La Gaceta Jurídica

Jueces y racionalidad

(Parte final)

Graciela Daives de Marcotullio

00:00 / 03 de abril de 2015

La racionalidad en el derecho

El concepto de justicia –relacionado directamente con el concepto de bien– constituye la razón suficiente por la cual se establece un criterio de valoración de las acciones y de las instituciones de una comunidad. Qué es racional, o lo que es lo mismo, qué es bueno para quienes se encuentran en ella, se determina como consecuencia.

Sin embargo, es imprescindible lograr consenso acerca de los fines que son considerados buenos. Esto es importante ya que, como enseña Aristóteles, “en los asuntos que son importantes se acude a los demás para deliberar, porque no confiamos en nosotros mismos para decidir entre las distintas alternativas” (1). Y lo que es racional para uno, es racional para todos, solo así es verdaderamente racional.

De este principio aristotélico se desprende que los miembros de una comunidad se necesitan mutuamente como integrantes de la misma. Por lo tanto, el razonamiento práctico es un razonamiento que se realiza junto a otros, dentro de un determinado conjunto de relaciones sociales.

Sin embargo, es conveniente dejar aclarado que ello no implica renunciar a los diferentes objetivos que se proponen individualmente los integrantes de una comunidad.

Así, John Rawls señala que “(...) es racional que los miembros de una sociedad bien ordenada deseen que sus proyectos sean diferentes. (…) Los seres humanos tenemos varias facultades y capacidades, cuya totalidad es irrealizable por parte de una sola persona o grupo de personas. Así, no solo nos beneficiamos del carácter complementario de nuestras inclinaciones desarrolladas, sino que nos complacemos en nuestras respectivas actividades” (2).

En este mismo sentido Alasdair MacIntyre enseña que “una comunidad florece (...) cuando las actividades de sus miembros que buscan el bien común están moldeadas por la racionalidad práctica.

También se benefician del florecimiento de la comunidad los individuos con una menor capacidad para el razonamiento práctico independiente (...) y su florecimiento individual es un indicio importante del florecimiento de toda la comunidad” (3).

Conforme a las precisiones formuladas precedentemente, y trasladándonos al campo propiamente jurídico, establecer lo que es justo y recto en el obrar propiamente humano, supone el reconocimiento de los principios éticos del obrar.

Una vez realizado el razonamiento deliberativo acerca de los medios más adecuados para el logro de los fines propuestos, se determina cuál es la norma aplicable al caso concreto.

La norma de aplicación constituye la conclusión del razonamiento prudencial.

En este sentido, es interesante el aporte que realiza Georges Kalinowsky cuando expresa que “una proposición es tenida por racionalmente justificada cuando es la conclusión de una inferencia formalmente correcta y materialmente verdadera, probable o válida, según el caso” (4). La conclusión constituye el juicio práctico que determina lo suyo de cada uno en la conducta sometida a su jurisdicción.

En el ámbito de lo jurídico, ésta es una cuestión importante, ya que el proceso mental que tiene sede en el intelecto del juez que resuelve la causa se ve exteriorizado en la fundamentación de la sentencia.

Al respecto, Olsen Ghirardi señala que “ocurre que en la expresión de lo pensado no están implicados solamente los aspectos gramaticales, no solo los de sentido, no solo los de valoración, sino también los lógicos que, de alguna manera, denuncian los costados formales e instrumentales del razonamiento” (5).

Siguiendo la línea de este pensamiento, MacIntyre reflexiona que “la conclusión de un razonamiento práctico, sólido y eficaz es la realización de una acción: aquélla que resulta ser lo mejor que puede hacer un agente concreto en circunstancias determinadas...” y continúa: “(...) El razonamiento que conduce a la acción ha de comenzar con premisas sobre los bienes que están en juego en una situación concreta, así como los daños y riesgos que los amenazan.

Identificar en la práctica los bienes que están en juego en una u otra situaciones, y hallar en esos bienes premisas para un razonamiento cuya conclusión será la realización de una acción justa, supone poner de manifiesto el tipo de actitud que caracteriza a las virtudes...” (6).

En la esfera del Derecho, el razonamiento deliberativo adquiere enorme importancia, ya que, en general, la persona, pero especialmente quien se encuentra dedicado profesionalmente al Derecho, debe ejercitarlo recurriendo a estas virtudes, como el medio más efectivo para conocer lo justo concreto y dirigir la conducta a la realización del iustum (justo).

