La Gaceta Jurídica

El Derecho en la antigüedad y en la Edad Media

(Parte II)

Foto: wga.hu

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textoslegalesantiguos.blogspot.com

00:00 / 18 de abril de 2014

El cristianismo

Al mismo tiempo que el Derecho romano alcanzaba su extraordinaria perfección se iba difundiendo paulatinamente por todo el mundo conocido la nueva religión predicada por Jesucristo. El cristianismo iba a ejercer una influencia decisiva sobre el Derecho, porque daba al hombre, como ser creado a imagen y semejanza de Dios, una dignidad de la que antes carecía.

Desde entonces fue la persona humana, y no el Estado ni la ciudad, la destinataria principal del orden jurídico establecido, precisamente, para facilitar su vida y desarrollo como ente espiritual.

El mensaje de paz y amor que se esparció por el mundo estaba dirigido a regular la conducta humana en función del fin sobrenatural que cada uno tiene; y, para ello, para que el hombre pueda alcanzar la salvación eterna, predicaba la observancia de la justicia y del amor al prójimo, en especial respecto de los débiles y de los pobres; el perfeccionamiento interior mediante la oración y el perdón de las ofensas; elevaba a la categoría de instituciones fundamentales la familia, fundada en el sacramento del matrimonio, y el ejercicio de la autoridad concebida no ya como imperio de la fuerza, sino como un servicio destinado a hacer el bien sobre la tierra y a respetar al hombre en su fundamental dignidad.

La religión y el poder político, hasta entonces unidos indisolublemente en las culturas de la antigüedad pagana, quedaron separados y tuvieron fines propios. Al predicar esa división (“dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”), Jesucristo afirmaba indirectamente la obligación que tiene todo hombre de obedecer al Estado y, por lo tanto, de cumplir el Derecho.

Esta obediencia ya no es una simple imposición de la autoridad, sino que tiene raíces y fundamentos más profundos. Como todo poder proviene de Dios –autor de todo lo que existe–, debemos acatar los mandatos superiores, “no sólo por temor del castigo sino también por la obligación de conciencia”; de tal manera que el Derecho integra el conjunto de preceptos que la propia religión nos impone.

El cumplimiento de las normas jurídicas, sin embargo, cede a la necesidad de “obedecer a Dios antes que a los hombres”, con lo cual aparece una primera limitación al poder del Estado y de los gobernantes.

La justicia ocupa un lugar importante en la doctrina cristiana. Hay, por de pronto, una justicia divina que revela la perfección del Ser creador y se manifiesta por medio de su voluntad. Hay también una justicia humana, virtud universal de amplísimo contenido, que abarca no sólo las relaciones jurídicas, sino también toda la conducta social del hombre en su deber de amar al prójimo: “tratad a los hombres de la misma manera que quisierais que ellos os tratasen a vosotros”.

Los cristianos, considerados durante los primeros siglos enemigos del Estado porque no aceptaban la religión oficial, y perseguidos violentamente en muchas ocasiones, consiguieron difundir poco a poco su doctrina. El Emperador Constantino, en el año 313 reconoció a la Iglesia y le acordó su decidida protección, con lo cual pudo ésta organizarse mejor en sus jerarquías y predicar públicamente una religión que fue desde entonces desalojando al antiguo paganismo.

La filosofía jurídica del Cristianismo se fue desarrollando durante los primeros siglos por obra de los padres de la Iglesia, quienes explicaron los principios fundamentales contenidos en los cuatro evangelios y en los actos de los apóstoles (Nuevo Testamento), pero fue San Agustín (354-430) quien expuso por vez primera en forma orgánica las bases del Derecho cristiano.

Utilizando las concepciones de Platón y de otros pensadores y adaptándolas a la doctrina revelada, San Agustín distinguió tres clases de leyes que gobiernan el mundo y la conducta humana.

La ley eterna es la razón o la voluntad de Dios que dirige tanto las cosas y los seres irracionales como la actividad del hombre. Esa dirección tiene carácter necesario para aquellos y debe ser acatada voluntariamente por el ser humano, porque así respeta el orden impuesto por Dios.

