La Gaceta Jurídica

Historia de la abogacía, sus mandamientos y decálogos

Por culpa de los malos abogados que han sido y siguen siendo, la abogacía carga sobre sus espaldas una historia multisecular de burla y desprestigio sancionada no sólo por el alma popular sino por muchos espíritus selectos que no han dudado en lanzar contra ella sus denuestos.

Yunior Andrés Castillo S.

00:00 / 02 de septiembre de 2014

La abogacía es una actividad y un grupo social al que pertenecen únicamente los profesionistas del Derecho que se dedican habitualmente a brindar asesoramiento jurídico y postular justicia ante los tribunales, pero en un sentido amplio, consagrado por el uso la abogacía, comprende a todos los individuos graduados en Derecho que se dedican a cualquiera de las múltiples actividades directamente relacionadas con el vastísimo campo de acción a que dan lugar la creación, interpretación y aplicación del orden jurídico.

Por culpa de los malos abogados que han sido y siguen siendo, la abogacía carga sobre sus espaldas una historia multisecular de burla y desprestigio sancionada no sólo por el alma popular sino por muchos espíritus selectos que no han dudado en lanzar contra ella sus denuestos.

Nos guste o no nos guste, es cierto que durante siglos una literatura mediocre y también una de más alto nivel han formado del abogado una imagen pública como la de un ser codicioso vendedor de palabras o descarado prestidigitador de la verdad y de la justicia.

Cuál sería la imagen de la abogacía en el siglo XVI que las autoridades españolas en América, por mucho que su acto sea discutible, se vieron en la penosa necesidad de prohibir su ejercicio en los territorios recién conquistados. Del Viejo Mundo traían también acerca del abogado un pensamiento que se expresa en estas palabras del cabildo de la ciudad de México y de Buenos Aires, “vengan clérigos pero no abogados”, ésta posición quiere decir simplemente que, así como el clérigo predica la paz y enseña la fraternidad entre los hombres, el abogado hace lo contrario.

Sin embargo, aun suponiendo que el juicio negativo esté justificado, vale únicamente de los malos abogados por numerosos que éstos sean pero no de la abogacía como profesión, pues ésta se define y encuentra su razón de existir en su fin principal y último la justicia.

De aquí se desprende que la abogacía comporta como exigencia esencial la necesidad de ser exigida con un elevado sentido ético y que las primeras cualidades que debe reunir el abogado son en el sentido de la justicia y la rectitud moral.

Ni un picapleitos, ni un enredador, ni un leguleyo puede ser el abogado, el profesionista de la abogacía; si el hombre que hay en el abogado fuere todo eso, lo será como tal, pero no como abogado antes bien, traicionando su profesión, porque no cabe el ejercicio de la abogacía sin las directrices éticas que lo gobiernan.

Consideramos al abogado como alguien de probidad moral, quiere esto decir que siendo el intérprete del derecho, ciencia cultural y teniendo por fin último de su actividad la justicia, valoración, cultura, también maneja categorías que son la expresión del espíritu y de la conciencia de un pueblo o sea categorías morales.

Por medio del derecho y de la ley se dirige la conducta de los hombres hacia la justicia dando protección a los bienes que garantizan el desenvolvimiento de la personalidad del hombre, de la libertad.

Todo esto quiere decir valores morales y sólo puede manejarlos debidamente quien esté dotado, a su vez, de probidad moral por encima de otros cualesquiera atributos; incluso el de la pericia, pues esa probidad moral es base y sustento de la abogacía.

Debemos de entender que hablar de la moral profesional es asunto de responsabilidades propias del hombre cabal, de aquél que es capaz de decidir consciente y reflexivamente sobre su propia conducta y de asumir los riesgos de las propias decisiones.

El que consagra su vida a una profesión, a las responsabilidades morales que ya tiene como ser humano, añade de aquellas otras responsabilidades morales que son propias del ejercicio de su profesión.

El compromiso de ejercer bien una profesión significa asumir las responsabilidades morales propias de ella. Esto es verdad de cualquier profesión, sólo de esta manera se puede lograr una convivencia social que merezca el calificativo de humana.

La sociedad humana, se caracteriza, entre otras cosas, por ser un entretejido de responsabilidades, de los padres para con los hijos, de los cónyuges entre sí, de los ciudadanos para con las autoridades y de éstas para con los ciudadanos, de cada profesional para sus clientes y para la sociedad (1).

