La Gaceta Jurídica

Jueces y racionalidad

(Parte II)

Foto: prometheuschannel.blogspot.com

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La Gaceta Jurídica / Graciela Daives de Marcotullio

00:00 / 02 de abril de 2013

Narraciones y Tradiciones

Una cuestión fundamental en este análisis consiste en analizar el concepto de lo que MacIntyre denomina la razón narrativa, que no es otra cosa que la posibilidad que tiene el ser humano de comunicarse por medio del lenguaje, el gran instrumento que le permite encarnarse en una vida única.

Es preciso destacar la importancia que tiene la razón narrativa, ya que es el medio a través del cual el hombre relata su historia. En palabras de MacIntyre, “el hombre, tanto en sus acciones como en sus prácticas, como en sus ficciones, es esencialmente un animal que cuenta historias” (1). Y, al mismo tiempo que va narrando sus historias, estos relatos acerca de sus prácticas se vuelven inteligibles porque se realizan dentro del marco de una narración.

Una característica fundamental de la narración consiste en el modo cómo se relatan las prácticas o acciones de las personas a través de las descripciones de las circunstancias, creencias, objetos u otras situaciones que quedan subordinadas al relato que efectúa el ser humano a través del lenguaje.

En la narración no se trata solamente de un tipo de discurso o de una determinada configuración de los textos, sino de un modo particular de organizar el pensamiento y el conocimiento.

Así, a medida que vamos desplegando nuestra conducta, componemos relatos que dan cuenta de la visión particular del mundo que compartimos con otros; nos movemos dentro de un ambiente de comprensión que expresamos de diversas maneras.

La expresión se logra a través de los signos y símbolos con los que se manifiesta nuestra cultura. De esa manera, narramos quiénes somos, en qué creemos, qué hacemos, por qué hacemos lo que hacemos y hacia dónde vamos; en definitiva, expresamos de algun modo cuál es el telos que da sentido a nuestra existencia.

Como dice MacIntyre, “el verdadero género al que pertenece la vida nunca es la hagiografía ni la saga, sino la tragedia” (2).

Las particularidades de los relatos del hombre son epifanías de lo ordinario a través de las cuales se manifiestan las tramas más profundas que dan sentido a nuestras vidas, tramas narrativas que nos atraviesan, por medio de las cuales el ser humano protagoniza invariablemente, no sólo el rol que le cabe como actor dentro de ella, sino también como guionista de esas narraciones.

Este protagonismo que tenemos los seres humanos –aún sin tomar pleno conocimiento de ello– es que nos hemos constituido en uno de los pilares de una tradición; somos uno de sus engranajes, ya que todo tipo de razonamiento que hagamos tendrá lugar dentro del contexto específico de una tradición, la cual servirá de marco a ese modo de pensar y discernir los bienes que se persiguen.

El bien perseguido por una tradición abarca, por lo general, varias generaciones. Allí radica la importancia en la determinación del bien del individuo, no sólo para sí, sino también en tanto que formando parte de una comunidad, ya que las prácticas de las virtudes irán generando historias narradas que se harán inteligibles y comunicables a través de las tradiciones.

Como consecuencia de lo dicho, inferimos que las tradiciones no son estáticas, están “vivas” por el mismo hecho de ser transmitidas. Sin embargo, encuentra MacIntyre que estas disputas son las que alimentan las tradiciones y así, expresa que: “si mi visión de la naturaleza de la tradición es correcta, toda tradición se mantiene y progresa gracias a sus disputas y conflictos internos” (3).

Quiere decir, entonces, que en algunas ocasiones, por distintos motivos, las tradiciones también se pueden debilitar o llegar incluso a desaparecer. Para el profesor de Notre Dame University, el destino de una tradición reside en el ejercicio de las virtudes o en la ausencia que se haga de sus prácticas.