El buen juez

Pensamos que toda reflexión filosófica-jurídica acerca del tema de la justicia y su racionalidad práctica precisa, para su realización, dos condiciones. En primer término, la incorporación de estos principios generales del obrar humano en los ordenamientos jurídicos; en segundo, la necesidad de que ellos sean reconocidos como tales por todos los miembros que integran la comunidad, no solo por los que administran justicia, sino también por las personas que son administradas, es decir, a quienes se aplican esos principios.

La administración de justicia en los estados constitucionales modernos, reside –desde el nacimiento del estado de derecho– en los jueces que integran el denominado poder judicial. De ellos depende –en cierto sentido– la vida, la libertad, el honor y el patrimonio de las personas.

Por lo tanto, la posibilidad de obtener justicia depende no solo de la existencia de un cuerpo de doctrinas y disposiciones que componen una tradición y que se encuentran plasmadas en un ordenamiento jurídico determinado, sino también de quienes estén encargados de aplicar esa normativa, es decir, de los jueces.

De ahí la enorme importancia que debe tener la preparación de los jueces, no solo en lo específicamente jurídico, sino también en la ética y la filosofía, para que esta formación les permita actuar dentro de la ley ejercitando las virtudes a las que nos referimos a lo largo de este trabajo.

Es tan significativa la formación integral de los jueces en la correcta administración de justicia, que Augusto Morello expresa que “en todos los países, la ineficacia de la justicia en las diversas realidades políticas –occidentales, socialistas y del tercer mundo– tiene como causa la ausencia de buenos jueces, con la consecuente falta de calidad de las soluciones jurídicas, a la cual debe sumarse la sobrecarga, que en la mayoría de los países agobia a los órganos judiciales” (7).

La base moral del Derecho es aquella conducta de los sujetos que repercute en la esfera de intereses de otro individuo y de la sociedad en general. Consideramos muy interesante el aporte de Rodríguez Molinero cuando expresa que “las remisiones implícitas del Derecho a la Moral son más frecuentes que las explícitas” (8).

Por ello estimamos que, lejos de entrar en la polémica sobre cuáles son las diferencias entre moral y derecho (9) o, bien, si se trata de dos especies del mismo género, debemos aclarar nuestra convicción de que un derecho extraño a la moral –desde este punto de vista– es un no derecho.

Conforme a lo expresado y siguiendo a Rawls, pensamos que “ningún estudio del desarrollo de las ideas morales y de las diferencias que existen entre ellas es más pertinente que el análisis de los conceptos morales fundamentales de los que el sentido de justicia tiene que depender” (10).

Así, el juez no sólo ha de establecer cuál es la norma conveniente que debe seguirse en el caso concreto –siguiendo las reglas del razonamiento judicial al que nos referimos anteriormente–, sino más bien cuál de las varias posibilidades de conducta concreta ha de elegir o cuál decisión aplicará.

La referencia a las condiciones personales que debe reunir un juez alude a la manera de llevar adelante la tramitación de las causas sometidas a su jurisdicción.

El buen juez debe dictar sentencias justas, pero, además, debe ser un hombre virtuoso que realice –a través de ellas– actos justos y también buenos.

Cuando nos referimos a los actos justos –por ende buenos– estamos diciendo que el juez ejercita una virtud especial; esta virtud a la que nos referimos no es otra que la phronesis (virtud del pensamiento moral) de Aristóteles, que por ser virtud de lo agible permite que el juez no solo se pronuncie con justicia a través de su sentencia, sino que también revele la naturaleza buena de su persona, una persona de honor y espíritu generoso.

Remitimos aquí al desarrollo que de la virtud de la prudencia hiciéramos ut supra (arriba).

Por la virtud adquirimos el hábito de ser prudentes y justos. Por eso, MacIntyre dice que “nos hacemos justos o valientes realizando actos justos o valerosos; nos volvemos teórica o prácticamente sabios como resultado de una instrucción sistemática” (11).

Una vez adquirida la virtud por medio del ejercicio habitual en la práctica, el juez que se precie de virtuoso “sabe lo que le es debido y tiene el orgullo de reclamar lo que se le debe” (12).

La convicción de que el juez debe ser un hombre virtuoso implica que él debe reunir las cualidades y condiciones mencionadas que le permitan ser justo. Y ser justo es el resultado de una vocación para la cual toda persona tiene que “aprender” el hábito de serlo.

