La Gaceta Jurídica

Juicio y muerte de Sócrates

Foto: sophiaveda.wordpress.com

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La Gaceta Jurídica / Víctor Dupont

00:00 / 19 de octubre de 2012

Sócrates y Atenas

Para lograr una interpretación cabal de Sócrates no basta sólo analizar su método de enseñanza (mayéutica) o descubrirlo como el artífice de los conceptos o el razonamiento inductivo. Debemos entender aspectos esenciales de su historia ya que, en Sócrates, vida y obra, pensamiento y acción, representan una unidad.Para comprender la misión de Sócrates, primero debemos repasar el itinerario que el maestro siguió hasta descubrir el secreto de su sabiduría, su docta ignorancia: yo sólo sé que no sé nada.

El mensaje del oráculo (“el hombre más sabio de Atenas es Sócrates”) y la voz de su demonio personal (daimon) convirtieron al profesor en examinador de conciencias, estudioso del ser humano y, sobre todo, maestro desinteresado. Así legó un mensaje: Conócete a ti mismo para conocer la esencia de lo bueno y de lo justo. Conoce la naturaleza de lo bueno y lo justo y serás un hombre bueno y justo.

El conocimiento es virtud (areté). La ignorancia es maldad.

Esta prédica se encuentra ligada a los avatares de su vida. Su ética no fue una colección de pensamientos (teoría), sino práctica y resultado de una existencia dedicada a la enseñanza y la búsqueda de universales (esencia). Hablamos de la naturaleza de la virtud, la justicia y el bien.

Fue un hombre que intercepta a los ciudadanos y les pregunta por sus supuestos saberes; que se aparta de la política (el alimento más preciado de los atenienses) y critica a la democracia por no preparar a sus ciudadanos; un hombre así puede tener más de un problema, peor en Atenas.

Ésta no sólo fue una ciudad de grandes hombres, templos e intensa vida política, sino tierra que consumió a esos grandes en acusaciones y los juzgó sin piedad. Para los atenienses, los héroes no eran Pericles o Fidias, al jónico ateo de Anaxágoras, Eurípides o Sócrates –simples seres de carne y hueso–, eran Teseo, el sabio Solón, Edipo, Prometeo y las figuras de la mitología.

La ciudad cuna de genios fue su cementerio. Así como la democracia griega, en su grandeza imperial, incubó su germen de destrucción, en sus grandes hombres vio a sus más grandes enemigos.

Situación histórica del proceso

Atenas acababa las nefastas guerras del Peloponeso (431–404 aC) que fue el conflicto militar que enfrentó a la Liga de Delos (de la propia Atenas) y la Liga del Peloponeso (conducida por Esparta), con triunfo espartano.

La guerra del Peloponeso cambió el mapa de la Antigua Grecia. Atenas, la principal ciudad antes de la guerra, fue reducida a un estado de sometimiento, mientras Esparta se establecía como el mayor poder de Grecia.

El costo de la guerra se sintió en toda Grecia. Un estado de pobreza se extendió por el Peloponeso, mientras que Atenas se encontró a sí misma devastada y jamás pudo recuperar su prosperidad. La guerra también acarreó cambios sutiles en la sociedad; el conflicto entre la democracia ateniense y la oligarquía espartana –cada una apoyaba a facciones políticas amigas dentro de otros estados– hizo de las guerras civiles algo común.

Las consecuencias fueron los Treinta Tiranos y la corrupción política y, como sucedía en sus tragedias, Atenas sufrió pestes (descriptas por Tucídides) y se sumió en una ruina que propiciaría la conquista de Filipo de Macedonia.

Atenas recuperó su democracia a fines del siglo V. Pero nada sería como antes. La corrupción y los enfrentamientos civiles entre oligarcas y demócratas sólo prolongaron la agonía. Hablamos del periodo de los oradores del Ática, de la proliferación de juicios y hostigamiento a supuestos ciudadanos colaboracionistas o a los molestos como Sócrates.

Las guerras griegas se convirtieron en luchas sin cuartel entre ciudades-estado con atrocidades. La guerra del Peloponeso devastó territorios y destruyó ciudades, marcando el final del dorado siglo V de Grecia y dando el marco para el juicio a Sócrates.

El juicio

Una de las características de la justicia ateniense era que siempre debía ser rogada. Si un hecho, por grave que fuera, no era denunciado, no se juzgaba. No se impartía de oficio si no había una denuncia por parte del perjudicado o de su representante. Se admitía que si el daño objeto de la denuncia no afectaba a la esfera privada (díckai) sino al interés general (grafaí) se pudiera interponer por cualquier ciudadano que lo deseara (ho boulomenos) al considerarse que afectaba a todos.

