La Gaceta Jurídica

Lenguaje y Derecho en el nuevo sistema jurídico

El Señor Justicia

Carlos Conde Calle

00:00 / 19 de junio de 2015

La hipótesis de trabajo es que la Ciencia del Derecho está construida de signos (léase palabras). No existe dispositivo legal cuya base no sea la palabra. Los signos permiten a los seres humanos comunicarnos mejor; éstos evolucionan permanentemente. La relación procesal, entre juez y actor (y demandado) es un proceso de comunicación verbal y escrita ineludibles.

Lo que acerca a las partes, no son precisamente las leyes, sino la lengua, como dice Saussure, el habla (que deviene en el uso cotidiano de las palabras). Cada artículo responde a ciertas reglas gramaticales de irrecusable observancia; mínimamente, en cada artículo se vislumbra una oración y, por supuesto, el mismo dispositivo se traduce en un párrafo.

En general, nuestros abogados no son culpables –carecen de una adecuada formación en redacción y estilo–. V. gr., para no creerlo, existen memoriales (y hasta sentencias) constituidas por un solo párrafo.

La introducción justifica la hipótesis de que el NUEVO CÓDIGO PROCESAL CIVIL adolece de algunos vicios de lenguaje (y no jurídico). Evidentemente, los proyectistas –y hasta el presente no lo reconocen– hicieron es copia del Código Procesal Civil Modelo para Iberoamérica y, al mismo tiempo, del Anteproyecto de Código Procesal Civil producido por el neoliberalismo de Gonzalo Sánchez de Lozada en 1997, como bien apunta Mario Cordero Miranda.

Pero eso no es del todo cierto, existen algunos artículos que fueron “creados” por César Villarroel y Andrés Valdivia, que son pocos. Si se lee el conjunto de los tres instrumentos, un buen porcentaje es copia y uno pequeño producción propia. Pero, ¿cómo puede detectarse el problema? Por regla general, los proyectistas originales, los uruguayos Adolfo Gelsi Bidart y Enrique Vescovi, sin ser peritos en Lingüística, tienen un estilo coherente y hasta elegante.

Existe un manejo conceptual preciso (los conceptos, como dice Sócrates en el libro de Jorge Echazú) ayudan a comprender una ciencia. Cuando Villarroel y Valdivia meten la pluma se observa algunas anfibologías y oscuridad en el manejo conceptual. Veamos un par de ejemplos:

a) en el art. 1 del nuevo Código Procesal Civil se lee: “SANEAMIENTO. Facultad a la autoridad judicial para adoptar decisiones destinadas a subsanar defectos procesales en la tramitación de la causa, siempre que no afecten los principios del debido proceso y de la seguridad jurídica, de manera que se excluya la tramitación de la causa con la debida celeridad procesal” (sic).

Este es un párrafo resumible con dos oraciones, pero los autores no discriminan adecuadamente. Mejor así, “Es facultad de la autoridad judicial para resolver defectos procesales, durante la tramitación de la causa, siempre que no afecten el debido proceso y la seguridad jurídica”. Pregunta: ¿Qué quisieron decir con “de manera que se excluya la tramitación de la causa con la debida celeridad procesal (III)”? No dicen nada, son complementos innecesarios.

b) El art. 24 del nuevo Código Procesal Civil dice: “La autoridad judicial tiene poder para (...): 2. Impulsar el proceso observando (quién) el trámite que legalmente corresponde, cuando el requerido por la parte (por cuál) no sea el adecuado” (sic). Quizá el artículo, que es ambiguo, pueda ser más preciso. ¿Qué quisieron decir con “impulsar el  proceso observando el trámite que legalmente corresponda”?

Proponemos una mejor redacción: “…tiene poder para (...) ordenar a las partes para que adecúen el proceso al trámite que legalmente corresponda”. Hay más, pero es menester sostener  categóricamente que los abogados no son culpables. Ocurre que, por lo menos en la umsa, en la facultad de Derecho, no existe una materia con el rótulo de “Redacción Jurídica”.

