La Gaceta Jurídica

Jueces y racionalidad

(Parte II)

Foto: flickr.com

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Graciela Daives de Marcotullio

00:00 / 31 de marzo de 2015

Como consecuencia de lo dicho, inferimos que las tradiciones no son estáticas, están “vivas” por el mismo hecho de ser transmitidas. Sin embargo, Alasdair MacIntyre encuentra que estas disputas son las que alimentan las tradiciones y expresa que “si mi visión de la naturaleza de la tradición es correcta, toda tradición se mantiene y progresa gracias a sus disputas y conflictos internos” (1).

Quiere decir que en algunas ocasiones, por distintos motivos, las tradiciones también se pueden debilitar o, incluso, desaparecer. Para el profesor de la Notre Dame University el destino de una tradición reside en el ejercicio de las virtudes o en la ausencia que se haga de sus prácticas.

Éste nos parece el punto más importante de su teoría y el que ha motivado la escritura de estas páginas, ya que reconocemos como uno de los caminos más difíciles para la construcción de una cultura que tenga por finalidad el bien común como un anhelo de la gran mayoría de los integrantes de la misma.

Al respecto, el autor señala que “las virtudes encuentran su fin y propósito, no solo en mantener las relaciones necesarias para que se logre la multiplicidad de bienes internos a las prácticas y no solo en sostener la forma de vida individual en donde el individuo puede buscar su bien, en tanto que bien de la vida entera, sino también en mantener aquellas tradiciones que proporcionan, tanto a las prácticas como a las vidas individuales, su contexto histórico necesario”.

Y especifica que “la falta de justicia, de veracidad, de valor, la falta de las virtudes intelectuales pertinentes corrompen las tradiciones del mismo modo que a las instituciones y prácticas que derivan su vida de dichas tradiciones, de las que son encarnaciones contemporáneas” (2).

Esta encarnación de la tradición en la vida humana se refiere al modo cómo nuestro razonamiento práctico, a través del juicio, obtiene por conclusión de las premisas la adecuación de los principios más generales establecidos dentro de la tradición, a las situaciones de vida más concretas narradas por sus protagonistas.

El progreso en las tradiciones

En el desarrollo de este tema nos parece importante indagar acerca de si es posible encontrar una tradición cuyo esquema narrativo sea un relato que comprenda las historias de diversas tradiciones rivales, que supere los desacuerdos y logre el acuerdo de criterios mínimos de consenso, que posibilite la elaboración de normas comunes de inteligibilidad y de valoración en función de dichas normas.

Se puede afirmar que, a pesar de los desacuerdos entre las tradiciones de la sociedad contemporánea, los estados a través de sus instituciones contienen cuerpos orgánicos de normas o reglas que regulan la convivencia en sociedad. Son estas disposiciones las que definen la acción recta, lo que es justo y lo que realiza el bien que constituye el fin querido por la comunidad.

Así, toda sociedad política que forma parte de una tradición sostiene un conjunto de creencias y normas determinadas, tiene un conocimiento cabal de lo que es el bien humano, en el cual encuentra su justificación racional. Por lo tanto, toda vez que nos referimos a una comunidad política organizada sobre un ordenamiento de normas que se encuentran justificadas racionalmente, suponemos que en ella existe un sentimiento compartido de la concepción acerca de lo que es el bien humano justificable racionalmente.

En este punto MacIntyre indica que “el juicio de la recta razón que informa semejante deseo se referirá siempre implícita o explícitamente a aquel telos cuya consecución es el bien auténtico que ha de conseguirse para este agente particular en sus circunstancias particulares...” (3).

Precisar en qué consiste la racionalidad práctica es tarea imprescindible para comprender la acción humana en su totalidad, es decir, desde que apetecemos un bien hasta la elaboración del juicio práctico prudente y su relación inmediata con la acción.

Para investigar sobre la racionalidad de una tradición, es menester conocer algo acerca del concepto de su progreso. Este concepto de progreso está vinculado a la comprensión de las epistemologías y las distintas cosmovisiones que determinan cuál es la dinámica que producen los avances o retrocesos científicos en las comunidades.