Sócrates fue denunciado por Meleto, Anito y Licón, portavoces de una tendencia que consideraba molesto a Sócrates. En los escritos de Platón existen referencias a una extendida infamia sobre su maestro: “Si se me condena no será por la acusación de Meleto y Anito, sino por las calumnias de la gente”.

Siempre se le había reprochado que investigara las cuestiones de arriba (celestiales) y las de abajo (terrenales); de tener el poder de manipular los argumentos de los vencidos haciéndoles parecer como vencedores y de la enseñanza de esta práctica poco ética a sus alumnos. Es curiosa y significativa la referencia alusiva a que entre los acusadores antiguos –que extendían falsos rumores sobre su persona– hay “un cierto autor de comedias”. No es otro que Aristófanes, pues Sócrates aparece ridiculizado en varias obras suyas como “Las nubes”, “Las aves” y “Las ranas”.

Así, el núcleo acusatorio tuvo dos motivos fundamentales: la impiedad hacia los dioses y corromper a la juventud con sus enseñanzas.

La audiencia comenzaba con una señal del juez-arconte y de inmediato se cerraba la puerta. El secretario, funcionario público, leía la acusación y una respuesta escrita que presentaba la defensa. A continuación, el juez-arconte concedía la palabra al demandante y luego al demandado. Aunque las partes podían interpelarse entre sí e incluso preguntar a testigos, la intervención era limitada. La clepsidra era un reloj de agua, un recipiente que se llenaba con unos 39 litros (40 minutos), que regulaba el tiempo dependiendo de la gravedad de la materia a enjuiciar.

Terminadas las intervenciones, el jurado votaba la culpabilidad o inocencia con una ficha en unas urnas. El recuento se efectuaba por mayoría simple y su resultado podía provocar lo que consideramos el primer antecedente de la actual condena en costas, ya que para evitar denuncias falsas y celebrar muchos juicios, en caso de absolución del acusado con un recuento menor del cinco por cien de los votos de culpa, se condenaba al denunciante a una multa o pérdida de los derechos de ciudadano (atimia).

La aproximación se impone a la certeza cuando se intenta desentrañar las razones que llevaron a Sócrates, en contra de los consejos de sus amigos, a no defenderse de forma adecuada. No hay documento escrito por este filósofo, las fuentes fundamentales de lo acaecido son obra de Platón y Jenofonte.

Ambos difieren en las razones que tuvo Sócrates para no oponerse a su condena. Platón, en “Fedón”, se centra en la idea de que a Sócrates no le importa morir, puesto que el alma preexiste al cuerpo y es inmortal.

La vida y la muerte se suceden engendrándose la una a la otra como el placer y el dolor, la noche y el día… Pero, no se debe caer en el error de interpretar los “Diálogos de Platón” desde la óptica de una pretendida vocación histórica limitada a ceñirse al mero relato de unos hechos, sino que el maestro es utilizado por su discípulo como actor para exponer unas ideas que pueden ser propias o compartidas. Platón era uno de sus discípulos más jóvenes. La muerte de Sócrates cambió el rumbo de su vida y sus enseñanzas fueron el motivo inspirador de su obra.

Jenofonte, un militar menos docto pero más realista, no fue testigo, pues se encontraba en la expedición de los diez mil, relatada por él mismo en la “Anábasis”. En su “Apología de Sócrates”, la diferencia con Platón estriba en considerar determinante para la aceptación de la muerte el que Sócrates tuviera 70 años. Por esta razón no le importa morir, pues poco podía esperar de la vida. La indignidad de una huída no compensa una muerte que libera de achaques. Donde Platón y Jenofonte coinciden se encuentra el Sócrates verdadero.

Es constado que Sócrates niega defenderse de forma efectiva. No acepta la ayuda de Lisias y se defiende a sí mismo sin clara voluntad de convencer al Jurado, en un tono que Jenofonte denomina “megalegoría”, es decir, grandilocuente, no ajustado a las circunstancias pero conscientemente. Es posible que Sócrates, ante la falsedad de las acusaciones, considerara que el defenderse de las mismas fuera una forma de aceptar su veracidad.

El jurado, en su primera votación, le declara culpable por escaso margen de votos. Como las leyes no preveían pena concreta para los delitos imputados, se le ofrece la posibilidad de proponer una pena. Podía haber elegido el destierro o una multa, pero vuelve a irritar al jurado no acatando el veredicto y solicitando una pensión a expensas públicas por los servicios prestados a la comunidad. Entonces, al considerarse ofendido, el tribunal vota mayoritariamente la condena a muerte.