La segunda es la ley natural que se manifiesta en la conciencia y significa la participación del hombre en aquel orden divino. Esta norma de carácter fundamentalmente ético permite a todo ser humano distinguir el bien y el mal, lo justo y lo injusto, abarca, por lo tanto, el campo de la moral y las bases del orden jurídico.

La tercera es la ley humana, sometida racionalmente a la anterior, destinada a resolver los problemas que aquella no contempla. De tal manera, la ley natural es inmutable y universal, mientras la humana es variable de acuerdo a las circunstancias de tiempo y lugar.

Su finalidad esencial consiste en asegurar el orden y la paz en la sociedad para permitir que los hombres realicen sus fines temporales y sobrenaturales. En esa forma el Derecho quedaba subordinado a la moral y ambos integraban el orden universal de la creación.

La España Visigótica

Los pueblos germánicos, establecidos dentro y fuera de las fronteras del imperio, en especial sobre los ríos Rhin y Danubio, comenzaron a sufrir desde principios del siglo IV la presión de otros bárbaros que buscaban nuevas tierras dónde establecerse. Unos y otros comenzaron las invasiones sin encontrar mayor resistencia por parte del imperio decadente. Así penetraron en las Galias, en Italia y en España, provocando a su paso inmensas destrucciones. En el año 476 los ostrogodos ocuparon Roma y desapareció el Imperio de Occidente.

En España se sucedieron desde el año 409 las invasiones de los suevos, vándalos, alanos y visigodos, quienes recorrieron la península hasta que, ya en la segunda mitad del siglo, quedaron los suevos en Galicia y se formó el nuevo reino visigótico bajo la dirección de Eurico (466-484), quien domina el sur de Francia y gran parte de España. Algunas décadas después los suevos se sometieron a los visigodos y éstos, presionados por Clodoveo, abandonaron las Galias e instalaron su capital en Toledo.

La historia de este reino visigótico en España se divide, naturalmente, en dos periodos caracterizados por la religión dominante: desde la época de Eurico hasta el año 589 prevaleció la herejía arriana; pero en esta última fecha se produjo la conversión de Recaredo y de los nobles al catolicismo, manteniéndose el reino hasta la invasión arábiga (año 711).

Los visigodos, aunque constituían una minoría frente a la población hispano-romana, llegaron a dominarla gracias al despojo o reparto de las tierras y al ejercicio del poder político y militar. Las diferencias entre ambas razas subsistieron hasta mediados del siglo VI, en que se autorizaron los matrimonios mixtos y se sancionaron leyes comunes.

Poco después, con la conversión de los visigodos al catolicismo, se consolidó la unificación social al mismo tiempo que se imponían normas de vida más moderadas bajo la inspiración de los obispos.

Los pueblos germánicos se regían por un Derecho consuetudinario no escrito. Pero, al tomar contacto con la civilización romana se dejaron influenciar por ese orden superior y más perfecto. Abandonaron entonces muchas de sus costumbres bárbaras y hasta comenzaron a utilizar el idioma latino.

Para organizar mejor las relaciones de su pueblo, Eurico comprendió que era necesario redactar leyes escritas según el modelo romano. De este modo sancionó hacia el año 475 el Código que lleva su nombre, mezcla de soluciones germánicas y romanas, aunque con predominio de estas últimas, las cuales se tomaron del código Teodosiano y de algunas obras de juristas.

El código de Eurico aparece redactado en latín y su contenido se refiere principalmente al Derecho privado. Tuvo una gran influencia en su época, pues inspiró las leyes de los borgoñones (lex barbara burgundiorum)  de fines del siglo V y de los francos (lex salica) de principios del siglo VI.

Casi de inmediato, el sucesor de aquel rey, Alarico II, hizo redactar otro código llamado Lex Romana Wisigothorum o Breviario de Alarico II, que fue promulgado en el año 506.

Esta ley, destinada a ordenar mejor el Derecho romano que hasta entonces se aplicaba entre los hispano-romanos, contiene normas tomadas del código Teodosiano y de constituciones posteriores, así como doctrinas de los juristas Gayo y Paulo.

