La Gaceta Jurídica

Crimen y teatro: Valoraciones penales de la imagen del crimen en Shakespeare

(Parte final)

Crimen y teatro

Crimen y teatro Foto: elefantemultiespacio.blogspot.com

La Gaceta Jurídica / Gonzalo Quintero Olivares

00:21 / 13 de diciembre de 2011

g) la inducción al asesinato de Desdémona

De todos los perfiles penales de la obra de Shakespeare sin duda el tema máximo es el de la contribución de Iago a la muerte de Desdémona. Othello acaba con la vida de su mujer porque Iago le ha convencido del adulterio de ésta. Aun más: es Iago el que le aconseja que la mate estrangulándola en la misma cama en la que ha gozado con otro hombre, para que muera en su lecho de adúltera (acto IV, escena primera).

Es verdad que esa idea Iago la da cuando ya ve que Othello, loco de celos, desea dar muerte a su esposa, pero antes de llegar a ese punto de furia es Iago el que ha encendido y alimentado el fuego, así como es también Iago el que ha conducido a Othello a la idea de que él no puede ni debe tolerar una ofensa tan grave a su honor, ofensa que solo se lavará con la muerte de Desdémona y de Miguel Cassio, su supuesto amante.

El penalista puede preguntarse en esencia si esa conducta es de participación en la muerte de Desdémona, si esa participación alcanza la categoría de inducción o si el propio Othello, engañado por Iago no era un instrumento en manos de éste hasta el punto de que corresponda aplicar la calificación de autor mediato a Iago.

Veamos por separado esas posibilidades:

I. La autoría mediata

La autoría mediata es, como sabemos, una forma de autoría principal. Es autor mediato de un delito quién realiza el correspondiente tipo legal utilizando como instrumento a otra persona que actúa inconsciente de la transcendencia penal de lo que hace. Por ejemplo, el que pide a otra persona que deposite en el buzón de una casa una carta-bomba, lo que esa persona hace ignorando que está ejecutando un plan asesino en el sentido del artículo 139-1 del Código Penal (cp).

El mensajero realiza un plan controlado por otra persona que es la que realiza instrumentalmente el tipo de asesinato logrando la infracción de norma y ofensa del bien jurídico. El comportamiento del que actúa controlando es directamente subsumible en el tipo. Esa manera de ejecutar un delito la admiten todos los tipos que no requieren necesariamente una actuación directa o personal para poder ser autor, lo que sucede en bastantes casos, por ejemplo, en los de agresiones sexuales, en los cuales es inconcebible la autoría mediata.

En términos generales esa sería la configuración básica de la autoría mediata, aun cuando en doctrina se subdivide ese concepto básico en diferentes posibilidades. La primera y más común se da cuando el autor mediato se vale de un sujeto que es víctima de un error, en la segunda el autor mediato obliga al inmediato ejercitando sobre él una presión psicológica, amedrentándole, y en una tercera el autor mediato usa a un inimputable para la realización del hecho.

En todos estos casos el sujeto-instrumento actúa de forma no culpable o, incluso, en el primer caso, tratándose de error absoluto, de forma atípica por total ausencia de dolo y de culpa.

De estas tres posibilidades no es posible decir que se trata de casos de autoría mediata. Quien utiliza a un inimputable puede posiblemente incluirse en la autoría mediata, si éste actúa inconscientemente. Pero si el inimputable (por ejemplo, un menor de edad) actúa conscientemente, aunque sea inimputable por voluntad de la ley, deberá tratarse el hecho como supuesto de inducción toda vez que un menor puede actuar consciente y dolosamente, lo que lo desfigura como simple instrumento, y aunque no pueda ser “culpable” por ser inimputable, puede obrar de modo típico y antijurídico (accesoriedad media).

En el caso del sometimiento de la voluntad del instrumento por miedo, la situación es similar, pues el sujeto dominado por el miedo actuará de modo inculpable, pero eso no impide que actúe consciente y dolosamente.

