La Gaceta Jurídica

Mujer y abogacía en la Roma antigua: tres casos célebres

(Parte I)

Foto: es.wikipedia.org

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Ana Lucía Truque Morales

00:00 / 05 de septiembre de 2014

En la antigua Roma, a pesar de que la sociedad tenía papel protagónico de los hombres y no se permitía a las mujeres el ejercicio de cargos públicos, hubo épocas en que ellas pudieron ejercer la abogacía ante los tribunales.

Varios autores recuerdan casos célebres en los que mujeres como Amasia Sentia y Hortensia fueron abogadas, entre ellos  también se consigna la historia de Caya Afrania, cuyo temperamento supuestamente originó el edicto que prohibió a las mujeres actuar por otras personas ante los tribunales.

El Derecho y la mujer en Roma

La sociedad romana de la Antigüedad, al igual que otras comunidades indoeuropeas de esa época, tuvo una cultura androcrática, caracterizada por el predominio casi absoluto de los varones en las actividades económicas y políticas más importantes.

Originadas en una religión machista y casi obsesionada con la continuidad del linaje agnático, es decir, de varón a varón –único que en los credos indoeuropeos permitía realizar adecuadamente el culto a los antepasados–, las instituciones normativas romanas también dieron a los varones un papel preponderante en las relaciones jurídicas, como lo simbolizó durante siglos la omnipotente figura del pater (Fustel de Coulanges, Numa Dionisio, 1952; Sáenz, Jorge Francisco, 2009, pp. 135-143).

El desarrollo de la abogacía también se nutrió del pensamiento androcrático en sus inicios, cuando la actividad forense estaba monopolizada por los sacerdotes, y cuando en la ya avanzada época republicana aparecieron los juriconsultos laicos, así fue ejercida habitualmente por varones (Camus, E. F., 1941, pp. 81-85; Manavella, Carlos 1989, pp. 219-222; Petit, Eugene, 1978, pp. 56-58).

Además de las tradiciones y los prejuicios religiosos, en ello debió influir, sin duda, el hecho de que las mujeres por regla general carecían de educación formal. A la mujer romana se le enseñaba domésticamente a ser una buena ama de casa, una buena hija, una buena esposa y una buena madre, mientras que, por otra parte, campos como la lectura, la escritura, la filosofía o las artes solían estarle vedados. Ello ocurría incluso en las familias acomodadas, cuyas mujeres, gracias a la existencia de esclavos y sirvientes, podrían haber dispuesto de tiempo libre para actividades culturales.

La mujer, por supuesto, no era titular del ius honorum, es decir, le estaba vedado el acceso a los cargos públicos (Feldner, Birgit, 2002). Sin embargo, es muy interesante que en la Roma republicana, aunque se consideraba que la abogacía era una actividad propia de los varones, su ejercicio no estuvo prohibido de modo terminante a las mujeres y algunas de ellas intervinieron en los tribunales en casos que las hicieron célebres.

La existencia de mujeres abogadas debió, sin embargo, revestir carácter excepcional, ya que de ella quedan muy pocos testimonios documentales. Al respecto, la principal fuente de la que disponemos hoy en día es la obra de Valerio Máximo, un escritor del siglo I d.C, que apareció en español en el siglo XVI con el nombre de

Los nueve libros de los exemplos, y virtudes morales de Valerio Máximo (Cantarella, Eva, 1997; Valerio Máximo, 1655).

De modo muy sucinto, este autor recogió las historias de tres mujeres romanas que actuaron ante los tribunales en el siglo I a.C en circunstancias muy diversas, éstas fueron Amasia Sentia, Hortensia y Caya Afrania.

Valerio Máximo dejó muy claro que consideraba desvergonzada y contraria a la naturaleza la participación de las mujeres en la actividad forense, ya que anunció los tres relatos con las siguientes palabras:

“Habemos de decir de aquellas mujeres que no pudo refrenar la condición de la naturaleza, y la estola de la vergüenza, para que callasen en la plaza judicial, y en los estrados de los jueces” (Valerio Máximo, 1688, f. 137 v.)

Amesia Sentia

El primero de los casos relatados por Valerio Máximo en relación con las abogadas romanas data aproximadamente del año 77 a.C (Smith, Sir Wiliam, 2005, I, p. 135) y su protagonista fue una mujer llamada Amaesia o Amesia Sentia.