Se impuso no sólo en el reino visigodo, sino también en otras regiones de Occidente, donde fue la gran compilación de Derecho romano anterior a la de Justiniano y más difundida que la de éste.

La doctrina tradicional respecto de estos códigos era que el de Eurico fue sancionado sólo para los visigodos y la Lex Romana Wisigothorum  para los romanos que seguían utilizando el derecho imperial.

Pero, Alfonso García Gallo y luego Alvaro D’Ors han sostenido que ambos rigieron sucesivamente a todas las poblaciones sometidas al reino visigótico, teniendo, por lo tanto, alcance territorial. Sin embargo, esta teoría no ha encontrado apoyo entre otros especialistas que continúan afirmando la personalidad del Derecho en los primeros siglos de la Edad Media.

Más tarde se llegó a la unificación jurídica. El rey Leovigildo (572-586) sancionó un nuevo código que no ha llegado hasta nosotros, en el cual permitía los casamientos entre godos y romanos y suprimía las diferencias de jurisdicciones. Los sucesivos monarcas siguieron legislando y Recesvinto reunió todo ese Derecho en un código que llamó Liber judiciorum (o Lex Visigothorum), promulgado en 654.

Una segunda redacción del mismo Liber se hizo en el año 681, bajo el patrocinio del Concilio XII de Toledo, y más tarde se publicó otra edición llamada vulgata, porque no tuvo carácter oficial, en la cual se incluyeron principios de Derecho público tomados de los concilios toledanos y de las obras de San Isidoro de Sevilla.

Fue ésta última, traducida al romance a principios del siglo XIII, la que se conocerá con el nombre del Fuero Juzgo.

A esta unificación del Derecho se agregó la unificación religiosa. Los visigodos, desde antes de su llegada a España, habían adoptado la herejía arriana, que negaba la unidad de la esencia divina de las tres personas de la Trinidad.

Pero el catolicismo ortodoxo dominaba en la península ibérica entre los pobladores hispano-romanos, de tal modo que las invasiones produjeron una división no sólo política sino también religiosa.

Esta situación se mantuvo durante más de un siglo, hasta que la acción y la prédica de los obispos católicos y en especial de San Leandro, metropolitano de Sevilla, consiguieron convertir a Recaredo y tras él a los nobles del reino (589).

A partir de entonces, los dignatarios de la iglesia, quienes habían conseguido mantener la antigua cultura romana, ejercieron una influencia decisiva en el reino. Figura principal en esta esfera fue San Isidoro de Sevilla, hermano menor de San Leandro y sucesor suyo en la diócesis hispalense, que fue un verdadero enciclopedista en su época.

San Isidoro (560-636) reunió en su Etimologías y en otros libros todo el saber de la antigüedad para transmitirlo a las futuras generaciones y, además, escribió obras de teología y de historia notables como expresión de resurgimiento intelectual.

En esa época comenzaron a reunirse periódicamente los obispos en los concilios que cuentan también con la presencia del rey y de los nobles y en los cuales se sancionaron normas religiosas que a veces tienen gran alcance político y jurídico.

En esas reuniones se procuró exaltar la personalidad de los monarcas, elevándolos a una categoría sagrada, pero imponiéndoles, al mismo tiempo, la obligación de gobernar rectamente. Se declaró incurso en anatema al rey que ejerciera un poder despótico, condenando, asimismo, a quienes se atrevieran a ocupar el trono por la fuerza.

Con estas y otras medidas la Iglesia procuraba suavizar los impulsos dominantes de las autoridades, inculcando en los príncipes ideas de moderación, prudencia y respeto por los súbditos y tratando de que el Derecho se subordinara a las enseñanzas divinas y a las leyes naturales.

Sin embargo, ni estas ideas ni el Derecho estampado en los códigos alcanzaron cabal aplicación. La incultura predominante, la falta de jueces con conocimientos jurídicos y la tendencia a imponer soluciones violentas contribuyeron a la aparición de nuevas prácticas que se apartaban del sistema romano clásico.

