La Gaceta Jurídica

Jueces y racionalidad

(Parte final)

Foto: filosofiagt.com

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La Gaceta Jurídica / Graciela Daives de Marcotullio

00:00 / 09 de abril de 2013

El buen juez

Pensamos que toda reflexión filosófica-jurídica acerca del tema de la justicia y su racionalidad práctica precisa, para su realización, dos condiciones: uno, la incorporación de estos principios generales del obrar humano en los ordenamientos jurídicos; dos, la necesidad de que ellos sean reconocidos como tales por todos los miembros que integran la comunidad, no sólo por los que administran justicia, sino también por las personas que son administradas, es decir, a quienes se aplican esos principios.

La administración de justicia en los estados constitucionales modernos reside –desde el nacimiento del estado de derecho– en los jueces que integran el denominado poder judicial. De ellos depende –en cierto sentido– la vida, libertad, honor y patrimonio de las personas.

Por lo tanto, la posibilidad de obtener justicia depende no sólo de la existencia de un cuerpo de doctrinas y disposiciones que componen una tradición y que se encuentran plasmadas en un ordenamiento jurídico determinado, sino también de quienes estén encargados de aplicar esa normativa, es decir, de los jueces.

De ahí la enorme importancia de la preparación de los jueces, no sólo en lo específico jurídico, sino en la ética y la filosofía, para que esta formación les permita actuar dentro de la ley ejercitando las virtudes a las que nos referimos en este trabajo.

Es tan significativa la formación integral de los jueces en la administración de justicia que Morello expresa que “en todos los países la ineficacia de la justicia en las diversas realidades políticas –occidentales, socialistas y del tercer mundo– tiene como causa la ausencia de buenos jueces, con la consecuente falta de calidad de las soluciones jurídicas, a la cual se suma la sobrecarga, que en la mayoría de los países agobia a los órganos judiciales” (1).

La base moral del derecho es aquella conducta de los sujetos que repercute en la esfera de intereses de otro individuo y de la sociedad en general. Consideramos muy interesante el aporte de Rodríguez Molinero cuando expresa que “las remisiones implícitas del Derecho a la Moral son más frecuentes que las explícitas” (2). Por ello estimamos que, lejos de entrar en polémica sobre cuáles son las diferencias entre moral y derecho (3), o bien si se trata de dos especies del mismo género, debemos aclarar nuestra convicción de que un derecho extraño a la moral –desde este punto de vista– es un no derecho.

Conforme a lo expresado, y siguiendo a Rawls, pensamos que “ningún estudio del desarrollo de las ideas morales y de las diferencias que existen entre ellas es más pertinente que el análisis de los conceptos morales fundamentales de los que el sentido de justicia tiene que depender” (4).

Así, el juez no sólo ha de establecer cuál es la norma conveniente que debe seguirse en el caso concreto –siguiendo las reglas del razonamiento judicial al que nos referimos–, sino más bien cuál de las varias posibilidades de conducta concreta ha de elegir o cuál decisión aplicará. La referencia a las condiciones personales que debe reunir un juez, aluden a la manera de llevar adelante la tramitación de las causas sometidas a su jurisdicción.

El buen juez debe dictar sentencias justas, además, debe ser persona virtuosa que realice --a través de ellas-- actos justos y buenos. Cuando nos referimos a los actos justos, estamos diciendo que el juez ejercita una virtud especial; esta virtud no es otra que la phronesis de Aristóteles, que por ser virtud de lo agible permite que el juez no sólo se pronuncie con justicia a través de su sentencia, sino que también revele la naturaleza buena de su persona de honor y espíritu generoso. Remitimos aquí al desarrollo que de la virtud de la prudencia hiciéramos ut supra.

Por la virtud adquirimos el hábito de ser prudentes y justos. Por eso, dice MacIntyre, “nos hacemos justos o valientes realizando actos justos o valerosos; nos volvemos teórica o prácticamente sabios como resultado de una instrucción sistemática” (5). Una vez adquirida la virtud por medio del ejercicio habitual en la práctica, el juez que se precie de virtuoso “sabe lo que le es debido y tiene el orgullo de reclamar lo que se le debe” (6).

La convicción de que el juez debe ser virtuoso, implica que debe reunir las cualidades y condiciones mencionadas que le permitan ser justo. Ser justo es el resultado de una vocación para la cual toda persona tiene que “aprender” el hábito de serlo.

A modo de conclusión

Hemos trazado un panorama acerca de la justicia y su racionalidad siguiendo una línea del pensamiento; la nuestra es una más de la serie de reflexiones a las que asistimos en el pensamiento filosófico-jurídico en un intento de colaborar en la reflexión que tuviera casi excluida a la Justicia y demás valores de las preocupaciones de gran parte de los investigadores de la filosofía del derecho.

Que no se enseñen las virtudes o que no se hable de los valores, no significa que no estén presentes en la vida, especialmente, en la jurídica.

Sorprenden –a decir de Cueto Rúa– “las técnicas mediante las cuales los profesores se derecho, jueces y abogados eluden examinar, sistemáticamente, el estudio de los valores jurídicos y su presencia en la experiencia jurídica” (7). Esta actitud, direccionada a degradar términos tales como “virtud”, “valores” y otros, ha sido superada por la necesidad de fundamentar axiológicamente lo jurídico, (hasta Kelsen tuvo que recurrir a la Grundnorm), dar garantía de vigencia a ciertos principios esenciales de la persona y reconocer la imperiosa necesidad de elaborar un pensamiento que no se diluya en parcializaciones.

