La Gaceta Jurídica

Invitación a la lectura

El asalariado entra en un espiral del que no puede salir, pues el apego a la organización es producido por un mecanismo psíquico, no físico, que tiene los mismos efectos que la relación amorosa; es decir, de proyección, de idealización, de placer y de angustia.

Presentación

Presentación Foto: Gaceta Jurídica

La Razón (Edición Impresa) / Tania Aillón Gómez*

00:00 / 21 de febrero de 2016

"Japonizacion” de la dominación patronal y respuesta obrera: el caso de una empresa petrolera en Bolivia. En el ámbito de los estudios del trabajo, con el retroceso del movimiento obrero que se inició a fines de los 70 del siglo pasado y se afianzó con la caída de la Unión Soviética a fines de los 80, al mismo tiempo que se profundizaba la mundialización de las mega compañías capitalistas (“globalización”), fue co- brando espacio una visión pesimista de claro tinte neoestructuralista sobre el rol histórico de la clase obrera en la transformación de la sociedad.

Esto sucedió con el desarrollo de posturas teóricas que sostenían la “colonización de la conciencia obrera” por parte de los managers (representantes), los cuales, armados de una panoplia de recursos organizacionales y tecnológicos, prácticamente, habrían convertido a los trabajadores en objetos pasivos y obedientes a los designios de la patronal.

Quizá, en este sentido, una de las corrientes más representativas, heredera de Foucault y del psicoanálisis, sea la Sociología Clínica, cuyos representantes (Michel Bonett, Vincent de Gaulejac, Daniel Descendre, entre otros) plantean que los dispositivos organizacionales, introducidos por el capitalismo contemporáneo a las grandes empresas, permiten anticipar y evitar los conflictos entre trabajo y capital, porque se convierten en mediaciones que transforman las contradicciones entre los trabajadores y la organización (empresa) al entrar en correspondencia dialéctica con el inconsciente de los asalariados.

A través de este recurso se moviliza al máximo la energía libidinal de los trabajadores, para transformarla en fuerza productiva (De Gaulejac: 2006). Se trata, según la Sociología Clínica, de un sistema de dominación perverso, porque capta los procesos psíquicos del individuo (idealización-identificación) para movilizarlos sobre el funcionamiento organizacional, poniéndolos en tensión, debido a que coloca a los asalariados en contradicción con ellos mismos.

En esta situación, el compromiso del asalariado no tiene límite, pues proyecta su ideal sobre la empresa y la exigencia del éxito encuentra su fundamento en el deseo inconsciente de toda posibilidad.

Desde este enfoque de clara influencia neoestructuralista, los trabajadores son incapaces de una acción colectiva, atrapados por la correspondencia que se establece entre inconsciente y organización devienen en objeto de colonización en sus espacios y en sus tiempos a favor de la empresa.

El asalariado entra en un espiral del que no puede salir, pues el apego a la organización es producido por un mecanismo psíquico, no físico, que tiene los mismos efectos que la relación amorosa; es decir, de proyección, de idealización, de placer y de angustia.

En esta situación, los conflictos ya no se sitúan a nivel organizacional ni reivindicativo, sino psicológico, en términos de inseguridad, de sufrimiento psíquico, de incapacidad profesional, en problemas psicosomáticos que derivan en depresiones nerviosas y suicidios; condiciones frente a las cuales los sindicatos y contrapoderes se ven limitados (De Gaulejac: 2006).

Frente a esta visión de claro origen neoestructuralista, en este libro se retoma la veta de la tradición marxista, dentro de la que encontramos a filósofos de esa línea como Karel Kosik, Tran Duc Thao, Evald Vasilie- vich Ilienkov, Jindrich Zeleny y Carlos Nelson Coutinho (La Miseria del es- tructuralismo) y al sociólogo Michael Lowy (Sobre el método marxista).

Ellos nos abren el arduo, pero satisfactorio camino, para resituar el análisis de los procesos sociales dentro de la dialéctica de la praxis (onceava tesis sobre Feuerbach), sin abandonar el materialismo histórico.

A partir de esta reflexión filosófica nos aproximamos a un grupo de autores influidos por otro historiador marxista, Edward P. Thompson; para el cual las clases emergen y se desarrollan “[C]onforme hombres y mujeres viven sus relaciones productivas y experimentan sus situaciones determinadas, dentro del ‘conjunto de relaciones sociales’, con su cultura y expectativas heredadas, y conforme manejan estas experiencias en formas culturales…”.

Esto significa que ninguna definición estructural de clase puede, por sí sola, resolver el problema de la formación de clase y que ningún modelo puede darnos lo que debería ser la verdadera formación de clase.

Desde esta perspectiva nos resituamos en la dialéctica de la lucha de clases, que en el espacio laboral capitalista se manifiesta en las relaciones de dominación, subordinación, resistencia y lucha para responder a la pregunta que guía el trabajo de terreno y reflexión epistemológica de este libro: ¿cómo las trasformaciones tecnológicas y organizacionales del proceso de trabajo que se introdujeron durante la era neoliberal permearon las relaciones de explotación, subordinación, dominación, resistencia y lucha entre obreros y patrones en los espacios laborales de compañías transnacionales en Bolivia?

La respuesta a esta pregunta se realiza no solo mediante el repaso crítico a las posturas estructuralistas dentro del propio marxismo y al neoestructuralismo, al que ya nos referimos, sino también basada en un trabajo etnográfico en una compañía petrolera, que, por los medios que emplea para disputar su hegemonía en el espacio de trabajo, se identifica con el conjunto de preceptos puestos en boga por los maestros japoneses.

Entre estos sobresalió Taiichi Ohno, manager de la casa Toyota, que dio su nombre al proceso por el que, a lo largo de tres décadas, bajo distintas modalidades, las empresas sufrieron una suerte de “japonización” en occidente (Coriat: 2000, Durand: 2011, entre otros autores).

En el seno del proceso de trabajo de esta compañía, encontramos, a través del análisis clínico de las relaciones sociales, un mundo en el que managers y obreros pugnan   por imponer sus criterios sobre las formas de organización del trabajo, un mundo en el que los obreros son agentes activos y no víctimas pasivas, en el que la hegemonía en la fábrica no significa la dominación de los patrones y la sumisión de los obreros, sino que encarna la lucha de clases permeada por la marca de la clase obrera, como clase subordinada (Meiksins Wood: 1983).

Se trata de un espacio en el que lo obreros saben que son dominados, saben cómo y por quiénes y, lejos de quedar pasivos frente a esta dominación, dan inicio a un tipo de sutiles modos de soportarla, hablar de ella, resistir, socavar y confrontarla en el espacio cargado de poder en el que viven. 

Encontramos así qué, incluso en el periodo de reacción triunfante en el que los empresarios atomizaron a la clase obrera e impusieron en las empresas estratégicas del país la prohibición abierta y/o subrepticia a la formación de sindicatos, el ámbito laboral no dejó de ser un lugar en el que los obreros contestaran a la dominación con distintas tácticas, en franca negación a las posturas estructuralistas y neoestructuralistas que los objetualizan (los vuelven objetos).

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