La Gaceta Jurídica

Historia del derecho, ordalías y la carta magna

Foto: bloganavazquez.com

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00:00 / 07 de abril de 2015

La fuerza y sentido de los golpes de espada propinados por la diosa Justicia han variado conforme a la evolución de un concepto: el Derecho. ¿En qué consiste? ¿De dónde proviene? Mucho se ha dicho y escrito: el hombre, por obra divina, nació con ciertos principios inmutables rectores de su quehacer; el Derecho es un producto social, condicionado por factores diversos, etc.

A fin de cuentas, lo que interesa es su manifestación concreta y práctica, la norma jurídica que perdura gracias a la tradición oral y escrita. Si para los antiguos no era delito hacer sacrificios humanos, se debía a que Derecho, religión y moral iban de la mano; los dioses no podían condenar un acto ejecutado en su propia honra. Pero no en vano pasan los años.

Si bien el Derecho no peina canas, ha ganado en experiencia y sabiduría. Cada pueblo es libre de darse sus propias normas de conducta, “ajustadas” al momento que vive. La historia del hombre es también, en cierto modo, la historia del Derecho. A cada estructura social corresponde un determinado ordenamiento jurídico.

Al amparo de la necesidad que tuvieron las comunidades primitivas de someterse a una dirección que las guiara y a un imperio que dirimiera sus disputas y las protegiera, surgió la noción de autoridad. En ese instante apareció la idea de Derecho. La voluntad arbitraria del jefe fue la única norma de conducta.

A medida que la humanidad se perfeccionó, se dictó reglas que limitaron el poder absoluto. Esta nueva noción de autoridad armonizó la existencia del individuo con la de la sociedad, al convertirse en una verdadera personificación del Derecho que vela por su propio cumplimiento.

La diversificación de la actividad y conocimiento humanos obligó a una especialización, se forman el Derecho Civil, Penal y Mercantil, hasta llegar a ramas como el Derecho Tributario, de Radiodifusión y Aeronáutico.

Todo viene de Oriente

2.000 años antes de Cristo, en una época en que Occidente apenas balbuceaba una cultura, un rey caldeo, Hammurabi, dictó un Código, el más antiguo del que se tenga memoria. En 1901, Morgan, un arqueólogo francés, descubrió una piedra de 2,25 metros de alto, actualmente en el Museo del Louvre.

Contenía 250 artículos grabados en caracteres cuneiformes, basados en viejas leyes sumerias como trata de los juicios, obligaciones de los funcionarios, préstamos a interés, constitución de la familia, de los negocios y de ciertos delitos.

Resalta su preocupación por reglamentar el comercio, principal fuente de sustentación de Babilonia, y la consagración de una vieja ley penal, la del Talión (“ojo por ojo, diente por diente”), atenuada más tarde por israelitas y musulmanes.

En India, en el siglo XIII antes de nuestra era, se dio forma al “Manava-Dharma-Sastra” o Código de Manú. Rige, en Íntimo enlace, el orden ético, religioso, moral y jurídico. Con los años sus disposiciones cambiaron, pero no siempre para mejor, como arrojar a la hoguera a las viudas.

El Código de Manú –base de la literatura jurídica sánscrita– reguló la conducta en cuanto es un camino que enlaza con el más allá. Estableció el sistema de castas (brahmanes, chatrias, vaisyas y sudras) ideado por los primeros sobre la base de una doctrina inventada ad hoc. Aceptó la poligamia, aunque calificó de perfecto el matrimonio monógamo (“solo aquel hombre es perfecto, que conste de tres personas, su mujer, él y su hijo”).

En este terreno se aplicó ley del embudo, el varón podía tomar su primera mujer de su casta y luego descender en la serie, pudiendo los sudras tener solo una.

Y contenía normas-relativas a la herencia, la propiedad, los contratos y la organización judicial. En el Medio Oriente destacan el derecho hebreo y el musulmán. El desarrollo del derecho judío está marcado por la misión que, según su religión, debía cumplir su pueblo en el mundo.