Éste nos parece el punto más importante de su teoría y el que ha motivado la escritura de estas páginas, ya que reconocemos como uno de los caminos más difíciles para la construcción de una cultura que tenga por finalidad el bien común como un anhelo de la gran mayoría de los integrantes de la misma.

Al respecto, el autor señala que “las virtudes encuentran su fin y propósito, no sólo en mantener las relaciones necesarias para que se logre la multiplicidad de bienes internos a las prácticas y no sólo en sostener la forma de vida individual en donde el individuo puede buscar su bien, en tanto que bien de la vida entera, sino también en mantener aquellas tradiciones que proporcionan, tanto a las prácticas como a las vidas individuales, su contexto histórico necesario”.

Continua señalando que “la falta de justicia, de veracidad, de valor, la falta de las virtudes intelectuales pertinentes, corrompen las tradiciones del mismo modo que a las instituciones y prácticas que derivan su vida de dichas tradiciones, de las que son encarnaciones contemporáneas” (4).

Esta encarnación de la tradición en la vida humana se refiere al modo cómo nuestro razonamiento práctico, a través del juicio, obtiene por conclusión de las premisas la adecuación de los principios más generales establecidos dentro de la tradición, a las situaciones de vida más concretas narradas por sus protagonistas.

El progreso en las tradiciones

En el desarrollo de este tema nos parece importante indagar acerca de si es posible encontrar una tradición cuyo esquema narrativo sea un relato que comprenda las historias de diversas tradiciones rivales, que supere los desacuerdos y logre el acuerdo de criterios mínimos de consenso que posibiliten la elaboración de normas comunes de inteligibilidad y de valoración en función de dichas normas.

Se puede afirmar que, a pesar de los desacuerdos existentes entre las distintas tradiciones que integran la sociedad contemporánea, los estados, a través de sus instituciones, contienen cuerpos orgánicos de normas o reglas que regulan la convivencia en la sociedad. Son precisamente estas disposiciones las que definen la acción recta, lo que es justo y lo que realiza el bien que constituye el fin querido por la comunidad.

Así, toda sociedad política que forma parte de una tradición sostiene un conjunto de creencias y normas determinadas, y tiene un conocimiento cabal de lo que es el bien humano, en el cual encuentra su justificación racional. Por lo tanto, toda vez que nos referimos a una comunidad política organizada sobre un ordenamiento de normas que se encuentran justificadas racionalmente, suponemos que en ella existe un sentimiento compartido de la concepción acerca de lo que es el bien humano justificable racionalmente.

En este punto MacIntyre señala que “el juicio de la recta razón que informa semejante deseo se referirá siempre implícita o explícitamente a aquel telos cuya consecución es el bien auténtico que ha de conseguirse para este agente particular en sus circunstancias particulares...” (5).

Precisar en qué consiste la racionalidad práctica es tarea imprescindible para comprender la acción humana en su totalidad, es decir, desde que apetecemos un bien, hasta la elaboración del juicio práctico prudente y su relación inmediata con la acción.

Para investigar sobre la racionalidad de una tradición, es menester conocer algo acerca del concepto de su progreso. Este concepto de progreso está vinculado a la comprensión de las epistemologías y las distintas cosmovisiones que determinan cuál es la dinámica que producen los avances o retrocesos científicos en las comunidades.

Resulta oportuno señalar la influencia que en el propio MacIntyre ejercieran autores como Kuhn, al explicar que sucede una situación similar a la que acontece en la ciencia, en las tradiciones que integran una comunidad determinada, cuando, luego de alcanzar un cierto periodo de madurez, el conjunto de creencias, instituciones, normas y prácticas comienza a evidenciar signos de cambio.

Esto sucede por diferentes razones, ya sea porque las instituciones no satisfacen las necesidades de una administración de justicia eficiente y racional, porque los textos no resultan suficientes o porque las prácticas no se adecuan a las creencias de manera coherente. Aparecen así, nuevas situaciones que no encuentran dentro de la misma tradición el marco contextual necesario que pueda dar respuesta válida a esas situaciones y justifique racionalmente sus creencias y sus prácticas.

