La Gaceta Jurídica

Delitos y penas en El Quijote

(Parte final)

Foto: escritosrevistacultural.blogspot.com

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La Gaceta Jurídica / Luis Arroyo Zapatero / Tomado de: cienciaspenales.net

18:42 / 27 de diciembre de 2011

Una hazaña

Tan duro era el bizcocho que los galeotes viejos esperaban con alborozo ver a los novatos intentar hincar el diente, experiencia en la que solían dejarse las muelas, lo que aconsejaba humedecerlo en la “menestra”, nombre que recibía en su tiempo todo cocimiento de legumbres secas, por lo común la más ordinaria, las habas, también por entonces valoradas al gusto en poco.

Parece que para que el cocimiento fuere de garbanzo había que ganar al menos la batalla de Lepanto. Pero tan parco menú solía reducirse como consecuencia de la contención de los déficits públicos, rebajándose a una sopa tristísima llamada “mazmorra”, una suerte de consomé de los restos del bizcocho. Era lo más que se recibía a la cena (1).

Para la conducta

Frente a lo que algunos descreídos creen, en el infierno, de existir, hay disciplina, y en la galera también (2). Se cuida mucho las ordenanzas de castigar robos y hurtos, blasfemias y pecado nefando (3), así como otras muchas nimiedades, como meter en la galera “tabaco de humo” o mujer propia o ajena, así como perder alguna ropa. Los palos son la farmacopea más habitual.

Lo relata bien Guzmán: “le dieron a cada uno cincuenta palos de hurtamanos, que les hicieron levantar los verdugos en alto, dejando los cueros pegados en él” (4), palos que se solía dar al culpable y a todos los que se encontraban en derredor, por las dudas y para mayor escarmiento.

Los palos podían venir solos o acompañados de prolongación de los años en el remo. Lo que estaba peor visto eran los alzamientos, que se castigaban con pena de la vida, cuya ejecución admitía la escenografía más violenta. El relato de Guzmán habla por todos los así condenados: “Condenaron a Soto y a un compañero, que fueron las cabezas del alzamiento, a que fuesen despedazados de cuatro galeras. Ahorcaron cinco y a muchos otros que hallaron con culpa los dejaron rematados al remo por toda la vida, siendo primero azotados públicamente a la redonda de la armada” (5).

Galería de retratos de galeotes

Este es el panorama penal que vive y refleja Miguel de Cervantes y que describe en seis del total de 12 galeotes de la cuerda y cadena que rompe dando la libertad. Recordémosles: El primero de los interrogados, de 24 años natural de Piedrahita, iba tres años “precisos” a gurapas, es decir, tres años fijos, no reducibles, y ello por “enamorado”. Nuestro enamorado héroe se asombra sobremanera “¿por eso no más? Pues si por enamorado echan a galeras, días ha que pudiera yo estar bogando en ellas”.

Pero como esclareció el galeote, el enamoramiento lo fue de una canasta de ropa. Como se le sorprendió “in fraganti” se libró del tormento y con ello se concluyó la causa, y allí se encontraba tras haberle sido “acomodadas las espaldas con ciento”, con cien azotes o vergajazos, el “acostumbrado centenar” del Lazarillo de Tormes.

El segundo no responde a Don Quijote, por triste y melancólico que iba, pero lo explica el de Piedrahita, más voluntarioso: “por canario, digo, por músico y cantor”. Cantó en el ansia, el tormento del agua, consistente en tapar las narices del reo con paño que le cubra la boca y adentrarle el agua a jarros en ella, llevando consigo a las entrañas agua y paño.

A decir verdad, lo que más sorprende y repele del Derecho penal del antiguo régimen no es tanto la brutalidad de los castigos, propia del atavismo de los hombres de esa época, y aún de la presente, en cuanto se aflojan las cuerdas de ese endeble celuloide que es la civilización.

Lo que más sorprende es que personas razonables, de cultivado entendimiento, pudieran asumir como lógico y natural que la práctica del tormento fuere el método correcto de averiguación de la verdad. Como si no fuere evidente que bajo el tormento declaran sus culpas hasta los más inocentes (6).

Con acierto dice el guardia, y ello es en sí crítica cervantina del sistema: “harta ventura tiene un delincuente, que está en su lengua su vida o su muerte, y no en la de los testigos y probanzas”.

El tercero de los galeotes respondió a Don Quijote que iba por cinco años a las señoras gurapas, por faltarle diez ducados, pues de haberlos tenido “hubiera untado con ellos la péndola del escribano y avivado el ingenio del procurador”, lo que encierra el reproche de Cervantes a una Administración de Justicia entregada al cohecho (7).