El monoteísmo es la base de sus instituciones. Existe un Dios vivo, que guía como Providencia el destino, si bien atiende en especial al pueblo elegido es el poder gobernador invisible.

La teocracia hebraica está regida por el profetismo, Dios, en todos los casos necesarios, hará surgir jefes y profetas. Dios es también dueño de la tierra conquistada. La rigurosidad del antiguo Derecho fue suavizada por Moisés (se opuso, por ejemplo, al sistema de represalias o Ley del Talión).

Con la llegada de los romanos surgió el Derecho elaborado por los rabinos. Hoy esas normas se encuentran en el Talmud, formado por la Michná, recopilación de tradiciones orales atribuidas a Moisés, y por el Ghemara, con aclaraciones y complementos posteriores. Sobre la base del judaísmo, nacen dos evoluciones religiosas, el cristianismo y el mahometanismo.

Mahoma predicó el Islam en el 609. Fundado en un monoteísmo simple, rebasó el carácter nacional hebraico, imponiendo la obligación de difundirlo a todos los pueblos, incluso por la fuerza. El Corán contiene los dogmas de Mahoma, ordenados por sus sucesores. Sus preceptos jurídicos revisten el carácter de deberes religiosos.

El derecho musulmán establece diferencia entre creyentes y no creyentes. La mujer tiene exactamente la mitad de importancia que el varón, el testimonio de dos mujeres equivale al de un varón; en el homicidio de una mujer, la multa es la mitad que en el de un varón de su misma clase.

La otra parte del mundo

Los griegos comenzaron a desatar los lazos que venían de Oriente. Con una nueva concepción del mundo y de la vida, dieron forma a una cultura diferente. El Derecho Civil, pilar de la concepción jurídica romana, no alcanzó en Grecia gran desarrollo. Los helenos jamás divorciaron por completo el derecho del espíritu ético. Arte, filosofía y Derecho, Estado y religión se confunden.

Toca a los romanos, con una actitud más racional y práctica, separar estas disciplinas. La Ley de las XII Tablas (450 a. C) y el Código de Justiniano (529 a. C) constituyen sus dos más grandes monumentos jurídicos. La importancia del Derecho romano puede comprenderse al saber que aún muchos de nuestros actos son regidos por los pensamientos de los ulpianos y gayos que sobrevivieron a los germanos, cultores de las bárbaras ordalías o juicios de Dios, practicadas en la Edad Media.

La Rubia Albión no perdió su tiempo, sobre la base de elementos romanos y nativos elaboró el Common Law, fundado en la costumbre. Pero el Derecho no escrito es insuficiente, así pensaron los barones ingleses a principios del siglo XIII al ver sus prerrogativas pasadas a llevar por el monarca Juan Sin Tierra (este apodo proviene de que siendo menor al fallecimiento de su padre, no podía poseer ningún feudo a su nombre, aunque se le había ofrecido el reino de Irlanda).

Este príncipe vicioso y despiadado conspiró contra su padre Enrique II y su hermano Ricardo; luchó con el clero y la nobleza. El resultado no se hizo esperar, en junio de 1215, en las praderas de Runny-Dead, tuvo que firmar la famosa Carta Magna.

Allí se consagró principios tan importantes como el que nadie puede ser juzgado “a no ser por el legal juicio de los pares o por la ley del país” (hábeas corpus), que ningún impuesto es obligatorio si no ha sido aprobado por el Parlamento o que los súbditos tienen derecho a resistir por la fuerza al monarca que viole sus leyes.

Esta fue la base de todo el sistema de libertades inglesas. Años antes, en España, el rey Alfonso IX había concedido, sin ruido de sables, el ordenamiento de las Cortes de León, que contemplaba disposiciones semejantes (1188).

Del caos nace la luz

30 de ventoso (21 de marzo) de 1804 la Convención aprobó el Código Civil de los franceses o Código de Napoleón, entonces primer cónsul de la República. Antes de la Revolución había en Francia legislaciones diferentes para cada provincia y para cada clase social.