Propósitos de la investigación

Cada uno de nosotros requiere para desenvolvernos en nuestra profesión adquirir conocimientos. Por eso esta investigación es documental, por lo cual utilizamos varios libros. El objetivo es conocer sobre la historia de la abogacía, sus mandamientos y decálogos. En lo específico se busca establecer la evolución de la historia de la abogacía. Identificar los mandamientos de la abogacía y definir sus decálogos.

Evolución de la abogacía

El hombre moderno está acostumbrado a ver en todo proceso judicial la presencia de un defensor abogado. Sin embargo, la institución de la defensa ha sufrido una evolución en la historia. Al remontarnos hasta Egipto descubrimos que en el sistema legal de esta cultura no existió la defensa con abogado. Durante el proceso, las partes se dirigían por escrito al tribunal, explicando su caso, el que luego de hacer el estudio pertinente emitía la sentencia.

El hecho de que no existiera un defensor se debió a la idea que tenían los egipcios respecto a los juicios orales, donde un intermediario podía asumir la defensa; la jurisprudencia de la época encontrada en un antiguo papiro decía que la presencia de un orador hábil podría influir sobre las decisiones de los jueces y hacerles perder objetividad. La última instancia consistía en apelar al Faraón, quien no representaba a la justicia, era la “justicia”.

En Babilonia también existió la administración de justicia en el período sumerio y en el acadio; existieron tribunales, pero como en Egipto tampoco hubo ese intermediario que los romanos, muchos siglos después, llamaron advocatus.

Las partes recurrían a los jueces y luego apelaban al rey o emperador, según las épocas históricas. El rey, que era el brazo de la justicia, tenía la última palabra. Igualmente, entre los hebreos, el sistema legal tampoco se distinguió de los anteriores. En el juicio ante Salomón no hay defensor. Cristo tampoco lo tuvo porque fue juzgado según las leyes judías, pero si hubiese sido juzgado por las leyes romanas el Estado le hubiera asignado un defensor.

En los canales judiciales de China e India tampoco figura un ejercicio similar al de abogado. Empero, había notarios e intermediarios que actuaban como fiscales. Tratadistas del sistema judicial chino sostienen que este pueblo estaba bien informado sobre las leyes escritas y normas consuetudinarias que les permitía plantear su defensa en función de este conocimiento.

Además, periódicamente las autoridades judiciales chinas publicaban las decisiones de los tribunales con las leyes aplicadas para cada caso, lo que permitía mejor información. En India, en el período budista y en el brahmánico, tampoco existió el defensor. Al principio, durante los orígenes de la ciudad-estado ateniense, los ciudadanos defendían sus propias causas y el “orador-escritor” les preparaba el discurso de defensa.

Pero, en la medida que los litigios aumentaban, esta profesión de orador-escritor adquirió prestigio y quienes ejercían comenzaron a oficiar como defensores. Lysias (440-360 a.C) fue el abogado más notable entre los atenienses.

Fue en Roma donde se desarrolló plenamente y de manera sistemática y socialmente organizada la profesión de abogado, palabra que viene del latín advocatus, que significa “llamado”, pues entre los romanos se llamaba así a quienes conocían las leyes para socorro y ayuda. En Grecia se les llamó “oradores” o “voceris”, porque era propio de su oficio el uso de voces y palabras. Como en ninguna sociedad del mundo antiguo, los romanos permitieron que ciertas mujeres, las de la clase alta, pudieran ejercer la abogacía.

La historia nos ha conservado el nombre de tres grandes abogadas romanas, Amasia, Hortensia y Afrania (Calpurnia) esposa de Plinio “El Joven”. Con ella sucedió un caso de antología determinante para el futuro de la mujer en la abogacía.Mujer con tendencia a la promiscuidad, de espíritu vivo, sin la gravedad de Amasia y Hortensia, se excedió en su lenguaje casi grotesco. Su lengua y palabra eran el terror de los jueces, abogados y litigantes, lo que le valió que se dictara una ley suspendiéndola y prohibiendo a las mujeres ejercer la abogacía, prohibición que duró 20 siglos, es decir, hasta fines del siglo XIX y comienzos del XX.

Es en “Las Siete Partidas de Alfonso el Sabio” donde apareció por primera vez en un texto legal la definición de abogado en lengua española. “Bozero es nome que razona por otro en Juycio, o el suyo mesmo, en demandando o en respondiendo. E así nome, porque con boze e con palabra usa de su oficio”.