Sócrates es llevado a prisión y es muerto en 30 días. En este tiempo no acepta los planes de huida de sus seguidores. Cita Jenofonte que, ante las lágrimas de sus amigos, respondió:

“¿Qué es eso? ¿Es ahora cuando os ponéis a llorar? ¿Acaso no sabéis que desde que nací estaba condenado a muerte por la naturaleza?” (…) Apolodoro, amigo apasionado de Sócrates, dijo: “Pero es que yo, Sócrates, lo que peor llevo es ver que mueres injustamente”. Sócrates  le respondió acariciándole la cabeza: “¿Preferirías entonces, queridísimo Apolodoro, verme morir con justicia que injustamente?”.Sócrates ingiere la cicuta dando muestras de serenidad ante la consternación y dolor de los amigos. Respeta las leyes en todo momento sin considerar una fuga. En el hermoso diálogo del “Fedón”, Platón describe palabras de su despedida: “O con la vida termina todo, y entonces la paz del sueño se trueca en paz eterna, o la vida prosigue en otro lugar, y entonces allí proseguiré mis preguntas y mis averiguaciones”. Sócrates acepta la muerte, nunca se lamenta, sella con su vida la firme creencia en las ideas que había enseñado.

Argumentos de Sócrates (Extraído de Apología de Sócrates de Platón)

El interrogatorio a Meletos

Ahora, pues, toca defenderme de Meletos, el honrado y entusiasta patriota Meletos, según el mismo se confiesa, y con él, del resto de mis recientes acusadores. La acusación de corrupción

Veamos cuál es la acusación jurada de éstos –y ya es la segunda vez que nos la encontramos– y démosle un texto, como a la primera. El acta diría así: “Sócrates es culpable de corromper a la juventud, de no reconocer a los dioses de la ciudad y, por el contrario, sostiene extrañas creencias y nuevas divinidades”.

La acusación es ésta. Pasemos, pues, a examinar cada uno de los cargos.

Se me acusa, primeramente, de que corrompo la juventud.

Yo afirmo, por el contrario, que el que delinque es el propio Meletos, al actuar tan a la ligera en asuntos tan graves como es convertir en reos a ciudadanos honrados; abriendo un proceso so capa de hombre de pro y simulando estar preocupado por problemas que jamás le han preocupado. Y que esto sea así, voy a intentar hacéroslo ver.

¿Quién hace mejores a los hombres? Acércate, Meletos, y respóndeme: ¿No es verdad que es de suma importancia para ti el que los jóvenes lleguen a ser lo mejor posible?

– Ciertamente.

– Ea, pues, y de una vez, explica a los jueces, aquí presentes, quién es el que los hace mejores. Porque es evidente que tú lo sabes, ya que dices tratarse de un asunto que te preocupa. Y, además, presumes de haber descubierto al hombre que los ha corrompido, que, según dices, soy yo, haciéndome comparecer ante un tribunal para acusarme. Vamos, pues, diles de una vez quién es el que los hace mejores. Veo, Meletos, que sigues callado y no sabes qué decir. ¿No es esto vergonzoso y una prueba suficiente de que a ti jamás te han inquietado estos problemas? Pero vamos, hombre, dinos de una vez quién los hace mejores o peores.

– Las leyes.

– Pero, si no es eso lo que te pregunto, amigo mío, sino cuál es el hombre, sea quien sea, pues se da por supuesto que las leyes ya se conocen.

– Ah sí, Sócrates, ya lo tengo. Ésos son los jueces.

– ¿He oído bien, Meletos? ¿Qué quieres decir? ¿Que estos hombres son capaces de educar a los jóvenes y hacerlos mejores?

– Ni más ni menos.

– ¿Y cómo? ¿Todos? ¿O unos sí y otros no?

– Todos, sin excepción.

– ¡Por Hera!, que te expresas de maravilla. ¡Qué grande es el número de los benefactores, que según tú sirven para este menester...! Y el público aquí asistente, ¿también hace mejores o peores a nuestros jóvenes?

– También.

– ¿Y los miembros del Consejo?

– Ésos también.

– Veamos, aclárame una cosa: ¿serán entonces, Meletos, los que se reúnen en asamblea, los asambleístas, los que corrompen a los jóvenes? ¿O también ellos, en su totalidad, los hacen mejores?

– Es evidente que sí.

