La Gaceta Jurídica

El Derecho en la antigüedad y en la Edad Media

(Parte II)

Foto: araceliregolodos.blogspot.com

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Ricardo Zorraquín Becú

00:00 / 26 de agosto de 2015

El cristianismo

Al mismo tiempo que el derecho romano alcanzaba su extraordinaria perfección se fue difundiendo paulatinamente por todo el mundo conocido la religión predicada por Jesucristo. El cristianismo iba a ejercer una influencia decisiva sobre el Derecho, porque daba al hombre, como ser creado a imagen y semejanza de Dios, una dignidad de que antes carecía. Desde entonces fue la persona humana y no el Estado ni la ciudad la destinataria principal del orden jurídico establecido para facilitar su vida y desarrollo como ente espiritual.

El mensaje de paz y amor que se esparció estaba dirigido a regular la conducta humana en función del fin sobrenatural que cada uno tiene y para que el hombre pueda alcanzar la salvación eterna, predicaba la observancia de la justicia y del amor al prójimo, en especial respecto de los débiles y de los pobres; el perfeccionamiento interior mediante la oración y el perdón de las ofensas y elevaba a la categoría de instituciones fundamentales la familia, fundada en el sacramento del matrimonio, y el ejercicio de la autoridad concebida no ya como imperio de la fuerza sino como un servicio destinado a realizar el bien sobre la tierra y a respetar al hombre en su fundamental dignidad.

La religión y el poder político, hasta entonces unidos indisolublemente en las culturas de la antigüedad pagana, quedaron separados y tuvieron fines propios. Al predicar esa división (“dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”), Jesucristo afirmaba indirectamente la obligación que tiene todo hombre de obedecer al Estado y cumplir el derecho.

Esta obediencia ya no era una simple imposición de la autoridad, sino que tenía raíces y fundamentos más profundos. Como todo poder proviene de Dios, debemos acatar los mandatos superiores “no solo por temor del castigo, sino también por la obligación de conciencia”; de tal manera que el Derecho integra el conjunto de preceptos que la propia religión nos impone. El cumplimiento de las normas jurídicas, sin embargo, cede a la necesidad de “obedecer a Dios antes que a los hombres”, con lo cual aparece una primera limitación al poder del Estado y de los gobernantes.

La justicia ocupa un lugar importante en la doctrina cristiana. Hay una justicia divina que revela la perfección del Ser creador y se manifiesta por medio de su voluntad y hay una justicia humana, virtud universal de amplísimo contenido, que abarca no solo las relaciones jurídicas sino también la conducta social del hombre en su deber de amar al prójimo: “Tratad a los hombres de la misma manera que quisierais que ellos os tratasen a vosotros”.

Los cristianos, considerados en los primeros siglos enemigos del Estado porque no aceptaban la religión oficial y perseguidos violentamente en muchas ocasiones, difundieron de a poco su doctrina. El emperador Constantino, en el año 313, reconoció a la Iglesia y le acordó su decidida protección, con lo cual pudo ésta organizarse mejor en sus jerarquías y predicar públicamente una religión que desalojaba al antiguo paganismo.

La filosofía jurídica del Cristianismo se fue desarrollando durante los primeros siglos por obra de los padres de la Iglesia que explicaron los principios fundamentales contenidos en los cuatro evangelios y en los Actos de los Apóstoles (Nuevo Testamento), pero fue San Agustín (354-430) quien expuso en forma orgánica las bases del derecho cristiano. Utilizando las concepciones de Platón y de otros pensadores y adaptándolas a la doctrina revelada, distinguió tres clases de leyes que gobiernan el mundo y la conducta humana.

La ley eterna es la razón o la voluntad de Dios que dirige tanto las cosas y los seres irracionales como la actividad del hombre. Esa dirección tiene carácter necesario para aquellos, y debe ser acatada voluntariamente por éste, porque así respeta el orden impuesto por Dios.