Las Siete Partidas dice que los abogados eran ciudadanos útiles, porque “ellos aperciben a los juzgadores y les dan luces para el acierto y sostienen a los litigantes, de manera que por mengua o por miedo o por venganza o por no ser usados de los pleitos no pierden su derecho, y porque la ciencia de las leyes es la ciencia y la fuente de justicia, y aprovechándose de ella el mundo más que de otras ciencias”.

Pero a pesar de los elogios de las Siete Partidas, la profesión de abogado en España fue grisácea y oscura, no se gozaba de la necesaria libertad para ejercer la profesión. Asimilados a burócratas como funcionarios públicos, jamás pudieron cumplir su misión de proteger al oprimido y al injustamente perseguido.

Muy diferente fue la situación del abogado en Francia. Su papel fue preponderante en la sociedad, respetando y acatando las leyes. En Lima, la “Ciudad de los Reyes”, el 13 de septiembre de 1538, tres años después de haberse fundado, el Cabildo, preocupado por los conflictos entre partes, decidió que era indispensable la intervención de abogados y procuradores en los litigios.

En conformidad con este criterio se nombró por pregones en la plaza pública dos defensores, don Alonso de Navarrete y don Pedro de Avendaño, los primeros abogados que registra esta historia oficial.

Estos defensores deberían proteger al ciudadano, al poco tiempo se autorizó que se pudiera ejercer libremente la abogacía previa licencia del juez que era el alcalde.

Cabe destacar que el Colegio de Abogados de Lima se fundó durante el Virreinato en 1808 por el virrey Abascal. El primer decano fue Antonio de Oquendo.

Ya en la República, los abogados organizados en el Colegio, participaron en el proceso emancipatorio y libertario de la República Dominicana.

Después del 27 de febrero de 1844, proclamación de la independencia de este país, en abril se creó la junta gubernativa presidida por el ilustre abogado Tomas Bobadilla, hasta que en noviembre fue tomada la presidencia de la república por Pedro Santana.

A partir de esa fecha muchos han sido los abogados ilustres en la República Dominicana. Desde la independencia, “un ser independiente que no pretende sino a sí mismo, y que sólo da cuenta a su conciencia de sus trabajos y de sus actos. Libre de las trabas que oprimen a los demás hombres, demasiado altivo para tener protectores y demasiado modesto para tener protegidos; sin esclavos y sin señores”, dijo Pedro Francisco Bono.

San Alfonso María del Ligorio (San Ivo, Patrono de los Abogados)

Representa no sólo un ejemplo espiritual, moral o religioso, sino que es precursor de la ética y la deontología profesional del abogado. Ivo de Ker-Martín fue hijo de Heroly de Ker-Martín y nació en 1253 en el castillo de ese nombre, en el departamento de Coste-du-Nord, República Francesa (no debe confundirse con Saint Ives, un santo asiático).

Como su familia era noble y disponía de bienes de fortuna, recibió educación esmerada, la cual perfeccionó por medio de continuos viajes. En París, Orleans y Rennes cursó estudios de Derecho Canónico. En 1280 fue nombrado por Mauricio, Arcediano de Rennes, oficial o juez eclesiástico; en 1284 se le confió igual puesto en la Diócesis de Treguier a cargo del obispo Alain de Bruce.

Durante estos años ejerció la abogacía con gran celo y mansedumbre.

La causa de los huérfanos, de las viudas y de los desheredados de la fortuna encontró en él un esforzado paladín y, por ello, se hizo digno del honroso título de “abogado de los pobres”. Posteriormente, después de estudiar a fondo los sagrados Cánones, ordenándose sacerdote, tomó en Guingavy el hábito de Terciario de la Orden de San Francisco, en el ejercicio de su apostolado distinguiéndose siempre por su caridad y por su amor al prójimo. Los bienes heredados de sus mayores los invirtió en cuidar a huérfanos y menesterosos y en reconstruir la Catedral de Treguier.

Fue Rector de Tredets y también de Lohanec, ciudad donde murió en 1303. El Papa Clemente VI lo canonizó en 1347 y su fiesta se celebra el 19 de Mayo. En vida trabajó para orientar la abogacía por los senderos de la ética; en la defensa de sus clientes puso en evidencia la mansedumbre de su corazón y la nitidez de su conducta. Conforme al irónico decir de Cardenet, ha sido el único abogado capaz de recibir los honores de la canonización.

