito”, por lo tanto, no se opone a lo “directo”, sino a lo expreso. Lo importante será que, con independencia del modo (6) el inductor logre consciente y volitivamente motivar al inducido a la realización de un concreto hecho deseado por el inductor.

Nada de eso sucede cuando el pretendido inductor no es tal cosa sino “causa” involuntaria –eso se reduce a ser “el motivo de lo que otra persona decide hacer” sin implicar la propia voluntad– o podría llevarnos a examinar la posibilidad de que sea una especie de causa imprudente de la decisión del inducido. Esa especie de inducción imprudente, construcción que dogmáticamente podría reconducirse a la problemática de la admisibilidad de la participación culposa en delitos dolosos, parece claramente rechazable (7).

Quedaría aun por resolver la eventual responsabilidad por no impedir la marcha de la casa, si es que se tuvo ocasión de hacerlo, y la responsabilidad ulterior. Concretamente: el sujeto mayor de edad se encuentra con que, sin él desearlo directamente (dolosamente) el inducido ha tomado una determinación (abandonar la casa). Esa situación sobrevenida quedará en principio al margen del derecho penal, puesto que la responsabilidad penal por no impedir se reduce a no impedir “determinados delitos”. El que un menor de edad huya de su casa no constituye delito alguno de ese menor.

Por supuesto que existe la posibilidad de incurrir en un delito de omisión del deber de socorro en los casos en que el menor lo fuera tanto que su salida de la casa le generara un peligro y una situación de grave desamparo (artículo 195 cp). Pero en manera alguna se puede hablar de un deber genérico de obligar o presionar a esa persona para que regrese a su casa.

En cuanto a la otra posibilidad apuntada (no impedir la salida), considerando que es del todo inimaginable una especie de inducción en comisión por omisión, y que el hecho del abandono es, en sí mismo, atípico, habrá que llegar a la misma conclusión, a salvo, de nuevo, de la posibilidad, ajena al caso examinado, de que la corta edad del menor haga por sí misma peligrosa la pérdida de la protección paternal.

b) Ordena que se de muerte a Cassio

En la escena tercera del Acto Tercero Iago dice a Othello que ha visto a Cassio teniendo en las manos el pañuelo que Othello regaló a Desdémona. Iago consigue su objetivo: que Othello tome eso como una irrefutable prueba de la infidelidad de su esposa y que, lleno de cólera, comience a decidir dar muerte a Desdémona y a la vez ordene dar muerte a Cassio en el plazo de tres días. Iago promete obedecerle.

Lo cierto es que Iago ha inducido a Othello a que éste, engañado, ordene dar muerte a Cassio. ¿Cómo se traduce eso al derecho penal? De un único modo: Iago induce a Othello a que Othello quiera inducirle a él mismo a matar a Cassio. Queda claro cuando Iago dice que Cassio es amigo suyo, pero que lo matará por obediencia.

Pero esa relación extraña (el inductor es a su vez inducido), es imposible. Iago ya tiene decidido matar a Cassio, a quien tanto él como Rodrigo odian. Por lo tanto, aunque Othello creo que es él quien ha ordenado la muerte de Cassio, no es así, con lo cual falta una condición esencial para la apreciación de la inducción. Concurre la “parte subjetiva” de la inducción, pero falta totalmente la parte objetiva. Esa orden de Othello es por ello penalmente irrelevante.

c) Othello estrangula a Desdémona

Es ese el momento culminar de la tragedia. Othello, enloquecido por los celos, hábilmente generados por Iago, el cual ha logrado escenificar y demostrar a Othello que su mujer le engaña con Cassio.

Cuando Othello entra en la alcoba y se dirige al lecho de Desdémona ya tiene decidido darle muerte, al punto de que le pide antes que confiese sus pecados y mentiras, y le advierte que está en su lecho de muerte. Desdémona suplica y niega, ante lo cual Othello le dice que no puede pretender que sea asesinato lo que para él es solo sacrificio.

Le da muerte, y nos podemos preguntar cuál es la calificación penal que esa conducta habría de merecer a la luz de nuestro derecho positivo actual. Ante todo habrá que elegir entre el homicidio y el asesinato, y posteriormente valorar el estado de obsesión celosa en que Othello actúa.Homicidio o asesinato son calificaciones posibles del hecho, una vez desaparecida la antigua de parricidio. De acuerdo con la limitada enumeración de las causas que transforman el homicidio en asesinato se puede convenir que ninguna de las tres (alevosía, precio, ensañamiento) concurren en esa acción, lo cual no debe extrañar pues en la imagen que Shakespeare nos ofrece del personaje, Othello es un celoso obsesivo, pero no es un ser innoble, sino tan valiente como ingenuo, y las circunstancias del asesinato tienen una carga profunda determinante de una personalidad criminal acusada.

