La Gaceta Jurídica

Delitos y penas en El Quijote

(Parte I)

Foto: escritosrevistacultural.blogspot.com

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La Gaceta Jurídica / Luis Arroyo Zapatero

00:01 / 24 de diciembre de 2011

No fue Cervantes ni jurista ni menos criminalista, pero fue buen conocedor de la justicia y de los criminales, conocimientos que plasmó con ingenio crítico –elevándose una vez más sobre su época­­– en el propio Quijote y en no pocas de sus demás obras.

El más apropiado texto para un penalista es sin duda el Capítulo Vigésimosegundo de la Primera Parte, el “de la libertad que dio Don Quijote a muchos desdichados que, mal de su grado, los llevaban donde no quisieran ir”, es decir, el Capítulo de los galeotes, capítulo de sabrosa enjundia, munición de boca para las enfrentadas ideologías de los cervantistas al discurrir sobre el pensamiento político de Cervantes (1) y, por si fuera poco, y en la autorizada opinión de Rodríguez Marín (2), quizás no haya en El Quijote otro capítulo que ofrezca tantas dificultades para su buena inteligencia.

La pena de galeras

Por ello bien pudiera radicar el interés de este trabajo en dar cuenta de en qué consistía la condición de galeote, el origen y evolución de la pena de galeras y los delitos cuya comisión la aparejaban.

A pesar de las apariencias no existen delitos y penas que lo hayan sido en todo tiempo y en todo lugar, tampoco el Derecho penal es un Derecho “natural”, y así la pena de galeras comenzó por no existir. Al asomar el siglo XVI las penas que se prevén para los delitos son, por lo común, la de muerte, en varias y graduadas formas, las corporales, en particular la de mutilación y la de azotes, los destierros y, para quienes tienen peculio, las pecuniarias como la multa y las confiscaciones (3).

El Derecho penal del antiguo régimen se caracteriza por desconocer a la prisión, a la privación de libertad, como pena en sí. La estancia en prisión es un mero estadio provisional a la espera del juicio o de la pena, la de muerte, la de azotes o la de destierro (4).

Es lógico y acomodado a los tiempos, pues las penas son privación de derechos fundamentales; para que surja la pena de prisión debe previamente nacer la libertad como derecho fundamental y para ello ha de llegar 1789, con toda una revolución que alumbra una nueva concepción del ser humano y del ciudadano.

Por consiguiente, no debe asombrar que en los tiempos modernos reclamemos quienes lo tenemos por oficio el que las penas de prisión se cumplan en habitáculos dignos, sin hacinamientos y suciedad. No se trata solo de piedad o misericordia con los forzados, sino de exigir lo que pertenece al concepto “prisión” debe ser solo privación de libertad y nada más.

Por ello debe respetarse la intimidad con celdas individuales, por ello se debe permitir el acceso a los medios de comunicación, a la prensa y a la televisión, por eso no se debe excluir la llamada visita matrimonial, etc.

La cárcel no debe ser lugar “donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación”, tal y como describe Cervantes al aludir a una de las suyas, donde engendró su obra.

Los tiempos

Suele situarse el origen de la pena de galeras en una pragmática del Emperador Carlos, de 31 de enero de 1530. Por medio de la misma facultó el Rey Emperador a sus justicias para sustituir o conmutar ciertas penas por el servicio en las galeras reales (5). Desde entonces los castigos corporales más graves, las mutilaciones y los destierros perpetuos pudieron conmutarse por servicio de galeras de más de dos años. Y no menos, pues se entendía que el tiempo de instrucción en el remo no se alcanzaba en menos de un año.

En 1552 el Emperador recordó de nuevo el instituto y amplió a otros delitos la facultad sustitutoria, mencionando como delitos especialmente adecuados para proceder de esta guisa a los hurtos cualificados, a los robos, a los salteamientos y fuerzas.

Al paso en que se incrementó el peligro turco en el Mediterráneo y con ello la necesidad y el número de la mejor embarcación para tal guerra, las galeras, fue ampliándose el catálogo de delitos cuya punición merecía por lo derecho o por conmutación la de gurapas. De particular relieve en esta tendencia es una Pragmática de Felipe II, pocos años antes de la gran batalla naval de Lepanto, en 1566, un año después de grave confrontación con argelinos y turcos ante las costas de Malta.

Tras esta pragmática (6) ya el primer hurto de un ladrón se castigó con seis años de galeras. Hasta entonces este primer hurto se castigaba con azotes y “setenas”, no andando en galeras más que quienes carecían de bienes para pagar dicha multa. A los ladrones se equipararon los vagabundos.

