La Gaceta Jurídica

Evolución histórica del Derecho constitucional y filosofía de la Constitución

(Parte final)

Foto: aurelioq.wordpress.com

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La Gaceta Jurídica / Elodia Almirón Prujel

00:00 / 07 de mayo de 2013

Según un autor, la filosofía no nació en Grecia, ya que seguramente ella advino el día en que el primer hombre se detuvo a reflexionar sobre su propia existencia.  No obstante, no hay duda de que fueron los antiguos griegos los primeros en sistematizar el saber filosófico, elevándolo a las mayores alturas y logrando con Aristóteles arribar a una cumbre de la cual no se puede prescindir.  Del mismo modo, el derecho surgió donde hubo una comunidad civilizada.     

Si los helenos fueron los primeros en reflexionar metódicamente sobre la realidad, también es cierto que los romanos iniciaron el estudio del derecho, haciéndolo objeto de la reflexión y de la sistematización a las que levaron a una cima insuperable.

El ingreso de los pueblos helenos en la península que lleva su nombre en el milenio anterior a Cristo, significó un cambio notable con respecto a las civilizaciones mediterráneas.  Importó modificar el equilibrio de poder de la región e introducir nuevas aglomeraciones políticas y sociales.

Es en esta época que, a la par que se desarrollan nuevas civilizaciones decaen otras, como la influencia de Egipto en el medio Oriente, se encuentran los antecedentes de corrientes filosóficas que florecieron posteriormente, incluso incursionan en la actualidad, si bien con concepciones modernas, con cosmovisiones que aparecen en el pensamiento griego.

El deseo del hombre por conocer lo ha llevado a aplicar su espíritu a los temas más diversos y vastos que conciernen a la substancia, al origen y al destino del universo entero.Puede decirse que la historia de Grecia comienza con Homero, a pesar de lo impreciso que resulta la existencia real del personaje y de la autoría de los poemas homéricos, que constituyen la obra escrita más antigua de los helenos (1).

El derecho en la obra homérica se encontraba ligado al orden ético, hallándose el mundo del universo regido por leyes de esta naturaleza y respondiendo todas las cosas a un espectro de derecho natural cósmico, en donde éste se cumplía inexorablemente no sólo en lo concerniente a los hombres, sino también a los dioses. La justicia se revelaba a los hombres a través del Themis y Dike, personajes de naturaleza teológica.

Podría pensarse que el estudio de los comienzos de una civilización, tal como es la que surge del pensamiento griego, en donde la occidental tiene uno de sus basamentos, podría tornarse superfluo.

Sin embargo, a poco de que se tenga en cuenta que apenas hubo concebido el hombre la idea de que aquel que violara el derecho ajeno tenía que sufrir algún mal en castigo de su delito, fue consecuencia lógica inevitable de que el juicio, en su sentido objetivo, surgiera inmediatamente, es decir, que se ejerciera aquella operación intelectual mediante la cual, una vez comprobado que alguno ha violado un derecho, se saca la consecuencia del mal que hay que irrogarle, se podrá advertir a cuán largo periodo histórico puede remontarse el examen de las ideas en este campo del pensamiento jurídico.

Por otra parte, es también demasiado evidente que las instituciones, aún las procesales, no nacen por generación espontánea, ya que son el producto de una acumulación cultural que, en este caso, se puede remontar a la filosofía griega en sus orígenes en donde el pensamiento filosófico occidental tiene sus raíces.

Hesíodo reconoce que no todo lo que reviste forma jurídica es auténtico derecho, sino que solamente lo es aquella sentencia que, además de tener la forma, es pronunciada en acatamiento a la ley de Dike.

Primeras escuelas filosóficas y su influencia en el decurso histórico

El deseo de conocer –la curiosidad por la naturaleza de las cosas– trajo como consecuencia que aquella concepción teogónica fuera reemplazada por otra que tendía a inquirir el porqué de las cosas y buscarles una explicación basada en la reflexión.

Fue en las ciudades griegas de Asia menor en donde, por primera vez, se desarrolló un pensamiento de carácter filosófico, no sin dejar de consignar que no existió separación entre ciencia, filosofía y teología.

Ya se encuentra en Anaximandro –uno de los exponentes de esta escuela– la idea de que a la injusticia debe seguirle la expiación según el concepto de la ley jurídica y moral.

Se tiene así una idea de legalidad universal, que incluso no es nueva, ya que deriva de concepciones anteriores.

Poco esfuerzo se necesita para advertir que la naturaleza de la pena y su discusión a través de las modernas concepciones, reconoce un esbozo en la doctrina enumerada.