Estamos por lo tanto ante un homicidio, respecto del cual fácilmente se predicaría la circunstancia de parentesco, seguramente apreciada en forma agravante, descrita en el artículo 23 CP, pues según una interpretación nunca discutida el parentesco debe tener ese carácter en los delitos contra la vida (8). La realidad perceptible de esa doctrina no ha de llevar al extremo de considerar justa y razonable, en todo caso, la existencia de la circunstancia mixta de parentesco, cuya alternativa apreciación como atenuante o agravante, descansa en criterios cargados de irracionalidad.

El estado de ánimo de Othello se caracteriza por los celos, cuestión que para muchos es el tema central de la obra. Los celos, que tantas veces se perciben en las motivaciones de los crímenes pasionales, no han recibido por lo general más consideración que la de atenuante de estado pasional o análoga (9), sin llegar a la consideración de atenuante muy cualificada o a la de eximente incompleta (10).

5.3. Iago

La relación de los delitos apreciables en la actuación de Iago, auténtico maestro de la trama criminal, es realmente amplia. Su capacidad para gobernar la voluntad de Rodrigo y de Othello le permite conducirlos a su propia perdición y a que cometan crímenes, pero también ejecuta delitos con sus propias manos.

a) conspiración con Rodrigo y proposición a Rodrigo para delinquir

Al comienzo de la obra Iago pide dinero a Rodrigo para poner en marcha un plan que le permitirá alcanzar el amor de Desdémona (acto I, escena III), aunque realmente se aprovechará del dinero de Rodrigo, pues el impulso real de sus actos es solamente el odio. Es cierto que ofrece ser “aliados en la venganza”. Rodrigo no sabe cuál será el plan de Iago. Iago discurre que hará creer a Othello que su mujer se entiende con Cassio.

Veamos ahora la viabilidad de la proposición para delinquir. Iago le sugiere que debe unirse a él para así juntos ejecutar la venganza contra Othello. En derecho español actual el elemento esencial es la firmeza de la decisión de cometer el delito por parte del proponente (11). El contenido u objeto de la invitación a delinquir es cuestión dudosa.

Partiendo de la excepcionalidad de la punición de los actos preparatorios parece que lo más prudente es interpretar la fórmula legal “invitar a ejecutar” como referible exclusivamente a invitación a la realización del hecho como “ejecutor”, pues esa es la palabra usada por la ley para referirse a los que realizan el hecho como autores materiales (cfr. artículo 28 cp) lo cual deja fuera de su ámbito a todas las conductas que no sean ejecutivas (actos preparatorios, complicidades, inducción).

La concreción del proyecto en relación con el delito a ejecutar junto con la exigencia de que se trate de una participación ejecutiva parecen excluir claramente la , idoneidad del proponente, idoneidad del invitado.

b) Urde que Rodrigo provoque a Cassio para que este le ataque, se genere un motín. Cassio hiere a Montano, lo que enfada a Othello que cesa a Cassio. Iago recomienda a Cassio que busque la mediación de Desdémona para así ablandar a Othello

En la literatura penal hay muestras de casos en los que se plantea precisamente la responsabilidad de quién provoca un ataque para luego justificar la reacción defensiva propia o de un tercero. Nuestro derecho positivo al regular la legítima defensa incluye, como es sabido, el requisito de que el defensor no debe haber participado en la provocación, si es que ésta existió. Pero en el caso contemplado la situación es otra, Rodrigo provoca a Cassio para que éste pierda el control de sus actos y haga algo que le cueste –como así sucede– el cargo que ocupa. Tras la provocación Cassio quiere herir al provocador, Rodrigo, pero hiere a Montano que simplemente se había interpuesto entre ambos para evitar que la sangre corriera.

La pregunta penalmente interesante no es si Cassio es responsable de las lesiones causadas a Montano, que lo es, sino si Iago y Rodrigo, especialmente éste último, lo son también por haber generado conscientemente una situación de riña con armas. La respuesta, prescindiendo de las valoraciones de orden moral, ha de ser negativa. Rodrigo no tenía dominio bastante de los hechos como para poderle imputar la capacidad de producir o de evitar la lesión que sufre Montano. Cassio está encolerizado, pero no es un instrumento en manos de Rodrigo. Los hechos se producen tal como Iago y Rodrigo deseaban, pues Cassio realiza actos violentos ante Othello, pero sin que ellos, que han puesto en marcha el suceso, tengan dominio jurídicamente apreciable que permita imputarles lo sucedido. Continuará NOTAS:1. Antes de eso, en la escena primera, se da noticia, a través de la conversación con Rodrigo, del odio profundo que Iago profesa a Othello. Ese dato habrá que recordarlo cuando se valore la conducta de ambos.

