La Gaceta Jurídica

Deontología jurídica en el siglo XXI: Una visión crítica

Se ha dicho alguna vez que es más importante la forma en que una persona desempeña una profesión y no tanto “en qué consiste esa profesión”. Esta expresión resume la esencia de lo tratado en este artículo. Para corregir buena parte de los males que aquejan a la abogacía actual, debemos reenfocar la deontología jurídica de cara al siglo xxi.

Deontología jurídica en el siglo XXI: Una visión crítica

Deontología jurídica en el siglo XXI: Una visión crítica Foto: lacrestadelaola2028.blogspot.com

La Gaceta Jurídica / Luis Armando García*

00:00 / 22 de enero de 2013

La deontología jurídica está conformada por normas jurídicas de índole estatal, empresarial y profesional, al igual que normas morales comunes a todos los hombres y no recogidas en las leyes. En esencia, cualquier detalle o aspecto que nazca de lo que experimente una recta conciencia moral en el ejercicio de la profesión (1).

Según el profesor británico Richard Susskind, los abogados están llamados a colocar una valla antes del precipicio y no ofrecer una ambulancia al cliente cuando éste ya haya caído. Es decir, el abogado que necesita la sociedad hoy día debe saber adelantarse a los problemas de los clientes (2).

La transformación social de la profesión jurídica está ligada a los cambios en el papel del Estado y del mercado. El crecimiento y complejización de las organizaciones (industriales y de servicios) y de sus relaciones mercantiles/económicas ha transformado substancialmente la demanda de servicios profesionales (haciéndola más compleja) lo que, a su vez, motiva una transformación importante en las formas organizativas profesionales.

Sin embargo, las funciones y responsabilidades del abogado hoy día no han variado sustancialmente de aquellas presentes hace un siglo o hasta hace dos. En cambio, sí ha variado el entorno y la forma en que estas responsabilidades son desempeñadas, al tiempo que también ha variado la percepción de la sociedad hacia el abogado.

Se ha dicho alguna vez que es más importante la forma en que una persona desempeña una profesión y no tanto “en qué consiste esa profesión”. Esta expresión resume la esencia de lo tratado en este artículo. Para corregir buena parte de los males que aquejan a la abogacía actual, debemos reenfocar la deontología jurídica de cara al siglo xxi.

Ejercicio de la abogacía actual

Actualmente, el abogado posee una serie de herramientas tecnológicas que facilitan la búsqueda, recopilación y resumen de información, como nunca antes había existido en la profesión. No obstante, este nivel de productividad y de gestión automatizada amenaza con desvirtuar la importancia dada a la deontología jurídica.

En la actualidad, se le presta más atención a cómo obtener mayores rentas económicas que a ser abogados útiles de cara a nuestros clientes y a la sociedad en general. Este enfoque ambicioso, cada vez más obstinado con el dinero, ha hecho que la deontología jurídica pierda su relevancia de cara a la preparación funcional del abogado.

A nuestro entender, la deontología es encargada de darle la “forma” adecuada a la profesión, frente a los retos que supone el desarrollo social a nivel mundial. Un ejemplo de esta situación lo vivimos dentro del mundo del Derecho empresarial.

Desde la concepción hasta la liquidación de la misma, el componente jurídico juega un papel protagonista en los éxitos y fracasos alcanzados por la empresa y sus administradores. El derecho empresarial es hoy en día un escenario competitivo e innovador, que pone a prueba en todo momento a los juristas.

El accionar del abogado de empresa viene dado en el escenario del mundo de los negocios y el empresariado en general. Pero esta esfera de los negocios obliga muchas veces al jurista a adaptarse al entorno ético propio del empresariado. No obstante, hoy más que nunca es necesario que el abogado de empresa no pierda su esencia y cultive en todo momento la deontología propia de su profesión.

La crisis económica mundial ha acelerado el proceso de globalización de la abogacía, al punto de que las presiones económicas impuestas a los departamentos de asesoría jurídica de las grandes empresas internacionales han llevado a los mismos a asignar parte de la carga de trabajo legal a jurisdicciones de costes bajos o “low cost” como son conocidas.

Esto significa que las sedes de muchas firmas internacionales podrán ser trasladadas en el futuro próximo de occidente hasta la China y la India (3).

Las presiones competitivas hacen que los bufetes de abogados intenten alcanzar una mayor eficiencia, pero esta eficiencia puede convertir la relación de abogado-cliente en una relación típica de proveedor-consumidor.