La segunda es la ley natural que se manifiesta en la conciencia y significa la participación del hombre en aquel orden divino. Esta norma de carácter fundamentalmente ético permite al ser humano distinguir el bien y el mal, lo justo y lo injusto y abarca el campo de la moral y las bases del orden jurídico.

La tercera es la ley humana, sometida racionalmente a la anterior y destinada a resolver los problemas que aquella no contempla. La ley natural es inmutable y universal, mientras la humana es variable de acuerdo a las circunstancias de tiempo y lugar. Su finalidad esencial consiste en asegurar el orden y la paz en la sociedad para permitir que los hombres realicen sus fines temporales y sobrenaturales. En esa forma el derecho quedaba subordinado a la moral, y ambos integraban el orden universal de la creación.

La España visigótica

Los pueblos germánicos, establecidos dentro y fuera de las fronteras del Imperio y, en especial, sobre los ríos Rhin y Danubio, comenzaron a sufrir desde principios del siglo IV la presión de otros bárbaros que buscaban nuevas tierras para establecerse. Unos y otros invadieron sin encontrar mayor resistencia del Imperio decadente. Penetraron en las Galias, Italia y España provocando destrucción. En el año 476 los ostrogodos ocuparon Roma y desapareció el Imperio de Occidente.

En España, desde el año 409, las invasiones de suevos, vándalos, alanos y visigodos recorren la península hasta que en la segunda mitad del siglo quedaron los suevos en Galicia y se formó el nuevo reino visigótico bajo la dirección de Eurico (466-484), que domina el sur de Francia y gran parte de España. Décadas después los suevos se sometieron a los visigodos y éstos, presionados por Clodoveo, abandonaron las Galias e instalaron su capital en Toledo.

La historia de este reino visigótico en España se divide en dos períodos caracterizados por la religión dominante: desde la época de Eurico hasta el año 589 prevaleció la herejía arriana; pero en esta fecha se produjo la conversión de Recaredo y de los nobles al catolicismo, manteniéndose el reino hasta la invasión arábiga (711).

Los visigodos, aunque constituían una minoría frente a la población hispano-romana, llegaron a dominarla gracias al despojo o reparto de tierras y ejercicio del poder político y militar. Las diferencias entre ambos subsistieron hasta mediados del siglo VI en que fueron autorizados los matrimonios mixtos y se sancionó leyes comunes. Poco después, con la conversión de los visigodos al catolicismo se consolidó la unificación social y se imponían normas de vida más moderadas bajo la inspiración de los obispos.

Los pueblos germánicos se regían por un Derecho consuetudinario no escrito. Pero, al tomar contacto con la civilización romana, se dejaron influenciar por ese orden superior y más perfecto. Abandonaron muchas de sus costumbres bárbaras y hasta comenzaron a utilizar el idioma latino. Para organizar mejor las relaciones de su pueblo, Eurico comprendió que era necesario redactar leyes escritas según el modelo romano.

Hacia el año 475 sancionó el Código que lleva su nombre, mezcla de soluciones germánicas y romanas aunque con predominio de estas últimas, las cuales se tomaron del código Teodosiano y de algunas obras de juristas. El código de Eurico aparece redactado en latín y su contenido se refiere principalmente al derecho privado.

Tuvo gran influencia en su época, pues inspiró las leyes de los borgoñones (lex barbara burgundiorum, de fines del siglo V) y de los francos (lex salica, de principios del siglo VI).

Casi de inmediato el sucesor de aquel rey, Alarico II, hizo redactar otro código, llamado Lex Romana Wisigothorum o Breviario de Alarico II, promulgado en el año 506. Esta ley, destinada a ordenar mejor el Derecho romano que hasta entonces se aplicaba entre los hispano-romanos, contiene normas tomadas del código Teodosiano y de constituciones posteriores, así como doctrinas de los juristas Gayo y Paulo. Se impuso no solo en el reino visigodo, sino en otras regiones de Occidente, donde fue la gran compilación de Derecho romano anterior a la de Justiniano y más difundida que la de éste.