Esta situación lleva a los integrantes de la tradición cuestionada a plantearse interrogantes y elaborar posibles alternativas de respuestas; es así como, a través de su propia creatividad, pueden efectuar la reformulación de sus creencias, la revalorización de sus instituciones y la credibilidad en sus normas y autoridades.

Estas situaciones de “anomalías” --usando terminología kuhneana-- se presentan en todas las comunidades; ello obedece a que no existe ninguna tradición que sea absolutamente perfecta.

Cuando estas inquietudes o inconvenientes adquieren una entidad tal que se acumulan los fracasos por falta de respuestas, reina la intolerancia y la desobediencia al orden establecido.Es entonces cuando estamos en presencia de una “crisis” en el modelo de la tradición actual o “paradigma vigente” (6). Aparecen en este momento las rivalidades entre las diferentes versiones dentro de una misma tradición o bien entre diferentes tradiciones entre sí.

Señala MacIntyre que hay tres ciclos por los que atraviesa una tradición en su etapa inicial de desarrollo: “Un primer estado en el que las creencias, los textos y las autoridades relevantes todavía no se han cuestionado; un segundo estado en el que las inadecuaciones de varios tipos han sido identificadas, pero aún no remediadas, y un tercero en el que las respuestas a esas inadecuaciones han resultado en un conjunto de reformulaciones, revaloraciones y nuevas fórmulas y valoraciones diseñadas para remediar las inadecuaciones y para superar las limitaciones” (7).

Resulta interesante analizar la fuerza que adquieren las reformulaciones de creencias, textos y normas cuando se establece una nueva tradición. Probablemente ella adviene no solamente del hecho de poder dar respuesta satisfactoria a todas las inquietudes que se plantean, sino también por estar relacionada de alguna manera con lo trascendente.

Cuando las creencias, normas y textos en su nueva reformulación han sido aceptados por todas las personas que integran una tradición, ellos adquieren autoridad suficiente –al modo de una hierofanía–. Adhieren al nuevo modelo de tal modo al punto que ellos mismos son capaces de cotejar estas nuevas creencias con las anteriores y percibir las incoherencias y falta de adecuación entre la realidad y lo expresado por las normas establecidas por la antigua tradición.

Sin embargo, quien formula una hipótesis no sabe todavía a ciencia cierta si lo que ella describe se corresponde o no con los hechos. Justamente, uno de los problemas que plantea la investigación científica es decidir con qué procedimientos podemos establecer la verdad o la falsedad de una hipótesis.

En el lenguaje epistemológico contemporáneo se utiliza una terminología específica para designar la correspondencia entre la proposición enunciada entre el juicio y la realidad, la verificación y la refutación o falsación. Así, si queremos señalar que se ha probado una verdad, diremos que el enunciado ha sido verificado; y cuando no existe tal adecuación, es que el enunciado ha sido refutado o falsado.

Para un sector de los actuales filósofos de la ciencia, las comunidades científicas progresan a medida que se va perfeccionando el modelo vigente en una determinada tradición; esto se logra por medio de la contrastación de la realidad que se vive en una tradición posterior, con las creencias que formaban parte de la tradición anterior.

Otros autores, como Popper, afirman que sólo es posible el progreso de las comunidades científicas a partir del error; por lo tanto, cuanto más preguntas y objeciones se realicen dentro del desarrollo de la investigación racional y ellas puedan ser falsadas, significará siempre una probabilidad de acercamiento a la verdad.

Lo cierto es que, como señala MacIntyre, “...a pesar de lo fina que sea la investigación, de la cantidad de evidencia que se proporcione o de los desarrollos en la investigación racional que puedan ocurrir, la prueba para la verdad en el presente, entonces, consiste siempre en provocar cuantas más preguntas y cuantas más objeciones de la mayor fuerza posible; lo que con justicia podría considerarse verdadero es lo que haya aguantado suficientemente la interrogación dialéctica y la confrontación con las objeciones” (8).