Existe razón para creer que el factor confianza pierda su importancia como elemento constitutivo de la relación abogado-cliente, al tiempo de que la relación en sí se torna menos personal, más distante y más fungible (4).

Sobre los cambios radicales sufridos por la profesión en los últimos años citamos la siguiente reflexión de Adolfo Menéndez Menéndez y Juan José Torres Fernández Nieto de su obra Deontología y práctica de la abogacía del siglo xxi: “Los abogados han cambiado radicalmente en los últimos cuarenta años: antes actuaban fundamentalmente en los Tribunales, hoy en distintas áreas; antes trabajaban sobre todo aislados, hoy sobre todo asociados; antes eran técnicos en todas las materias, hoy en un solo tema; antes formaban parte de cierta elite (puestos altos en la pirámide social) y provenían de familias bien situadas, hoy, con la generalización de los estudios universitarios ni son elite ni provienen de elites; antes se les llamaba ‘señor abogado’, hoy el ‘señor’ ha desaparecido. No es de extrañar que muchos inconscientemente pretendan poner difícil la entrada a un coto privado que hasta hace años era privilegio de una minoría” (5).

Aquí es donde entra en juego la relevancia de la deontología jurídica adaptada a los entornos corporativos legales modernos. No podemos dejar que se desnaturalice al abogado corporativo al punto de convertirlo en un mero instrumento técnico del engranaje empresarial. Para esto debemos preparar a los estudiantes desde las universidades mediante diversos métodos prácticos y teóricos, que permitan a los futuros profesionales afrontar las responsabilidades que la sociedad demanda de ellos, de forma más satisfactoria que las generaciones previas.

Revisión de las fuentes deontológicas

Los años más productivos de la carrera del abogado se viven a partir de los 50 años de edad. Es decir, que los abogados pasan una buena parte de su vida profesional “añejándose”, cual si fueran vinos. Siguiendo la analogía, todo buen vino necesita añejarse lo justo y cualquier proceso de creación de vino que intente sustituir el añejamiento mediante una fórmula artificial o extraña, verá mermada su calidad.

A través de esta similitud podemos abordar la enseñanza de la deontología jurídica. Dentro de la fórmula maestra de formación de un abogado, el componente de deontología se ha visto desatendido significativamente en los últimos tiempos.

Las principales fuentes vigentes de donde emanan los principios de actuación profesional del abogado español son las siguientes (6): 1. Estatuto General de la Abogacía Española; 2. Carta de Turín adoptada por la Union International des Avocats; 3. Código de los Abogados Europeos; 4. Código deontológico de la abogacía española; 5. Códigos de abogados de cada país.

El contenido de todos estos textos en esencia es el mismo. Todos hablan acerca de la función del abogado, el secreto profesional, independencia jurídica, libertad de encargo, etc. Sin embargo, al analizar estos preceptos de manera crítica, a la luz del entendimiento y asimilación que hacen los estudiantes de Derecho al estudiarlos en una facultad, entendemos que la puesta en práctica de estos valores requiere de esfuerzos que faltan aún por desarrollar.

Cuando hablamos de esfuerzos nos referimos, ante todo, del entendimiento dado por la abogacía actual de los principales problemas que enfrenta la profesión. Las universidades, los colegios de abogados y las cortes deben desarrollar y promover  programas de entrenamiento transicional (aquellos programas que enseñan o mejoran las habilidades prácticas) que comiencen desde la facultad y que continúen hasta al menos los dos primeros años de ejercicio (7).

Como respuesta a este planteamiento podemos interpretar la capacitación profesional que hace alusión en España la Ley 34/2006, de 30 de octubre, sobre el acceso a las profesiones de Abogado y Procurador de los Tribunales. Esta capacitación profesional está llamada a ser impartida a través de las universidades y los colegios de abogados.

Mientras este tema sigue pendiente, los grandes despachos españoles están más preocupados en su facturación anual y en su “ranking” respecto a otros despachos, a la vez que no escatiman esfuerzos con tal de entrar en el mercado de “fichaje” de letrados destacados y/o ex funcionarios de la administración pública. Tarde o temprano estas tendencias terminarán cobrando su precio sobre la abogacía española en general.

El deber del abogado

Los abogados están sujetos a una serie de deberes que van más allá de los que pesan sobre el resto de ciudadanos, debido a la función social que poseen (8).