Por lo tanto la autoría mediata debe contraerse a los casos de utilización de un sujeto que actúa inconsciente de la plena significación fáctica o jurídica de lo que hace (1). La actual redacción del artículo 28 párrafo primero cp de 1995, seguidor del parecer de la doctrina dominante, ha establecido expresamente como forma de la autoría a la autoría mediata. Partiendo de esa base positiva y de su valoración doctrinal podemos preguntarnos si la conducta de Iago es subsumible en la modalidad de autoría mediata.

A favor de una respuesta positiva juegan dos datos: que engaña totalmente a Othello y que hasta instantes antes de la muerte tiene cierto dominio sobre el hecho, pues para evitar la tragedia le hubiera bastado con decir la verdad a Othello, esto es, que todo era una patraña. Pero por contra, Othello , por más que engañado en cuanto a sus motivos, actúa con plena conciencia de que desea la muerte de su mujer, que ejecuta con sus manos y por su propia voluntad.

El error sobre sus razones no puede confundirse con un error sobre la significación. Los errores sobre las razones, cuando inciden en una causa de justificación –lo que no es el caso– pueden llevarse al ámbito del error de prohibición (el que se cree legitimado para hacer una cosa si estarlo), pero nunca al de la atipicidad, y debe asumirse que en la autoría mediata el “instrumento” obra de modo subjetivamente atípico.

II. La inducción

Veamos ahora si es viable la inducción, forma de participación que como tal supone la existencia de un autor. El que actúa inducido por otro sabe que está realizando un comportamiento delictivo, con independencia de las razones, que pueden ir desde el dinero (actuación por precio) hasta el miedo (el inducido bajo amenazas graves se pueda ver exento de responsabilidad criminal por miedo).

El inducido actúa dolosamente (en el sentido del dolo neutro). El “hecho” que se realiza es precisamente el tipo, cuya perfección requerirá también del dolo entendido en el modo indicado. Para que se pueda decir que el inducido actuó dolosamente, basta que lo haya hecho con conocimiento y voluntad referidos al tipo.

Fácilmente se aprecia la diferencia entre inducción y autoría mediata. En esta última se actúa sin la voluntad propia del dolo mientras que en la inducción el sujeto actúa con una voluntad que no es libre en sus mecanismos de formación por haber sido manipulada (inducida).

III. Partiendo de lo dicho y rechazando la admisibilidad de la autoría mediata podemos preguntarnos si la actuación de Iago es calificable como inducción al homicidio de Desdémona. La respuesta no es sencilla

Sabemos que la inducción consiste en determinar consciente e intencionadamente a otra persona a cometer un delito, pero sin participar en su ejecución. También el inductor es castigado con la misma pena que el autor, lo cual no recibe la aprobación doctrinal generalizada. En derecho español el inductor es castigado con la misma pena que el autor.

Esa igualdad de pena, criticada por muchos, se justifica en nombre de que con ella se quiere castigar tanto la conducta del que hace nacer en otro la decisión de delinquir mediante la persuasión (inductor en sentido estricto), como la de quien renuncia a persuadir con la palabra y pasa directamente a la amenaza física (un arma, por ejemplo) o moral (mal físico futuro o mal de otra clase, como, por ejemplo, el despido del trabajo) (vis compulsiva); en suma: constreñimiento de la voluntad.

Esta segunda modalidad de inducción parece más grave que la anterior, pues la decisión delictiva básica es solamente del inductor, pese a lo cual la pena imponible acaba siendo la misma (2).

También en esta materia el derecho penal debe huir de la tentación moralista, y eso significa que no puede partir de una supuesta regla ética en nombre de la cual los ciudadanos están obligados a dar buen ejemplo y buenos consejos. Por lo tanto, el sembrar cizaña o el dar ideas desviadas de lo que se tiene por correcto no puede sin más criminalizarse.