En la opinión de este autor, el progreso de una tradición adquiere su pleno desarrollo y su madurez intelectual cuando se conjuga una serie de situaciones.

Para ello, es menester alcanzar una forma de investigación de tal entidad que en ella se encuentren perfectamente definidos sus métodos y el estilo apropiado para la investigación científica. El progreso de una tradición habrá llegado cuando se haya superado los desacuerdos acerca del lenguaje y su significado; cuando se logre el concepto de verdad como adecuación de la mente con la realidad, en fin, cuando se haya elaborado una teoría central y fundamental que dé unidad a todo el pensamiento de la tradición.

Dentro de esa tradición es fundamental la elaboración teórica que se construya, ya que todos los elementos que la integran tienen que mantener una coherencia y referencia semántica.

Una vez elaborado el conjunto de teorías que integran una tradición, es preciso contar con la consecuente justificación racional de las mismas. La justificación de las teorías se obtiene a partir de los elementos históricos; en este caso, será determinante el modo como se haya defendido las creencias, textos y normas dentro de la tradición, respecto de otras anteriores o de la que le precediera. Cada tradición buscará justificar sus teorías a ultranza y al final existirán diferentes versiones históricas dentro de una misma tradición e inclusive, siendo algunas rivales entre sí.

Una tradición obtiene madurez cuando alcanza un grado de respuestas tal que satisface todas las inquietudes que se plantean por parte de los integrantes de la misma. Al respecto, MacIntyre señala que, “....en la manera en que los seguidores de una tradición responden a tales ocurrencias y en el éxito o el fracaso que resulta de su respuesta, las tradiciones logran o no la madurez intelectual. Este tipo de ocurrencia es la que he llamado en otros lugares ‘crisis epistemológica’” (9).

El motivo fundamental por el que una tradición entra en crisis es la situación de impotencia en la que se encuentra el ordenamiento institucional para dar respuesta a los conflictos que se plantean. En los primeros momentos hay un grado de insatisfacción y éste se manifiesta a través de ciertos cuestionamientos que surgen en la historia de la comunidad.

Cuando los inconvenientes que se suscitan alcanzan un alto grado de envergadura, que terminan por enfrentarse con lo dispuesto por el modelo teórico de la tradición. En tales supuestos el conflicto no se puede superar –mucho menos resolver racionalmente– y así comienzan a sumarse los fracasos que desemboca en el estallido de la crisis.

Durante el periodo de crisis se ensaya nuevas soluciones, distintas alternativas; en función de ello comienzan los debates desde las diferentes versiones o narraciones –que en muchos casos se manifiestan como rivales–, intentando cada una de ellas imponerse sobre las otras.

Finalmente, la solución de la crisis adviene cuando una de las versiones logra reformular una teoría, cuyos principios fundamentales se encuentran representados en nuevos conceptos. Sin embargo, para que se constituya en una verdadera solución, es preciso que esta nueva formulación pueda dar respuesta a todos los problemas que se planteen y guarde relación de coherencia con todos los demás principios contenidos en la estructura teórica de la tradición.

La nueva versión de la tradición deberá también, explicar cuáles son las causas por las cuales era imposible guardar coherencia entre los principios y las prácticas sustentados anteriormente y de qué manera, en esta nueva reformulación, todas las creencias y normas encuentran no sólo su respuesta, sino también coherencia y completitud dentro de la nueva estructura teórica. Cabe dejar aclarado que las crisis epistemológicas no siempre se resuelven con éxito, de hecho, muchas veces constituyen en sí mismas un fracaso y deben plantearse nuevas alternativas que pretendan dar respuestas a ese estado de incoherencia reinante.