El Código es el logro más importante del principio de la igualdad civil proclamado por la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano. El Gran Corso lo implantó en Bélgica, Cerdeña, Holanda, Sicilia, etc.

Al caer el Imperio (1815) fue proscrito, pero influyó substancialmente en las nuevas legislaciones europeas y americanas. En Chile, O’Higgins propuso que se adoptaran todos los Códigos promulgados por Napoleón, sin modificaciones. América, hasta el siglo XIX, no fue sino espectadora. Los antiguos ordenamientos jurídicos precolombinos, en especial en azteca e incaico, sucumbieron ante el avance hispano.

Durante largo tiempo no se habló de otra cosa que de reales cédulas y de recopilaciones de leyes. El “se obedece, pero no se cumple” fue el punto de partida. Era necesario  dictar leyes propias.

Después del movimiento de emancipación, muchos códigos fueron dictados. Entre ellos sobresale el Código Civil chileno (1857), obra del venezolano Andrés Bello, que ejerciera notable influencia en otros países latinoamericanos y que cuenta entre sus fuentes al famoso Código Napoleónico.

Los viejos conceptos jurídicos, no obstante los años, conservan su fuerza. Ahora que se echa las bases de un derecho interplanetario, aún nos afirmamos en primitivos códigos de piedra y de papiro.

Juicios de Dios en la Edad Media Europea

Las “ordalías” o “juicios de Dios” fueron las pruebas que, en especial, en la Edad Media occidental se hacían a los acusados para probar su inocencia. El origen de las ordalías se pierde en los tiempos, era corriente en los pueblos primitivos.

En el lento camino hacia una justicia ideal, la ordalía representa el balbuceo jurídico del esfuerzo por regular conflictos mediante otro camino que no sea el recurso de la fuerza bruta, en la historia del Derecho es un importante paso hacia adelante.

Antes imperaba la ley del más fuerte y, si bien con la ordalía la prueba de la fuerza continuó, se colocó bajo el signo de potencias superiores.

En las ordalías se usaba varios sistemas. En Occidente se prefería las pruebas a base del combate y del duelo, en los que cada parte elegía un campeón que debía hacer triunfar su buen derecho. La ley germánica precisaba que esta forma de combate era consentida si la disputa se refería a campos, viñas o dinero, estaba prohibido insultarse y era necesario nombrar dos personas encargadas de decidir la causa con un duelo.

La ordalía por medio del veneno era poco conocida en Europa, probablemente por la falta de un tóxico adecuado a este tipo de justicia, pero se utilizaba a veces la curiosa prueba del pan y el queso, que ya se practicaba en el siglo II en lugares del Imperio romano. El acusado, ante el altar, debía comer cierta cantidad de pan y queso, los jueces retenían que si el acusado era culpable Dios enviaría a uno de sus ángeles para apretarle el gaznate de modo que no pudiese tragar aquello que comía.

La prueba del hierro candente era muy practicada. El acusado debía coger con las manos un hierro al rojo por cierto tiempo. En algunas ordalías se debía llevar en la mano este hierro el tiempo necesario para cumplir siete pasos, luego se examinaba las manos para ver si había quemaduras que acusaban al culpable.

El hierro candente era muchas veces sustituido por agua o aceite hirviendo o plomo fundido. En el primer caso, la ordalía consistía en coger con la mano un objeto del fondo de una olla con agua hirviendo; si la mano quedaba indemne, el acusado era considerado inocente.

En 1215, en Estrasburgo, muchas personas sospechosas de herejía fueron condenadas a ser quemadas después de una ordalía con hierro candente que las declaró culpables.

En algunos sitios se hacía caminar al acusado con los pies descalzos sobre rejas de arado en número impar. Este suplicio fue impuesto a la madre del rey de Inglaterra Eduardo el Confesor, quien superó la prueba.

La ordalía por el agua era muy practicada en Europa para absolver o condenar. Se ataba al imputado de modo que no pudiese mover ni brazos ni piernas y se le echaba a un río, estanque o mar. Si flotaba era culpable y si se hundía era inocente, porque se pensaba que el agua estaba dispuesta a acoger a un inocente pero rechazaba al culpable.

