La Gaceta Jurídica

Objetividad e imparcialidad desde el Derecho de la Información

El Señor Justicia

La Gaceta Jurídica / Carlos Conde Calle

00:00 / 21 de junio de 2013

Con seguridad estamos en presencia de uno de los problemas más discutidos, pero, al parecer, no esclarecidos todavía. Respecto a la imparcialidad, autores como Jesús Martínez Albertos y otros, desde la década de los 50 dicen que la objetividad no existe. La imparcialidad es otro elemento en la tarea periodística cuestionado permanentemente por propios y extraños. Vayamos por partes.

La afirmación categórica de que la objetividad “no existe” es un exceso. La objetividad sí existe, pero es difícil lograrla completamente. Los hechos reales se nos muestran como son y debemos informar esos hechos tal cual ocurrieron. Por objetividad debemos entender la posibilidad de que el periodista ofrezca todos los ángulos de la noticia, sin omitir una sola variable. Es una tarea difícil, pero no imposible.

Como el periodista no puede ofrecer en la nota periodística todos los elementos, debe brindar a los lectores, televidentes y oyentes la mayor cantidad de elementos del hecho noticioso. Esto es lo que a otros les hace decir que la tarea del periodista está guiada por la veracidad, que no es lo mismo que la verdad. La veracidad es, precisamente, la posibilidad de que el periodista realice todos los esfuerzos de ofrecer la mayor cantidad de cualidades de la noticia; v.gr, es lo que Raúl Salmón decía “escuchar a las dos campañas”, o lo que en la actualidad se escucha, armar la nota periodística con parte y contraparte.

Nosotros creemos que el periodista debe esforzarse en recoger, si no todos, la mayor cantidad de atributos de la noticia. En otros términos la objetividad deviene en el objetivo teleológico de su acción; su objetivo es la objetividad, aun cuando no la logre totalmente, debe esforzarse por alcanzarla.

Es bueno que volvamos a los manuales, por ejemplo los de Jesús Martín Vivaldi o Juan Gargurevich, para establecer que en el periodismo, como en  cualquier profesión, existen áreas de trabajo. Así como en Derecho existe Público y Privado, o en Economía, Microeconomía y Macroeconomía. En Comunicación es bueno que sepamos manejar con cuidado los géneros. En alguna medida, en nuestro libro Periodismo Judicial analizamos estos hechos. Así tenemos que la acción comunicativa se divide en dos géneros, opinativos e informativos.

En este último caso, el periodista debe informar los hechos como ocurrieron y le está vedado incorporar sus deseos, odios y otros sentimientos. Para decirlo con Margarita Riviere, notable comunicóloga española, el periodista, al momento de informar, no puede simultáneamente emitir su opinión. Esto está absolutamente en todo los Códigos de Ética. Como no es una norma jurídica, sino ética, nadie cumple. A la hora de la verdad, el periodista termina vendiéndole sus opiniones al receptor de la información, como si lo fuera.

Voy a manejar como paradigmas un par de fuentes noticiosas: judicial y política. La primera (mal llamada seguridad) es sobre todo del ámbito de los tribunales. Generalmente en un proceso penal existen mínimamente, hasta cuatro sujetos procesales Juez Cautelar o Tribunal de Sentencia, Ministerio Público y, fundamentalmente, víctima o querellante y el supuesto delincuente.

En la práctica, cada sujeto procesal tiene intereses precisos, estrategias concretas. Normalmente, no sabemos por qué el periodista se parcializa con la víctima y querellante. ¿Por qué? En la violación de una niña, el periodista se coloca del lado de la menor. Esto es justo, pero no legal ni ético. En lo personal le puede doler (y mucho), pero antes que nada es periodista, es su obligación informar tal cual ocurrieron los hechos. Unas veces el o la periodista al informar emite sus opiniones y se parcializa con la víctima. Otras veces se parcializa con el juez o el fiscal.

Su lugar no es estar con los pares ni con el juez. No. Su labor es simplemente informar. Eso no ocurre en la actualidad. Entonces, si el periodista juzga que el Ministerio Público actúa ilegalmente y la víctima merece otro trato, que apele a los géneros opinativos. En todo caso, también aquí existe una ligera objeción, que para opinar se requiere algún conocimiento de DERECHO PENAL.

Para emitir sus criterios están los artículos, ensayos, columnas, reportajes, crónicas y hasta entrevistas. Sin embargo, pasa que se constituye tribunales paralelos; esto quiere decir que el periodista cumple la tarea de juzgador. Hace semanas, en un canal de televisión presentaron como asesino del señor Onorio a un ciudadano brasileño; el periodista lanzó su condena. Días después se supo que el culpable es otro ¿y qué dijo el periodista? Nada. Ni siquiera una disculpa.

El otro tema es la imparcialidad. Los mismos colegas dicen que el  periodista no puede ni debe ser imparcial. Que todo periodista tiene un corazoncito y, por, tanto, es de izquierda o de derecha. No aluden a los autores, pero les digo que las fuentes de estas afirmaciones están en Lenin y el mismo Camilo Taufic en su Periodismo y lucha de clases. ¡Claro!, el periodista o, para ser más precisos, los medios de comunicación social no son más que cajas de resonancia de la propaganda de las clases dominantes, la sociedad y dividen en obreros y burgueses.

Los medios en el capitalismo obedecen a la burguesía y, por tanto, los periodistas, particularmente sus dueños, no sirven más que para legitimar el capitalismo. En esa línea, el periodista, si quiere estar del lado del pueblo no puede ser imparcial, debe optar por el pensamiento socialista, luchar al lado de los oprimidos por la construcción del socialismo. En esta concepción, por supuesto que no puede existir imparcialidad.

El pensamiento democrático, que no necesariamente es capitalista --ya que la democracia nace en Grecia-- es una exigencia de que haya libertad de expresión y supone que el periodista debe ser imparcial ante los conflictos políticos que produce la sociedad. Para decirlo con un ejemplo, en una sociedad políticamente organizada, hay oficialismo y oposiciones.

El periodismo no debe apoyar a uno en desmedro del otro. La imparcialidad es que el periodista, a pesar de tener formación política (y éste gira a la izquierda o la derecha) no puede inclinarse a ninguno de los dos lados. Hay que dejar que se venzan o derroten entre oficialistas y opositores. Si el periodista desea apoyar al oficialismo, está en su derecho, y si desea respaldar a la oposición, también lo está.

Pero los códigos de ética obligan a que estos periodistas dejen los medios de comunicación y funden su propio partido o vayan a los partidos oficialistas u opositores y se dediquen con ahincó a la acción política. Aquí, lo que observamos es que el periodista tiene la tentación de sustituir al sistema político. Se deja guiar por absolutos, es decir que todo lo que hace el gobierno es malo y el accionar de la oposición es bueno. Se erige en juez, pero, fundamentalmente, utiliza los medios de comunicación para catapultarse en el escenario político.

Es lícito que el periodista quiera manifestar sus proposiciones políticas, así que use de los géneros opinativos, es decir, escribir artículos o sostenga columnas, pero requiere que su opinión sea cualificada. Para dotar de calidad sus opiniones, que se transformarán en análisis, requiere, cuando menos, ser alumno si no licenciado, de ciencia política.

Existen periodistas que han manifestado públicamente que militaron en el POR. Es muy posible que el televidente termine por no creerles y así hayan perdido su mayor patrimonio, la credibilidad. Esto es apenas una columna, asumimos el compromiso de terminar el libro sobre periodismo político, que completará la producción de Periodismo Judicial.

Es experto en Derecho de la Información.

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