La Gaceta Jurídica

Estatus epistemológico del conocimiento jurídico

(Parte II)

Foto: pt.wikipedia.org

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César Manrique Zegarra

00:00 / 06 de mayo de 2014

Jurisprudencia

Afirmamos que la jurisprudencia es el conocimiento de lo justo, de acuerdo a la primigenia definición de Ulpiano. Ulpiano decía bastante más. Jurisprudentia est divinarum atque humanarum, rerum notitia, justi atque injusti scientia (L.10&2,D), “la Jurisprudencia es el conocimiento de las cosas humanas y divinas, ciencia de lo justo y de lo injusto” (E. Petit. 1971, pag. 11).

Nosotros, sin violencia, podemos limitarla al conocimiento de lo justo en las cosas humanas. No hay ciencia de lo divino o de lo falso ni jurisprudencia de lo injusto o lo divino.

Pensar y juzgar

Pensar y juzgar son procesos intelectuales diversos pero complementarios. El primero está vinculado a valores de verdad, el segundo a valores de justicia. Ambas son operaciones racionales. El ejercicio consistente en pensar pone en juego primordialmente la capacidad de observar el orden en que ocurren lo hechos y sucesos naturales, en tanto que el ejercicio intelectual de juzgar pone en juego primordialmente la capacidad de comprender el orden de los procesos en que se inscriben los actos y hechos humanos.

Los resultados obtenido gracias a la operación de pensar sirven para preparar la acción útil y necesaria para atender a la satisfacción de las necesidades vitales; se regulan de acuerdo a reglas que Kant llama de mera utilidad, en tanto que los resultados que se alcanzan gracias a la operación de juzgar sirven para preparar la acción moral, aquella que nos induce a seguir una regla que, indica, “obra de tal modo que te relaciones con la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin y nunca sólo como un medio” (Kant, 2004, p 104).

Observar y comprender

Entre la capacidad de observar y la capacidad de comprender no hay una relación de exclusión sino de complementariedad en la medida en que la observación metódica de las ocurrencias –naturales o humanas– conduce a su mejor comprensión intelectual y la mejor comprensión intelectual de los procesos mejora la capacidad de observación de esos mismos sucesos, naturales o humanos, de modo tal que la observación sirve a la comprensión y la comprensión a la observación en una secuencia que puede prolongarse indefinidamente.

Anota Piaget que hay una estrecha relación entre “la organización lógica y racional del conocimiento y el correspondiente proceso formativo psicológico” (Piaget 2000, pag. 43).

El mismo J. Piaget, examinando el asunto desde el punto de vista del desarrollo intelectual, diría que las operaciones o acciones propias del proceso de observación (de de cualquier otro proceso) pasan a formar parte de la experiencia del sujeto, experiencia cuya asimilación intelectual induce a un movimiento interno de acomodación de las estructuras mentales.

Esto, por una parte, amplia su capacidad de comprensión de nuevas relaciones de orden o de relaciones de orden similares observables y, por otra, mejora sus habilidades operatorias para la realización de nuevas experiencias, de modo que asimilación y acomodación constituyen las dos caras de la misma moneda, siendo componentes de una actividad que se retroalimenta indefinidamente (Piaget 1982).

En el orden de las explicaciones piagetianas, la observación es una clase de acción operatoria y la comprensión una clase o forma de asimilación. Pensamiento y juicio parten de la experiencia acumulada y retornan a ella para enriquecerla.

Lo innato, a-priori o presupuesto

Para Chomsky hay una facultad innata que hace posible la experiencia cognoscitiva y la creación del conocimiento. La facultad cognoscitiva humana es parte de la dotación genética o caudal biológico de la especie, se trata de “un componente innato de la mente/cerebro que cuando se somete a la experiencia se convierte en un sistema de conocimientos”, tal componente es “anterior a toda experiencia” (1985, p, 14-20).

Kant asegura que hay un conjunto de principios a priori que son constituyentes fundamentales de la razón (que entiende como una entidad metafísica), también anteriores a toda experiencia a partir de los cuales es posible la experiencia misma.

Las postulaciones de Chomsky y de Kant guardan concordancia con lo que Aristóteles anota en el primer enunciado de los segundos analíticos: “Toda enseñanza y todo aprendizaje por el pensamiento se producen a partir de conocimientos preexistentes (…), hay que decir, seguramente, que antes de hacer una comprobación o aceptar una razonamiento se sabe ya en cierto sentido y en otro sentido no…” (Aristóteles. Tratados de Lógica II. Segundos analíticos, 1998, págs. 313 a 315)

Si se admite las hipótesis chomskyana, kantiana y aristotélica habría que convenir en que los procesos intelectuales de pensar y juzgar constituyen una clase de ejercicio de la facultad cognoscitiva humana, que se desarrolla sobre principios a priori anteriores a toda experiencia y a partir de conocimientos preexistentes.

