La Gaceta Jurídica

Jueces y racionalidad

(Parte I)

Foto: taringa.net

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Graciela Daives de Marcotullio

00:00 / 27 de marzo de 2015

La historia de la Filosofía del Derecho muestra que, desde siempre, con la existencia misma del ser humano, la justicia ha sido y es el problema central de su reflexión como una necesidad propia del espíritu que anima a la persona. En este sentido, Rodríguez Molinero expresa que: “El tema de la justicia... está presente en todo el desarrollo histórico de la doctrina de la ‘ley no escrita’” (1).

Desde la mitología griega y hasta nuestros días, este tema ha sido abordado por innumerables autores que han tratado de esclarecer su sentido y alcance. Como señala Kelsen: “No hubo pregunta alguna que haya sido planteada con más pasión, no hubo otra por la que se haya derramado tanta sangre preciosa ni tantas amargas lágrimas como por ésta; no hubo pregunta alguna acerca de la cual hayan meditado con mayor profundidad los espíritus más ilustres, desde Platón a Kant”.

Sin embargo, no deja de reconocer, con cierto pesimismo, que “no obstante, ahora como entonces, carece de respuesta. Tal vez se deba a que constituye una de esas preguntas respecto de las cuales resulta válido ese resignado saber que no puede hallarse una respuesta definitiva: solo cabe el esfuerzo por formularla mejor” (2).

Desde un análisis iusfilosófico diferente, Alasdair MacIntyre se inquietó por la misma pregunta y enseñó que esta cuestión de la justicia se plantea originalmente como la simple exigencia de una definición, pero de manera inmediata se convierte en el intento de caracterizar tanto una virtud que puede manifestarse en las vidas individuales como una forma de vida política, en sociedad, en la que los hombres virtuosos tengan la posibilidad de realizar sus virtudes, en la medida en que pueden hacerlo en el mundo del cambio y los seres humanos sean respetados en su condición de tales” (3).

La justicia es así un componente necesario de la dignidad de la persona por cuyo motivo se eleva a la categoría de valor supremo respecto de los otros valores. Solo es posible pensar una forma de vida política en la que todos los humanos sean respetados en su condición de tales.

Estamos pensando en una sociedad en la que sus jueces resuelven los casos sometidos a su jurisdicción teniendo presente que al pronunciarse lo hacen sobre conductas, actos de comportamiento de humanos reales a quienes deben considerar en esa condición, más que como resultado de silogismos judiciales abstractos.

Si trasladamos el análisis de la justicia al ámbito de la actividad judicial, significará que los jueces, encargados de administrar la justicia, deberán superar la concepción lógico-racionalista de resolver los casos sometidos a su jurisdicción, entendiendo que están juzgando conductas, esto es, actos de comportamiento de humanos reales a quienes deben considerar en su condición de tales.

Señala Rawls que el sentido básico de la justicia es aquel principio universal por el cual una persona que carece del mismo, es incapaz de manifestar ciertas actitudes naturales y sentimientos morales de un tipo particularmente elemental. En palabras del autor citado “quien carece del sentido de la justicia, carece de ciertas actitudes y capacidades fundamentales que se hallan incluidas en la noción de humanidad” (4).

No haremos un catálogo de las lúcidas exposiciones que acerca de la concepción de la justicia hicieran los más destacados autores de la iusfilosofía. Solo recordemos que ella ha sido considerada por algunos virtud, por otros valor y por otros idea.

Aunque, como señalo Legaz Lacambra, “en la medida en que la justicia puede predicarse de un comportamiento humano o del hombre que la practica constituye “una virtud”. Cuando la justicia se atribuye a una creación humana –una norma, una estructura social vigente o aspirada como ideal– constituye un “valor social”, el valor social por excelencia, el valor que define y configura como jurídica la vida social...” (5).