A modo de conclusión

Hemos trazado un panorama acerca de la justicia y su racionalidad siguiendo una línea del pensamiento; la nuestra es una más de la serie de reflexiones a las que asistimos en el pensamiento filosófico-jurídico en un intento por colaborar en la reflexión que tuviera casi excluida a la justicia y demás valores de las preocupaciones de gran parte de los investigadores de la filosofía del Derecho.

Que no se enseñen las virtudes o que no se hable de los valores, no significa que no estén presentes en toda la vida humana, en especial en la vida jurídica.Sorprenden –a decir de Cueto Rúa– “las técnicas mediante las cuales los profesores de Derecho, los jueces y los abogados eluden examinar, sistemáticamente, el estudio de los valores jurídicos y su presencia en la experiencia jurídica” (13).

Esta actitud, direccionada a degradar términos tales como “virtud”, “valores” y otros, ha sido superada por la necesidad de fundamentar axiológicamente lo jurídico (hasta Kelsen tuvo que recurrir a la Grundnorm (norma fundamental)), dar garantía de vigencia a ciertos principios esenciales de la persona y reconocer la imperiosa necesidad de elaborar un pensamiento que no se diluya en parcializaciones.

Compartimos con MacIntyre su concepción acerca de esta problemática y entendemos la necesidad de construir un conjunto de creencias, doctrinas y normas que, integrando una cultura comunitaria, den respuesta a un sector mayoritario del pensamiento.

Esta necesidad de encontrar una cultura basada en el consenso surge en nuestros días no solo desde la filosofía, sino también desde el ecumenismo religioso y la política.

Es interesante la opinión del profesor Samuel Huntington, de la materia Ciencia de Gobierno en la Universidad de Harvard, quien expresó una advertencia con respecto a la situación de parcialización de las culturas. Sostuvo que “(…) la principal fuente de conflicto en un nuevo mundo no será fundamentalmente ideológica ni económica.

El carácter tanto de las grandes divisiones de la humanidad como de la fuente dominante de conflicto será cultural.

Las naciones estado seguirán siendo los agentes más poderosos en los asuntos mundiales, pero en los principales conflictos políticos internacionales se enfrentarán naciones o grupos de civilizaciones distintas; el choque de civilizaciones dominará la política mundial. Las líneas de ruptura entre las civilizaciones serán los frentes de batalla del futuro... ” (14).

Esta reflexión refuerza el planteo de MacIntyre cuando expresa que “lo que importa ahora es la construcción de formas locales de comunidad, dentro de las cuales la civilidad, la vida moral y la vida intelectual puedan sostenerse a través de las nuevas edades oscuras que caen ya sobre nosotros. Y si la tradición de las virtudes fue capaz de sobrevivir a los horrores de las edades oscuras pasadas, no estamos enteramente faltos de esperanza. Sin embargo, en nuestra época los bárbaros no esperan al otro lado de las fronteras, sino que llevan gobernándonos hace algún tiempo. Y nuestra falta de conciencia de ello constituye parte de nuestra difícil situación” (15).

La necesidad básica, insisto, sigue siendo la integración de los esfuerzos; ello será posible si se comienza desde el eslabón más bajo, con la narración de las historias personales, aún las más pequeñas, tejiendo tramas narrativas a través de las cuales se entiendan las acciones del conjunto; de estas tramas surgirán los conceptos comunes, serán elaboradas doctrinas y ellas se incorporarán gradualmente a las prácticas.

Las prácticas se tornan más sólidas a través del ejercicio de las virtudes; es preciso un cambio de mentalidad para asumir como necesaria prioridad la consideración de la importancia del ejercicio de las virtudes.

Estamos convencidas que si ejercitamos la prudencia, la solidaridad, la amistad –virtud que proponía Aristóteles como elemento de unión en la comunidad política (16)– y la generosidad, seguramente todas se “encarnarán” en una tradición y serán el apoyo suficiente que origine formas institucionales orientadas al bien humano.Kelsen se pregunta ¿qué es la justicia?, luego se responde: “(...) la justicia es para mí, aquello bajo cuya protección puede florecer la ciencia y, junto con la ciencia, la verdad y la sinceridad. Es la justicia de la libertad, la justicia de la paz, la justicia de la democracia, la justicia de la tolerancia” (17).

¿Acaso la misma paz no es verdad, sinceridad, tolerancia, en fin, las virtudes de las que se ocuparan tan sabiamente el Estagirita y el Aquinate?