Es muy difícil negar la validez de las hipótesis del innatismo biológico chomskyano, del apriorismo ontológico kantiano y precognitivismo lógico aristotélico, porque en la admisión de esas hipótesis radica la posibilidad del universalismo del conocimiento ya sea como facultad de todos los hombres, comprensión universal del orden que requiere la unidad de la razón y la de la trasmisión o comunicación universal de los conocimientos que comporta la hipótesis aristotélica.

Las preguntas son, entonces, ¿cuáles son los supuestos del innatismo, apriorismo y precognitivismo? y, de acuerdo a esas hipótesis, ¿cuáles son los supuestos comunes y previos a los procesos de pensar y al juzgar?

Se sustentan en las siguientes creencias:

a) Que hay un orden universal que rige la ocurrencia de los hechos naturales, y actos y hechos humanos.

b) Que tal orden es accesible gracias al uso de las facultades intelectuales.

A estas creencias se suman dos constataciones:

a) La primera es que los individuos de la especie humana estamos condicionados por una limitación insuperable y ella consiste en que nuestra capacidad de entendimiento y comprensión se circunscribe a lo ordenado lo cual veda el entendimiento y comprensión de lo caótico.

b) La segunda constatación indica que no está al alcance del intelecto humano entender o comprender ni el orden ni el caos total del universo.

Experiencia

La experiencia puede ser individual o colectiva. En principio toda experiencia es individual, es experiencia de una persona, pero las personas no viven solas, sino que ordinariamente comparten sus experiencias con otras, las comparan, confrontan, en ese proceso se ajustan a las constricciones que impone el lenguaje, a cuyos términos deben ceñirse, de modo tal que la experiencia, siendo una adquisición individual por la vía del lenguaje, se convierte en un recurso colectivo, en experiencia colectiva si se la estima constituida por el conjunto de las experiencias individuales.

Los poetas y los grandes creadores transforman la experiencia individual en recurso colectivo cuando logran comunicar su singular manera de asimilar los hechos que observan haciéndonos entender cómo es que ellos los comprenden.

Göedel comparte con nosotros su experiencia con los números y logra hacernos entender que las formulas lógicas pueden expresarse rigurosamente con números y viceversa, esa experiencia suya es ahora un recurso colectivo. Vallejo nos enseña una manera de entender la tremenda España de su tiempo: Niños del mundo, si cae España –digo, es un decir– si cae del cielo abajo (…) ¡qué pronto en vuestro pecho el ruido anciano! ¡qué viejo vuestro dos en el cuaderno!

La experiencia individual se guarda en la memoria y puede quedar allí, la experiencia colectiva se conserva en libros, bibliotecas, se reconoce en usos, costumbres, obras y hechos de nuestros contemporáneos o de nuestros antepasados, formarían parte de lo que Popper denomina el mundo tres.

Pensamiento y juicio

El pensamiento se expresa a través de proposiciones, es decir, enunciados que admiten evaluación respecto a su verdad o falsedad, el juicio se expresa través de sentencias que son enunciados que admiten ser calificados de justos o injustos. Mediante proposiciones nos referimos al orden en que ocurren los sucesos o fenómenos naturales, a través de sentencias nos referimos al orden en que se realizan los actos y hechos humanos.

El pensamiento es satisfactorio si la observación de los fenómenos naturales conduce a conclusiones verdaderas, lo cual ocurre cuando las proposiciones a través de las cuales se expresan coinciden con el orden en que ocurren hechos y fenómenos de la misma clase nuevamente observados. El juicio es satisfactorio si la comprensión de los actos y hechos humanos conduce conclusiones justas y esto ocurre cuando las sentencias a través de los cuales se expresan esas conclusiones, coinciden con el orden en que se inscriben actos y hechos de la misma clase.