Claro que existía el peligro de que el inocente se ahogase, pero esto no preocupaba a los jueces. Por ello, en el siglo IX Hincmaro de Reims, arzobispo de la ciudad, recomendó mitigar la prueba atando a los que fuesen sometidos a esta ordalía para evitar, si se hundían, que “bebiesen durante demasiado tiempo”.Esta prueba se utilizó mucho en Europa en acusaciones de brujería.

En todas las civilizaciones, las ordalías que tuvieron un origen mágico estaban encargadas a los sacerdotes, como comunicadores escogidos entre el hombre y la divinidad. Cuando la Iglesia asumió junto a su poder espiritual parcelas del poder temporal, tuvo que pechar con una costumbre difícil de hacer desaparecer rápidamente, no pudiendo prohibirla de pronto se esforzó en modificar de a poco su aplicación para hacerle perder el aspecto mágico considerado demasiado vecino a la brujería.

La ordalía era apelación a la divina Providencia para que ésta pesase sobre los combates o las pruebas en general, los obispos se esforzaron en humanizar todo lo que en ella había de cruel y arbitrario.

En la segunda mitad del siglo XII el papa Alejandro III prohibió los juicios de agua hirviendo, hierro candente y los “duelos de Dios”; el Cuarto Concilio Luterano, bajo el pontificado de Inocencio III, prohibió toda forma de ordalía a excepción de los combates. “Nadie puede bendecir, consagrar una prueba con agua hirviente o fría o con el hierro candente”. Pero la ordalía continuó en la Edad Media, por lo que en un concilio en Tréveris se renovó la prohibición.

Los defensores de la ordalía se basaban en ciertos versículos del Antiguo Testamento, en los que algunos sospechosos eran sometidos a la prueba de beber una pócima preparada por los sacerdotes y de cuyo resultado se dictaminaba si el acusado era culpable o no.

Las ordalías con sustancias venenosas eran poco usadas en Europa por la falta de sustancias venenosas, pero en pueblos de Asia o África, en especial en esta última, se aplicaron hasta nuestros días. Muchas veces las autoridades coloniales intervinieron con prohibiciones pero sin gran resultado. Se ignora si hoy, con la independencia de las antiguas colonias y de los tribunales se continúa practicándose las ordalías con veneno.

La Carta Magna

El rey Juan de Inglaterra (Juan Sin Tierra), hijo menor de Enrique II, era propenso a violentos accesos de ira. Se enfrentó con los nobles de las provincias de Anjou y Poitiers, y perdió estas tierras a favor de Francia. En Inglaterra, aumentó fuertemente los impuestos a los nobles y gobernó con tanto rigor que éstos se rebelaron, amenazaron a Juan y exigieron que aceptara sus derechos tradicionales y que obedeciera la ley.

El rey Juan (1199-1216) se enfrentó con sus nobles, pero ellos le obligaron a firmar la “Carta Magna”.

La historia cuenta que a la muerte del rey Eduardo III, El Santo, subió al trono su cuñado el príncipe Haroldo. Pero como el duque francés  Guillermo de Normandía también se creía con derecho a la corona, reunió un ejército de aventureros normandos, desembarcó en Inglaterra y en 1066 venció en Hasting y dominó el país.

El conquistador organizó un fuerte gobierno centralizado, tras despojar a los nobles anglosajones de sus bienes, dividió el reino en condados gobernados por “sheriffs” y repartió las mejores tierras entre sus oficiales y los franceses que le habían acompañado.

Desde entonces en Inglaterra tuvo gran importancia el elemento francés, en las costumbres y en el idioma. Esto siguió en el reinado de los hijos del conquistador, Guillermo II El Rojo y Enrique I.

Pero la situación se agudizó cuando subió al trono Enrique II, nieto del último monarca y, por parte de su padre, heredero de la noble familia francesa de los Plantagenets, condes de Anjou y con grandes posesiones en Francia.