Si la dificultad de la tarea reside en lograr el consenso sobre la bondad de estos principios, éste es el desafío, buscar las bases del acuerdo. Un primer paso es comenzar por la revalorización de los pequeños acuerdos existentes y avanzar en la construcción de una cultura común en la que no tenga cabida la discriminación y se proceda kata ton orthon logon.

En definitiva, si la justicia tiene por objeto dar lo que es debido a otro en estricta relación de igualdad, la aspiración será darlo, no solo según la ley, sino según la razón de la ley.

Bibliografía

ARISTÓTELES, Ética a Nicómaco. Madrid, Ediciones Orbis, 1984.

HUNTINGTON, Samuel P., The clash of Civilizations? Foreign Affairs, Summer 1993.

KALINOWSKY, Georges, Concepto, fundamento y concreción del derecho. Buenos Aires, Editorial Abeledo-Perrot, 1982.

KELSEN, Hans, Teoría pura del derecho. Traducción Roberto J. Vernengo, México, Ed. Universidad Nacional Autónoma de México, 1979.

KELSEN, Hans, ¿Qué es la Justicia? Traducción Leonor Calvera, Buenos Aires, Editorial Leviatán, 1991.

MACINTYRE, Alasdair, Historia de la Ética. Traducción Roberto Juan Walton, Barcelona, Editorial Paidós Básica, 1998.

MACINTYRE, Alasdair, Tras la Virtud. Traducción Amelia Valcárcel, Barcelona, Editorial Crítica, 2001.

MACINTYRE, Alasdair, Justicia y Racionalidad. Traducción Alejo José G. Sison, Madrid, Ediciones Internacionales Universitarias, 2001.

MACINTYRE, Alasdair, Tres versiones rivales de la ética. Traducción Rogelio Rovira, Madrid, Ediciones Rialp, 1992.

MACINTYRE, Alasdair, Animales racionales y dependientes. Traducción Beatriz Martínez de Murguía, Barcelona, Editorial Piados Básica, 2001.

MORELLO, Augusto M., Al final de una época. La Plata, Buenos Aires, Ed. Librería Editora Platense, 2001.

PIEPER, Josef, Las Virtudes Fundamentales. Bogotá, Colombia, Ed. Grupo Editor, Quinto Centenario SA, 1988.

RAWLS, John, Justicia como Equidad. Traducción Miguel Angel Rodilla, Madrid, Editorial Tecnos, 1986.

RAWLS, John, Teoría de la Justicia. México, Ed. Fondo de Cultura Económica, 1993.

RODRÍGUEZ MOLINERO, Marcelino, Introducción a la Filosofía del Derecho. Madrid, Servicio de Publicaciones de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense, 2000.

Notas

1. ARISTÓTELES, Ética a Nicómaco, 1144a, 31-34.

2. RAWLS, John, Teoría de la Justicia. Buenos Aires, Ed. Fondo de Cultura Económica, 1993, pág. 495.

3. MACINTYRE, Alasdair, Animales racionales y dependientes, ob. cit. pág. 129.

4. KALINOWSKY, Georges, Concepto, fundamento y concreción del derecho, ob. cit. Pág. 85.

5. GHIRARDI, Olsen A., Introducción al razonamiento forense. Buenos Aires, Editorial Dunken, 2003, pág. 13.

6. MACINTYRE, Alasdair, Animales racionales y dependientes, ob. cit. pág. 111.

7. MORELLO, Augusto M., Jurisprudencia Argentina, 1988-I-881, págs. 878 y ss.

8. RODRÍGUEZ MOLINERO, Marcelino, Introducción a la Ciencia del Derecho. Salamanca, Ed. Librería Cervantes, 3ª ed., 1998, pág. 92.

9. Confr. Del Vecchio, Giorgio, Filosofía del Derecho. Barcelona, Bosch, Casa Editorial, 1980, pág. 320 y ss.

10. RAWLS, John, Justicia como equidad. Madrid, Editorial Tecnos, 1986, pág. 39.

11. MACINTYRE, Alasdair, Tras la Virtud. Barcelona, Editorial Crítica, 2001, pág. 195.

12. Ídem., pág. 194.

13. CUETO RÚA, Julio César, Los valores jurídicos en Carlos Cossio. Anuario de Filosofía jurídica y social, Asociación Argentina de Derecho Comparado, N° 19, Buenos Aires, Editorial Abeledo-Perrot, 1999.