Justicia y racionalidad

Las concepciones acerca de la justicia han sido y son numerosas y diversas, según las corrientes a las que pertenezcan los autores. Al mismo tiempo, cada doctrina desarrolla una justificación racional de lo que entiende por la justicia, que son tan numerosas y diversas como tantos conceptos de justicia existen. Así encontramos desde la identificación del concepto de justicia de proporción pitagórica, como la del justo medio aristotélico, la igualdad desde el contrato social rousseauniano, hasta la correspondencia con méritos, necesidades y merecimientos en Ross (6), por señalar algunos.

Lo cierto es que cada una de estas doctrinas que integra lo que MacIntyre denomina tradiciones culturales, comprende dentro de sí numerosas acepciones acerca de la justicia y su justificación racional y aparecen caminando por senderos paralelos que jamás se entrecruzan.

Ser justo implica vivir la igualdad con el otro, darle en igual medida que lo debido, ajustar la conducta a sus títulos, no alterar la medida de lo suyo. La justicia, decimos, rectifica las acciones exteriores haciéndolas justas, de manera que le brinde al otro lo suyo. Estos conceptos de medida, ajuste y rectificación, entre otros, refieren a la racionalidad en la administración de lo justo, a la racionalidad de la justicia.

La racionalidad de la justicia es una cierta igualdad de proporción de una cosa exterior. Ese medio objetivo de la justicia es también medio racional y, de ese modo, ella satisface la exigencia de todas las virtudes (7); así, Ramírez dice: “en la virtud de justicia coincide materialmente el medium rationis y el médium rei, ya que ella no se contenta con que se ejecute una obra exteriormente justa –según la igualdad de cosa a cosa o de cosa a persona–, sino a cosa que reclama que se haga justamente, es decir virtuosamente o racionalmente” (8).

La materia sobre la que actúa la justicia no está proporcionada a otro porque le es debida, sino que, inversamente, ella le es debida porque le es igual. El propósito de este trabajo es la reflexión acerca de la posibilidad de elaborar una doctrina de la justicia y su justificación racional y, en este sentido, seguiremos el pensamiento de MacIntyre.

La realidad –hasta ahora– parece indicarnos que existe un antagonismo evidente entre las posiciones; así el iusnaturalismo tomista es irreconciliable con la postura del idealismo crítico o éstos con las corrientes neopositivistas y la filosofía del lenguaje. La realidad muestra un escenario social fragmentado que no parece tener intenciones de realizar el avance científico en el tema.

En un intento por alcanzar la madurez intelectual que requiere el desafío, es preciso superar lo que MacIntyre denomina “crisis epistemológica” elaborando un nuevo tipo de tradición –utilizando el lenguaje del autor– que proporcione las soluciones a los problemas que se presentan como irreconciliables, desde teorías cuyas estructuras y conceptuales son antagónicas.

Si esto fuera posible, restaría preguntar cuál debería ser el tipo de razonamiento que conduzca a una investigación racional. La tarea deberá centrarse, en primer término, en la posibilidad de elaborar un criterio más o menos uniforme de racionalidad práctica que satisfaga las modalidades a las que recurrieron las posiciones filosóficas en la historia.

Segundo, será prioritario indagar acerca de la relevancia que tiene la fundamentación de la racionalidad práctica como camino seguro para determinar el concepto de justicia y su justificación racional. Tercero, podríamos cuestionarnos si el juez, al adjudicar el derecho a una de las partes, lo hace teniendo en consideración lo dispuesto en las normas elaboradas a partir de una determinada tradición; o, más bien, siguiendo los principios de la racionalidad que pueden estar fundados en el sentido común o de la justicia que encuentra su ser en la dignidad humana.

La justicia en MacIntyre

A MacIntyre le reconocemos el mérito de haber introducido un debate superador respecto a las versiones doctrinarias opuestas e irreconciliables como el empirismo, idealismo, positivismo, neopositivismo, iusnaturalismo y sus vertientes.

El autor reacciona contra el individualismo epistemológico y propone una verdadera renovación en el pensamiento, elaborando un concepto que pone el acento en la comunidad.