Resulta oportuno señalar la influencia que en el propio MacIntyre ejercieron autores como Kuhn, al explicar que sucede una situación similar a la que acontece en la ciencia, en las tradiciones que integran una comunidad determinada, cuando luego de alcanzar un periodo de madurez, el conjunto de creencias, instituciones, normas y prácticas comienzan a evidenciar signos de cambio.

Esto sucede por diferentes razones, ya sea porque las instituciones no satisfacen las necesidades de una administración de justicia eficiente y racional, bien porque los textos no resultan suficientes o porque las prácticas no se adecuan a las creencias de manera coherente.

Aparecen así nuevas situaciones que no encuentran dentro de la misma tradición el marco contextual necesario que pueda dar respuesta válida a esas situaciones y justifique racionalmente sus creencias y sus prácticas.

Esta situación lleva a los integrantes de la tradición cuestionada a plantearse interrogantes y elaborar posibles alternativas de respuestas; es así como, a través de su propia creatividad, pueden reformular sus creencias, revalorar sus instituciones y la credibilidad en sus normas y autoridades.

Estas situaciones de “anomalías” –usando terminología kuhneana– se presentan en todas las comunidades; ello obedece a que no existe ninguna tradición que sea absolutamente perfecta. Cuando estas inquietudes o inconvenientes adquieren una entidad tal que se acumulan los fracasos por falta de respuestas, reina la intolerancia y la desobediencia al orden establecido.

Es entonces cuando estamos en presencia de una “crisis” en el modelo de la tradición actual o “paradigma vigente” (4). Aparecen en este momento las rivalidades entre las versiones dentro de una misma tradición o entre diferentes tradiciones.

MacIntyre apunta que hay tres estadios por los que atraviesa una tradición en su etapa inicial de desarrollo, “un primer estado en el que las creencias, los textos y las autoridades relevantes todavía no se han cuestionado; un segundo estado en el que las inadecuaciones de varios tipos han sido identificadas, pero aún no remediadas, y un tercero en el que las respuestas a esas inadecuaciones han resultado en un conjunto de reformulaciones, revaloraciones y nuevas fórmulas y valoraciones diseñadas para remediar las inadecuaciones y para superar las limitaciones” (5).

Es interesante analizar la fuerza que adquieren las reformulaciones de creencias, textos y normas cuando se establece una nueva tradición. Probablemente, ella adviene no solo del hecho de poder dar respuesta satisfactoria a todas las inquietudes que se plantean, sino también por estar relacionadas de alguna manera con lo trascendente.

Cuando las creencias, normas y textos en su nueva reformulación han sido aceptados por todas las personas que integran una tradición, ellos adquieren autoridad suficiente –al modo de una hierofanía–. Adhieren al nuevo modelo al punto que ellos mismos son capaces de cotejar las nuevas creencias con las anteriores y percibir las incoherencias y falta de adecuación entre la realidad y lo expresado por las normas establecidas por la antigua tradición.

Sin embargo, quien formula una hipótesis no sabe aún a ciencia cierta si lo que ella describe se corresponde o no con los hechos. Justamente, uno de los problemas que plantea la investigación científica es decidir con qué procedimientos podemos establecer la verdad o la falsedad de una hipótesis.

En el lenguaje epistemológico contemporáneo se utiliza una terminología específica para designar la correspondencia entre la proposición enunciada entre el juicio y la realidad, la verificación y la refutación o falsación. Así, si queremos señalar que se ha probado una verdad, diremos que el enunciado ha sido verificado; cuando no existe tal adecuación es que el enunciado ha sido refutado o falsado.

Para un sector de los actuales filósofos de la ciencia, las comunidades científicas progresan a medida que se perfecciona el modelo vigente en una determinada tradición; esto se logra con la contrastación de la realidad que se vive en una tradición posterior, con las creencias que formaban parte de la tradición anterior.