Al igual que los doctores poseen los conocimientos para curarnos o matarnos, de forma analógica los abogados poseemos los conocimientos para que se pueda hacer justicia o no y/o conocerse la verdad, ante un problema determinado. Citando a Nielson Sánchez-Stewart:

“El abogado es un operador esencial e irremplazable en la administración de justicia y en el funcionamiento de uno de los poderes del Estado y es pieza fundamental en la confianza que dispensa –o no dispensa– a ese servicio público” (9).

Hemos visto recientemente cómo la decadencia moral y el comportamiento predatorio permea todos los estratos de nuestra sociedad: sacerdotes pederastas, políticos corruptos y empresarios que crean estructuras tipo Ponzi para la estafa. Los abogados son, antes que nada, miembros de la sociedad, quienes adoptan los valores predominantes en ésta mucho antes de entrar a la escuela de Derecho. La mentira y la evasión de responsabilidad ya forman parte importante de nuestro de sistema de valores (10).

No obstante, la abogacía cuenta con los mecanismos necesarios para regular de forma interna la conducta profesional del colectivo. El sometimiento a un código de valores morales, compartido y voluntariamente aceptado, engendra solvencia y buena reputación; la ética se transforma así en un valor añadido a la calidad del servicio, lo que origina con frecuencia una mejora en la cuenta de los resultados (11).

Con más razón todavía el comportamiento moral y ético del abogado debe procurar ser ejemplo para los demás profesionales de su área y modelo a seguir por el resto de los ciudadanos.

Si aquellas personas llamadas a ser los auxiliares de la justicia en el mundo no conocen ni observan las normas de comportamiento para con sus colegas y para sus clientes, entonces podrá afirmarse que es solamente cuestión de tiempo para que la sociedad misma le pase factura a dicho colectivo.

En este caso, la fundamentación de los códigos profesionales es clara: pretenden la promoción de un modelo profesional, con pautas o guías de comportamiento para sus miembros y, al tiempo, ofrecer un estándar de calidad que dé confianza a la sociedad (12).

Lo que el cliente y la sociedad demandan del abogado

Para el 72 por ciento de los españoles la tarea del abogado no es tanto defender lo justo como aquello que beneficia a su cliente. Lo que la ciudadanía espera del abogado (de su abogado) es una entrega incondicional a la defensa de los intereses de sus representados (13).

El autor norteamericano Ted Schneyer acuñó el término “Ethical Infrastructure” (14) para referirse al conjunto de políticas, normas, controles y hábitos de práctica de la abogacía que fomenten y apoyen un comportamiento ético adecuado. La puesta en práctica de esta llamada “infraestructura ética” cobra sentido si asumimos que el comportamiento ético dentro de los grandes bufetes legales viene influenciado por la cultura y el ambiente organizacional de los abogados que la componen.

Y es que las dimensiones éticas son algunas de las razones evaluadas por el cliente a la hora de elegir un abogado (15). De esta forma, si el abogado posee una ética determinada en alguna medida por el ámbito característico de su actividad, dicha ética tiene como eje principal el amor al derecho, ya que, resultará muy difícil desarrollar alguna actividad profesional sin cierta estima o aprecio hacia ella (16).

De los grandes juristas debemos fijarnos siempre en su amor al derecho a través de sus obras. Un amor al derecho evidenciado mediante la aplicación de los grandes principios jurídicos ejercidos dentro del compás de la deontología jurídica. Todo gran jurista será buen compañero, buen empleado, buen ciudadano y, al fin de cuentas, buen abogado. Es tiempo de que comencemos a aplicar este símil a los grandes despachos de abogados.

Conclusiones

Las facultades de derecho deben fomentar una enseñanza particularizada, tomando en cuenta el valor de cada estudiante. Este valor conlleva que el maestro se tome el tiempo para procurar que los estudiantes se conozcan así mismos y puedan emprender el camino de la superación y el avance profesional.

Entonces, insistimos en que el avance en términos de enseñanza jurídica, conlleva la incorporación de los valores deontológicos que acompañarán el ejercicio de la profesión durante toda la vida. Los abogados no están solamente para servirse los unos a los otros, sino que deben ser herramientas de cambio positivo y útil a la sociedad.

Las escuelas de derecho necesitan jugar un rol protagónico en el esfuerzo global para alcanzar la sostenibilidad social. Nuevas leyes y nuevas instituciones son esenciales para la sostenibilidad, para lo cual se necesitan abogados que las diseñen y las implementen (17).

Este argumento reafirma el rol del abogado dentro de la sociedad como cómplice necesario de los fallos y de los aciertos que ésta pueda lograr. La clave del éxito para el desarrollo de un abogado que contribuya y aporte a los esfuerzos citados, muchas veces reside en su comportamiento ético y moral frente a su práctica profesional.