2. El dato es, lo reconozco, poco sólido, pues en la tradición cultural europea la imposibilidad de la mujer de abandonar el hogar paterno si no era para contraer matrimonio o para entrar en religión se extendía mucho más allá de la mayoría de edad, concepto que a su vez solo tiene auténtico sentido a partir de la codificación civil en el siglo XIX.

3. En el derecho español vigente hasta hace pocos años existió el (criticado) delito de rapto consensual, que específicamente contemplaba una conducta que ofendía a aquella mentalidad: la huida de la casa de acuerdo con un varón, delito del que se podía acusar solamente al varón, teniéndose por inválido el consentimiento de la doncella. Como es lógico, andando el tiempo se derogó tan atávica norma, impropia de un país civilizado.

4. “El que indujere a un menor de edad o a un incapaz a que abandone el domicilio familiar , o lugar donde resida con anuencia de sus padres, tutores o guardadores, será castigado con la pena de prisión de seis meses a dos años”.

5. Prescindiendo de que en el delito que comentamos la conducta inducida (el abandono) sea en sí misma atípica, pues eso no afecta a la interpretación del concepto de inducción.

6. El problema del modo en la inducción volveré a examinarlo a propósito de la relación entre Iago y Othello, en donde se plantea con intensidad mucho mayor.

7. En nuestro derecho a partir del CP de 1995, las formas de participación son: la inducción, la complicidad necesaria y la complicidad no necesaria. La inducción en sentido estricto, tiene una serie de requisitos elaborados por doctrina y jurisprudencia y sobre los que existe acuerdo generalizado: la inducción ha de ser concreta y específicamente orientada a un hecho delictivo específico, y no a cualquiera o a delinquir en general. La inducción, como modo de creación de una decisión en la voluntad de otro, y como toda forma de participación, ha de ser dolosa. El dolo, a su vez, debe ir orientado a conseguir que el inducido realice un determinado tipo de delito.

A la posibilidad de participación imprudente en delito doloso se opone la doctrina dominante, pues la accesoriedad de la participación obliga a reconocer que el tipo de partícipe se forma combinando la regla general con un tipo doloso, y no sólo con la parte objetiva del mismo. Si ello es así, para que a su vez el partícipe realice su tipo tiene que ser consciente de que realiza una aportación de un hecho doloso, y que esa aportación la realiza consciente y voluntariamente. El mero error sobre el sentido de la intervención impedirá configurar un comportamiento doloso. Y la razón es sencilla: o el partícipe tiene voluntad de colaborar y propiciar la lesión de un bien jurídico o no actuará en el sentido de la norma incriminadora de la participación, por lo cual no será viable formularle la imputación de su actuación, imputación que sólo es hacedera si el partícipe ha conocido el tipo que se propone realizar el autor y él, a su vez, tiene la voluntad subjetiva de auxiliarle.

Ello no obsta a la posibilidad de que el partícipe, “con independencia de lo que haga el autor”, pueda en algún caso cometer un delito de imprudencia si el resultado final del hecho es relacionable con la infracción de la norma de cuidado que hubiera infringido.

8. A título de ejemplo, cfr. STS de 3-7-1998 (RJ 1998/5809): “...Lo tuviera o no en cuenta, el hecho es que agredió a su esposa a sabiendas de que lo hacía, con lo que no sólo realizó los elementos objetivos y subjetivos del delito de lesiones del artículo 147.1 CP sino también los de la circunstancia de parentesco del artículo 23, que normalmente, como tantas veces hemos dicho, tiene un efecto agravatorio cuando concurre en un delito contra la vida o integridad corporal…”

9. Por ejemplo, vid., STS de 29-9-98 (RJ 1998/7370).

10. No fue así históricamente, pues en el derecho español, hasta 1963, existió el atávico delito de uxoricidio (muerte a la esposa sorprendida en flagrante adulterio) que era un tipo privilegiado de parricidio, con una pena casi simbólica. Cuando esa figura se suprimió el legislador de la época declaró que su desaparición venía impuesta por ser perturbadora, pero que en último término la finalidad perseguida se podía conseguir con el juego alternativo de la eximente de trastorno mental transitorio, completa o incompleta, y la atenuante de arrebato u obcecación. Afortunadamente, los Tribunales españoles actuales no comparten en forma alguna esa idea.

11. Por eso se dice que el «agente provocador» no realiza proposición para delinquir porque él no piensa cometer el delito, sino provocar que quien recibe la propuesta la acepte, para así facilitar una acusación contra el mismo o su detención.

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