“Amesia Sentia culpada, trató su causa en el muy grande concurso del pueblo juntados los jueces Lucio Ticio Pretor, y ejecutando, no solamente con diligencia, sino también con fortaleza todas las partes, y números de su defensión, en la primera instancia le dieron por libre casi con todos los pareceres. A la cual llaman Androgynes, porque siendo mujer, representaba ánimo varonil”.

La escritura del texto original es la siguiente: “Amesia Sentinas rea causam suam L. Titio praetore iudicium cogente maximo populi concursu egit modos que omnes ac numeros defensionis non solum diligenter, sed etiam fortiter executa, et prima actione et paene cunctis sententiis liberata est. quam, quia sub specie feminae virilem animum gerebat, Androgynen appellabant” (Valerio Máximo, 1688, 8.3.1, f. 137 v.).

En el procedimiento romano, el pretor solamente indicaba el Derecho aplicable, ya que la apreciación de los hechos y las pruebas y la decisión final sobre el caso correspondían al iudex o juez propiamente dicho, quien desempeñaba un papel algo similar al del jurado anglosajón. Los iudices  o jueces podían ser varios, como ocurrió en el caso de Amesia Sentia, o uno solo (Iglesias, Juan, 1999, pp. 123-133).

Lamentablemente, Valerio Máximo no consignó de qué se acusaba a Amesia Sentia o sobre qué versaba el asunto, pero los cargos en su contra debieron haber sido muy graves para que el caso alcanzara esa notoriedad y congregase “muy grande concurso del pueblo”, es decir, un gran número de espectadores.

Tampoco consignó el autor por qué Amesia tuvo que defenderse a sí misma, en vez de que la representase un abogado de profesión. Sin embargo, del relato de Valerio Máximo puede deducirse que en su defensa Amesia dio muestras de gran habilidad, ya que no solamente fue absuelta casi por unanimidad sino que, además, se ganó el apodo de “Androgynes”, que en griego quiere decir “mezcla de hombre y mujer”.

No hay referencias a Amesia Sentia en textos conservados de otros autores romanos y, en todo caso, parece que su comparecencia en los tribunales fue un hecho aislado y único; es decir que la protagonista no se dedicaba al ejercicio forense de modo habitual, sino que se vio forzada a ello en una sola oportunidad por circunstancias personales.

Hortensia

Cronológicamente, el segundo de los tres casos relatados por Valerio Máximo es el de Hortensia y también es el que conocemos mejor, ya que no solamente es mencionado por ese autor, sino por otros escritores romanos.

Además, en fechas recientes el episodio que esa mujer protagonizó ha sido estudiado en la obra Women and Politics in Ancient Rome de Richard A. Bauman, autor de varios interesantes libros sobre la vida romana (Bauman, Richard A., 1994).

Hortensia fue hija de un famoso político, orador y abogado llamado Quinto Hortensio, quien vivió entre el 114 y el 50 a.C, que fue llamado “el rey de los tribunales” por Cicerón (Smith, Sir William, 2005, I, pp. 525-528). Es de suponer que en la casa paterna ella adquirió suficiente cultura jurídica como para poder presentarse en un tribunal.

El hecho que la llevó a hacerlo se produjo en el año 42 a.C, cuando Roma se hallaba en medio de la guerra civil que protagonizaban de un lado los llamados triunviros, es decir, Octavio, Marco Antonio y Lépido, y del otro los asesinos de Julio César, Bruto y Casio.

Los triunviros, necesitados de fondos para la guerra, impusieron a las matronas romanas un considerable tributo. Entonces, en defensa de esas mujeres se levantó Hortensia, según relata Valerio Máximo:

“Mas Hortensia, hija de Quinto Hortensio, cargando los Triunviros con grandes tributos la orden de las matronas, sin que algún hombre se atreviese a defenderlas, trató la causa, y pleito de las mujeres, constante y dichosamente delante de los Triunviros, porque representada la elegancia de su padre, alcanzó que les perdonasen la mayor parte del dinero que les habían mandado pagar.

Entonces Quinto Hortensio volvió a vivir en su hija y tuvo aliento en las palabras de su hija, cuya fuerza, si hubieran querido seguir sus descendientes por línea de varón, no se hubiera acabado tan grande herencia de la elocuencia de Hortensio en una acción sola de su hija”.