Así, los reyes ingleses, dueños de casi la mitad de Francia, se preocuparon más de sus posesiones personales que de sus deberes. Esto motivó conflictos que enemistaron a los dos reinos por más de 400 años.

La lucha estalló con el siguiente monarca, Ricardo “Corazón de León”, quien vivió pocos meses en su país por estar ocupado en la 3° Cruzada y luego defendiendo sus posesiones francesas.

En 1200 le sucedió su hermano Juan Sin Tierra, príncipe brutal y cobarde, cuyo reinado fue un desastre para el país. Comenzó perdiendo el Ducado de Normandía por su derrota de Bouvznes. Luego entró en conflicto con el Papa Inocencio III, temeroso de la excomunión entregó su reino a la Santa Sede en calidad de vasallo.

Los nobles, hartos de sus fracasos e injusticias, dieron un paso trascendental. Apoyados por el clero y los habitantes de las ciudades, los barones ingleses se sublevaron y derrotaron al monarca en 1215, obligándole a firmar un famoso documento, la Carta Magna. Con ella el rey se comprometía a no arrestar a ningún noble sin orden judicial, solo podía juzgarlo con un Tribunal de sus iguales, y no imponer ningún impuesto sin el consentimiento de un “Consejo del Reino” integrado por nobles.

En 1215 los nobles se reunieron con el rey en el prado de Runnymede, junto al río Támesis y le obligaron a poner su sello en la Carta Magna. Este documento constitucional abordaba muchos asuntos importantes, los pesos y medidas, los poderes de los comisarios policiales y los derechos legales de los hombres libres y de los burgos (ciudades). El rey Juan accedió a obedecer y hacer cumplir la ley, sin embargo, poco después se retractó y provocó una guerra civil.

Este documento, considerado base de las libertades inglesas y modelo de las constituciones modernas, es un retroceso al feudalismo, limitaba la autoridad real, pero solo protegía los derechos de los nobles.

De todos modos, el hijo de Juan Sin Tierra, Enrique III, no se creyó obligado por el documento impuesto a su padre. Por ello, los nobles, capitaneados por el conde Simón de Montfort, tomaron nuevamente las armas y en 1258 obligaron al rey a firmar los “Estatutos de Oxford”, que completaban la Carta Magna y modificaban la composición del Consejo, que en adelante se llamaría Parlamento y estaría compuesto por la nobleza, el alto clero y dos representantes de cada comuna quienes compondrían la Cámara de los Comunes. Así nació la combinación de aristocracia y democracia que caracteriza al gobierno inglés hasta hoy.

La muerte de Juan dejó en el trono a su hijo de nueve años, Enrique III. La Carta Magna fue otorgada de nuevo y en 1225 se convirtió en la ley de Inglaterra. Pero Enrique III era incompetente y gastaba grandes sumas de dinero, los nobles se volvieron a reunir, esta vez liderados por Simón de Montfort, y obligaron a Enrique a consultar al Gran Consejo todas las cuestiones importantes. Al igual que su padre, Enrique III rompió el pacto, pero De Montfort lo derrotó en la batalla de Lewes y con el Consejo gobernó en nombre del rey.

En 1265, Simón de Montfort creó un nuevo Parlamento de dos cámaras, la Cámara de los Lores (anteriormente el Gran Consejo de nobles y obispos) y la Cámara de los Comunes. Ésta estaba compuesta por dos caballeros procedentes de cada condado y, en representación del pueblo, dos burgueses de cada burgo.

Posteriormente Eduardo I (1272-1307), un soberano con éxito, reformó la ley y la administración de Inglaterra creando el Parlamento modelo, que incluía a más representantes. Sin embargo, el rey seguía con mucho poder. En 1388 se produjo un importante enfrentamiento y el Parlamento eliminó algunos de los derechos del rey Ricardo II.

Con el tiempo fueron aumentando los poderes del Parlamento. La Cámara de los Comunes consiguió algo más de poder, pero el Parlamento seguía representando sobre todo a las clases más ricas. Habría que esperar al siglo XX para lograr una democracia completa.

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