La Gaceta Jurídica

Nacimiento del Derecho moderno

Todas las diferencias son absorbidas por el principio, ya mencionado, de la igualdad. Esta igualdad tiene un efecto negativo a causa de la conversión del sujeto en una partícula homogeneizada, como parte de una masa uniformada.

Foto: globalizate.org

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Miguel Eduardo Cárdenas Rivera

00:00 / 13 de septiembre de 2015

Efecto del Derecho moderno sobre la conciencia y la creación del sujeto como objeto de consumo

En la actualidad, una mejoría reconocible es el pluralismo. Tarde o temprano se sabría que mediante pretensiones metafísicas universalistas todo intento por desconocer la diversidad de valores culturales fracasaría.

La diversidad no es un invento, es posible comprobar su existencia al visitar cualquier gran ciudad del mundo. Sin embargo, el liberalismo sigue detrás de la mayoría de las organizaciones sociales, aunque ahora liberado de su revestimiento metafísico logra o, por lo menos, se adjudica el papel de integrar a la comunidad global.

El Derecho ha sido capaz de incorporar este politeísmo de valores proveniente de distintas causas: religión, cultura o simple life style (estilo de vida). Desde su óptica (la del Derecho), la procedencia racial o religiosa (o cualquier otra) parece dejar de importar, el sistema solo ve lo que tiene que ver y no ve lo que no tiene que ver –según la frase de Luhmann–. Por lo tanto, el color de la piel o las creencias le son indiferentes.

Todas las diferencias son absorbidas por el principio, ya mencionado, de la igualdad. Esta igualdad tiene un efecto negativo a causa de la conversión del sujeto en una partícula homogeneizada, como parte de una masa uniformada.

En realidad, la connotación más significativa del Derecho como regla que determina su propia creación del Derecho como medida universal supone lograr un objetivo que en cierto sentido puede parecer imposible: permitir la unificación de una sociedad atomizada, permitir la coexistencia de lo que Weber y Kelsen llamarían el moderno “politeísmo de valores”, la falta de valores absolutos o de verdades vinculantes, la atomización y la disipación individual de la sociedad y, al mismo tiempo, permitir la realización de una profunda y fuerte unificación de la sociedad de los átomos de manera que se impida la resolución del individualismo en el desorden y en el conflicto permanente.

Puede parecer paradójico, pero lo que el Derecho realiza en su configuración moderna parece casi un evento milagroso en el desarrollo de las sociedades humanas: unir y separar a la vez, mantener como posible la división y la atomización de la sociedad, concebida como sociedad de individuos independientes y, al mismo tiempo, realizar su unificación, alcanzar esa unidad que permite identificar la sociedad como código (Barcellona, 1996: 25).

En este orden de ideas, cabe la pregunta sobre la relación del Derecho con la Justicia. Socialmente se ha llegado a tratar estas dos palabras como sinónimos. Puede que tal uso provenga de una herencia iusnaturalista o de un positivismo ideológico extremo, en términos de C.S. Nino (1983: 23-25).

No obstante, tal uso resulta cínico. Para muchos, la única justicia posible es la que se le acredita al Derecho moderno liberal. Pero, ¿qué justicia ha obtenido el Derecho, distinta a una burda concepción de esta que trata a los desiguales como iguales (igualdad formal), haciendo permanecer intacto el statu quo? (1).

En torno al concepto

Siempre ha sido, y es imposible, encontrar consenso alrededor de un concepto como justicia. En la historia de la humanidad la mayoría de los hombres se han designado como defensores y buscadores de la justicia. Repasar sus acciones en pro de obtener tal justicia causa asombro, pues sus procedimientos parecen altamente injustos. Casi todas las guerras han sido por cuenta del enfrentamiento entre dos visiones distintas de justicia, cada una segura de sí misma y capaz de aplastar la concepción contraria con tal de prevalecer. ¿En cuál de todas creer?

La variedad de tipos de ideas sobre lo que es la justicia es sorprendente.

Solo en lo que se puede denominar como liberalismo oscilan concepciones de justicia que van desde liberalismos a ultranza como los de Von Hayek (1996) o Nozick (1990), pasando por liberalismos intermedios como el de Rawls (1993 y 1998) a liberalismos socialistas como el de R. Dahrendorf (1970; 1995: 37).