Muchos de nosotros –y me incluyo– escribimos como hablamos, sin considerar que son códigos distintos; se escribe de una manera y se habla de otra. Grandes escritores recomiendan que para formar un buen estilo no se requiere estudiar con mucha profundidad la Gramática, sino, debemos tener el hábito, la costumbre de leer buenos libros. De tanto machacar buenos libros, con seguridad no nos pareceremos a Azorín, Vargas Vila o Miguel de Cervantes.

Sobre el tema, pensamos que hubo apresuramiento en la presentación del nuevo Código Procesal Civil. Lo sensato hubiera sido que, concluido el proyecto, deberían contratar a un consultor en redacción y estilo, como solía ocurrir en el pasado; v. gr., existen pocos errores en el Código Civil aún vigente, pero los hay, como denunció Carlos Wálter Urquidi en sus Gramatiquerías.

Quiero informar al mundo abogadil y a los alumnos que estudian Derecho que existen profesionales preocupados por la redacción y el estilo. Son pocos, pero existen. El  primero es René Cane- las López, que tiene dos obras, una sobre Ortografía y otra dedicada a la Gramática y es autor del libro Derecho Constitucional.

El segundo, entre los bolivianos, es Carlos Castañón Barrientos, quien es abogado perito en seguro privado y escribió un libro pequeño de Gramática publicado por Editorial Juventud. El tercero es Carlos Wálter Urquidi, quien, como perito en Derecho Constitucional, escribió sobre Síntesis de la Legislación Legal Boliviana y sus Gramatiquerías (el Castellano en serio y en Broma). El cuarto es Javier Sanjinés, abogado radicado en Estados Unidos, quien escribió un ensayo sobre el carnaval y el lenguaje.

No cabe duda que jurisconsultos extranjeros también se ocupan del buen decir. Andrés Bello, hombre polifacético en Derecho, notable civilista, internacionalista y poeta que escribió el libro Gramática Española.

Seguramente el nombre de Rafael Bielsa les suena, se trataba de un notable profesor argentino de derecho administrativo. Muy pocos conocen su obra Los conceptos jurídicos y su terminología, publicada por la editorial Depalma. El autor sostiene que “el lenguaje claro y el empleo propio de las palabras revelan ideas claras y conceptos cabales”.

El mismo Ángel Ossorio, en El alma de la toga, interpela cuando sostiene que “quien no fie en la fuerza del verbo, ¿en qué confiará? El verbo es todo: estado de conciencia, emotividad, reflexión, efusión, impulso (...), ¿que podrá suplir a la palabra para narrar el caso controvertido?, ¿con qué elementos se expondrá el problema? Por la palabra se enardecen o calman los ejércitos y turbas; por la palabra se difunden las religiones (...), abominan los tiranos porque les condena, los malvados porque les descubre y los necios porque no la entienden. Pero nosotros, que buscamos la convicción con las almas del razonamiento, como hemos de desconfiar de su eficacia” (sic). Si los abogados escribiéramos como Ángel Osorio.

Me gustaría continuar, pues existen muchos autores abogados y jurisconsultos dedicados a la Lingüística, vayamos con el último.

El libro Reglas de estilo y táctica forenses, de Amado Adip, es un manual de inevitable consulta. El autor sostiene que “el pensamiento filosófico se basa en el concepto exacto y en el valor definido del lenguaje (...), el lenguaje forense posee una terminología propia, como lo tienen la medicina, la fisiología y otras ciencias.

Solo que ese léxico forense REQUIERE UNA PRECISIÓN  INSOSLAYABLE. Si el abogado dice ‘me allano a la demanda’, cuando hubiera querido expresar: ‘me allano al acuerdo’. La torpeza no tiene remedio” (sic).

En conclusión, los pocos artículos redactados por nuestros proyectistas adolecen de vicios y Cordero Miranda sigue esperando la respuesta de César Villarroel. El caso es muy sencillo y se resolvería del siguiente modo: aceptar que el Código Procesal Civil se copió e inspiró en el Código Modelo para Iberoamérica y en el Anteproyecto del Código Procesal Civil. ¡Qué problema! Pero estos dispositivos son productos del neoliberalismo y execrados por los socialistas (comunitarios).

Es experto en Derecho Privado.

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