Conforme a su posición doctrinaria, se lo considera el fundador del comunitarismo, posición a que arriba luego de efectuar una indagación de la racionalidad práctica; obtiene este concepto a partir de la historia inmersa en una determinada comunidad. Para abordar este concepto, es imprescindible introducirnos en el tema de las tradiciones como marco fundamental e imprescindible en el desarrollo de su teoría.

El humano necesita respuestas a preguntas claves por la justicia o lo que es justo en ciertas circunstancias, por ejemplo, el interrogante acerca de si es lícito en ciertos casos aplicar la pena de muerte, si es justo permitir la despenalización del aborto o si es justa la muerte de niños por desnutrición por falta de asistencia efectiva de los organismos sociales creados con ese fin. Estas y otras necesitan respuestas dentro de una fundamentación que las justifique de modo racional.

A través de una profunda y meticulosa investigación indaga en la posibilidad de explicar cuándo una forma de proceder es racional y cuándo no; cuál es el fundamento que permite asumir la defensa de una determinada posición doctrinaria –que él llama tradición– como la forma institucional que mejor reúne las condiciones para que se promueva la justicia y su racionalidad práctica, en lugar de otra u otras.

Entiende que existen versiones rivales e incompatibles acerca de la ética, de la justicia, de la racionalidad práctica, etc. a las que él llama inconmensurables, por cuanto resulta casi imposible elaborar criterios y métodos comunes que proporcionen acuerdos sobre los cuales se puedan establecer principios para la acción. Esto es así ya que cada tradición formula sus propios criterios y tiene su propia visión acerca de temas que considera mejor resueltos.

MacIntyre reacciona contra esta cierta inmadurez de las tradiciones que aparecen como irreconciliables entre sí y que buscan atrincherarse en argumentos sólidamente formulados y respaldados por un conjunto de creencias encarnadas en la vida de un grupo social, de una comunidad.

Propone la posibilidad de elaborar una nueva tradición superadora que reúna un conjunto de criterios que se obtengan a partir de materias o cuestiones comunes, por ejemplo, la elaboración de un concepto de justicia en el cual todas las tradiciones concuerden en adjudicar referencia a cierta noción de igualdad y proporcionalidad, considerando su concepción desde la mitología griega hasta hoy.

Las relaciones posibles entre las personas que integran una comunidad dentro de la tradición a la que pertenecen pueden ser muy diferentes; algunos se sienten muy cómodos y no tienen ningún tipo de cuestionamientos; otros probablemente intentarán hacer correcciones sobre el existente y otros buscarán un giro a su tradición oponiéndose a los postulados centrales de ella. Estas últimas son, probablemente, las que más inciden en el cambio, en esta nueva mirada, en esta nueva elaboración doctrinaria.

Es en esa situación cuando la tradición encuentra su momento crucial en el cual sus seguidores necesitan un camino racional que permita superar las posiciones doctrinarias encontradas e incompatibles dentro de esa tradición para trascender los límites que se plantean. Hay que superar la inconmensurabilidad y no traducibilidad de las versiones rivales y antagónicas de las tradiciones y evitar el paralelismo de las doctrinas y la falta de entendimiento en el lenguaje y cultura.

Al respecto, MacIntyre dice: “consideremos, bajo esta luz, la diferencia entre la comparación con respecto a sus propios relatos del razonamiento práctico y de la justicia, del Aquinate con Aristóteles, o de Aristóteles con Platón, o de Hume con Hutcheson, por un lado; y los relatos de Aristóteles o del Aquinate sobre estas materias, por otro, con los de Hume” (9).

Aquí es donde surgen los primeros planteos para aplicar la racionalidad, o sea determinar el comportamiento, en el primer caso, de los pensadores dentro de una tradición para encontrar una solución a los problemas solucionando algunas incoherencias entre posiciones; mientras que, en el segundo caso, cuando hablamos de dos versiones opuestas entre sí, los autores no se relacionarán de la misma manera que la anterior.