El derecho penal ha de partir de postulados moralmente neutros, lo que significa que no toda mala influencia ha de ser transformada en categoría de responsabilidad criminal y con la misma pena que el autor directo del hecho. La consecuencia es evidente: el principio de causalidad, de acuerdo con el cual todo hecho social tiene factores también sociales que lo determinan, cuando se traslada a los crímenes se reduce siempre , como regla de partida, a una sola fijación de factores: el crimen es expresión de la decisión libre de un ser humano.

Llegar a apreciar que entre dos personas se ha producido la relación inductor-inducido exige, por eso mismo, más condiciones, y que se cumplan una serie de requisitos elaborados por doctrina y jurisprudencia y sobre los que, al menos en la doctrina española, existe amplio consenso. La inducción ha de ser concreta y específicamente orientada a un hecho delictivo específico, y no a cualquiera o a delinquir en general. Además, la inducción ha de ser realizada sobre persona concreta, ejercitarse sobre individuo determinado.

La inducción ha de ser determinante, de manera que no puede apreciarse si el supuesto tuviera ya decidido realizar el delito con independencia de la intervención del inductor.

La decisión delictiva ha de nacer, precisamente, como fruto de la actuación del inductor (3). La inducción, como modo de creación de una decisión en la voluntad de otro, y como toda forma de participación, ha de ser dolosa. El dolo, a su vez, debe ir orientado a conseguir que el inducido realice un determinado tipo de delito (4).

Partiendo de ello volvamos a la actuación de Iago. En un principio Iago parece desear tan solo que Othello crea que Desdémona le engaña con Cassio, pues a quien en verdad odia es a éste. En su mente, si Othello se convence de que Desdémona y Cassio son amantes acabará con los dos, aunque Iago solo desea, siempre en apariencia, la muerte de Cassio. Pero esa primera idea va dejando paso a la segunda.

En los dos últimos actos de la obra es evidente que Iago conduce a Othello contra Desdémona, y a través del engaño, lo lleva a tomar una determinación asesina. Pero lo hace de tal manera que la decisión es formalmente tomada por Othello.

Iago sugiere que el castigo justo para la infiel ha de ser la muerte, pero no le “convence” para que la mate, sino que le enardece para que lo haga, una vez que ya ha envenenado su alma en esa dirección. Iago cuenta con el temperamento pasional de Othello, y sabe que un hombre como aquel no puede tolerar ni perdonar la infidelidad.

Varios son los aspectos del problema que merecen atención:

1. La inducción, según una opinión extendida, no puede ser ni imprudente ni doloso-eventual. Pero siendo dolosa directa (o indirecta) puede ser expresa o tácita o encubierta

En la inducción expresa el inductor convence o fuerza abiertamente al inducido para que realice un delito. En la inducción tácita o encubierta, el inductor influye conscientemente sobre la voluntad del inducido hasta que éste toma una determinación fundada en las ideas que a tal fin le ha inoculado el inductor (5). La persuasión, el consejo, la turbación de la voluntad del inducido son modos de inducir mucho más imaginables que la orden o el mandato. Por lo tanto Iago podría ser condenado como inductor de la muerte de Desdémona.

2. ¿Es posible el dolo indirecto en la inducción?

Esta pregunta podría formularse si llegáramos a la conclusión de que Iago solo deseaba destruir a Cassio, aunque necesariamente, al acusarle de ser amante de Desdémona, habría de producir también la perdición de la mujer. Sabemos que no es así, sino que en un cierto momento desea que Othello mate a su mujer porque así el propio Othello caerá en desgracia.

No hay pues necesidad de recurrir al concepto de dolo indirecto. Pero a efectos meramente especulativos podemos responder que sí es posible el dolo indirecto en la inducción. El inductor lleva al inducido a tomar una decisión que se dirige contra una persona, sabiendo que eso arrastrará males necesarios para otra, y pese a ello actúa. La respuesta, por lo tanto, hubiera sido en su caso también afirmativa.

En conclusión, Iago podría ser castigado como inductor al homicidio de Desdémona.