La doctrina tradicional respecto de estos códigos era la de que el de Eurico fue sancionado solo para los visigodos y la Lex Romana Wisigothorum para los romanos que seguían utilizando el Derecho imperial. Pero, Alfonso García Gallo y luego Alvaro D’Ors han sostenido que ambos rigieron sucesivamente a todas las poblaciones sometidas al reino visigótico, con alcance territorial. Sin embargo, esta teoría no ha encontrado apoyo entre otros especialistas que continúan afirmando la personalidad del derecho en los primeros siglos de la Edad Media.

Más tarde se llegó a la unificación jurídica. El rey Leovigildo (572-586) sancionó un nuevo código –que no ha llegado hasta nosotros– en el cual permitía los casamientos entre godos y romanos y suprimía las diferencias de jurisdicciones. Los sucesivos monarcas siguieron legislando y Recesvinto reunió ese Derecho en el código Liber judiciorum, promulgado en 654.

Una segunda redacción del mismo se hizo en el año 681, bajo el patrocinio del Concilio XII de Toledo y más tarde se publicó otra edición llamada “vulgata” porque no tuvo carácter oficial, en ésta se incluyó principios de Derecho público tomados de los concilios toledanos y de las obras de San Isidoro de Sevilla. Fue esta última, traducida al romance a principios del siglo XIII, la que se conoció como Fuero Juzgo.

A esta unificación del Derecho se agregó la unificación religiosa. Los visigodos, desde antes de su llegada a España, habían adoptado la herejía arriana, que negaba la unidad de la esencia divina de las tres personas de la Trinidad. Pero el catolicismo ortodoxo dominaba en la península ibérica entre los pobladores hispano-romanos, de tal modo que las invasiones produjeron una división política y religiosa.

Esta situación se mantuvo por más de un siglo, hasta que la acción y la prédica de los obispos católicos y, en especial, de San Leandro, metropolitano de Sevilla, consiguió convertir a Recaredo y tras él a los nobles del reino (589).

A partir de entonces, los dignatarios de la iglesia que habían conseguido mantener la cultura romana ejercieron una influencia decisiva en el reino. Figura principal fue San Isidoro de Sevilla, hermano menor de San Leandro y sucesor suyo en la diócesis hispalense, quien fue enciclopedista. San Isidoro (560-636) reunió en Etimologías y en otros libros el saber de la antigüedad para transmitirlo a las futuras generaciones y, además, escribió obras de teología y de historia notables como expresión de resurgimiento intelectual.

En esa época comenzaron a reunirse los obispos en los concilios que contaron con la presencia del rey y de los nobles, en los cuales se sancionó normas religiosas que a veces tienen gran alcance político y jurídico. Se procuró exaltar la personalidad de los monarcas, elevándolos a una categoría sagrada, pero imponiéndoles al mismo tiempo la obligación de gobernar rectamente.

Se declaró incurso en anatema al rey que ejerciera un poder despótico, condenando a los que se atrevieran a ocupar el trono por la fuerza. Con estas y otras medidas, la Iglesia procuraba suavizar los impulsos dominantes de las autoridades, inculcando en los príncipes ideas de moderación, prudencia y respeto por los súbditos y tratando de que el Derecho se subordinara a las enseñanzas divinas y a las leyes naturales.

Sin embargo, estas ideas y el derecho estampado en los códigos no alcanzaron cabal aplicación. La incultura predominante, la falta de jueces con conocimientos jurídicos y la tendencia a imponer soluciones violentas contribuyeron a la aparición de nuevas prácticas que se apartaban del sistema romano clásico. Surgieron así en los Estados europeos nuevas costumbres que se adecuaban mejor a las necesidades surgidas con la transformación social y económica.

El Derecho musulmán en España

La temprana Edad Media concluyó en España con la invasión de los árabes (711), quienes hicieron desaparecer al reino visigótico. La religión predicada por Mahoma en Arabia a principios del siglo VII se había difundido por el norte de África y el Mediterráneo oriental.

