La Gaceta Jurídica

Jueces y racionalidad

(Parte III)

Foto: culture.gouv.fr

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La Gaceta Jurídica / Graciela Daives de Marcotullio

00:00 / 05 de abril de 2013

La racionalidad en las tradiciones

Cuando expresamos que las tradiciones adquieren el carácter de inconmensurables e incompatibles, nos cuestionamos seriamente si será posible –es el gran anhelo– encontrar de una vez una tradición que supere las antinomias entre las múltiples versiones rivales.

La respuesta nos remite a un punto ineludible y específico: la racionalidad, ya que sólo a través de ella podremos encontrar la comunión en el diálogo entre las diferentes creencias que conforman las tradiciones,

El primer paso a transitar el camino hacia la racionalidad, será considerar el reconocimiento –por parte de las personas que integran la actual tradición– de la superioridad de ésta respecto de las anteriores en cuanto al concepto de verdad.

Al respecto, MacIntyre aclara que “el adoptar realmente la postura de una tradición le compromete a uno con su visión de lo verdadero y de lo falso y, al comprometerle así, le prohíbe adoptar cualquier otra postura rival” (1).

Dicho reconocimiento debe llevar implícito un acuerdo sobre diversos temas; entre las cuestiones más importantes para acordar se encuentran las referidas a los conceptos y sus significados, la importancia que se asigne al lenguaje y los métodos a través de los cuales se desarrollarán las investigaciones filosóficas.

De esta manera será posible determinar un concepto acerca de la justicia, qué se entiende por ella y cuál sea su racionalidad práctica. Será imprescindible para ello “hablar un mismo lenguaje”, atribuir un mismo significado al nombrar los términos, de modo que sea una carta de identidad para quienes compartan una misma creencia, una misma tradición.

El lugar que se asigne al lenguaje es de suma importancia, ya que detrás de los nombres que usamos para designar los términos se encuentra la historia de quienes integran la tradición que representan. La prioridad que se conceda al lenguaje debe ser asumida dentro de un determinado contexto, ya que, dice MacIntyre, “de esta forma, un tipo de texto que no puede leerse como el texto que es, fuera del contexto, no obstante, se queda sin contexto. Pero al dejarlo así se convierte en un texto que ya no es del autor ni algo que pueda ser reconocido por el público al que se dirigió” (2).

La interpretación de lo que se dice y cómo se lo dice por parte de quienes habitaban dentro de una tradición y ahora integran la nueva, se relaciona con lo que el catedrático expresa en términos de tradición y traducción. El relato de una tradición comienza por la investigación de un pasado que corresponde a una sociedad determinada, en un tiempo determinado, dentro de cuyo contexto se explica la adhesión presente a esa tradición.

Cuando la narración se expresa dentro de una nueva comunidad, es imprescindible que el utilizado para comunicarlo sea un lenguaje que, si bien no será exactamente igual al que le dio origen, deberá guardar el espíritu del mismo, de tal modo que se pueda reconocer en él al lenguaje originario.

Creemos que esta no es tarea fácil y por ese motivo se justifica la enorme importancia que nuestro autor asigna a la traducción de las tradiciones. Ello no implica caer en el error de posicionar a la semántica en lugar tan privilegiado que desplace a la mismísima epistemología del lugar central que le corresponde en todo.

Una vez interpretadas las creencias de una tradición así conformada --expresadas en un lenguaje actual que represente de modo fiel el significado del lenguaje originario--, las diferencias entre las tradiciones rivales podrán resolverse de manera racional. Porque, a decir de MacIntyre, “justificar significa narrar el argumento” y si la narración ha sido traducida siguiendo estos mecanismos de respeto hacia los autores de las diferentes tradiciones, la tarea de justificación racional puede realizarse con éxito.

Este acuerdo permitirá la coexistencia con “las atribuciones, de grupos socialmente opuestos, a conjuntos rivales y conflictivos de convicciones no apoyados por una justificación racional” (3).

La racionalidad en el derecho

El concepto de justicia –relacionado directamente con el concepto de bien–, constituye la razón suficiente por la cual se establece un criterio de valoración de las acciones y de las instituciones de una comunidad. Qué es racional, o qué es bueno para quienes se encuentran en ella, se determina como consecuencia. Pero es imprescindible lograr consenso acerca de los fines que se consideran buenos.

Esto es importante ya que, como enseña Aristóteles, “en los asuntos que son importantes se acude a los demás para deliberar, porque no confiamos en nosotros mismos para decidir entre las distintas alternativas” (4). Lo que es racional para uno es racional para todos, solo así es verdaderamente racional.

