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Mal endémico de la civilización

La tortura

Al “evolucionar”, el castigo dejó de ser para el cuerpo y pasó a ser para la conciencia.

Al “evolucionar”, el castigo dejó de ser para el cuerpo y pasó a ser para la conciencia. Foto: secretolivo.com

Amelia Peña Aguilar

00:00 / 04 de abril de 2014

Treinta y nueve muertes, quinientos cincuenta heridos, dos mil ciento cincuenta y siete detenidos son los datos que recolectó Nuria García, de Amnistía Internacional (ai), sobre las consecuencias de la crisis política que está viviendo Venezuela, además de cincuenta casos de tortura y trato degradante por parte de las fuerzas del orden contra los manifestantes.

Muchas personas liberadas manifestaron que lo que sufrieron fue a causa de haberse manifestado en contra el gobierno venezolano y la prensa también declara que es constantemente acosada, atacada y sometida a la censura.

Estos actos de tortura en nuestra época contemporánea nos remiten a la época medieval, donde la vigilancia de la sociedad, los suplicios, la humillación pública, la prisión fueron tomando forma.

El suplicio como un ritual

Michel Foucault habla de la vigilancia y el castigo como la expresión del poder, que son utilizados para controlar el comportamiento de la sociedad, y del suplicio que, además de ser un ritual, es un elemento en la liturgia punitiva que responde a dos exigencias con relación a la víctima.

Una, que “debe ser señalado”, ya sea por la cicatriz que deja en el cuerpo o por la resonancia que lo acompaña a volver infame a aquel que es su víctima, y, dos, “el propio suplicio”, que, si bien tiene por función la de purgar el delito, traza sobre el cuerpo mismo del condenado unos signos que no deben borrarse.

“El suplicio debe ser resonante y debe ser comprobado por todos, en cierto modo como su triunfo. El mismo exceso de las violencias infligidas es uno de los elementos de su gloria, el hecho de que el culpable gima y grite bajo los golpes no es un accidente vergonzoso, es el ceremonial mismo de la justicia manifestándose en su fuerza”.

Es decir que el poder, o quien lo posee, no busca ocultar a las víctimas de la tortura, sino, al contrario, busca exponerlas; no busca quebrar sólo los ideales del torturado, sino también de todos los que estén en pleno proceso reflexivo de contraponerse al poder.

Un mal extendido en la civilización

Maurie Merlau, en su libro Humanismo y Terror, señala que la tortura se aloja en la intimidad del cuerpo sensible para destruirlo, ya que en ese espacio íntimo que es el cuerpo habita desde siempre en forma virtual y potencial el miedo ancestral como el terror al dolor infinito, no el miedo a morir, sino el miedo a la agonía interminable, que es una figura universal de los mitos, de las fobias y los cuentos infantiles y algunos mitos religiosos. 

El miedo nos merodea, nos asedia, nos asecha en silencio, vulnerando al cuerpo sensible y la palabra que lo expresa.

Para Merlau, la tortura es una enfermedad, más no del torturado, sino de la civilización que crece y se expande con el progreso como cualquier tecnología perfectible y robotizante, como cualquier industria.

Michel De Certau piensa que la tortura no es un barbarismo retardatario, sino una necesidad del poder en la sociedad moderna, su reverso abyecto pero necesario.

David Rousset dice: “no soy un enfermo, sino expresión de mi época”. Para él hablar de tortura es usar el testimonio de la humanidad para denunciar un orden de convivencia que sólo puede fundar su existencia y sobrevivencia en la destrucción del semejante.

Alain Badiou sostiene que, “si el verdugo es una abyección, la condición de víctima no vale mucho más. Lo propiamente humano en alguien destinado al matadero es su resistencia, casi insensata y casi impensable, de que mediante un esfuerzo inaudito se obstine en seguir siendo sí-mismo y no se acomode al lugar asignado para la víctima. El trabajo de subjetivación es la lucha entre el lugar asignado y el lugar asumido”.

La finalidad de la tortura es transformar a la víctima en una caricatura y desecho de sí misma, un títere de la voluntad del torturador y su dignidad y su condición humana es difícil de reparar.

Un método de lucha por el poder

La historia muestra que en la lucha por el poder el ser humano utiliza argumentos, intrigas, batallas y hasta actos monstruosos como torturas sofisticadas y sistemáticas desapariciones, cualquier método extremo para obtener sus fines; así, el aparato represivo en un Estado moderno es muy importante, prueba de ello es el hecho de que George Bush padre era director de la cia (Agencia Central de Inteligencia) y luego presidente de Estados Unidos; Vladimir Putin fue cabeza de la kgb (Comité para la Seguridad del Estado) y coincidentemente jefe de gobierno de Rusia.

La historia de la tortura data de la antigua Grecia, fue abolida por los sistemas judiciales europeos en el siglo xix, pero reapareció en el xx, por lo que la onu, en 1984, aprobó la “Convención contra la tortura y otros tratos o penas crueles”. Sin embargo, vemos que la tortura no ha desaparecido, más bien, es pública y escandalosa, como los casos en la prisión Abu Ghraib, Irak.

Las formas de los castigos han cambiado con el tiempo, pero también el objeto del castigo; hoy en día se le da a un juez la facultad de sancionar infracciones utilizando un conjunto de juicios apreciativos, diagnósticos y pronósticos normativos referentes al individuo juzgado. 

Al “evolucionar”, el castigo dejó de ser para el cuerpo y pasó a ser para la conciencia; las relaciones de poder “orientan” a quien castigan y el poder se acompaña del “saber” que lo faculta, irreprochablemente, para dirimir en asuntos penitenciarios; para “el que sabe” es más fácil colocar “a quien sea” en situación de “condenado”, por lo que éste último será fácilmente coartado en sus libertades, lujos cotidianos y tendrá restricciones que lo harán “sufrir”.

El desafío

Es un desafío no negar, no banalizar, no suprimir ni menospreciar la tortura en nuestra actualidad, no verla como normal, no justificarla es un drama escandaloso que se convierte en un espectáculo mediático, el horror de la tortura está ocurriendo, se la conoce y no se la oculta, no se da argumentos para ello y no se justifica.

Pero tampoco se trata de refutar la mentira de que sólo una pequeña minoría la sufre, porque su efecto es la socialización del terror y el traumatismo es histórico, los efectos en la psiquis de la sociedad son fuertes y peligrosos, como su complicidad silenciosa.

“La figura de la víctima y la intensidad de su dolor puede encandilarnos e impedirnos visualizar” que el dolor y la manipulación y flagelación de lo más íntimo de nuestro ser, nuestro cuerpo, nuestra mente, nuestra alma son inmorales y políticos.

Fuentes

Foucault, Michel. Vigilar y Castigar.

Viñar, Marcelo. Homo Homini Lupus: Un destino inevitable o Cómo trabajar para decir no.

Es economista, egresada en Derecho y diplomada en Pedagogía para la educación superior y en Diplomacia Cultural de los Pueblos.

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