Sus adeptos, deseosos de proseguir la guerra santa y de extender sus conquistas, cruzaron en 711 el estrecho de Gibraltar y, luego se apoderaron de casi toda la península; penetraron en Francia y rechazados por Carlos Martel (732). Se inició así la dominación musulmana al mismo tiempo que comenzó en las montañas de Asturias el largo proceso de la reconquista.

Los moros formaban una comunidad esencialmente religiosa, que no trató de imponer su credo a la mayoría católica. Fueron muchos los que continuaron viviendo bajo la dominación de los mozárabes conservando su religión, su Derecho y sus propios jueces. A medida que avanzaba la reconquista se produjo el fenómeno inverso, es decir, el de los musulmanes que habitaban en territorio cristiano (mudéjares).

El derecho arábigo reconocía tres fuentes principales: las enseñanzas directas de Mahoma, recogidas en el Corán (que contiene preceptos jurídicos en una décima parte); la conducta de Mahoma, conocida por la tradición oral (sunnah), y la opinión unánime de la comunidad musulmana (ichmá), evidenciada a través de la coincidencia de los juristas.

El desarrollo de los principios de esas fuentes era la materia del derecho (figh) que cultivaban los alfaquíes o juristas. La legislación no existía, puesto que todo el Derecho debía provenir de la divinidad a través de aquellas fuentes y tampoco tenía valor la costumbre que no estuviera afirmada por el ichmá.

Este Derecho dejó pocas huellas en España, salvo en lo que se refiere a la denominación de algunas instituciones o autoridades (los nombres que comienzan con al en castellano tienen origen arábigo). Los mozárabes continuaron rigiéndose por el Liber Iudiciorum  o por costumbres antiguas y nuevas que se formaron en cada región, incluso bajo la influencia del Derecho musulmán que los cristianos adoptaban sin su sentido religioso.

La reconquista española

Dominada la península ibérica por los moros, comenzó a los pocos años la resistencia de los visigodos refugiados en las montañas de Asturias, que en 718 eligieron rey a Pelayo. Este reino se transformó en el de León, se constituyó el condado de Castilla (800), aparecieron los pequeños reinos de Navarra, Portugal y Aragón, así como el condado de Barcelona.

Ellos realizaron la empresa secular de la reconquista con múltiples vicisitudes y dificultades, pero con la constancia que alienta la lucha por la fe. Episodio fundamental en esa larga contienda fue la batalla de las Navas de Tolosa, ganada en 1212 por Alfonso VIII de Castilla con la ayuda de otros príncipes cristianos. Esa fecha, que marca el fin de la Alta Edad Media en España, constituye el comienzo de una época de mayor desarrollo y expansión de los reinos cristianos.

León y Castilla se unieron definitivamente en 1230 y, desde mediados del mismo siglo, los musulmanes quedaron reducidos al reino de Granada, que desapareció en 1492. También se unieron en la misma época Aragón y Cataluña, que, además, conquistaron Valencia, las Baleares y el sur de Italia (Sicilia y Nápoles).

La reconquista y la ocupación progresiva de muchos territorios que era preciso defender y poblar dio lugar a dos formaciones jurídicas originales: el Derecho señorial y el foral. El fraccionamiento de poder político, propio de la Edad Media, condujo al particularismo jurídico.

El feudalismo fue la organización económica, social y política derivada de las relaciones de dependencia personal impuestas por la necesidad de asegurar la defensa del territorio. Los reyes, y luego los mismo señores, concedieron grandes extensiones de tierras a cambio de la ayuda militar y las personas libres se sometieron en vasallaje a las más poderosas, jurándoles fidelidad y comprometiéndose a servirlas en la guerra a cambio de su protección.

Esta jerarquía social elevó considerablemente a los grandes señores, quienes reclamaron privilegios e inmunidades que implicaban delegar a su favor ciertas funciones del Estado. Pero en España, contrariamente a lo que sucedió en las demás naciones de Europa, esa delegación solo fue excepcional y los reyes conservaron casi siempre sus atribuciones esenciales o regalías (nombramiento de funcionarios, administración de justicia, acuñación de moneda, etc.).