Eso solo en el liberalismo. Pero los comunitaristas tienen otras, los comunistas otras, los anarquistas otras, etc. Y en cada una de estas existen varias posiciones. ¿Es posible encontrar la mejor? No se podría saber. Todas tienen argumentos a su favor.

El problema surge cuando todas las versiones de justicia se creen la mejor, la única. Cuando alguna pretende ser hegemónica, las demás pasan a un segundo plano y la lucha no se limita a los debates académicos. Sin embargo, a pesar de la indeterminación, se debe tomar postura.

A grandes rasgos, y de manera concreta, la concepción por la que aquí se propugna consiste en que la justicia solo puede ser alcanzada mediante una verdadera justicia social (2). Verdadera no en un sentido absoluto, sino en el sentido que debe ser universal --transnacional, válida para todo ser humano--, en la cual todo hombre y toda mujer tengan la posibilidad de vivir dignamente.

No es pertinente detenerse en las razones (y sentimientos) por las cuales aquí se defiende un concepto de justicia específico, pues no se propone una nueva teoría de la justicia. En resumen, se puede pensar con respecto a la justicia que, como punto medular, a todo ser humano se le debe reconocer una calidad de vida superior a la mínima supervivencia.

Alrededor de propuestas

No basta solo con asegurar la vida. Esta concepción está radicalmente en contra de las propuestas neoliberales y liberales que consideran que los problemas de justicia en el mundo se deben a que falta más liberalismo; que la pobreza proviene de la falta de libertad de mercado, de la excesiva intervención estatal, de los aranceles, de las restricciones estatales en las fugas de capitales.

El neoliberalismo no es aceptable, pues, al verificar la situación global en términos económicos (redistribución del ingreso, expectativa de vida, mortalidad infantil, nivel de educación, agua potable, desnutrición) se encuentra una situación bastante desalentadora.

Dentro de esa tendencia predominante neoliberal se encuentra un Derecho que, a pesar de designarse, por lo menos en teoría, como defensor de la justicia, se ha limitado exclusivamente a vigilar el cumplimiento y garantizar unas reglas de juego.

A esta visión se puede plantear varias objeciones. Una de ellas argumenta que legislaciones de muchos países han promovido principios aptos para la obtención de avances sociales como la solidaridad.

Se puede aceptar que esto puede ser cierto para naciones avanzadas, en las cuales este tipo de normas pueden ser eficaces por cuenta del desarrollo y riqueza del país. Pero, como se ha repetido, estos derechos sociales no pueden tener una vigencia mundial, gran parte de la pobreza que ellos ya superaron, la exportaron.

Las empresas multinacionales contratan mano de obra más económica en países cuya oferta laboral es alta y barata y donde la inexistencia o desmonte de las prerrogativas de los trabajadores (como la seguridad social) no producen sobrecostos.

La rentabilidad de las empresas se afectaría si los salarios fuesen del mismo monto en todo el mundo y los derechos laborales y la seguridad social se reconociera y respetara en el marco del proceso de globalización.

De tal manera quedan rebasadas la soberanía y la autodeterminación de aquellos países que resultan atractivos para la inversión extranjera. Puede que los esfuerzos locales por lograr prerrogativas laborales para los trabajadores sean inmensos; no obstante, son pírricos, pues darles vigencia significaría retar las exigencias neoliberales, ocasionando represalias económicas contra el respectivo país. Esta realidad desvincula totalmente al Derecho como medio para la obtención de la justicia.

La norma ya no es mandato de realizar un objetivo o un fin, sino que se ha convertido en una regla de juego, de un juego en el que todos pueden jugar. La sociedad de los átomos es una sociedad que juega. El conflicto y la guerra civil se han convertido en un juego permanente para el que no es necesaria una ley, sino que basta una regla que defina ámbitos y modalidades (Barcellona, 1996: 26).

Pero, a pesar de tal realidad, pareciera no haber ninguna salida. Pareciese que es preferible la globalización a cerrar las puertas al mercado global, es indispensable para toda nación comerciar con otras naciones. La encrucijada neoliberal no tiene alternativa, al menos que hubiese un cambio de actitud mundial con respecto a los valores económicos. Los siguientes puntos de vista, tomados del artículo “El dilema de la globalización, un hecho irreversible” (3), parecen dar clara muestra de esta encrucijada:

Stanley Fischer, exdirector del Fondo Monetario Internacional (fmi), declaró, a propósito de una conferencia que dictó en Camerún sobre los restos de la globalización en África, que “no tiene sentido preguntarse si deberíamos continuar o ir en contra de la globalización”.