Castillo de Bovadilla (7) proclama que “ladrón es propiamente del pan de los pobres el holgazán que está sano y mendiga de puerta en puerta”. Y por mendigar y por robar cuatro años de galeras. Suma y sigue: los bígamos pasaron de la corporal a 10 años de galeras y los rufianes hasta 10. Menos, pero también, los alcahuetes; los adúlteros y homosexuales también cambiaron la hoguera por las “gurapas”. Los testigos falsos dejaron de perder los dientes mediante tenaza, pero pasaron a 10 años en el mar. Igualmente los blasfemos, con 10 años, y los juradores, a quienes dejó de serles clavada la lengua, por seis años de galeras (8).

Los motivos

Es también Sevilla Solans (9) quien nos desvela, al leer en los inventarios de galeotes que se encontraban en el Archivo de la Ordenación del Apostadero de Marina de Cartagena, que no pocos iban a galeras por meras fruslerías: por andar en las ferias con juegos de bolillas, por dar una bofetada a otro a mano abierta en una procesión, por perder el respeto a su madre y a la justicia, por haber dado mala vida a su mujer, pero también, y la cosa sube de tono, pretendiendo ahogarla debajo de los colchones de la cama o por haber pegado fuego a la cárcel...

La impresionante burocracia de los Austrias y su obra supérstite en el Archivo de Simancas han permitido la estadística.

El Profesor de Las Heras Santos, sobre más de 40 listas de galeotes que alcanzan 3.800 forzados, concluye que la composición jurídica de los galeotes era de 40 por ciento ladrones y robadores, 25 por ciento homicidas y causantes de lesiones, afrentadores de honras altas 5 por ciento y de las bajas otro tanto, vagos 4 por ciento, varios 11 por ciento y provisionales 10 por ciento (10).

A su vez, sobre el conjunto de detenidos en la corona de Castilla un 80 por ciento lo estaba condenado a Galeras (11). Uno de cada cinco estaba condenado al remo a perpetuidad, aunque no solía cumplirse más de 10 años (12).

De los demás, la duración media de disfrute del Mediterráneo era de seis años, no bajando las condenas más leves de 36 meses, por lo común, siempre precedidas de azotes. De aquí el que se llegara a llamar a la comida ordinaria “azotes y galeras”.

Los destinos

Podemos imaginar las dificultades y gastos que comportaba la conducción de los condenados en cualquier parte a los puestos de destino, que primero fue el de Málaga y después también Cartagena y Puerto de Santamaría.

Es una providencia de 1557 de Felipe II la que marca con detalle los puntos de destino en función de los de origen, los procedentes de Galicia, a través de Villafranca, Valladolid y Segovia serán conducidos a Toledo y, finalmente, a Málaga.

Los de León, Oviedo, Salamanca, Palencia, Ciudad Rodrigo y Zamora, a Valladolid para ser remitidos a Málaga también.

Los de Burgos, Calahorra, Osma, Sigüenza y Navarra, a Soria y desde allí a Cartagena.

Ávila, Segovia, Toledo, Madrid, Alcalá y Guadalajara, de nuevo a Toledo para su envío a Málaga.

Los de Plasencia, Coria, Badajoz y Cádiz, a Sevilla para su remisión al Puerto de Santa María.

Córdoba, Jaén y Granada a Málaga de nuevo, y los de Cuenca a Cartagena.

Con razón se ha identificado a Toledo como el lugar de origen de nuestros galeotes. No sólo, pues, porque uno de ellos cite la plaza de Zocodover. Tampoco carecía el ordenamiento jurídico de previsión oportuna para la guarda de galeotes y para los casos de su indebida soltura.

De 1544 es la Pragmática que ordena que las conducciones de los forzados a galeras “se lleven con todo recaudo, “i guarda, de manera que no se puedan ir, ni huir, i se lleven con seguridad, i entreguen en las partes, i lugares, que esta.....ordenado” (en la grafía de la época).

En la misma disposición se excluía al galeote del privilegio de inmunidad por refugio en lugar sagrado y para el causante de la fuga, por culpa o negligencia, se le propinaba una multa de 100 ducados por cada galeote huido, multa que se aplicaba a la compra de un esclavo sustituto, lo que reafirma el carácter utilitario de esta pena de galeras. Pero esto era solo para soltura por descuido y no por la rebelión, que es en lo que Don Quijote incurre.

La vida en las galeras

Las galeras fueron para la vida común la seguridad y la presteza en las relaciones comerciales entre los países ribereños y fueron para la guerra el instrumento que liberaba a los almirantes del sometimiento a los vientos de su voluntad de victoria sobre los hombres y sobre las cosas. Pero para quienes tuvieron como destino el impulsar las naves aplicando sus brazos y cuerpos a los remos, las galeras no fueron sino un “infierno flotante”, como las califica Gregorio Marañón en su estudio médico social sobre las galeras (13). Allí pone en boca del doctor Alcalá que “la vida del galeote es vida propia del infierno; no hay diferencia de una a la otra, sino que la una es temporal y la otra es eterna”.