– Parece, pues, evidente que todos los atenienses contribuyen a hacer mejores a nuestros jóvenes. Bueno; todos, menos uno, que soy yo, el único que corrompe a nuestra juventud. ¿Es eso lo que quieres decir?

– Sin lugar a dudas.

– Grave es mi desdicha, si ésa es la verdad. ¿Crees que sería lo mismo si se tratara de domar caballos y que todo el mundo, menos uno, fuera capaz de domesticarlos y que uno sólo fuera capaz de echarlos a perder? O, más bien, ¿no es todo lo contrario? ¿Que uno sólo es capaz de mejorarlos, o muy pocos, y que la mayoría, en cuanto los montan, pronto los envician? ¿No funciona así, Meletos, en los caballos y en el resto de los animales? Sin ninguna duda, estéis o no estéis de acuerdo, Anitos y tú. ¡Qué buena suerte la de los jóvenes si sólo uno pudiera corromperlos y el resto ayudarles a ser mejores! Pero la realidad es muy otra. Y se ve demasiado que jamás te han preocupado tales cuestiones y que son otras las que han motivado que me hicieras comparecer ante este Tribunal. Pero, ¡por Zeus!, dinos todavía: ¿qué vale más, vivir entre ciudadanos honrados o entre malvados? Ea, hombre, responde, que tampoco te pregunto nada del otro mundo. ¿Verdad que los malvados son una amenaza y que pueden acarrear algún mal, hoy o mañana, a los que conviven con ellos?

– Sin lugar a duda.

– ¿Existe algún hombre que prefiera ser perjudicado por sus vecinos o todos prefieren ser favorecidos? Sigue respondiendo, honrado Meletos, porque, además, la ley te exige que contestes: ¿hay alguien que prefiera ser dañado?

– No, desde luego.

– Veamos pues: me has traído hasta aquí con la acusación de que corrompo a los jóvenes y de que los hago peores. Y esto, ¿lo hago voluntaria o involuntariamente?

– Muy a sabiendas de lo que haces, sin lugar a duda.

– Y tú, Meletos, que aún eres tan joven, ¿me superas en experiencia y sabiduría hasta el punto de haberte dado cuenta de que los malvados producen siempre algún perjuicio a las personas que tratan, y los buenos, algún bien? ¿Y me consideras en tal grado de ignorancia, que no sepa si convierto en malvado a alguien de los que trato diariamente, corriendo el riesgo de recibir a la par algún mal de su parte, y que incluso haga este daño tan grande de forma intencionada?

Esto, Meletos, a mí no me lo haces creer y no creo que encuentres quien se lo trague: yo no soy el que corrompe a los jóvenes y, en caso de serlo, sería involuntariamente y, por tanto, en ambos casos, te equivocas o mientes.

Y si se probara que yo los corrompo, desde luego tendría que concederse que lo hago de manera involuntaria. Y, en este caso, la ley ordena advertir al presunto autor en privado, instruirle y amonestarle y no, de buenas a primeras, llevarle directamente al Tribunal. Pues es evidente, que una vez advertido y entrado en razón, dejaría de hacer aquello que inconscientemente dicen que estaba haciendo... Pero tú has rehuido siempre el encontrarte conmigo, aunque fuera sólo para conversar o para corregirme, y has optado por traerme directamente aquí, que es donde debe traerse a quienes merecen un castigo y no a los que te agradecerían una corrección. Es evidente, Meletos, que no te han importado ni mucho ni poco estos problemas que dices te preocupan.

¿Existen los dioses?

Aclaremos algo más, explícanos ¿cómo corrompo a los jóvenes? ¿No es –si seguimos el acta de la denuncia– enseñando a no honrar a los dioses que la ciudad venera y sustituyéndolos por otras divinidades nuevas? ¿Será, por esto, por lo que los corrompo?

– Precisamente, eso es lo que afirmo.

– Entonces, y por esos mismos dioses de los que estamos hablando, explícate con claridad ante esos jueces y ante mí, pues hay algo que no acabo de comprender. O yo enseño a creer que existen algunos dioses y, en este caso, en modo alguno soy ateo ni delinco, o bien dices que no creo en los dioses del Estado, sino en otros diferentes, y por eso me acusas o, más bien, sostienes que no creo en ningún dios y que, además, estas ideas las inculco a los demás.

– Eso mismo digo, que tú no aceptas ninguna clase de dioses.

– Ah, sorprendente Meletos, ¿para qué dices semejantes extravagancias? ¿O es que no considero dioses al Sol y la Luna, como creen el resto de los hombres?