Cabe formular la pregunta en torno a cuál es el efecto que se produce una vez superada la “crisis epistemológica” con éxito. El propio MacIntyre dice que “el haber superado una crisis epistemológica capacita a los seguidores de una tradición de investigación a reescribir su historia de una manera más significativa. Semejante historia de una tradición particular proporciona no sólo un modo de identificar las continuidades en virtud de las cuales esa tradición de investigación ha sobrevivido y ha florecido como una y la misma tradición, sino también una manera de identificar con mayor exactitud esa estructura de justificación que subyace a cualquier pretensión de validez para sus afirmaciones” (10).

Cuando se supera con éxito una crisis epistemológica, la tradición establece una nueva visión acerca de lo que es verdadero, válido en todo tiempo y lugar. Al mismo tiempo, se otorga validez a los principios y creencias dentro de la nueva tradición. Los integrantes de la tradición triunfadora comprenden ahora aquellas creencias que antes le resultaban extrañas y al encarnarse en ella, hablan su propio lenguaje. Sin intención de sobreestimar el papel que desempeña el lenguaje, hay que destacar que el mismo resulta ser la herramienta imprescindible para “habitar” una nueva tradición.

Es así como la nueva versión de la tradición vigente –a modo de un paradigma vencedor kuhneano– instala en la comunidad un tipo de relato especial respecto del razonamiento práctico y de la justicia, que se formula en contextos conceptuales muy diferentes a los de la tradición superada.

Las personas adquieren la posibilidad de “enculturarse” en la nueva tradición instalada y comprender todos los hechos propios de la nueva cultura, inclusive los relatos y las traducciones de los textos pasados.

La relación de esta nueva versión de la tradición no puede medirse con respecto a la anterior para evaluar en qué medida ella es mejor o superior, ya que poseen la característica de ser inconmensurables e intraducibles.

Esto significa que cada versión de la tradición tiene sus propios esquemas estructurales respecto a sus teorías que los hacen ser sencillamente diferentes; son una especie de weltanschaaung de una misma cuestión; ello es así debido a que no existen parámetros para comparar las versiones rivales dentro de una misma tradición o entre tradiciones diferentes, ya que ellas son simplemente incompatibles e inconmensurables.

Continuará

Notas:

1. MACINTYRE, Alasdair. Tras la virtud, pág. 262.

2. MACINTYRE, Alasdair. Tras la virtud, pág. 262.

3. MACINTYRE, Alasdair. Tras la virtud, pág. 319.

4. Ídem, pág. 274.

5. MACINTYRE, Alasdair. Tres versiones rivales de la ética. Madrid, Ediciones Rialp, SA, 1992, pág. 93.

6. Kuhn aclara en la posdata de su obra dos conceptos del término paradigma y dice: “Me he valido del término “paradigma” en dos sentidos distintos. Por una parte, significa toda la constelación de creencias, valores, técnicas, etc. que comparten los miembros de una comunidad dada. Por otra parte, denota una especie de elemento de tal constelación, las concretas soluciones de problemas que, empleadas como modelos o ejemplos, pueden reemplazar reglas explícitas como base de la solución de los restantes problemas de la ciencia normal..., al menos en el aspecto filosófico, este segundo sentido de “paradigma” es el más profundo de los dos...” KUHN, T. S. La estructura de las Revoluciones Científicas. México, Ed. Fondo de Cultura Económica, 1999, pág. 269.

7. MACINTYRE, Alasdair. Justicia y Racionalidad, pág. 338.

8. MACINTYRE, Alasdair. Justicia y Racionalidad, pág. 340.

9. MACINTYRE, Alasdair. Justicia y Racionalidad, pág. 343

10. MACINTYRE, Alasdair. Justicia y Racionalidad, pág. 344.

Es abogada argentina. Ponencia para las XVII Jornadas Argentinas de Filosofía Jurídica y Social, Córdoba, 30 y 31 de octubre y 1 de noviembre de 2003.

Tomado de: enj.org

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