Por lo tanto, y siguiendo el razonamiento del autor, se debe recurrir al análisis de la razón narrativa que se inserta en la historia de cada una de estas tradiciones rivales para descubrir cuál es el o los criterios utilizados por cada una de ellas para la consecución del fin o telos de la comunidad y de cada persona que la integra.

Este es el punto de inflexión en la doctrina de MacIntyre, ya que para alcanzar la eudaimonía (plenitud de ser) la persona deberá desarrollar el ejercicio de las virtudes a través de cuya práctica podrá conseguirla.

Recordemos una definición del autor: “Una virtud es una cualidad humana adquirida, cuya posesión y ejercicio tiende a hacernos capaces de lograr aquellos bienes que son internos a las prácticas y cuya carencia nos impide efectivamente lograr cualquiera de tales bienes” (10).

Es interesante la aclaración que él mismo realiza en sentido de que las virtudes no son medios para conseguir el fin propuesto. El fin al que apetece la persona humana es el bien, no las virtudes, por lo tanto, las virtudes son el medio a través del cual la persona –con el ejercicio habitual de ellas– puede desarrollarse en plenitud para llegar alcanzar vida plena.

La importancia del ejercicio de las virtudes radica en que permite discernir cuándo la acción es buena. Tal discernimiento es sobre los medios, no sobre los fines o sea que se delibera acerca de los medios más adecuados para el logro del fin. Recordemos en este punto la característica fundamental de la materia sobre la cual trabajan las virtudes que es el agere, lo agible, el obrar propiamente humano que no trasciende a la persona, a diferencia del facere, lo factible que se manifiesta en la obra realizada.

Es preciso establecer el concepto de bien que se utiliza para la investigación, ya que es un término analógico que puede predicarse de distintas realidades. Por ejemplo, se puede atribuir el carácter de bueno a un alimento que nutre; pero también predicar la calidad de bueno al alimento específico que necesita una persona para potenciar sus habilidades físicas en una circunstancia. En la educación, por una parte se considera buena a una profesora bien capacitada pero también es buena cuando sabe transmitir sus conocimientos y ayuda a la reflexión.

Por lo tanto, procurar la excelencia del bien en las prácticas cotidianas implicará ser bueno no solo para la persona que las realiza, sino también para quienes comparten su actividad dentro de la comunidad, por ejemplo los alumnos que asisten a su clase. Debe determinarse asimismo si lo que es bueno para cada persona reúne ese mismo carácter dentro de la comunidad y, en tal caso, si es bueno para la misma; esto depende de factores como las situaciones especiales que se viva en esa cultura en tiempo y lugar determinado.

Considerando el concepto de virtud, ¿en qué consisten las prácticas para su realización efectiva? Ninguna práctica puede sobrevivir por mucho tiempo sin respaldo de las instituciones. La existencia de un estado en cuyo gobierno las leyes de su ordenamiento jurídico se formulan de modo que es irrelevante el ejercicio de las virtudes en sus prácticas de obediencia, como un modo de inculcar una perspectiva moral para el buen vivir, es bien diferente de otra tradición para la cual la práctica o ejercicio de las virtudes es imprescindible para el sostenimiento de la comunidad política a la que pertenece.

Por lo tanto, para que dentro de una tradición puedan mantenerse las prácticas de las virtudes dependerá de cómo ellas se ejerciten en relación a los bienes que son considerados propios para el hombre, por una parte, a los que denominaremos bienes internos, distinguiéndolos de las prácticas de las virtudes que son ejercitadas para el logro de los bienes externos dentro de la comunidad.

Conforme a lo expresado, para que la virtud sea eficaz, debe producir bienes internos sin pensar en consecuencias. Así, cuando se ejercita la justicia, la verdad o la paciencia, la práctica de estas virtudes es independiente de las consecuencias que se puede lograr; así puede suceder que, con el ejercicio habitual de la verdad y la justicia, se adquiera el prestigio y el éxito como bienes externos a esas prácticas.

Narraciones y tradiciones

Una cuestión fundamental es analizar el concepto de lo que MacIntyre denomina la razón narrativa, que es la posibilidad que tiene el humano de comunicarse con el lenguaje, el gran instrumento que permite encarnarse en una vida única.