De este principio aristotélico se desprende que los miembros de una comunidad se necesitan mutuamente. Por lo tanto, el razonamiento práctico es un razonamiento que se realiza junto a otros, dentro de un determinado conjunto de relaciones sociales.

Aunque es conveniente dejar aclarado que ello no implica renunciar a los objetivos que se proponen individualmente los integrantes de una comunidad. Rawls señala que “...es racional que los miembros de una sociedad bien ordenada deseen que sus proyectos sean diferentes. …Los seres humanos tenemos facultades y capacidades, cuya totalidad es irrealizable por parte de una sola persona o grupo. Así no sólo nos beneficiamos del carácter complementario de nuestras inclinaciones desarrolladas, sino que nos complacemos en nuestras respectivas actividades” (5).

En este sentido, MacIntyre enseña que “una comunidad florece... cuando las actividades de sus miembros que buscan el bien común están moldeadas por la racionalidad práctica. También se benefician del florecimiento de la comunidad los individuos con una menor capacidad para el razonamiento práctico independiente... y su florecimiento individual es un indicio importante del florecimiento de toda la comunidad” (6).

Conforme a las precisiones formuladas y trasladándonos al campo jurídico, establecer lo que es justo y recto en el obrar humano supone el reconocimiento de los principios éticos del obrar. Una vez realizado el razonamiento deliberativo acerca de los medios más adecuados para el logro de los fines propuestos, se determina cuál es la norma aplicable al caso concreto. La norma de aplicación constituye la conclusión del razonamiento prudencial.

En esta forma es interesante el aporte de Kalinowsky cuando expresa que “una proposición es tenida por racionalmente justificada cuando es la conclusión de una inferencia formalmente correcta y materialmente verdadera, probable o válida, según el caso” (7). Así, la conclusión constituye el juicio práctico que determina lo suyo de cada uno en la conducta sometida a su jurisdicción.

En el ámbito jurídico ésta es una cuestión importante, ya que el proceso mental en el intelecto del juez que resuelve la causa se ve exteriorizado en la fundamentación de la sentencia. Al respecto, Olsen Ghirardi señala que “ocurre que en la expresión de lo pensado no están implicados solamente los aspectos gramaticales, no sólo los de sentido, no sólo los de valoración, sino también los lógicos que, de alguna manera, denuncian los costados formales e instrumentales del razonamiento” (8).

En esta línea, MacIntyre reflexiona que “la conclusión de un razonamiento práctico, sólido y eficaz, es la realización de una acción: aquélla que resulta ser lo mejor que puede hacer un agente concreto en circunstancias determinadas...” y, continúa, “...El razonamiento que conduce a la acción ha de comenzar con premisas sobre los bienes que están en juego en una situación concreta, así como los daños y riesgos que los amenazan. Identificar en la práctica los bienes que están en juego en una u otra situación y hallar en esos bienes premisas para un razonamiento cuya conclusión será la realización de una acción justa, supone poner de manifiesto el tipo de actitud que caracteriza a las virtudes...” (9).

En la esfera del derecho, el razonamiento deliberativo adquiere enorme importancia, ya que, en general, la persona, pero especialmente quien se encuentra dedicado profesionalmente al derecho, debe ejercitarlo recurriendo a estas virtudes, como el medio más efectivo para conocer lo justo concreto y dirigir la conducta a la realización del iustum.

Continuará

Notas

1. MACINTYRE, Alasdair. Justicia y Racionalidad, ob.cit., pág. 347.

2. Ídem, pág. 364.

3. Ídem, pág. 23.

4. ARISTÓTELES: Etica a Nicómaco, 1144a, 31-34

5. RAWLS, John: Teoría de la Justicia. Buenos Aires, Ed. Fondo de Cultura Económica, 1993, pág. 495.

6. MACINTYRE, Alasdair: Animales racionales y dependientes, ob. cit. pág. 129.

7. KALINOWSKY, Georges: Concepto, fundamento y concreción del derecho. ob. cit. Pág. 85

8. GHIRARDI, Olsen A.: Introducción al razonamiento forense. Buenos Aires, Editorial Dunken, 2003, pág. 13

9. MACINTYRE, Alasdair: Animales racionales y dependientes. ob. cit. pág. 111.

Es abogada argentina. Ponencia para las XVII Jornadas Argentinas de Filosofía Jurídica y Social, Córdoba, 30 y 31 de octubre y 1 de noviembre de 2003.

Tomado de: enj.org

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