La nobleza, sin embargo, gozó de un estatuto jurídico especial, de carácter privilegiado, que la convirtió en una clase social superior a las demás con derechos y obligaciones diferentes. Este sistema jurídico, que en Italia es recopilado en los Libri Feudorum, apareció legislado en las Partidas y en otros cuerpos legales.

La necesidad de asegurar la repoblación de las regiones conquistadas dio origen en el siglo IX a las cartas pueblas, que los reyes y los señores –eclesiásticos o laicos– concedieron a un grupo de pobladores para fomentar su establecimiento en las zonas nuevamente obtenidas, asegurándoles ciertas franquicias y privilegios. Este Derecho asumía la forma de un pacto o contrato que fijaba el estatuto jurídico de ese grupo frente al señor, creándole una situación especial.

Análogo contenido y significado tuvieron los fueros que se concedían a las ciudades y villas y que reemplazaron a las cartas pueblas. El primer fuero que se conoce es el otorgado a Castrojeriz, en 974; este sistema continuó hasta mediados del siglo XIII. Un fuero era un conjunto breve de normas escritas que regulaban las relaciones de los vecinos con el rey o el señor, asegurándoles también ciertos privilegios o exenciones de carácter penal, impositivo y procesal.

Pero, en el siglo XII aparecieron fueros mucho más extensos, como el de Cuenca, que recogieron las costumbres jurídicas del lugar, la organización y funcionamiento del gobierno comunal y las demás fran- quicias de que gozan los vecinos en el orden de las relaciones privadas y procesales.

Por efectos de estas nuevas formulaciones, el Derecho castellano a principios de la Baja Edad Media (que comenzó en 1212), se describe así:

a) Derecho territorial o general. Es todavía, fundamentalmente, el del Liber Iudiciorum, pero este código solo se aplicó estrictamente en la corte del rey. En su reemplazo –por efecto de la ignorancia general del derecho– aparecieron muchas costumbres formadas de acuerdo con las necesidades y tendencias locales, que cristalizan o se completan mediante la jurisprudencia elaborada por los jueces en sus sentencias o fazañas.

b) Derechos locales. Son los fueros en cuya redacción se acumulan los derechos especiales derivados de la concesión real, las costumbres nuevas y las fazañas del lugar.

c) Derechos personales. Constituyen el estatuto de ciertos grupos sociales: nobles, mudéjares, judíos, etc.

d) Derecho canónico.

Este particularismo jurídico era, en gran parte, de formación espontánea y revela muy pocas influencias exteriores, aunque se asemeja en su desarrollo a la evolución que se produjo contemporáneamente en los demás países europeos. En todos ellos, aparecieron los derechos particulares de las ciudades, de la nobleza y de algunas profesiones.

Los primeros se llamaron en Italia statuti y en Francia chartes o status municipaux. Consisten en la redacción escrita de reglas del gobierno comunal, a veces de origen consuetudinario y otras –la mayoría– otorgadas por los reyes o los señores. Hubo también costumbres regionales, consuetudini, coutumes, que florecieron al amparo de las faltas de legislación real y se afianzaron con la jurisprudencia.

A este Derecho, que se desarrolló especialmente en los siglos XI y XII, se agregaron los privilegios feudales, los estatutos de las corporaciones y el Derecho marítimo, formando un conjunto de normas conocidas como Derecho propio.

Ese particularismo jurídico establecido en las principales naciones de Europa era opuesto a la tradición romana de un Derecho único y a los deseos de uniformidad que los juristas querían desarrollar e imponer. Así reapareció con creciente vigor un Derecho común, más científico y orgánico, que en las materias eclesiásticas es el Derecho canónico y en las demás Derecho romano justinianeo.

Continuará

Fue doctor en jurisprudencia e historiador del Derecho argentino (1911-2000). Texto extraído del capítulo 2 del Tomo I de su libro Historia del Derecho Argentino.

Tomado de: textoslegalesantiguos.blogspot.com

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