– ¡Por Zeus! Sabed, oh jueces, lo que dice, el Sol es una piedra y la Luna es tierra.

– ¿Te crees que estás acusando a Anaxágoras, mi buen Meletos? ¿O desprecias a los presentes hasta el punto de considerarlos tan poco eruditos que ignoren los libros de Anaxágoras el Clazomenio, llenos de tales teorías? Y, más aún, ¿los jóvenes van a perder el tiempo escuchando de mi boca lo que pueden aprender por menos de un dracma, comprándose estas obras en cualquiera de las tiendas que hay junto a la orquesta y poder reírse después de Sócrates si éste pretendiera presentar como propias estas afirmaciones, sobre todo y, además, siendo tan desatinadas? Pero, ¡por Júpiter!, ¿tal impresión te he causado que crees que yo no admito los dioses, absolutamente ningún dios?

– Sí, ¡Y también, por Zeus!, tú no crees en dios alguno.

– Increíble cosa la que dices, Meletos. Tan increíble que ni tú mismo acabas de creértela. Me estoy convenciendo, atenienses, de que este hombre es un insolente y un temerario y que en un arrebato de intemperancia, propio de su juvenil irreflexión, ha presentado esta acusación. Se diría que nos está formulando un enigma para probarnos: “A ver si este Sócrates, tan listo y sabio, se da cuenta de que le estoy tendiendo una trampa, y no sólo a él, sino también a todos los aquí presentes, pues en su declaración, yo veo claramente que llega a contradecirse”.

Es como si dijera: “Sócrates es culpable de no creer en los dioses, pero cree que los hay”. Decidme, pues, si esto no parece una broma y de muy poca gracia. Examinad conmigo, atenienses, el porqué me parece que dice esto. Tú, Meletos, responde, y a vosotros –como ya os llevo advirtiendo desde el principio– os ruego que prestéis atención, evitando cuchicheos porque siga usando el tipo de discurso que es habitual en mí.¿Hay algún hombre en el mundo, ¡oh! Meletos, que crea que existen cosas humanas, pero que no crea en la existencia de hombres concretos? Que conteste de una vez y que deje de escabullirse refunfuñando. ¿Hay alguien que no crea en los caballos, pero sí que admita, por el contrario, la existencia de cualidades equinas? ¿O quien no crea en los flautistas, pero sí que haya un arte de tocar la flauta? No hay nadie, amigo mío.Y puesto que no quieres, o no sabes contestar, yo responderé por ti y para el resto de la Asamblea: ¿Admites o no, y contigo el resto, que puedan existir divinidades sin existir al mismo tiempo dioses y genios concretos?

– Imposible.

– ¡Qué gran favor me has hecho con tu respuesta, aunque haya sido arrancada a regañadientes! Con ella afirmas que yo creo en cualidades divinas, nuevas o viejas, y que enseño a creer en ellas, según tu declaración, sostenida con juramento. Luego, tendrás que aceptar que también creo en las divinidades concretas, ¿no es así? Puesto que callas, debo pensar que asientes.Y ahora prosigamos el razonamiento. ¿No es verdad que tenemos la creencia de que los genios son dioses o hijos de los dioses? ¿Estás de acuerdo, sí o no?

– Lo estoy.

– En consecuencia, si yo creo en las divinidades, como tú reconoces, y las divinidades son dioses, entonces queda bien claro que tú pretendes presentar un enigma y te burlas de nosotros, pues afirmas, por una parte, que yo no creo en los dioses y, por otra, que yo creo en los dioses, puesto que creo en las divinidades. Y si éstas son hijas de los dioses, aunque fueran sus hijas bastardas, habidas de amancebamiento con ninfas o con cualquier otro ser –como se acostumbra a decir–, ¿quién, de entre los sensatos, admitiría que existen hijos de dioses, pero que no existen los dioses? Sería tan disparatado como admitir que pueda haber hijos de caballos y de asnos, o sea, mulos, pero que negara, al mismo tiempo, que existen caballos y asnos.

Lo que pasa, Meletos, es que, o bien pretendías quedarte con nosotros, probándonos con tu enigma, o que, de hecho, no habías encontrado nada realmente serio de qué acusarme. Y dudo que encuentres algún tonto por ahí, con tan poco juicio, que piense que una persona pueda creer en demonios y dioses y, al mismo tiempo, no creer en demonios o dioses o genios. Es absolutamente imposible.

Así, pues, creo haber dejado bien claro que no soy culpable, si nos atenemos a la acusación de Meletos. Con lo dicho, basta y sobra.

Es investigador y escritor argentino.

Tomado de: monografias.com

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