Podemos decir, entonces, que pensar y juzgar son operaciones intelectuales que dependen de la experiencia en cuanto de la experiencia sacan los recursos que utilizan; de la experiencia depende la validez de las conclusiones a que conducen y en la medida en que la experiencia es satisfactoria se amplían las capacidades y ámbitos de lo experimentable

Equivalencia y simetría

La precedente comparación entre ciencia y jurisprudencia, indica que a despecho de la diversidad de los objetos que a cada una de ellas interesa y de los singulares fines que persiguen, que ciertamente determinan sus diferencias, ambas se asientan sobre estructuras similares. Las líneas que unen los puntos de las innumerables similitudes y convergencias que las vinculan, muestran que entre los conocimientos científicos y jurídicos hay una relación de simetría, de modo tal que a cada elemento de una corresponde un elemento de la otra, ubicados unos y otros en similar posición y orden.

Tienen la misma estructura o figura, como tal vez diría el Witgenstein del Tractatus (1973). Ciencia-jurisprudencia; verdad-justicia; orden natural-orden humano; razón científica-razon jurídica. Esto, sin embargo, sorprendentemente no se refleja en los logros alcanzados por uno y otro tipo de conocimiento; tampoco en la manera como se ordenan las conclusiones teóricas y se lleva adelante su aplicación práctica.

Ciencia social y jurisprudencia

En términos generales, hay una gran diferencia entre el estado de desarrollo alcanzado por las ciencias naturales, respecto al de las denominadas ciencias sociales. Noam Chomsky asegura que es ínfimo el caudal de conocimientos de sustancia intelectual utilizable, elaborada para entender la mecánica del hombre, de la sociedad, del lenguaje, de la conducta y del entendimiento humano; apenas un adarme de conocimientos que se muestra insuficiente para justificar las conclusiones de calidad más o menos general que se requeriría para explicar con mínimo rigor los procesos humanos y sociales, de modo semejante a como lo hace la ciencia natural respecto a los procesos de la naturaleza (Chomsky, 1992).

Eso es cierto en cuanto se refiere a las ciencias sociales y también en cuanto a la jurisprudencia y eso es algo de lo que tienen en común.

Sin embargo, entre ciencia social y jurisprudencia hay notables diferencias, la más saltante de ellas se encuentra en que la ciencia social –cualquiera de ellas– presta atención a las relaciones de orden en que se inscribe el transcurrir de la vida de los hombres en tanto individuos de la especie humana cuando entra en contacto con otros individuos o conjuntos de individuos de la misma especie (del género de los homínidos clase de los mamíferos vertebrados del reino animal que forma parte de la fabulosa naturaleza a la que se integran para constituir un todo vegetales y minerales), cuyo examen comprende el de los actos, hechos, obras individuales o colectivas que afectan a pocos, muchos o todos los individuos del género, actos, hechos y obras que, por otra parte, son muestra de todas las virtudes y defectos propios de la especie, pero solamente en cuanto las afirmaciones respecto a tales relaciones sean pasibles de calificarse o calibrarse bajo los criterios de verdad o falsedad.

La jurisprudencia, en cambio, se circunscribe al examen de las relaciones de orden en el cual se inscribe el conjunto de actos, hechos y fenómenos humanos que sólo y únicamente pueden ser apreciados a la luz de los criterios de justicia, cuya extensión es grande y su importancia no pequeña de los cuales no se ocupa la ciencia.

Teoría política, teoría jurídica

Isaiah Berlin, en su ensayo Dos conceptos de libertad anota que “la teoría política es una rama de la filosofía moral, que comienza con el descubrimiento de las ideas morales en el ámbito de las relaciones políticas y con la aplicación de aquellas a éstas” (Berlin, 1974, pág. 135).

Agrega que, entender los movimientos o conflictos históricos “es ante todo entender las ideas o actitudes sobre la vida que van implicados en ellos, las cuales son lo único que hace que tales movimientos sean parte de la historia humana y no meramente acontecimientos que ocurren en la naturaleza.” (Berlin, 1974, 135-36).

Algo similar puede decirse de la teoría jurídica o jurisprudencia teórica en cuanto cabría estimarla, asimismo, una rama de la filosofía moral, que partiendo del examen de las ideas de justicia en el ámbito de las relaciones humanas, se desenvuelve como jurisprudencia práctica o derecho y aparece como un conjunto de reglas tecnológicas desarrolladas con el propósito de aplicar esas ideas (morales en el ámbito de las relaciones jurídicas) que se asumen como criterios de justicia, adecuados para resolver los conflictos humanos en el ámbito de las ocurrencias empíricas.

Razón jurídica

El vocablo “razón” proviene del latín “ratio”, equivalente al “logos” griego, son sinónimo de orden. Lo contrario al orden es el caos, el caos es lo irracional. Para Sócrates, como para todos los griegos, el “logos” es universal, está en las cosas, cada una de las cuales tiene su propio fin. Aristóteles, en la física, distingue cuatro causas, material, formal, eficiente y final. Conocer es identificar las causas. El hombre es un ser racional en cuanto es capaz de conocer el orden en que ocurren los sucesos en el universo.

