La Gaceta Jurídica

El Derecho Internacional podría sancionar

Los países intercambian bienes, captan experiencias, se cooperan, tienen desentendidos y hasta guerras, pero, por conveniencia, pactan reglas de funcionamiento. Dentro la contienda que Bolivia mantiene con Chile, una simple reflexión lógica nos dice que este país ya no puede evadir los resultados de los fallos de instancias mundiales.

“Es creciente la fuerza y respetabilidad de los tribunales internacionales para resolver problemas entre Estados”.

“Es creciente la fuerza y respetabilidad de los tribunales internacionales para resolver problemas entre Estados”. Foto: noticias.emisorasunidas.com

Gustavo Portocarrero Valda

00:00 / 07 de octubre de 2015

Es cada vez más creciente en el concierto mundial de las naciones la tendencia a la transculturación y/o internacionali- zación de las costumbres, alimentación, vestido, vivienda, tecnología y toda forma de expresión de la cultura. Las leyes, como parte de la cultura, avanzan también en sentido unificador; por lo menos en sus instituciones principales. Los códigos civil, comercial, penal y otros adquieren increíbles semejanzas entre unos y otros.

En mis clases sobre Relaciones Internacionales fuera de Bolivia me enseñaron (y adquirí conciencia) que los países –al igual que las personas individuales– se aproximan entre ellos, intercambian bienes, captan experiencias, se cooperan, tienen desentendidos y aun se hacen la guerra. Sin embargo, por conveniencia de todos, y fruto de experiencias seculares y milenarias, pactan reglas de funcionamiento.

Así nació, por ejemplo, el Derecho Internacional de la Guerra que, en cierta medida, se ha vuelto sagrado porque guarda principios éticos universales; por ejemplo, que un país no puede atacar a otro sin Declaratoria de Guerra, por ser acto de cobardía hacerlo por sorpresa. También el principio de que no se puede fusilar a los presos y que estos deben ser alimentados por el captor.

Es tan fuerte, constante y diaria la acción de las relaciones internacionales que presidentes, vicepresidentes y otros funcionarios de los Estados pareciera que se la pasan viajando. Aquello ya no sorprende, menos se los acusa de turistas; tampoco el hecho de que casi todos tengan a disposición un avión para su traslado inmediato. Lo exige el ahorro de tiempo en un mundo cada vez más complicado.

Los acuerdos entre Estados, llamados “tratados”, significan la expresión de sujetos reales de Derecho –denominados “países”– que firman entre ellos convenciones y contratos al igual que lo hacen las personas individuales o privadas. Si los protocolos son previsores, determinan que en caso de desacuerdos o discrepancias será un tercer país o una tercera entidad la que defina el problema.

Empero, es cada vez más creciente la fuerza y la respetabilidad que adquieren los tribunales internacionales para conocer y resolver problemas entre Estados, más su coercibilidad para la ejecución de los fallos. El Tribunal Internacional de Justicia llena el antiguo vacío.

Tal es el avance indetenible del Derecho Internacional. Por este motivo, cualquier problema que afecte a una unidad nacional y no pueda ser resuelto con otra, abre la competencia de aquel tribunal. Negarlo ahora, en pleno Siglo XXI –en un mundo entremezclado de negocios y problemas– es simplemente una insensatez.

Retiro de un tratado

Dentro la contienda que Bolivia mantiene con Chile, nuestro país ha hecho lo que debía hacer: recurrir al Tribunal Internacional, dada la negativa de ese país para dialogar sobre el tema específico del mar. La contraparte chilena, luego de presentar la excepción de incompetencia del Tribunal, ha anunciado públicamente la posibilidad de su retiro del sistema legal si el resultado le resulta desfavorable.

Naturalmente, podía y puede hacerlo, pero debía tomar su decisión y ejecutarla solo antes de la demanda boliviana. De esta forma hubiera permanecido –con todo derecho– fuera de toda su ligazón previa. Una simple reflexión lógica nos dice que, ahora, ya no puede evadir los resultados de los fallos.

De otro lado, tampoco guarda seriedad su juego de retirarse del sistema, porque nadie puede estar solo a los efectos de lo favorable. Eludir los resultados de una sentencia mediante semejante maniobra (en realidad, jugarreta) mostraría a la opinión pública internacional una ejemplar conducta de inmoralidad, saltando a la luz el “por si acaso” oportunista de su actuar.

Consecuencias del alejamiento

Si Chile toma la determinación de abandonar el sistema habrá dejado un precedente fuera de toda ética como sujeto de Derecho. Exhibiría también un incidente desvergonzado, esquivo y funesto; una mala nota para la comunidad mundial.

Consecuentemente, abriría un capítulo para que los propios mecanismos del Derecho Internacional le puedan dar la respuesta adecuada. Por ejemplo: negarle, restringirle o reducirle en otros casos (administrativos o deliberativos) su derecho a intervenir.

En pocas palabras, si Chile comienza a juguetear con el Derecho Internacional no tardará mucho la doctrina Internacional en generar la producción intelectual adecuada que se convierta luego en norma. No puede concebirse la idea de que un infractor tenga acceso a la entidad que desaíra; tampoco que un tribunal quede burlado con una triquiñuela que invitaría a otros a repetirla.

Podemos percibir, ahora mismo, cuán visibles se muestran otros adelantos chilenos de desobediencia legal y desaire por anticipado. Comienzan desde la presidenta Bachelet hasta sus actores de la burocracia parlamentaria. A viva voz, y muy sueltos de cuerpo, declaran que pese a cualquier determinación del Tribunal Internacional de Justicia, “no se cederá un solo milímetro a Bolivia”.

*    Es abogado, escritor y periodista.

Tomado de: rebelion.org

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