En el escrito original se lee lo siguiente: “Hortensia vero Q. Hortensi filia, cum ordo matronarum gravi tributo a triumviris esset oneratus nec quisquam virorum patrocinium eis accommodare auderet, causam feminarum apud triumviros et constanter et feliciter egit: repraesentata enim patris facundia impetravit ut maior pars imperatae pecuniae his remitteretur. Revixit tum muliebri stirpe Q. Hortensius verbisque filiae aspiravit, cuius si virilis sexus posteri vim sequi voluissent, Hortensianae eloquentiae tanta hereditas una feminae actione abscissa non esset” (Valerio Máximo, 1688, 8.3.3, fs. 137 v- 138).

El caso fue recordado por el famoso jurista y retórico hispanorromano Marco Fabio Quintiliano (35 d.C-100 d.C) en su obra, autor que al hablar de la cultura de algunas romanas célebres, consignó que “el discurso de la hija de Quinto Hortensio, pronunciado ante los Triunviros, es leído no solamente como un honor para su sexo” (Quintiliano, Marco Fabio, 2007).

Sin embargo, quien registró más detalles sobre las circunstancias de la actuación de Hortensia e, incluso, rescató para la historia parte de su discurso fue el historiador Apiano de Alejandría (95 d.C-165 d.C). En su obra Las Guerras Civiles, Apiano consignó que los triunviros publicaron un edicto para obligar a 1.400 de las mujeres más ricas de Roma a que hicieran un avalúo de su patrimonio y suministrasen para el servicio de la guerra la parte que los triunviros exigieran de cada una.

Asimismo, se dispuso que las que escondieran sus bienes o hicieran un avalúo falso serían multadas y que se recompensaría a quienes las denunciaran, independientemente de que fuesen personas libres o esclavas.

Ante esta situación y como se acostumbraba en tales circunstancias, las damas romanas decidieron recurrir a las parientas de los triunviros y tanto la hermana de Octavio como la madre de Marco Antonio las recibieron con amabilidad.

No obstante, Fulvia, la esposa de Antonio, las trató de modo muy grosero y rechazó sus gestiones sin miramientos, al parecer porque Hortensia y, posiblemente, muchas de sus compañeras eran adversarias de la causa de los triunviros (Bauman, Richard A., 1994, p. 83).

Las mujeres decidieron entonces presentarse ante el tribunal de los triunviros, que impartía justicia públicamente en el foro romano, y designaron a Hortensia para hablar en nombre de todas. Los soldados y la gente se apartaron para dejarlas pasar y, cuando llegaron ante los gobernantes, Hortensia tomó la palabra y manifestó:

“Como convenía a mujeres de nuestro rango al dirigiros una petición, recurrimos a las mujeres de vuestras familias, pero habiendo sido tratadas de modo inaceptable por Fulvia, su conducta nos ha traído al foro. Vosotros nos habéis ya despojado de nuestros padres, nuestros hijos, nuestros esposos y nuestros hermanos, a los que habéis acusado de haber actuado contra vosotros; si además nos quitáis nuestro patrimonio, nos reduciréis a una condición impropia de nuestro nacimiento, nuestros modales, nuestro sexo.

Si os hemos hecho mal, como vosotros decís que lo han hecho nuestros maridos, proscribidnos como hacéis con ellos. Pero si las mujeres no hemos declarado a ninguno de vosotros enemigo público ni hemos demolido vuestras casas, destruido vuestros ejércitos o encabezado otro contra vosotros; si no os hemos puesto obstáculos para que alcancéis cargos y honores, ¿por qué debemos compartir la pena si no compartimos la culpa?

¿Por qué deberíamos pagar impuestos cuando no tenemos ninguna parte en los honores, las jefaturas y la política, por las que competís el uno contra el otro con tan perjudiciales resultados? ¿“Por qué estamos en guerra”, decís? ¿Cuándo no ha habido guerras, y cuándo se han impuesto alguna vez tributos a las mujeres que están exentas por su sexo entre toda la humanidad?

Nuestras madres se elevaron una vez por encima de su sexo e hicieron contribuciones cuando estabais en peligro de perder el Imperio entero y hasta la misma ciudad debido al conflicto con los cartagineses. Pero, en ese entonces contribuyeron voluntariamente y no de sus tierras, sus dotes o sus casas, sin las cuales la vida no es posible para las mujeres libres, sino solamente de sus propias joyas e, incluso, eso lo hicieron no de acuerdo a un avalúo fijo ni ante el temor de informantes o acusadores ni por fuerza y violencia, sino conforme a lo que ellas mismas quisieron dar.