Si la razón científica es la capacidad de identificar las relaciones del orden al cual se ajustan los sucesos naturales y las conclusiones alcanzadas al respecto, calibradas de acuerdo a los criterios de verdad o falsedad, la razón jurídica es la capacidad de identificar las relaciones del orden a que se ajustan los actos y hechos humanos y las conclusiones alcanzadas sobre ellos, pasibles de ser evaluadas con arreglo a los valores de justicia o injusticia, pues, como lo indicamos precedentemente, no interesa a la razón científica la justicia o injusticia de las conclusiones a que se llegue a partir de la observación de los eventos naturales, sino su verdad.

Correlativamente, no interesa calibrar la verdad o falsedad de las conclusiones a que conduzca la observación de los actos y hechos humanos, sino su justicia o injusticia. Aunque a todos los hombres pertenece íntegramente la razón –como diría Descartes en el Discurso del método–, lo cierto es que nadie está obligado a saber lo verdadero y distinguirlo de lo falso, porque esa distinción depende de nuestro conocimiento del mundo que siempre es limitado, en cambio, todos los individuos de la especie humana estamos obligados a saber lo justo y distinguirlo de lo injusto, porque esa distinción depende del conocimiento de nosotros mismos.

La creencia en que los hombres no pueden dejar de saber qué es lo justo o injusto, nunca ha dejado de tener vigencia y es el supuesto en que se asienta el derecho penal punitivo, creencia, además, que es reafirmada por nuestros jueces cada vez que pronuncian tremendas condenas que excluyen de la comunidad de los hombres justos, que son la mayoría, y a los hombres injustos, aquellos que no saben distinguir lo justo de lo injusto.

A despecho de lo que indican las normas del Código Penal, que recogiendo como suyas “las garantías clásicas de la ley penal o principios de legalidad de la ley penal” –que no constituyen otra cosa que un tope a los afanes punitivos de los autócratas de cualquier tiempo– prescriben que no hay delito ni pena sin ley (Nullum crimen, nulla poena sine praevia lege).

Los penalmente condenados no sufren la pena y es evidente que los jueces no las imponen porque los reos omitieron la cuidadosa lectura del código penal –la ley penal– que indica cuáles son las conductas injustas punibles y la sanción conminada, sino porque, sabiendo que es lo justo o injusto, incurrieron en conductas injustas y punibles.

En el diálogo Protágoras, Platón relata una memorable conversación sostenida con Socrates y el sofista Protágoras, en casa del rico Calias, en torno a la justicia. Interesa el punto de vista de Protágoras compartido por Sócrates. Protágoras afirma que “el hombre es la medida de todas las cosas, del ser de las que son y del no ser de las que no son” de acuerdo con la fórmula mencionada en el diálogo Teeteto.

El gran sofista, para facilitar el entendimiento de su tesis sobre la justicia, acude a una metáfora y se vale de una referencia mítica: Hace el recuerdo de un estado anterior en el cual los hombres (…), “cuando se reunían, se atacaban unos a otros al no poseer la ciencia política; de modo que de nuevo se dispersaban y perecían. Zeus, entonces, temió que sucumbiera toda nuestra raza y envió a Hermes que trajera a los hombres el sentido moral y la justicia, para que hubiera orden en las ciudades y ligaduras acordes de amistad.

Le preguntó, entonces, Hermes a Zeus ¿de qué modo daría el sentido moral y la justicia? (…) A todos, dijo Zeus, y que todos sean partícipes (del sentido moral y la justicia). Pues no habría ciudades si sólo algunos de ellos participaran, como de los otros conocimientos (…) al que es incapaz de participar del honor y la justicia lo eliminen (…)”.

Aristóteles, en su obra La Política, tiene anotado: “(…) y esto es lo propio del hombre frente a los demás animales: poseer él solo, el sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, y de los demás valores y la participación comunitaria (…) sin esa virtud (la justicia) es el ser más impío y feroz y el peor en su lascivia y ferocidad” (Aristóteles, Política, 1253ª 12-16, págs. 51 a 52).

Continuará

Es abogado peruano, graduado en la Universidad Nacional de San Agustín, con estudios de maestría y doctorado en Filosofía en la Universidad Nacional de San Marcos.

Tomado de: institutoinvestigacionjuridicajudicia.blogspot.com

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