En la escuela pitagórica aparece la idea de justicia distributiva y también la de que la justicia consiste en la igualdad de lo igual, porque ella recompensa igualmente a lo igual. Vale señalar que este principio tiene vigencia actual en diversos pronunciamientos jurisprudenciales.

En igual sentido, la concepción de la justicia distributiva, como consistente en la distribución de cargas y honores sociales, conforme con la aptitud de cada persona, tampoco es desconocida en diversas corrientes filosóficas modernas.

Las ideas de los pensadores griegos variaron con el tiempo. Se extingue la creencia en el orden divino y en los antiguos dioses para ir ganando en proporciones un escepticismo que ponía el acento en el orden subjetivo, convirtiendo al hombre en el punto central de la meditación filosófica.

La justicia no se asienta ya en un orden universal, sino que lo hace en la cualidad subjetiva del ser humano. Se convierte en un sentimiento que es inexistente más allá de la conciencia humana.

Esta transición del pensamiento objetivo al subjetivo es encarada por diversos pensadores, entre los cuales se puede citar a Protágoras y a Demócrito, fundadores de un relativismo jurídico-filosófico.

Una mención también la merece Heráclito, a quien gran número de historiadores de las ciencias consideran como un precursor, si bien torpe, históricamente necesario y lleno de mérito para una visión racional del mundo.

La verdadera importancia radica en la circunstancia de que el tema heraclitiano de la lucha y armonía de los contrarios llevó a Hegel a pensar que él constituía el basamento de la filosofía de la historia, la cual es la síntesis del ser y la nada.

Una mención especial también merecen los sofistas, quienes, por regla general, eran personas de vasta cultura enciclopédica y llegaron a Atenas desde diversos puntos del mundo antiguo, algunos de ellos como embajadores. Provenían de distintas culturas que absorbían la mayor parte de los conocimientos de la época y eran peritos en el arte de la retórica.

Prestaron al comienzo un eficiente servicio en la formación de la juventud, pero su influencia en general no puede considerarse como muy beneficiosa, ya que a través de los métodos empleados fueron artífices en gran escala de un escepticismo negativo y perjudicial.

No hace falta mayor esfuerzo para llegar a la conclusión de que el escepticismo, el relativismo, la convención, el acuerdo y el pacto son ideas que tuvieron decisiva significación en corrientes filosóficas de la época moderna y han pasado a ser inspiradoras de muchos sistemas de corrientes filosóficas y de derecho positivo. 

Este humanismo alcanzado por la cultura ateniense, lleno de relativismo, trajo como consecuencia una desintegración y desmovilización final pese al esplendor que había alcanzado Atenas. Es en ese medio donde aparece Sócrates, personaje que, por el mero hecho de ser el que fue y aun a pesar de no dejar obra escrita, cambió de una manera radical la dirección del pensamiento.

A la superficialidad del método empleado por los sofistas, opone la profundidad del análisis. Parte del interior del hombre, de su personalidad consciente para la revelación del verdadero valor de las cosas. Sócrates descarta lo individual y contingente, aspirando a extraer lo universal y permanente, en donde obra el contenido de la conciencia ante la cual gira el método.

Los problemas de la política constituyeron uno de los temas favoritos en las conversaciones socráticas y el último fin asequible de sus empeños filosóficos.

Sin pretender la reforma de la estructura social o del régimen constitucional, empeña su esfuerzo en la acción sobre las personas. Subordina la política a la acción moral, ya que no puede separarse la primera de los supremos principios éticos que rigen al individuo, tanto en la esfera pública como en la privada.

Sócrates, tanto como Platón y Aristóteles, conciben la política y la moral en íntima unidad, donde los principios axiológicos deben regir la acción de los gobernantes, ya que la vida moral del individuo no puede estar de espaldas a la comunidad de la que forma parte.

La política socrática está ligada a una concepción antropológica y teológica, en donde confluyen aspectos religiosos, moralistas y pedagógicos, y la eficacia práctica de su teoría el objetivo de sus afanes. El tema central de su filosofía es la vida humana y su religiosidad es el impulso motor que lo dirige a poner en práctica una pedagogía en la cual el objeto supremo del saber son los valores morales, lo justo, lo bello, lo bueno, lo útil.

La estructura constitucional.

La República

Cuando el marco histórico tradicional es respetado en la formación de una Constitución, ese substrato histórico y social impone limitaciones a los contenidos ideológicos e, incluso, al mismo poder constituyente. Con mayor razón limita al poder constituyente derivado, ya que el no respeto de tal regla puede generar disturbios en el funcionamiento de la sociedad. Así estamos frente a los contenidos pétreos, donde el régimen funciona como modo concreto de organización política.