Autores como Popper afirman que solo es posible el progreso de las comunidades científicas a partir del error; por lo tanto, cuanto más preguntas y objeciones se realicen dentro del desarrollo de la investigación racional y ellas sean falsadas, significará siempre una probabilidad de acercamiento a la verdad.

Lo cierto es que, como dice MacIntyre, “...a pesar de lo fina que sea la investigación, de la cantidad de evidencia que se proporcione o de los desarrollos en la investigación racional que puedan ocurrir, la prueba para la verdad en el presente, entonces, consiste siempre en provocar cuantas más preguntas y cuantas más objeciones de la mayor fuerza posible; lo que con justicia podría considerarse verdadero es lo que haya aguantado suficientemente la interrogación dialéctica y la confrontación con las objeciones” (6).

En la opinión de este autor, el progreso de una tradición adquiere su pleno desarrollo y su madurez intelectual cuando se conjuga una serie de situaciones.

Para ello, es menester alcanzar una forma de investigación de tal entidad que en ella se encuentren perfectamente definidos sus métodos y el estilo apropiado para la investigación científica. El progreso de una tradición habrá llegado cuando se haya superado los desacuerdos acerca del lenguaje y su significado; cuando se logre el concepto de verdad como adecuación de la mente con la realidad, en fin, cuando se haya elaborado una teoría central y fundamental que dé unidad a todo el pensamiento de la tradición.

Dentro de esa tradición es fundamental la elaboración teórica que se construya, ya que todos los elementos que la integran tienen que mantener una coherencia y referencia semántica. Una vez elaborado el conjunto de teorías que integran una tradición, es preciso contar con la consecuente justificación racional de las mismas.

La justificación de las teorías se obtiene a partir de los elementos históricos; en este caso, será determinante el modo cómo se hayan defendido las creencias, textos y normas dentro de la tradición, respecto de otras anteriores o de la que le precediera. Cada tradición buscará justificar sus teorías a ultranza y, al final, existirán versiones históricas dentro de una misma tradición e, inclusive, siendo algunas rivales entre sí.

Las crisis epistemológicas de las tradiciones

Una tradición obtiene madurez cuando alcanza un grado de respuestas tal que satisface a todas las inquietudes que se plantean por parte de los integrantes de la misma. Al respecto MacIntyre explica que “....en la manera en que los seguidores de una tradición responden a tales ocurrencias y en el éxito o el fracaso que resulta de su respuesta, las tradiciones logran o no la madurez intelectual. Este tipo de ocurrencia es la que he llamado en otros lugares una ‘crisis epistemológica’” (7).

El motivo fundamental por el que una tradición entra en crisis, es la situación de impotencia en la que se encuentra el ordenamiento institucional para dar respuesta a los conflictos que se plantea. En los primeros momentos hay un cierto grado de insatisfacción que se manifiesta a través de cuestionamientos que surgen en la historia de la comunidad.

Cuando los inconvenientes que se suscitan alcanzan un alto grado de envergadura, terminan por enfrentarse con lo dispuesto por el modelo teórico de la tradición. En tales supuestos, el conflicto no puede ser superado –mucho menos resuelto racionalmente–, así comienzan a sumarse los fracasos, lo que desemboca en el estallido de la crisis.

Durante el periodo de crisis se ensaya nuevas soluciones, distintas alternativas; en función de ello comienzan los debates desde las diferentes versiones o narraciones –que en muchos casos se manifiestan como rivales–, intentando cada una de ellas imponerse sobre las otras.

Finalmente, la solución de la crisis adviene cuando una de las versiones logra reformular una teoría, cuyos principios fundamentales se encuentran representados en nuevos conceptos. Sin embargo, para que se constituya en una verdadera solución, es preciso que esta nueva formulación pueda dar respuesta a todos los problemas que se planteen y guarde relación de coherencia con todos los demás principios contenidos en la estructura teórica de la tradición.