Es preciso destacar la importancia que tiene la razón narrativa ya que es el medio a través del cual el humano relata su historia.

En palabras de MacIntyre, “el hombre, tanto en sus acciones y sus prácticas, como en sus ficciones, es esencialmente un animal que cuenta historias” (11). Al mismo tiempo que va narrando, estos relatos acerca de sus prácticas se vuelven inteligibles porque están dentro del marco de una narración.

Una característica fundamental de la narración es el modo cómo se relata las prácticas o acciones de las personas a en las circunstancias, creencias, objetos u otras situaciones que quedan subordinadas al relato con el lenguaje.

La narración no se trata solo de un tipo de discurso o de una determinada configuración de textos, sino de un modo particular de organizar el pensamiento y el conocimiento.

Así, a medida que vamos desplegando nuestra conducta, componemos relatos con una visión particular del mundo que compartimos con otros; nos movemos dentro de un ambiente de comprensión que expresamos de diversas maneras. La expresión se logra a través de los signos y símbolos de la cultura.

De esa manera, narramos quiénes somos, en qué creemos, qué hacemos, por qué hacemos lo que hacemos y hacia dónde vamos; en definitiva, expresamos de algún modo cuál es el telos que da sentido a nuestra existencia. Como dice MacIntyre, “el verdadero género al que pertenece la vida nunca es la hagiografía ni la saga, sino la tragedia” (12).

Las particularidades de los relatos son epifanías de lo ordinario a través de las cuales se manifiestan las tramas más profundas que dan sentido a la vida, tramas narrativas que nos atraviesan, por medio de las cuales el humano protagoniza el rol de actor y guionista de esas narraciones.

Este protagonismo que tenemos los seres humanos –aun sin tomar pleno conocimiento de ello– es que nos hemos constituido en uno de los pilares de una tradición; somos uno de sus engranajes, ya que todo tipo de razonamiento que hagamos tendrá lugar dentro del contexto de una tradición, la cual servirá de marco a ese modo de pensar y discernir los bienes que se persiguen.

El bien perseguido por una tradición abarca, por lo general, varias generaciones. Allí radica la importancia en la determinación del bien del individuo, no solo para sí, sino también formando parte de una comunidad, ya que las prácticas de las virtudes irán generando historias narradas que se harán inteligibles y comunicables a través de las tradiciones.

Continuará

Notas

1. RODRÍGUEZ MOLINERO, Marcelino. Introducción a la Filosofía del Derecho. Servicio de Publicaciones de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense, Madrid, 2000, pág. 157.

2. KELSEN, Hans. Qué es la Justicia. Buenos Aires, Editorial Leviatán, 1991, pág. 7 y 8.

3. MACINTYRE, Alasdair. Historia de la Ética. Barcelona, Editorial Paidós, 5ª edición, 1994, pág. 58.

4. Ídem, pág. 53.

5. LEGAZ LACAMBRA, Luis. Filosofía del Derecho. Barcelona, Ed. Bosch, 1979, pág. 333.

6. Confr. ROSS, Alf. Sobre el derecho y la justicia. Buenos Aires, Eudeba SEM, 1997, pág. 334 y ss.

7, DE AQUINO, Tomás. Suma Teológica. II, II, 58, a. 10.

8. RAMÍREZ, Santiago. La Prudencia. Madrid, Ediciones Palabra, pág. 108.

9. MACINTYRE, Alasdair. Justicia y Racionalidad. ob. cit., pág. 315.

10. MACINTYRE, Alasdair. Tras la Virtud. Barcelona, Ed. Crítica, 2001, pág. 237.

11. Ídem, pág. 262.

12. Ídem, pág. 262.

Es abogada, postgraduada y docente argentina.

Texto de la XVII Jornadas Argentinas de Filosofía Jurídica y Social, ciudad de Córdoba, Argentina, 30 y 31 de octubre y 1 de noviembre de 2003.

Tomado de: enj.org

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