La Gaceta Jurídica

Estatus epistemológico del conocimiento jurídico

(Parte final)

Foto: naukas.com

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César Manrique Zegarra

00:00 / 09 de mayo de 2014

Responsabilidad y Libertad

Es posible el ejercicio de la razón jurídica en cuanto el hombre es libre, aduciría Kant; por otra parte, es posible el ejercicio de la razón jurídica en cuanto el hombre es responsable, aduciría Sócrates.

La responsabilidad obliga a actuar justamente, la libertad a no obrar injustamente. Kant opone libertad a causalidad. Sócrates responsabilidad a irracionalidad. Para Kant el hombre es responsable en la medida en que es libre, en tanto que para Sócrates el hombre es libre en la medida en que es responsable.

Kant vive bajo el yugo del absolutismo y entiende que lo más importante es preservar la libertad del individuo ante los embates del poder. Sócrates vive en un régimen democrático y entiende que lo más importante es la responsabilidad en el cumplimiento de los deberes ciudadanos.

Los hombres han de ser responsables de sus actos y omisiones. Ser responsable conforme a la creencia socrática es tener la capacidad de responder, de dar razón, explicar y justificar los propios actos u omisiones, también según la creencia socrática la primera responsabilidad es la que los hombres tienen respecto a si mismos.

Sócrates opone responsabilidad a ignorancia o desconocimiento en la medida en que afirma que sólo hace el mal quien ignora el mal que hace, es decir, aquel que no alcanza a comprenderlo.

Cuando Critón le propone huir para librarse de la condena que lo obliga a beber la cicuta, Sócrates, reflexiona y se pregunta: ¿Huirás Sócrates?, estarás ante ciudadanos respetuosos de las leyes (…) “y si te diriges a ellos y tienes la desvergüenza de conversar, ¿con qué pensamientos lo harás Sócrates?, ¿acaso con los mismos que aquí, a saber que lo más importante para los hombres es la virtud y la justicia, y también la legalidad y las leyes? (…).

O tal vez encuentres albergue en una ciudad de costumbres relajadas (…) y quizá les guste oírte de qué manera tan graciosa te escapaste de la cárcel poniéndote un disfraz o echándote encima una piel o usando cualquier otro medio habitual para los fugitivos, desfigurando tu propio aspecto. ¿No habrá nadie que le diga que siendo un hombre al que presumiblemente le queda poco tiempo de vida tiene el descaro de vivir tan afanosamente, violando las leyes más importantes? (...), tendrás que oír cosas indignas. ¿Vas a vivir adulando y sirviendo a todos? (...) ¿Dónde se nos habrán ido aquellos discursos sobre la justicia y las otras formas de virtud? (...)”, (Critón 53 d, e; 54ª, págs. 207 a 208).

Según Kant, el hombre es responsable en la medida en que es libre; es libre porque puede escoger (entre lo justo o lo injusto); puede escoger porque es autónomo (porque su voluntad no depende de otro, sino sería heterónomo, el heterónomo no escoge: obedece); es autónomo porque es un fin en sí mismo, en ello radica su dignidad (si no fuese un fin en sí mismo sería un medio para otros fines o para los fines de otro).

Es un fin en sí mismo porque es un ser racional; porque es un ser racional es igual a todos los seres racionales; porque todos los seres racionales son iguales, todos los hombres son iguales; porque todos los hombres son iguales, el hombre, todo hombre, debe obrar conforme a un principio de “legalidad universal de las acciones en general (que debe ser el único principio de la voluntad) (…) yo no debo obrar nunca más que de modo que pueda querer que mi máxima se convierta en ley universal”.

Esto es lo que indica Kant en la Metafísica de las Costumbres.

¡¿Cuándo olvidamos las lecciones de Sócrates y dejamos de creer que lo más importante para los hombres es la virtud y la justicia y también la legalidad y las leyes?¡ ¿Ocurrió probablemente cuando Platón –perdida la fe en sus belicosos contemporáneos– llegó a la conclusión según la cual sólo a los filósofos cabe alcanzar la intelección de la justicia y sólo a ellos discernir lo justo o injusto en los actos de los hombres, mas no así al resto de los mortales atrapados en la condición que impone la atención a exigencias y necesidades sensoriales que irresistiblemente los arrastra?

¡¿Cuándo olvidamos que la dignidad del hombre radica en que es un fin en sí mismo y nunca un instrumento y que no hay cosa más importante que el respeto a la dignidad de los hombres?

¿Tal vez ocurrió cuando, empujados por la emoción, optamos por identificar la justicia con la fuerza para doblegar la fuerza de la arbitrariedad? o, probablemente, ¿en el momento en que en nuestro extravío admitimos como cierta la afirmación de que la justicia es un ideal irracional y decidimos excluir toda reflexión respecto a ella? Pero…

Historia

Tal vez el entusiasmo y la pasión puestos en la empresa, diseñada y desarrollada por los europeos a partir del siglo XVII, que ha conducido al inmenso desarrollo de los conocimientos científicos y a la creación de técnicas y métodos que permiten alcanzar el dominio de las fuerzas naturales y el aprovechamiento de los bienes de la tierra, no ha dejado espacio suficiente para reflexionar sobre los fines o mejor dicho sobre el único fin que convalida lo inventado y hecho hasta ahora: la justicia.

En su comprensión mínima, simple y elemental la Justicia se reduciría solamente a negar su antípoda: la injusticia, que no logramos controlar ni eliminar de las conductas, actos y hechos de los hombres. Creo percibir una gran contradicción en todo esto.