Notas

1. En la dogmática de base finalista se incluye también una subespecie de autoría mediata en aquellos casos en los que el sujeto actúa dolosamente (entendido el dolo como dolo “neutro”), pero sin estar su conducta orientada en el sentido de un elemento subjetivo del injusto que el tipo exige. Así, por ejemplo, el sujeto altera conscientemente el texto de un documento, pero no tiene intención de utilizarlo en el tráfico jurídico, como es propio de la falsedad, intención que sólo tiene el autor mediato que le engaña y utiliza para la alteración.

Esta relativamente forzada construcción de la autoría mediata es designada como “autoría mediata con utilización de instrumento doloso”. No cabe considerarla como un supuesto comúnmente aceptado. En los delitos especiales, como son, por ejemplo, los de funcionarios, también se trata de la autoría mediata con instrumento no cualificado, cuando el intraneus usa a un extraño para realizar el hecho.

2. No obstante, como es lógico, hay que establecer una diferencia no solamente en torno a la figura del inductor, sino también del inducido, que en unos casos puede ser castigado como autor plenamente responsable, mientras que en los supuestos en los que haya soportado violencia o amenaza es posible que caiga en el ámbito de la eximente, completa o incompleta, de miedo o de estado de necesidad.

3. Otro requisito, pero que no afecta a nuestro tema, es el de la eficacia. Se dice que la inducción ha de ser eficaz, lo que significa que su punibilidad depende de que el inducido dé comienzo, al menos, a la comisión del delito.

4. Esta lógica precisión ha llevado a plantear a la doctrina a plantear el problema del exceso, que aparece cuando el individuo va más allá del propósito del inductor. Por ejemplo, éste le indujo a golpear a otro y el inducido le mató. La solución es en apariencia clara, y se deduce de la regla general que exige dolo o culpa (artículo 5 CP): el inducido no puede responder más que por aquello que dolosamente hubiera deseado, y nada más que por eso. A la inversa, si el inducido realiza menos de lo deseado por el inductor, la limitación impuesta por la accesoriedad reducirá la pena de éste.

5. En STS de 18-1-94 (RJ 1997/6482) se lee: “…la inducción viene caracterizada porque el inductor hace surgir en otra u otras personas la idea de cometer un delito, pero con toda obviedad quien decide y domina la realización del mismo es el inducido, porque de lo contrario, como dice la doctrina científica, el inductor sería verdadero autor. También es evidente que esta inducción, salvo en los casos excepcionales en los que es confesada por el inductor o por el inducido o inducidos, ha de ser descubierta a través de la prueba de hechos psicológicos, esto es, de inferencias. En este supuesto que se examina hubo inducción y ésta fue de tal entidad –y a los hechos probados nos remitimos– que se une constantemente, desde el punto de vista psíquico, con la voluntad de los inducidos. Tan es así que la sentencia habla de pacto tácito, esto es, de un actuar al unísono una vez producida la inducción, aunque, como no hubo dinero, promesas u otro tipo de remuneraciones, es evidente que la prueba ha ofrecido mayores dificultades, lo que no empece a la acreditación de unos hechos muy simples: el acusado M. P. consigue que los otros acusados tomen decisiones injustas a su favor, que son el soporte del delito enjuiciado y condenado…”

Mucho antes el Tribunal Supremo había abierto camino a la inducción como “fruto de un conjunto de influencias” y no solo como la sugerencia expresa y concreta. En S. de y 1-7-61 (RJ 1961\2809) se dijo: “…la autoría por inducción hay que obtenerla no de las palabras concretas que se utilicen en la narración fáctica para expresar su existencia, sino del conjunto de esa narración donde se dé a conocer la situación de hecho en que el inductor se encuentre con el inducido, ascendiente, superioridad moral o de otra índole del uno sobre el otro; beneficio o utilidad que el acto -delito- pueda reportar al inductor; y predisposición del inducido para ejecutar aquel acto dadas las circunstancias especiales en que se encuentre; o sea, la serie de factores concurrentes que sirvan para discriminar el mero consejo o excitación esporádica, de una actuación intensa y eficiente sobre la voluntad del otro para determinarle u obrar en cierto sentido…”

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