Los modos institucionales de gobernar a la sociedad han merecido atención desde tiempos lejanos. Así, la primera clasificación hecha con rigor metódico puede decirse que es la de Aristóteles, consistente en un ordenamiento lógico basado en el número de gobernantes y en la justicia o injusticia de su gestión, ya allí se habló de la República como la forma de gobierno de la mayoría, si bien su terminología no se ajusta a la versión actual, ya que se colocaba a la democracia como la desvirtuación de la República.

Pero ya en Platón aparecen esbozos de un sistema político basado en una interrelación entre el individuo y la comunidad, en donde el tema de la justicia se aborda directamente y el despliegue de su problemática se muestra con esencial identidad existente en la vida del hombre y de la comunidad o del Estado, en lo que hace a las normas que han de regirlas. Él inicia La República planteando el problema moral del individuo en el cual ésta implica el problema moral del gobernante.

Es cierto que Platón plantea el módulo de un Estado perfecto, pero puede verse en sus elucubraciones la génesis del desarrollo de verdaderos problemas que afectan a la constitución social de los Estados modernos y que no han podido superarse aún. Así quedan como sombras que se proyectan sobre toda organización política aspectos tales como el principio de idoneidad para el desempeño de los cargos públicos, el Estado y el problema de la justicia e, incluso, la desviación del poder, aspecto del que tuvo clara conciencia ya que trató de resolver a través del régimen familiar, económico y filosófico.

Es Platón también quien anotó que la sociedad es algo requerido por la naturaleza humana, principio que se constituyó en decisivo en la teoría política de Occidente. También fue recogido por Aristóteles, quien, como discípulo de Platón, consideró que el hombre es por naturaleza un animal social o político y es en y por la libertad que existe la ley.

El cristianismo, fundamentalmente a través de la obra de Santo Tomás de Aquino, aporta a la teoría aristotélica una visión trascendente del hombre, de donde se derivan principios que más tarde serían incorporados a la teoría constitucional como el de la libertad, basada en el libre albedrío de la persona humana.

El hombre es también para el Aquinate un ser social, que necesita de la sociedad para el pleno desarrollo de sus posibilidades. Defiende al derecho natural, aspecto que ya había sido entrevisto por los filósofos griegos y expone los tres órdenes, distinguiendo la ley eterna, la ley neutral y la humana.  La segunda vendría a ser una participación imperfecta de la razón humana en el orden divino.

Es a fines del siglo xvii y comienzos del xviii que la razón es considerada como facultad capaz de poner a la vista los misterios de la naturaleza y, al mismo tiempo, de organizar la sociedad sobre la base de principios sólidos y estables.

Locke, Hume, Adam Smith, Monstequieu, Voltaire, los enciclopedistas, juntamente con Wolff y Lessing son principalmente quienes se dedican a desarrollar las nuevas ideas que contienen el germen de la filosofía liberal de que se encuentra impregnada la Carta Magna.

En general, todas estas teorías defienden la libertad, el derecho de propiedad y los demás derechos humanos fundamentales, valores sostenidos a través de un humanismo antropocéntrico, que ve a Dios, a lo sumo, como un fundamento relativo de todo lo existente.

Uno de los más importantes autores de esta época es John Locke, cuya idea central es la de prolongar en la sociedad el estado natural de los seres humanos. Esto consiste en el respeto de la ley natural y en la posibilidad dentro de la misma de la más completa libertad del hombre para ordenar sus actos y disponer de su propiedad, sin sujeción a nadie.    

El estado natural tiene sus leyes que lo gobiernan y esa ley obliga a todos, de lo cual surge igualmente el concepto de igualdad, que también va a tener persistencia en la teoría constitucional.

Locke, si bien recuerda a la teoría iusnaturalista de raíz teológica y algunas tesis de orden escolástico, apunta a una especie de contrato social, en donde el poder queda en manos de la autoridad  para proteger la paz con el ejercicio de la justicia.

Según García Venturini, el más importante de los poderes para Locke es el Legislativo, siendo necesaria la división de aquéllos para que no concentren en una sola mano, hallándose limitados por los derechos naturales.

El liberalismo del siglo xix aparece fundamentalmente concretado en Estados Unidos. Este liberalismo ofrece distintas variantes, ya que se compatibiliza con un esquema dinámico, matizado según las diversas etapas históricas y la idiosincrasia de la sociedad.