Predicó principios de moral altísima que pueden resumirse en sus famosos mandamientos de los abogados, acogidos como norma de la Orden de los Abogados de Francia.

Los mandamientos de la abogacía

Importancia. Estos mandamientos expresan la dignidad de la abogacía. Son decálogos del deber, de la cortesía o de la alcurnia de la profesión. Ordenan y confortan al mismo tiempo; mantienen alerta la conciencia del deber; procuran ajustar la condición humana del abogado dentro de la misión de la defensa.

Hoy, las exigencias de la libertad humana y los requerimientos de la justicia social constituyen las notas dominantes de la abogacía, sin las cuales el sentido docente de esta profesión puede considerarse frustrado. Pero, a su vez, la libertad y la justicia pertenecen a un orden general, dentro del cual interfieren, chocan y luchan otros valores que coinciden con el Decálogo del jurista uruguayo Eduardo J. Couture y son:

1. Estudia. Ya que el derecho se transforma constantemente.

2. Piensa. El derecho se aprende estudiando, pero se ejerce pensando.

3. Trabaja. La abogacía es una ardua fatiga al servicio de la justicia.

4. Lucha. Es tu deber por el Derecho, pero el día que encuentres en conflicto el Derecho con la justicia, lucha primordialmente por la justicia.

5. Sé Leal. Con tu cliente al que no puedes abandonar hasta que comprendas que es indigno de ti. Con el adversario, aun cuando él sea desleal contigo. Con el juez que ignora los hechos y debe confiar en lo que tú le dices y que, en cuanto al Derecho, alguna que otra vez debe confiar en el que tú le invocas.

6. Tolera. La verdad ajena en la misma medida en que quieres que sea tolerada la tuya.

7. Ten paciencia. El tiempo se venga de las cosas que se hacen sin su colaboración.

8. Ten fe. En el Derecho como el mejor instrumento para la convivencia humana; en la justicia como destino normal del Derecho; en la paz como sustitutivo bondadoso de la justicia y, sobre todo, en la libertad, sin la cual no hay Derecho ni justicia, ni paz.

9. Olvida. La abogacía es una lucha de pasiones. Si en cada batalla fueras llenando tu alma de rencor, llegaría un día en que la vida sería imposible para ti. Concluido el combate, olvida tan pronto tu victoria como tu derrota.

10. Ama tu profesión. Trata de considerar la abogacía de tal manera que el día que tu hijo te pida consejo sobre su destino consideres un honor para ti proponerle que sea abogado. Siéntete orgulloso de lo que eres.

Decálogo de San Ivo

San Alfonso María de Ligorio, por especial disposición de la Iglesia, es “patrono de los abogados”. Sus grandes cualidades y capacidades le permitieron comenzar sus estudios universitarios a los 12 años y a los 16 concluyó los exámenes.

Se le otorgó el título de Doctor en Derecho y Abogado del foro de Nápoles, en su carrera brillantísima jamás perdió un juicio, defendió causas de gran relieve. Pronunció máximas sobrias, tajantes que conforman la deontología del abogado:

I. El abogado debe pedir ayuda a Dios en sus trabajos, pues Dios es el primer protector de la justicia.

II. Ningún abogado aceptará la defensa de casos injustos, porque son perniciosos para la conciencia y el decoro profesional.

III. No debe cargar al cliente con cargos excesivos.

IV. No debe utilizar, en el patrocinio de los casos que le sean confiados, medios ilícitos o injustos.

V. Debe tratar el caso de su cliente como si fuera el suyo propio.

VI. No debe evitar trabajo ni tiempo para obtener la victoria del caso que tenga encargado.

VII. No debe aceptar más causas de las que el tiempo disponible le permite.

VIII. Debe amar la justicia y la honradez como a las niñas de sus ojos.

IX. La demora y la negligencia causan perjuicio al cliente, cuando eso acontece, debe indemnizarlo.

X. Para hacer una buena defensa, debe ser verídico, sincero y lógico.

Decálogo de Ángel Ossorio y Gallardo.