La globalización está aquí para quedarse, la realidad es que nosotros ya vivimos en una economía global donde los flujos de comercio, de capital y el conocimiento más allá de las fronteras nacionales no solo son grandes, sino que cada año se incrementan más. Los países que no estén dispuestos a agacharse con otras naciones arriesgan a quedar rezagados del resto del mundo en términos de ingreso y de desarrollo humano.

Algunas posturas

Naomi Klein, en su libro No Logo, dice: “El comercio libre en el mundo promueve el crecimiento económico global. Crea empleo, hace de las empresas más competitivas y reduce el precio de los bienes para los consumidores. También provee a los países pobres de flujos de capital extranjero y de tecnología que les dan la oportunidad de desarrollarse económicamente y, al extenderse la prosperidad, se crean las condiciones en las cuales la democracia y el respeto por los derechos humanos pueden florecer”.

El economista Paul Krugman, días antes de la cumbre de Québec, publicó en el New York Times un artículo titulado “Razón y corazón”. En éste sostiene que el movimiento antiglobalización genera efectos contrarios a los que busca: en 1993, niños de Bangladesh trabajaban produciendo ropa para los almacenes WalMart (una cadena de Estados Unidos).

El Senador Tom Harkin presentó un proyecto legislativo que prohibía la importación de productos que involucraran trabajo infantil. Como resultado, las fábricas textiles de Bangladesh dejaron de emplear niños. Las preguntas que se hace Krugman son: ¿regresaron los niños a la escuela?, ¿regresaron a hogares felices? La respuesta real es no. Estos niños trabajadores terminaron en trabajos peores o en las calles y un significativo número terminó en prostitución.

Krugman agrega: “El punto es que los países del Tercer Mundo no son pobres porque los trabajadores que producen bienes de exportación ganan bajos salarios. Es al revés. Porque los países son pobres, lo que a nosotros nos parece como un mal trabajo y un mal salario son casi siempre mucho mejor que otras alternativas como millones de mexicanos emigrando hacia el norte del país para vincularse con bajos salarios a la producción de bienes de exportación, hecho que indigna a los trabajadores de la Nafta. Y esos trabajos no existirían si los salarios fueran mucho más altos: los mismos factores que hacen pobres a los países pobres –baja productividad, mala infraestructura, desorden social– implican que tales países puedan competir en el mercado mundial únicamente si ellos pagan salarios mucho más bajos que aquellos pagados en Occidente”.

Y termina diciendo: “Muchas de las personas que están adentro de las rejas están sinceramente intentando ayudar a los países más pobres del mundo. Y las personas que están afuera (refiriéndose a los activistas antiglobalización) están haciendo lo mejor que pueden para hacer que los pobres sean más pobres”.

Los razonamientos

Se ha presentado al menos tres puntos de vista totalmente convencidos de que su causa es la única y, por supuesto, la correcta. Y, de hecho, parecerían tener razón, aparentemente se ha llegado a un callejón sin salida. Se está tan involucrado en esta lógica que renunciar a ella es optar por consecuencias terribles.

Sin embargo, el resultado mundial producto de la globalización económica tampoco es alentador. ¿Qué alternativas existen?, ¿cuáles son los obstáculos?

Uno de los principales problemas consiste en que los intereses privados de las multinacionales difícilmente van a ceder (sobre todo cuando la mayoría –pues no solo son los poderosos– cree que la justa causa está en la libertad del mercado) a principios de equidad y de solidaridad. Hasta ahora la guerra la gana, por todos sus flancos, la globalización neoliberal.

La misma cultura está de su lado y atacarla es atacar el modus vivendi patrocinado por el mundo capitalista.

He ahí la encrucijada: Stanley Fischer, Naomí Klein y Krugman parecen tener razón. Renunciar a esa lógica podría tener consecuencias terribles en un panorama nada alentador. Las sociedades transnacionales (stn) no van a ceder.