Hoy en día, tal vez más que nunca, la deontología jurídica debe adquirir la notoriedad y el cuidado que siempre ha acompañado a las grandes juristas de la historia. Los códigos deontológicos encarnan el credo que todo abogado debería predicar a lo largo de su carrera.

Esta es la visión crítica de la deontología jurídica de cara al siglo xxi: poner en práctica las normas que encarnan los ideales más nobles de nuestra milenaria profesión de cara a los tiempos convulsionados en que nos ha tocado vivir. Ningún esfuerzo, por más pequeño sea, debe ser escatimado.

Notas

1. GÓMEZ PÉREZ, R. “Introducción”, en Ética de las profesiones jurídicas: Estudios sobre deontología I, dir. Por Marín, H., Universidad Católica San Antonio, Murcia, España, 2003, p. 48.

2. DIARIO EXPANSIÓN. “Los abogados tendrán que reinventar su futuro para no verse fuera del mercado”. Sección Jurídica. Diario Expansión. http://www.expansion.com/2011/04/07/juridico/1302190364.html?a=6ac01c8d7a7789aabd04b84514385 b72&t=1304859108 (última consulta 8 de mayo de 2011).

3. EVERSHEDS LLP.: Law firm of the 21st century: the clients revolution, Eversheds LLP, Inglaterra, 2010, p. 2.

4. VISCHER, R.K., “Trust and the global law firm: are relationships of trust still central to the corporate legal services market?” University of St. Thomas School of Law Legal studies research paper (No. 10-19) Minnesota, Estados Unidos, 2010, p. 2.

5. DE LA TORRE DÍAZ, F.: Ética y Deontología Jurídica, Dykinson, Madrid, España, 2000, p. 269.

6. FONTELA MONTES, E. y SAIZ ALVAREZ, J.: Ética y legalidad en los negocios, Grupo Difusión, Madrid, España, 2008, p. 36.

7. AMERICAN LAW INSTITUTE/AMERICAN BAR ASSOCIATION. “Final Recommendations: Critical Issues Summit, Equiping Our Lawyers: Law School Education, Continuing Legal Education, and Legal Practice in the 21st Century”. ALI-ABA. http://www.equippingourlawyers.org/documents/summit_final09.pdf (última consulta 8 de mayo de2011).

8. ORTEGA REINOSO, G.: Ejercicio Colectivo de la profesión de abogado, Grupo editorial universitario, Madrid, España, 2006, p. 22.

9. SÁNCHEZ-STEWART, N.: La profesión de abogado: deontología, valores y Colegios de Abogados. Volumen 1, Grupo Difusión, Madrid, España, 2008, pp. 54-55.

10. BARNHIZER, D., “Golem, Gollum, Gone: The Lost Honor of the Legal Profession”, Cleveland- Marshall College of Law (Research Paper 11-203), enero 2011, p. 4.

11. FERNÁNDEZ DE LA GÁNDARA, L.: Derecho, ética y negocios: discurso de apertura del año académico 1993-1994, Universidad de Alicante, Alicante, España, 1993, p. 12.

12. DE URBANO CASTRILLO, E.: Elementos de ética judicial, Consejo Nacional de la Judicatura de El Salvador, El Salvador, 2006, p. 30.

13. CONSEJO GENERAL DE LA ABOGACÍA ESPAÑOLA.: La abogacía española en datos y cifras, Consejo General de la Abogacía Española, Madrid, España, 2008, p.155.

14. SCHNEYER, T., “A Tale of Four Systems: Reflections on How Law Influences the “Ethical Infrastructure” of Law Firms”, South Texas Law Review, (No. 39. 1998), p. 245.

15. GÓMEZ PÉREZ, R.: Deontología jurídica, Ediciones Universidad de Navarra, Pamplona, España, 1998. p.168.

16. BARRACA MAIRAL, J., “La vocación del derecho”, en Ética de las profesiones jurídicas: Estudios sobre deontología I, dir. Por Marín, H., Universidad Católica San Antonio, Murcia, España, 2003, p. 246.

17. DERNBACH, J.C., “The essential and growing role of legal education in achieving sustainability”, Wildener Law School Legal Studies Research Paper Series (No. 09-20), septiembre 2009, p. 4.

*             Doctorando en Derecho por la Universidad Antonio de Nebrija, España. Ponencia presentada al Congreso UNIJES 2011, Retos de la abogacía ante la sociedad global, del 27 al 29 de junio, Madrid, España.

Tomado de: academia.edu

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