¿Cuál es ahora la alarma para el imperio o el país? ¡Dejad que venga la guerra con los galos o con los partos y, entonces, no seremos inferiores a nuestras madres en el celo por la seguridad común, pero nunca contribuiremos para guerras civiles ni os ayudaremos uno contra otro!

No contribuimos con César ni con Pompeyo. Ni Mario ni Cinna nos impusieron tributos. Ni tampoco lo hizo Sila, que en su gobierno tuvo un poder despótico, mientras que vosotros decís que estáis restableciendo la república” (Apiano, 1913, IV, pp. 32-33).

Según consignó Apiano, los triunviros tomaron muy a mal el atrevimiento de las mujeres al presentarse en su tribunal y que ahí exigieran de los gobernantes las motivaciones de sus actos, así ordenaron a los lictores que las expulsaran del recinto.

Adempero, los gritos de la multitud que se hallaba reunida fuera del edificio hicieron que los lictores desistieran de cumplir la orden y, entonces, los triunviros manifestaron que pospondrían hasta el día siguiente la decisión sobre el asunto.

A fin de cuentas, al día siguiente resolvieron reducir a 400 el número de las mujeres que debían presentar el avalúo de su patrimonio y decretaron que todos los hombres que tuvieran más de 100.000 dracmas, independientemente de que fueran ciudadanos o extranjeros, laicos o sacerdotes, bajo la amenaza de la misma multa y de la recompensa a los informantes, debían prestar al gobierno, con intereses, una quinta parte de su patrimonio, y contribuir a los gastos de la guerra con un año de sus rentas (Apiano, 1913, IV, pp. 34).

Richard A. Bauman, en su ya mencionada obra sobre las mujeres y la política en la antigua Roma, llama la atención sobre la posible organización de las mujeres a las que representaba Hortensia.

Valerio Máximo indica que los triunviros habían gravado con los nuevos tributos al “orden de las matronas” (ordo matronarum) sin dar más detalles sobre esta.

Bauman se pregunta si el escritor romano simplemente estaba usando una expresión burlona (lo cual no es frecuente en sus obras) o si efectivamente las damas romanas de elevada posición eran reconocidas como un grupo especial, similar, por ejemplo, al orden ecuestre o el senatorial.

Bauman se inclina por esta última posibilidad, haciendo notar que Hortensia se refirió varias veces a las mujeres de su rango como un grupo aparte ya que, al parecer, existía consuetudinariamente un deber de recurrir primero a los buenos oficios de las parientas de los gobernantes.

Sin embargo, la hipótesis tampoco está exenta de obstáculos, ya que, por ejemplo, el mismo autor indica que, si hubiera existido formalmente un “orden de las matronas”, habría debido existir también un registro de sus bienes y posición para saber a cuáles 1.400 debía gravarse y no hubieran sido necesarios los avalúos anunciados (Bauman, Richard A., 1994, pp. 82-83).

Además de este aspecto, Bauman hace ver que Hortensia fue mucho más allá de defender a las matronas del anunciado gravamen, ya que en su discurso se refirió al tema de los derechos de la mujer de un modo como nadie lo había hecho antes en Roma.

Lejos de conformarse con el estatus quo y limitarse a combatir los impuestos decretados, hizo una vibrante presentación de lo que hoy constituye uno de los principios fundamentales del Derecho Tributario, el de legalidad en materia tributaria, “No taxation without representation”  o, como lo plantea Bauman, “No taxation because of no representation” (irónicamente, el triunfo de las matronas terminó por afectar tributariamente a otro grupo carente de representación, el de los extranjeros o peregrini).

El autor también recalca la simpatía con que la multitud reunida ante el edificio del tribunal --indudablemente compuesta en su mayoría por hombres-- recibió la actuación de Hortensia y sus compañeras e impidió que se las expulsara del recinto (Bauman, Richard A., 1994, p. 83).

Continuará

Es licenciada en Derecho y máster en Derecho Notarial, profesora de la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica.

Tomado de: Revista Estudios N° 23, anual, 2010, estudiosgenerales.ucr.ac.cr

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