I. No pases por encima de un estado de tu conciencia.

II. No aceptes una convicción que no tengas.

III. No te rindas ante la popularidad ni adules la tiranía.

IV. Piensa siempre que tú eres para el cliente y no el cliente para ti.

V. No procures nunca en los tribunales ser más que los magistrados, pero no consientas ser menos.

VI. Ten fe en la razón que lo que en general prevalece.

VII. Pon la moral por encima de las leyes.

VIII. Aprecia como el mejor de los textos el sentido común.

IX. Procura la paz como el mayor de los triunfos.

X. Busca siempre la justicia por el camino de la sinceridad y sin otras armas que las de tu saber.

Decálogo de José María Martínez Val

I. Dignidad. La primera obligación del profesional titulado es sentirse portador de la dignidad colectiva de su profesión, mediante una conducta irreprochable en ella, guiada por la conciencia recta y responsable.

II. Verdad. Como titulado con formación intelectual está ante todo al servicio de la verdad, mediante su estudio, investigación y aplicación a la vida.

III. Servicio. Te debes a tu cliente o a quien emplea tu trabajo, con dedicación y decisiones adecuadas al encargo o empleo pero sin comprometer la libertad de tus criterios, como corresponde a la esencia de tu profesión.

IV. Sociedad. No olvides como profesional desempeñas siempre una función social. No hagas nunca dictámenes, proyectos ni decisiones que puedan resultar antisociales.

V. Compañerismo. Mantén relaciones de respeto, afecto, solidaridad y colaboración con tus compañeros de profesión, y de acatamiento y disciplina con los órganos representativos de tu colegio profesional.

VI. Lealtad. En el trabajo se siempre leal, ofreciendo cuanto sabes y puedes, aceptando críticamente las aportaciones de los demás y respetando y aceptando las decisiones del grupo y de los jefes responsables de asumirlas en definitiva.

VII. Respeto a las demás profesiones. En las relaciones o colaboraciones interprofesionales respeta los principios, metodologías, y decisiones que tienen como propias y específicas las demás profesiones, aunque debes conservar en todo caso la libertad de interpretación y aplicación de tus propios fines y objetivos.

VIII. Secreto profesional. Mantén siempre, desde la normativa y tradiciones de tu profesión, y conforme a la ley el sagrado derecho/deber del secreto profesional, con sólo las excepciones, muy limitadas, que se justifiquen moral o legalmente.

IX. Remuneración. Cuando haya normas legal o colegialmente establecidas, atente rigurosa y escrupulosamente a ellas. En caso de discrepancias, procura el arbitraje o regulación colegial que cuida de la dignidad y la responsabilidad que las profesiones tituladas merecen

X. Colegialismo. Mira en el Colegio lo que realmente es, un ámbito de convivencia entre compañeros, un órgano de representación y defensa de legítimos intereses profesionales y una garantía de defensa de la sociedad por medio de la exigencia y el compromiso de una prestación profesional competente, eficaz, digna y responsable.

Por eso es deber muy esencial de todo profesional estar siempre dispuesto a la disciplina y a la colaboración dentro del Colegio.

Conclusión

Vivimos en la era de la tecnología, algo bueno, pero arma de muchos filos, porque la repuesta a cada uno de los problemas la encontramos en la historia y en etimología de las palabras; el abogado está llamado a organizar y defender la sociedad, contribuir al desarrollo de la misma y la organización legal de ella, siempre apelando a la justicia, a las costumbres y al respeto del derecho de los demás. El abogado no sólo debe defender la institucionalidad y las leyes, sino ayudar y orientar la aplicación de la verdadera justicia orientando a todos sobre sus derechos.

En nuestra sociedad aparecen licenciados en Derecho, pero que no ejercen ni son verdaderos abogados, no trabajan ni están acorde con la profesión; que no interactúan con los conceptos de un abogado, por lo que no tienen las condiciones para enaltecer y fortalecer la sociedad.

Así, recomendamos a los abogados y a las universidades reforzar los conocimientos de ética y aplicación; además, el colegio debe tomar seriamente los reglamentos éticos en la profesión, aplicándolos de manera efectiva.

Queda la satisfacción de haber realizado un trabajo que arrojó luz sobre la base teórica y la aclaración de varios aspectos prácticos relacionados con el tema.

Bibliografía

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Nota

1. Villoro Toranzo, Miguel. Deontología Jurídica. UIA., México 1987, p. 87.

Es dominicano, ingeniero y licenciado en Derecho.

Tomado de: monografías.com

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