La nueva versión de la tradición deberá también explicar cuáles son las causas por las que era imposible guardar coherencia entre los principios y las prácticas sustentados anteriormente y de qué manera ahora, en esta nueva reformulación, las creencias y normas encuentran no solo su respuesta, sino coherencia y completitud dentro de la nueva estructura teórica.

Cabe dejar aclarado que las crisis epistemológicas no siempre son resueltas con éxito, de hecho, muchas veces constituyen en sí mismas un fracaso y deben plantearse nuevas alternativas que pretendan dar respuestas a ese estado de incoherencia reinante.

Cabe formular la pregunta en torno a cuál es el efecto que se produce una vez superada la llamada “crisis epistemológica” con éxito. El propio MacIntyre dice que “el haber superado una crisis epistemológica capacita a los seguidores de una tradición de investigación a reescribir su historia de una manera más significativa. Y semejante historia de una tradición particular proporciona no solo un modo de identificar las continuidades en virtud de las cuales esa tradición de investigación ha sobrevivido y ha florecido como una y la misma tradición, sino también una manera de identificar con mayor exactitud esa estructura de justificación que subyace a cualquier pretensión de validez para sus afirmaciones” (8).

Cuando se supera con éxito una crisis epistemológica, la tradición establece una nueva visión acerca de lo que es verdadero, válido en todo tiempo y lugar. Al mismo tiempo se otorga validez a los principios y creencias dentro de la nueva tradición. Los integrantes de la tradición triunfadora comprenden las creencias que antes les resultaban extrañas y, al encarnarse en ellas, hablan su propio lenguaje.

Sin intención de sobreestimar el papel del lenguaje, hay que destacar que éste es la herramienta imprescindible para “habitar” una nueva tradición.

La nueva versión de la tradición –al modo de un paradigma vencedor kuhneano– instala en la comunidad un tipo de relato especial respecto del razonamiento práctico y de la justicia, que se formula en contextos conceptuales muy diferentes a los de la tradición superada.

Las personas adquieren la posibilidad de “inculturarse” en la nueva tradición instalada y comprender los hechos propios de la nueva cultura, inclusive los relatos y las traducciones de los textos pasados. La relación de esta nueva versión de la tradición no puede medirse con respecto a la anterior para evaluar en qué medida ella es mejor o superior, ya que poseen la característica de ser inconmensurables e intraducibles.

Esto significa que cada versión de la tradición tiene sus propios esquemas estructurales con respecto a sus teorías que los hacen ser sencillamente diferentes; son una especie de weltanschauung (osmovisión o visión del mundo) de una misma cuestión; esto es así debido a que no existen parámetros para comparar las versiones rivales dentro de una misma tradición o entre tradiciones diferentes, ya que ellas son incompatibles e inconmensurables.

La racionalidad en las tradiciones

Cuando expresamos que las tradiciones adquieren el carácter de inconmensurables e incompatibles, nos cuestionamos si será posible –es el gran anhelo– encontrar una tradición que supere las antinomias entre las múltiples versiones rivales. La respuesta nos remite a un punto ineludible y específico que es la racionalidad, ya que solo a través de ella podremos encontrar la comunión en el diálogo entre las creencias que conforman las tradiciones,

El primer paso en el camino a la racionalidad es considerar el reconocimiento –por parte de las personas que integran la actual tradición– de la superioridad de ésta respecto de las anteriores en cuanto al concepto de verdad.

Al respecto, MacIntyre aclara que “el adoptar realmente la postura de una tradición compromete a uno con su visión de lo verdadero y de lo falso, y al comprometerle así le prohíbe adoptar cualquier otra postura rival” (9).

Dicho reconocimiento debe llevar implícito un acuerdo sobre diversos temas; entre las más importantes cuestiones sobre las cuales hay que acordar, se encuentran las referidas a los conceptos y sus significados, la importancia que se asigne al lenguaje y los métodos a través de los cuales se desarrollarán las investigaciones filosóficas.

De esta manera será posible determinar un concepto acerca de la justicia, qué se entiende por ella y cuál es su racionalidad práctica. Será imprescindible para ello “hablar un mismo lenguaje”, o sea, atribuir un mismo significado al nombrar los términos de modo que sea una carta de identidad para quienes compartan una misma creencia, una misma tradición.