El cuarto de los interrogados impresionó e impresiona por su “venerable rostro, con barba blanca que le pasaba del pecho”. Su delito era el de ser un poco hechicero y el de alcahuete, “corredor de oreja, y aún de todo el cuerpo”, como explicó el siguiente. Este hombre honrado va por cuatro años agaleras, habiendo paseado “las acostumbradas vestido en pompa y a caballo”.

Aquí aprovecha Cervantes en boca de Don Quijote para romper una lanza a favor de la licitud del comercio del cuerpo y de sus corredores, “oficio de discretos y necesarísimo en la república bien ordenada” (8). A pesar de tan buenas como sucintas razones –ya dice Don Quijote que algún día se explayará “con quien lo pueda proveer y remediar”– seguía el Código hasta hace poco penando a tan singulares “corredores de Lonja”, si no concurren otras circunstancias que lo agraven, con prisión de dos a seis años y multa. Por cierto que el alcahuete ha debido esperar para su libertad al Código penal de 1995, siempre y cuando se dedique a mayores de 18 y sin abusar.

Digo, de paso, que el paseo por las acostumbradas calles de la ciudad, emplumado y con coraza sobre pollino o poco más noble caballería, con acompañamiento y pregones, era penitencia común para las hechicerías del tres al cuarto. La coroza o mitra de papel era multiuso. Según el delito, así la decoración. Era indicada para alcahuetes. En mi personal condición de Rector procede recordar con Rodríguez Marín lo siguiente de La Escuela de Celestina de Salas Barbadillo:

“La rectora Celestina de nuestra Universidad es de tanta autoridad que á ser obispo camina y aún presumo que lo ha sido, y con razón conviene; que adonde el bonete tiene, pienso que mitra ha tenido”.

El quinto era estudiante y con ropas de tal se vestía. Seis años de galeras traía por estuprador de dos primas hermanas y de dos hermanas que no eran suyas. Iba conforme y resignado, como si supiera que tal vocación por la crecida parentela y por el regusto de hacerla habría de esperar hasta 1978 para quedar libre de pena.

El fresco criminológico que retrata Cervantes termina con quien lo corona, Ginés de Pasamonte, condenado a 10 años, metedor de un ojo en el otro un poco –es decir, bizco–, ladrón redomado, “de más de la marca”, es decir, reincidente, y como tal marcado al hierro más de una vez, autor de una vida de sí mismo, que en su opinión emulaba a la del Lazarillo de Tormes, a pesar de no estar acabado el manuscrito por no estar acabada su vida.

Aún más, era Ginesillo galeote de segundas, pues había servido ya en ello a Dios y al Rey por cuatro años, por lo que conocía bien el bizcocho y el corbacho, y las holganzas en los tiempos de no remar. En definitiva, un genio, aunque sea de la bellaquería, un genio desdichado. Él mismo lo dice: “siempre las desdichas persiguen al buen ingenio”.

Aquí termina el retrato y Don Quijote comienza su famosa alocución: “De todo cuanto me habéis dicho, hermanos carísimos he sacado en limpio que aunque os han castigado por vuestras culpas, las penas que vais a padecer no os dan mucho gusto y que vais a ellas de muy mala gana y muy contra vuestra voluntad...”, y sigue, y de lo que sigue me permito poner énfasis en solo una frase: “porque me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres”.

La frase no se ha marchitado. Se traduce en la Ciencia Penal en lo que se llama Abolicionismo, idea utópica y por ello enojosa, pero, como toda utopía, referencia necesaria en todo tiempo para contrastar con la miserable realidad y su connatural compañía del pragmatismo. Es preciso siempre intentarlo con quijotesco afán, aun cuando terminemos como él molidos a palos y obligados a exclamar ante nuestros resabiados Sanchos: “siempre lo he oído decir, que el hacer bien a villanos es echar agua a la mar... paciencia y escarmentar para desde aquí adelante”.

Y es que, como dice Guzmanillo de Alfarache del que en la galera le traicionó, casi ninguno “vino a galeras porque daba limosnas ni porque predicaba la fe de Cristo a los infieles; trujéronlo a ellas sus culpas y haber sido el mayor ladrón que se había hallado en su tiempo en toda Italia ni España” (9).

Escarmentar sí, pero escarmentar reflexivo, encontrar el punto medio que cada tiempo merece. Seguro que el sustituir la muerte o la mutilación por galeras temporales o perpetuas pareció a algunos en su tiempo debilidad del Gobierno y quiebra de la Justicia, lo mismo que a algunos parece hoy el rebajar las largas penas tradicionales por penas más cortas, pero que se cumplan, o el autorizar los permisos de salida o el régimen abierto. Las penas se han de acomodar al valor que en cada momento tiene el bien de que se priva. Las penas deben ser útiles y no mera venganza.