Sin embargo, recoge una identidad y un espíritu común que lo destaca de las teorías anteriores por su contenido universalista, ya que no obra en beneficio de determinadas clases sociales, sino que atiende al bien común general.

La libertad se convierte en un valor supremo que va más allá de lo político, pues atiende a la esencia del espíritu humano. Es claro que también la exigencia de un individualismo exagerado trajo reacciones que, a la postre, ocasionaron las diversas aberraciones vividas en la época contemporánea con sistemas traumáticos en donde el hombre nada valía por sí mismo, entronizándose la idea de Estado.

No cabe duda de que estas teorías políticas conformaron el marco donde se iba a desarrollar el moderno constitucionalismo.

Afianzar la justicia

Rawls presenta la idea de justicia como imparcialidad, una teoría que generaliza y lleva al nivel más alto de la abstracción, el concepto tradicional del contrato social. Sostiene este autor que el pacto de la sociedad es reemplazado por una situación inicial basada en ciertas ideas que conllevan a una situación original a los principios de justicia.

Para Rawls, “la justicia es la primera virtud de las instituciones sociales, como la verdad lo es de los sistemas de pensamiento. Una teoría, por muy atractiva y esclarecedora que sea, tiene que ser rechazada o revisada si no es verdadera y, de igual modo, no importa que las leyes e instituciones estén ordenadas y sean eficientes, si son injustas han de ser reformadas o abolidas.  Cada persona posee una inviolabilidad funcional fundada en la justicia que incluso el bienestar de la sociedad como un todo no puede atropellar” (2).

Es por ello que, en una sociedad justa, los derechos asegurados por la justicia no están sujetos a regateos políticos ni al cálculo social. Son libertades que aseguran la libertad del ciudadano y, tanto la verdad como la justicia, no están sujetas a transacciones.

La idea de Rawls, tal como él mismo la expone, es llevar al perfeccionamiento la teoría tradicional del contrato social expuesta por Locke, Rousseau y Kant, elevándolo al índice más alto de abstracción y colocando el valor de la justicia sobre concepciones meramente utilitaristas.

La sociedad está bien ordenada, no sólo cuando se encuentra diseñada para lograr el bien de sus componentes, sino cuando también efectivamente está regulada por principios de justicia.

Desde este aspecto los conflictos individuales logran satisfacción cuando cada cual acepta dichos principios, reconociendo las extralimitaciones que pueden contener los mismos y asociándose conjuntamente de manera segura, limitando la consecución de otros fines.

Como puede apreciarse, la obra de Rawls pone en base de una elaboración más exigente, ideas contenidas en los autores de la Ilustración, que también fueron los que señalaron la importancia fundamental que tienen los derechos humanos y la libertad para la plena vigencia del hombre dentro de la sociedad.

Pero el discurso sobre la justicia, igualmente, data de largo tiempo, ya había inquietado a Platón para quien lo justo no era otra cosa que el principio sobre el cual se encuentra asentado el Estado perfecto, es decir, el deber universal de todo individuo de ejercer una sola función, aquella para la cual la naturaleza lo dotó. La justicia es el origen y la conservación de los valores de las clases sociales, abarcando el Estado todo y constituye el valor de la comunidad más grande y más necesaria.

La relación del derecho con la justicia es íntima. De acuerdo con Santo de Tomás, “justicia es el hábito según el cual alguien con constante y perpetua voluntad da a cada uno su derecho” (3).

Para este autor, la justicia y, por ello, el derecho siempre implican una relación con el otro o sea, una relación social entre una persona y otra, entre una persona y la comunidad o viceversa.

Dentro de las brevísimas consideraciones precedentes se puede advertir que la justicia ha constituido uno de los desvelos de los grandes pensadores de la humanidad. Sin justicia no existe el derecho, ya que ella constituye el ingrediente axiológico de aquél. Es la base que determina un orden social justo o injusto y marca con una delimitación precisa el campo jurídico dentro de otros órdenes de la realidad. Por ello, la invocación de ella en el preámbulo de los textos constitucionales constituye un mensaje que, incorporado al sistema constitucional, concreta la aspiración de quienes forjan en gran parte los destinos de nuestras repúblicas.-

Notas

1. Fernández Sabaté. Hombre y comunidad a través de la historia. Depalma, Buenos Aires, Argentina, 1977. P. 60.

2. Rawls, J. Teoría de la justicia, Fondo de la Cultura Económica, México DF, México. P. 20.

3. Santo Tomás, Summa Theologica II-II-58-1

Es abogada de la Universidad Nacional de Asunción (UNA), Paraguay, y docente.

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