El lugar que se asigne al lenguaje es de suma importancia, ya que detrás de los nombres que usamos para designar los términos se encuentra la historia de quienes integran la tradición que representan. La prioridad que se conceda al lenguaje debe ser asumida dentro de un determinado contexto, ya que, como señala MacIntyre, “de esta forma, un tipo de texto que no puede leerse como el texto que es, fuera del contexto, no obstante, se queda sin contexto. Pero, al dejarlo así se convierte en un texto que ya no es del autor ni algo que pueda ser reconocido por el público al que se dirigió” (10).

La interpretación de lo que se dice y cómo se lo dice por parte de quienes habitaban dentro de una tradición y ahora integran la nueva, se relaciona con lo que el catedrático expresa en términos de tradición y traducción.

El relato de una tradición comienza por la investigación de un pasado que corresponde a una sociedad determinada, en un tiempo también deter- minado, dentro de cuyo contexto se explica la adhesión presente a esa tradición.

Cuando la narración es expresada dentro de una nueva comunidad, es imprescindible que el lenguaje utilizado para comunicarlo sea un lenguaje que, si bien no será exactamente igual al que le dio origen, deberá, sin embargo, guardar el espíritu del mismo, de tal modo que se pueda reconocer en él al lenguaje originario.

Creemos que esta no es una tarea fácil y, por ese motivo, se justifica la enorme importancia que nuestro autor asigna a la traducción de las tradiciones. Ello no implica caer en el error de posicionar a la semántica en un lugar tan privilegiado que llegue a desplazar a la mismísima epistemología del lugar central que le corresponde en toda cuestión.

Una vez interpretadas las creencias de una tradición así conformada –expresada en un lenguaje actual que represente de modo fiel el significado del lenguaje originario–, las diferencias entre las tradiciones rivales podrán resolverse de manera racional.

Porque, a decir de MacIntyre, “justificar significa narrar el argumento” y si la narración ha sido traducida siguiendo estos mecanismos de respeto hacia los autores de las diferentes tradiciones, la tarea de justificación racional puede realizarse con éxito.

Este acuerdo permitirá la coexistencia con “las atribuciones, de grupos socialmente opuestos, a conjuntos rivales y conflictivos de convicciones no apoyados por una justificación racional” (11).

Continuará

Notas

1. MACINTYRE, Alasdair: Tras la Virtud, pág. 319.

2. Ídem, pág. 274.

3. MACINTYRE, Alasdair: Tres versiones rivales de la ética. Madrid, Ediciones Rialp, SA, 1992, pág. 93.

4. Kuhn aclara en la posdata de su obra dos conceptos del término paradigma y dice: “Me he valido del término ‘paradigma’ en dos sentidos distintos. Por una parte, significa toda la constelación de creencias, valores, técnicas, etc., que comparten los miembros de una comunidad dada. Por otra parte, denota una especie de elemento de tal constelación, las concretas soluciones de problemas que, empleadas como modelos o ejemplos, pueden reemplazar reglas explícitas como base de la solución de los restantes problemas de la ciencia normal. .... al menos en el aspecto filosófico, este segundo sentido de ‘paradigma’ es el más profundo de los dos...” KUHN, T. S.: La estructura de las Revoluciones Científicas. México, Ed. Fondo de Cultura Económica, 1999, pág. 269.

5. MACINTYRE, Alasdair: Justicia y Racionalidad , pág. 338.

6. Ídem, pág. 340.

7. Ídem, pág. 343.

8. Ídem, pág. 344.

9. Ídem, pág. 347.

10. Ídem, pág. 364.

11. Ídem, pág. 23

Es abogada, postgraduada y docente argentina.

Texto de la XVII Jornadas Argentinas de Filosofía Jurídica y Social, ciudad de Córdoba, Argentina, 30 y 31 de octubre y 1 de noviembre de 2003.

Tomado de: enj.org

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