La utilidad fue descubierta entonces en el mover las galeras del Rey. Hoy la utilidad radica, dice la Constitución española, en evitar que los que cometieran delito vuelvan en ello y los que no, que no caigan en la tentación.

Pero no podemos concluir la referencia de estas galeras y galeotes cervantinos sin aludir a otras y otros que nacieron también del juicio de utilidad, proyectando el nomen originario sobre distinta realidad a la que me siento vinculado por razones de la jurisdicción propia: los galeotes de industria, en particular los de las minas de Almadén.

No fue Cervantes solo el literato que conoció y trató, para luego mejor retratar, a galeras y galeotes. Mateo Alemán fue también especialista y así hizo gala de ello en su Guzmán de Alfarache.

Adeudamos a Germán Bleiberg el descubrimiento, trascripción y estudio de la experiencia personal de Mateo Alemán que dio pie al precioso exponente de la literatura picaresca. No como preso, sino como juez visitador, conoció Alemán y relató con fidelidad propia de moderno magnetófono las condiciones de vida y las vidas de los forzados y esclavos de las Minas de Almadén. Pero esta es otra historia y me la voy a reservar para otra ocasión (10).

Y quiero terminar dando cuenta que la pena de galeras se abolió al quedar éstas obsoletas, lo que ocurrió al tiempo que nos quedamos sin las mismas por puro inútiles para la navegación, de viejas y pocas que eran. El 18 de enero de 1749 se declara extinguido el servicio por el Fiscal del Consejo del Rey y el 20 de junio el Marqués de la Ensenada ordena que a los delincuentes a los que se venía condenando a azotes y galeras se les destine por el momento a las minas de Almadén o a los Presidios de África (11).

Notas

1. V. sobre este régimen dietético MARAÑON, ob cit., p. 99 y ss. SEVILLA relata las aplicaciones que recibían los esfuerzos ahorradores, p. 161: gastos en Comuniones generales, capellanes, arreglos en el hospital de forzados, etc., todo siempre muy minuciosamente justificado, onza a onza.

2. V. los textos en SEVILLA, ob. cit. p. 71 y ss.

3. El pecado y delito nefando estaba entonces muy mal visto, Antonio Gómez, brillante jurista de mediados del XVI define al pecado nefando como acceso carnal que no está ordenado al coito natural y a la generación dentro de la especie, lo recoge TOMÁS Y VALIENTE con consideraciones y buena literatura en El crimen y pecado contra natura, en Sexo barroco y otras transgresiones premodernas, Madrid, Alianza, 1990, p. 33 y ss.

4. Mateo ALEMÁN, Ob. cit., p. 888.

5. Se trataba de la versión marinera del descuartizamiento por cuatro caballos, aunque a Damiens, el atentador contra Luis XV, hubieron de aplicársele seis.

6. La crítica de la tortura tomó definitivo cuerpo con el alegato de BECARIA en su De los delitos y de las penas, que aparece en 1764, diez años más tarde en España. Una última edición de esta obra, con prólogo de Tomás y Valiente, es del Ministerio de Justicia, Madrid, 1993. Sobre la tortura en España, vid. MARTÍNEZ DIEZ, G. La tortura judicial en la legislación histórica española, en Anuario de Historia del Derecho Español, XXXII (1962), p. 223 y ss.

7. Su razón principal se encuentra en el propio sistema: la retribución de los jueces se obtenía de su participación en las penas pecuniarias impuestas por ellos mismos, vid. TOMÁS Y VALIENTE. El Derecho penal, p. 163 y ss. La crítica cervantina a la corrupción de la justicia es frecuente, así en La ilustre fregona: “Que no falte ungüento para untar a todos los ministros de la justicia, porque si no están untados, gruñen más que carretas de bueyes”.

8. Vid. sobre este punto REDONDO, A. De las terceras al alcahuete del episodio de los galeotes en El Quijote (I, 22). Algunos rasgos de la parodia cervantina. En Journal of Hispanic Philology, XIII, 2, 1989, p. 135 y ss.

9. Mateo ALEMÁN, Ob. cit., p. 903.

10. BLEIBERG, G. “El informe secreto” de Mateo Alemán sobre el trabajo forzoso en las minas de Almadén, en Estudios de Historia Social, Madrid, nº 2-3, 1977, p. 357-443, y reciente José Antonio PRIOR CABANILLAS. La pena de minas: Los forzados de Almadén, Universidad de Castilla, La Mancha, Ciudad Real 2003.

11. V. SEVILLA, ob. cit., p. 36 y ss. y p. 228 y ss.

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