Gracias a la Ciencia, la vida humana en continuo crecimiento se extiende y distribuye sobre la faz de la tierra como nunca antes ocurrió, de modo que la valiosa y rica materia humana aumenta casi ilimitadamente; pero no sucede lo mismo con la distribución de los bienes que la tierra misma nos brinda y procuran la vida digna y tampoco alcanzamos a encontrar los criterios que sirvan de guía en el propósito de relacionarnos respetuosa y responsablemente con cada uno de nuestros semejantes, sin que interese su origen o lugar en que se encuentren, por lejano que sea.

Sabemos mucho de las leyes de la naturaleza, hemos desentrañado sus secretos y tomamos lo que de ella nos sirve. Conocemos algunas verdades que nos permiten manejar las cosas y movernos entre ellas con seguridad, por ejemplo, que la tierra gira alrededor del sol; el universo es finito pero ilimitado; el humano es un estado de la evolución de las especies; calculamos la antigüedad de la tierra; predecimos el curso de los acontecimientos, pero no sabemos cuáles son las elementales leyes de lo justo y creo que eso es totalmente injusto.

El homo sapiens sabe mucho de lo que percibe y ha inventado eficientes técnicas para utilizar los bienes de la naturaleza, pero poco o nada sabe de lo que hay que hacer para alcanzar lo justo y negar lo injusto. No hay equidistancia entre el inmenso caudal de los conocimientos científicos que señalan ciertas verdades universales e incontrovertibles frente al raquítico enanismo de los conocimientos jurídicos estancados en el primitivo son provincial que reduce la mayoría de las veces el concepto de lo justo a la fuerza, cuando no a violencia, formal de lo legal.

Reconvención

¡Caprichosa criatura el hombre!, ¡presuntuoso manojo de contradicciones! ¿Cómo es que declaramos conocer la verdad de las leyes de la naturaleza que no nos pertenecen ni son obra nuestra y desconocemos las leyes de lo justo que no pueden dejar de ser obra nuestra, obra que, además, compromete cotidiana e íntegramente nuestros actos y conductas?

Es sorprendente nuestra notoria ignorancia acerca de lo justo frente a nuestra declarada sabiduría respecto de lo verdadero. Es sorprendente porque parece que saber qué de verdadero hay en la naturaleza, que es obra de Dios eterno, debe ser muchísimo más difícil y complicado que saber lo que es justo o injusto, ínsito en los actos, conductas y hechos de los hombres, nuestros efímeros congéneres de gustos, aficiones, virtudes, vicios y defectos similares.

Veo una antinomia tremenda. No conozco a nadie que sepa lo justo y a nadie que no sepa lo verdadero. Y, por otra parte, todos, por experiencia propia conocemos lo injusto y nadie asegura conocer lo falso.

Parece que sí cabe esperar algún desarrollo de los conocimientos sobre la materia humana, sobre el hombre y la sociedad, el mismo no podrá dejar de girar en torno a los criterios de justicia, que son los únicos que pueden conceder consistencia teórica a la reflexión sobre lo humano, y coherencia al desarrollo de las conductas, actos y hechos en que se resuelve la actividad práctica.

En orden a esa creencia, me atrevo a pensar que tal vez sea necesario que el homo sapiens –el arcaico creador de la ciencia– urgentemente acometa la empresa de buscar hasta encontrar al homo justus que en él radica, para que se aplique a la invención de la jurisprudencia y nos diga en qué consisten las leyes de lo justo y alcancemos a formular algún día algunas afirmaciones que declaren las certezas que iluminen los pensamientos, las palabras, los actos y los hechos justos.

Además, que descubra la tecnología, métodos y procedimientos que a ello conduzcan. ¡Qué bueno sería! Entonces, quedarían en el compasivo y avergonzado recuerdo de los hombres la brutal guerra, el aspaviento de la invasión infame, el secreto de los acuerdos innobles, la cotidiana pelea por la sopa, a que se refería Octavio Paz.

Otra reconvención

Mientras trataba de poner en orden algunas de las ideas que expongo en este texto, me detuve dubitativo en un cruce de calles pensando en la ruta a seguir para encontrar el camino más corto hacia la biblioteca de la universidad; una joven al volante de un automóvil que circulaba en sentido contrario, al notar mi perplejidad, detuvo su vehículo a la altura del mío, bajó el vidrio de la ventana y preguntó afablemente: “¿qué es lo que busca?, ¿puedo ayudarlo?” y como en mi ensimismamiento no encontré modo de evadir la respuesta, sintiéndome comprometido con la verdad, repliqué: “¿qué busco?... busco… la justicia y la razón”.

En efecto en eso estaba, advirtiendo, sin embargo, su sorpresa y la mía, agregué apresuradamente, “pero ahora sólo busco el camino más corto a la biblioteca de la universidad”, a lo cual, tras meditar por un instante me respondió con evidente disgusto que no lo sabía, lo cual significaba que no podía prestarme la ayuda ofrecida y, como se mostrase disconforme con su ignorancia, creí conveniente insistir en mi primera pregunta:

“Y, ¿sabe, entonces, cuál es el camino hacia la justicia y la razón?”, a lo cual me respondió risueña, utilizando un tono jocoso, y ahora sí segura de sí misma: “¡está loco¡, ¡qué gracioso¡” y agregó, tras leve pausa, “(…) pero siga buscando y si la encuentra me avisa”, a la vez que ponía en marcha su vehículo para alejarse a prisa.En todo esto me queda una duda: pensar en lo justo y racional, ¿será prueba de falta de cordura?

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Es abogado peruano, graduado en la Universidad Nacional de San Agustín, con estudios de maestría y doctorado en Filosofía en la Universidad Nacional de San Marcos.

Tomado de: institutoinvestigacionjuridicajudicia.blogspot.com

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