Surgieron así, paulatinamente, en todos los Estados europeos nuevas costumbres que sin duda se adecuaban mejor a las necesidades surgidas con la transformación social y económica.

El Derecho musulmán en España

La temprana Edad Media concluyó repentinamente en España con la invasión de los árabes (año 711), que hizo desaparecer al reino visigótico. La religión predicada por Mahoma en Arabia a principios del siglo VII se había difundido por todo el norte de África y el Mediterráneo oriental.

Sus adeptos, deseosos de proseguir la guerra santa y de extender sus conquistas, cruzaron en 711 el estrecho de Gibraltar y luego de una breve campaña se apoderaron de casi toda la península, llegando después a penetrar en Francia en donde fueron rechazados por Carlos Martel (año 732). Se inició así la dominación musulmana al mismo tiempo que comenzó en las montañas de Asturias el largo proceso de la reconquista.

Los moros formaban una comunidad esencialmente religiosa que, sin embargo, no trató de imponer su credo a la mayoría católica. Fueron muchos los que continuaron viviendo bajo la dominación de aquellos (mozárabes), conservando su religión, su Derecho y sus propios jueces.

A medida que avanzaba la reconquista se produjo el fenómeno inverso, es decir, el de los musulmanes que habitaban en territorio cristiano (mudéjares).

El derecho arábigo reconocía tres fuentes principales:

-Las enseñanzas directas de Mahoma recogidas en el Corán (que contiene preceptos jurídicos en una décima parte).

-La conducta de Mahoma conocida por la tradición oral (sunnah).

-La opinión unánime de la comunidad musulmana (ichmá), evidenciada a través de la coincidencia de los juristas.

El desarrollo de los principios contenidos en esas tres fuentes era la materia propia de la ciencia del Derecho (figh), que cultivaban los alfaquíes o juristas. La legislación no existía, puesto que todo el Derecho debía provenir de la divinidad a través de aquellas fuentes, y tampoco tenía valor la costumbre que no estuviera afirmada por el ichmá.

Este Derecho dejó pocas huellas en España, salvo en lo que se refiere a la denominación de algunas instituciones o autoridades (todos los nombres que comienzan con “al” en castellano tienen origen arábigo).

Los mozárabes continuaron rigiéndose por el  Liber Iudiciorum  o por las costumbres antiguas y nuevas que se formaron en cada región, incluso bajo la influencia del Derecho musulmán que los cristianos adoptaban despojándolo de su sentido religioso.

La reconquista española

A los pocos años de dominada la península ibérica por los moros comenzó la resistencia de los visigodos refugiados en las montañas de Asturias, que en 718 eligieron como rey a Pelayo.

Paulatinamente, este reino se transformó en el de León, se constituyó el condado de Castilla (año 800), aparecieron los pequeños reinos de Navarra, Portugal y Aragón, así como el condado de Barcelona, todos ellos fueron realizando la empresa secular de la reconquista con múltiples vicisitudes y dificultades, pero con la constancia que alienta la lucha por la fe.

Episodio fundamental en esa larga contienda fue la batalla de las Navas de Tolosa, ganada en 1212 por Alfonso VIII de Castilla con la ayuda de otros príncipes cristianos. Esa fecha, que marcó el fin de la Alta Edad Media en España, constituyó a la vez el comienzo de una época de mayor desarrollo y expansión de los reinos cristianos.

León y Castilla se unieron definitivamente en 1230 y desde mediados del mismo siglo los musulmanes quedaron reducidos al pequeño reino de Granada, que desapareció en 1492. También se unieron en la misma época Aragón y Cataluña, que además conquistaron Valencia, Las Baleares y, posteriormente, el sur de Italia (Sicilia y Nápoles).

Esta empresa de la reconquista y de la ocupación progresiva de muchos territorios que es preciso defender y poblar, da lugar a dos formaciones jurídicas originales: el derecho señorial y el derecho foral. El fraccionamiento de poder político, propio de la Edad Media, condujo al particularismo jurídico.

Continuará

Tomado de: textoslegalesantiguos.blogspot.com

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