Fischer y Klein se equivocan en el sentido directo de que lo que aseveran no corresponde a la realidad de los hechos. Basta enterarse de lo que pasa ahora en el mundo. Lo de Krugman es un poco más complicado porque hace afirmaciones sobre las “ventajas” que tiene para los trabajadores del Tercer Mundo ser mal pagados y que no se respeten las leyes sociales.

Su razonamiento parece lógica pura. En Francia, el fascista Le Pen decía que para resolver el problema de los tres millones de desocupados bastaba con expulsar del país a tres millones de árabes y se acabaría la desocupación. Matemática pura. Sin embargo, el razonamiento es económicamente falso.

Lo mismo ocurre con Krugman. Pero es difícil responder sin desarrollar a fondo un razonamiento y ya lo han hecho muchos excelentes economistas. Keynes,

Galbraith, Emmanuel, Amin y muchos otros podrían demostrar la falsedad del razonamiento de Krugman.

Apelando a estos economistas se puede hacer la demostración contraria: que a los capitalistas les conviene pagar más y dar mejores condiciones de trabajo a los trabajadores. Lo que hace Krugman es justificar el sistema actual con un razonamiento falso (sin dejar de anotar que carece totalmente de ética) (4).

No es congruente reconocer que el panorama actual no es alentador, pero que cambiarlo tendría graves consecuencias: el sistema actual es terrible e intentar cambiarlo es lo mejor que se puede hacer. No se trata de atacar el modus vivendi de la población mundial, sino el modus muriendi.

Y no solo de los que mueren de hambre, de enfermedades, en las guerras internacionales, en las guerras civiles, etc., que no son pocos, sino de los que viven como máquinas trabajando y consumiendo compulsivamente, cualquiera sea su categoría social. 

Notas

1. Es tal el arraigamiento del tan estrecho lazo entre justicia y Derecho que no son pocos los países en donde los ministerios de Derecho son llamados ministerios de Justicia. Tal como George Orwell lo exponía en su apocalíptica novela 1984. En Colombia, país de exabruptos, se le denominaba, desde 1991, “Ministerio de la Justicia y el Derecho” y, con la reestructuración de la administración central, efectuada en 2003, se le denomina “Ministerio del Interior y Justicia”.

2. En el plano ético es tarea diaria desenmascarar todo discurso convencido de ser el único poseedor de la verdad.

3. El Espectador, edición del domingo 24 de junio de 2001, 2A-2B.

4. Luchar contra esta ideología dominante no es fácil: Klein y Krugman son best sellers, pero ¿quién lee a Amin, Keynes o Galbraith? Lo curioso con Klein es que, además, algunos comentarios la presentan como una gran crítica del sistema actual. Es el caso, mucho más sutil e influyente del Nobel de Economía 1998, Amartya Sen, cuyas ideas son sometidas a un agudo escrutinio en Teitelbaum (2001: 90-91), quien aclara que: “Sen pone en el centro de su reflexión la libertad individual, las condiciones que deben darse para que el individuo pueda elegir libremente lo que considera mejor para sí mismo. Se puede emparentar el pensamiento de Sen con el de los economistas utilitaristas, marginalistas y, en general, subjetivistas [...].

Un rasgo común entre Amartya Sen y dichos economistas es el enfoque subjetivo, individualista, de la inserción del ser humano en la sociedad en general y en las relaciones económicas en particular. El individuo vive eligiendo, en la medida de sus capacidades, lo que considera mejor para él. Y Sen precisa que las capacidades del individuo consisten en tener satisfechas sus necesidades materiales básicas y disfrutar de las libertades civiles y políticas, incluida la de estar informado, para poder elegir.

El otro rasgo común entre los mencionados economistas y Sen es olvidar el carácter básicamente social e histórico de los sistemas económicos y de las relaciones económicas correspondientes e ignorar el sistema social y económico real y concreto que los rodea”. Para una interesante reflexión sobre la inaplicabilidad del derecho al desarrollo, consúltese Uribe (2003: 198-208).

Es doctor en Derecho, economista, profesor universitario y asesor científico y coordinador de programas de la Friedrich Ebert Stiftung en Colombia (Fescol). El texto es parte del capítulo 1 de su libro Justicia Pensional y Neoliberalismo. Un estudio de caso sobre la relación derecho y economía, publicado por Editorial ILSA (Instituto Latinoamericano de Servicios Legales Alternativos).

Tomado de: eumed.net

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