Compartimos con MacIntyre su concepción acerca de esta problemática y entendemos la necesidad de construir un conjunto de creencias, doctrinas y normas que, integrando una cultura comunitaria, den respuesta a un sector mayoritario del pensamiento.

Esta necesidad de encontrar una cultura basada en el consenso surge en nuestros días no sólo desde la filosofía, sino desde el ecumenismo religioso y la política. Es interesante la opinión del profesor de Ciencia de Gobierno de Harvard Samuel Huntington, quien expresa una advertencia respecto a la situación de parcialización de las culturas: “…la principal fuente de conflicto en un nuevo mundo no será fundamentalmente ideológica ni económica. El carácter tanto de las grandes divisiones de la humanidad como de la fuente dominante de conflicto será cultural. Las naciones estado seguirán siendo los agentes más poderosos en los asuntos mundiales, pero en los principales conflictos políticos internacionales se enfrentarán naciones o grupos de civilizaciones distintas; el choque de civilizaciones dominará la política mundial. Las líneas de ruptura entre las civilizaciones serán los frentes de batalla del futuro...” (8).

Esta reflexión refuerza el planteo de MacIntyre cuando dice que “lo que importa ahora es la construcción de formas locales de comunidad, dentro de las cuales la civilidad, la vida moral y la vida intelectual puedan sostenerse a través de las nuevas edades oscuras que caen ya sobre nosotros. Y si la tradición de las virtudes fue capaz de sobrevivir a los horrores de las edades oscuras pasadas, no estamos enteramente faltos de esperanza. Sin embargo, en nuestra época los bárbaros no esperan al otro lado de las fronteras, sino que llevan gobernándonos hace algún tiempo. Y nuestra falta de conciencia de ello constituye parte de nuestra difícil situación” (9).

La necesidad básica, insisto, sigue siendo la integración de los esfuerzos; ello será posible si se comienza desde el eslabón más bajo, con la narración de las historias personales, aún las más pequeñas, tejiendo tramas narrativas a través de las cuales se entiendan las acciones del conjunto; de estas tramas surgirán los conceptos comunes, se elaborarán doctrinas y ellas se incorporarán gradualmente a las prácticas.

Las prácticas se tornan más sólidas a través del ejercicio de las virtudes; es preciso un cambio de mentalidad para asumir como necesaria prioridad la consideración de la importancia del ejercicio de las virtudes.

Tenemos convencimiento de que si ejercitamos la prudencia, solidaridad, amistad –virtud que proponía Aristóteles como elemento de unión en la comunidad política (10)– y generosidad, seguramente todas se “encarnarán” en una tradición y serán el apoyo suficiente que origine formas institucionales orientadas al bien humano.

Cuando Kelsen se pregunta ¿qué es la justicia?, se responde: “... la justicia es para mí aquello bajo cuya protección puede florecer la ciencia y, junto con la ciencia, la verdad y la sinceridad. Es la justicia de la libertad, la justicia de la paz, la justicia de la democracia, la justicia de la tolerancia” (11). ¿Acaso no es la misma paz, verdad, sinceridad, tolerancia, en fin, las virtudes de las que se ocuparan tan sabiamente el Estagirita y el Aquinate?

Si la dificultad de la tarea reside en lograr el consenso sobre la bondad de estos principios, éste es el desafío, buscar las bases del acuerdo. Un primer paso es comenzar por la revalorización de los pequeños acuerdos existentes y avanzar en la construcción de una cultura común en la que no tenga cabida la discriminación y se proceda kata ton orthon logon.

En definitiva, si la justicia tiene por objeto dar lo que es debido a otro en estricta relación de igualdad, la aspiración será darlo, no sólo según la ley, sino según la razón de la ley.

Notas

1. MORELLO, Augusto M., Jurisprudencia Argentina, 1988-I-881, págs. 878 y ss.

2. RODRÍGUEZ MOLINERO, Marcelino: Introducción a la Ciencia del Derecho. Salamanca, Ed.Librería Cervantes, 3ª ed., 1998, pág. 92.

3. Confr. Del Vecchio, Giorgio: Filosofía del Derecho. Barcelona, Bosch, Casa Editorial, 1980, pág. 320 y ss.

4. RAWLS, John: Justicia como equidad. Madrid, Editorial Tecnos, 1986, pág. 39.

5. MACINTYRE, Alasdair: Tras la Virtud. Barcelona, Editorial Crítica, 2001, pág. 195.

6. Ídem., pág. 194.

7. CUETO RÚA, Julio César. Los valores jurídicos en Carlos Cossio. Anuario de Filosofía jurídica y social, Asociación Argentina de Derecho Comparado, N° 19, Buenos Aires, Editorial Abeledo-Perrot, 1999.

8. HUNTINGTON, Samuel. “The clash of civilizations” Foreign Affairs, Summer 1993, pág. 22.

9. MACINTYRE, A. Tras la Virtud, pág. 322

10. Confr. MACINTYRE, Alasdair. Tras la Virtud. ob. cit. pág. 225.

11. KELSEN, Hans. ¿Qué es la justicia? ob. cit. pág. 120.

  • Es abogada argentina. Ponencia para las XVII Jornadas Argentinas de Filosofía Jurídica y Social, Córdoba, 30 y 31 de octubre y 1 de noviembre de 2003.
  • Tomado de: enj.org

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