Los galeotes cumplían su condena ensartados en la cadena que los ataba en ristras sobre cada banco de la nave, sin que jamás se les quitare el grillete del pie, salvo para que el alguacil liberase al grillo del cadáver del galeote. Comida, sueño y fisiología, todo se hacía “en cadena” y en comunidad de hierros.Nunca con más de dos metros de movilidad respecto del banco y con el remar por único ejercicio, práctica acompañada y acompasada por el sistemático recurso al látigo por parte del cómitre.

Llegados tras la larga y penosa excursión al banco, Guzmanillo de Alfarache nos cuenta (14) lo que con ellos acontecía: dábaseles la “ropa del rey”, a modo de uniforme de “la chusma” (15) calzones de lienzo, almilla colorada, capote de jerga y bonete colorado también; tras raparles barba y cabeza se les aplicaba el grillete y se reinsertaban al bies. Al cabo se les entregaba el bizcocho de galera, veintiséis onzas, que era galleta elaborada a base de pan medio fermentado, amasado en  pequeña torta, dos veces cocido para secarlo y evitar su fermentación en las largas travesías, una especie de pan integral, nos dice Marañón.

Continuará

Notas

1. Vid. OSTERC, Ludovic, El episodio de los galeotes o la crítica cervantina conservadora rediviva, en “Sábado”, suplemento del diario “Unomásuno”, Méjico, 6 de mayo de 1989.

2. Cfr. RODRÍGUEZ MARÍN, Francisco. El capítulo de los galeotes. Apuntes para un estudio cervantino, Conferencia en la Junta de Ampliación de Estudios. Madrid 1912, p. 6.

3. Sobre el Derecho penal del Antiguo Régimen v. TOMÁS Y VALIENTE. El Derecho penal del Antiguo Régimen (Siglos XVI-XVIII). Madrid 1969. Para el sistema de penas esp., p. 353 y ss.

4. Vid. GARCÍA VALDÉS. Estudios de Derecho penitenciario, Madrid, Tecnos, 1982, esp. p. 30 y ss.; De LAS HERAS SANTOS, J.L., La Justicia penal de los Austrias en la Corona de Castilla, Salamanca 1991, p. 265 y ss. Abundantes citas doctrinales desde Roma pueden verse en CASTILLO DE BOVADILLA, Política para Corregidores, Amberes 1704, Libro III, Cap. XV, él mismo dice: “y siendo la cárcel, como regularmente es, para guarda y seguridad de los presos y no para grave tormento y pena...”. Esta obra es buena fuente para el conocimiento de la mentalidad de un juez penal de la época, así lo ha visto TOMÁS Y VALIENTE en Gobierno e instituciones en la España del Antiguo Régimen, Madrid 1982, p. 179 y ss. en el capítulo dedicado a Castillo y que intitula “Semblanza personal y profesional de un juez del Antiguo Régimen”.

5. Para la pena de galeras vid. SEVILLA Y SOLANAS, F., Historia penitenciaria española. (La galera). Tipografía del Adelantado de Segovia, Segovia 1917; RODRÍGUEZ RAMOS, L. La pena de galeras en la España moderna, en el libro homenaje a J. ANTON ONECA, Salamanca 1982, p. 523 y ss. TOMÁS Y VALIENTE, El Derecho penal..., ob. cit., p.390 y ss. ROLDÁN BARBERO. Historia de la prisión en España, Barcelona 1988, p. 9 y ss. De las HERAS SANTOS. Ob. cit., p. 304 y ss. Sobre el panorama universal de la galera como barco y también como pena vid. ZYSBERG/BURLET. Gloria y miseria de las galeras, Ed. Aguilar, Madrid, 1989.

6. Esta pragmática está reproducida en TOMÁS Y VALIENTE. El Derecho penal..., ob. cit., p. 455 y ss.

7. Castillo de Bovadilla, cit., II, cap. XII, nº 3.

8. V. en SEVILLA, ob. cit., p, 30 y ss., un catálogo de sustituciones de penas por la de galeras y de tiempo posterior de la de galeras como pena directa extraído de la Novísima Recopilación.

9. Ob. cit., p.61 y ss.

10. Ob. cit. p.306.

11. Ob. cit., p. 279.

12. Diversas órdenes en diferentes tiempos repiten lo que dispone el Real Despacho de septiembre de 1653: que las penas de galeras de toda vida se entiendan por diez años... atendiendo a la razón de piedad…, v. en SEVILLA, ob. cit., p. 33, también aquí para el mínimo de dos años se prolongaba si reincidían durante el tiempo de la condena.

13. MARAÑON, Gregorio. Vida e Historia, Madrid, Austral, nº 185, 9ª ed., 1968, p. 95 y ss.

14. Mateo ALEMÁN, Guzmán de Alfarache, ed. de Francisco Rico, Barcelona, Planeta, 2ª ed., 1987, 2ª parte, III, 8, p. 881 y notas.

15. “Chusma: La gente de servicio de la galera”, Covarruvias, Tesoro de la lengua castellana.

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