La Gaceta Jurídica

Paralelismo entre la Lingüística y la disciplina jurídica

A pesar de lo que sugieren las explicaciones anteriores, aquí no se procura resolver la cuestión de la cientificidad del Derecho pero sí, al menos, dejar en evidencia las similitudes con otros campos epistemológicos cuyos estudios gozan de mayor aceptación.

Paralelismo entre la Lingüística y la disciplina jurídica

Paralelismo entre la Lingüística y la disciplina jurídica FOTO: teoriadelderecho.es

La Razón (Edición Impresa) / Helga María Lell*

00:00 / 19 de diciembre de 2014

En un famoso artículo, Lévi-Strauss (1964 y 2008) apuntó que entre las disciplinas sociales solo la Lingüística puede ser concebida como una ciencia a la par de las ciencias exactas y las naturales dado que, a diferencia de sus compañeras de categoría y a semejanza de estas últimas, tiene un objeto universal, presente en todos los grupos humanos, un método homogéneo aplicable a cualquier lengua particular y que descansa sobre principios cuya validez es reconocida unánimemente por los especialistas.

El resto de las llamadas ‘ciencias’ sociales no cumplirían estas condiciones y se encontrarían en un estado “precientífico”. Además, afirma este estructu- ralista que si se las designa mediante el mismo término, o sea, el de “ciencia”, es solo por una ficción semántica y una esperanza filosófica.

La radicalidad de estas afirmaciones puede ser puesta en tela de juicio sobre todo en atención al criterio con el que se mide la cientificidad de las disciplinas analizadas, es decir, la semejanza o no con las ciencias exactas y naturales, criterio propio de las ciencias en su concepción moderna (Massini, 1983: 91).

Sin embargo, sean cuales sean los parámetros utilizados, el éxito logrado por la Lingüística para superar críticas respecto de los estudios teóricos desarrollados es prácticamente incuestionable, aun cuando su objeto reviste características particulares y diferenciales en comparación con las de aquellos que ocupan a las ciencias naturales.

La pregunta que surge a partir de ello es si esta capacidad explicativa es propiedad exclusiva de la Lingüística o si puede ser común con la disciplina jurídica en su intento de abordaje de las normas jurídicas.

El lenguaje articulado y las normas jurídicas como objetos disciplinares, a pesar de sus diferencias, tienen ciertas semejanzas y es en ellas que se concentra el desarrollo de los paralelismos que se propone en una investigación marco.

Cabe aclarar que las semejanzas no son totales y hasta incluso puede decirse que son limitadas, pero el punto clave es que las coincidencias son estructurales y recaen sobre características relevantes a la hora de cuestionar la cientificidad disciplinar.

Lo extraño de la situación descripta es que sobre las características coincidentes existe consenso acerca de que, respecto de su objeto, la Lingüística ha desarrollado categorías explicativas adecuadas mientras que la disciplina jurídica, cuando estudia las normas jurídicas, debe soportar cuestionamientos acerca de la cientificidad de su análisis.

A pesar de lo que sugieren las explicaciones anteriores, aquí no se procura resolver la cuestión de la cientificidad del Derecho pero sí, al menos, dejar en evidencia las similitudes con otros campos epistemológicos cuyos estudios gozan de mayor aceptación.

En este trabajo se parte de un presupuesto, el cual es que explorar las semejanzas y diferencias estructurales entre los objetos disciplinares de la Lingüística y de la “ciencia” (2) del Derecho es útil a fin de comprender desde una perspectiva distinta ciertos problemas que se le presentan al conocimiento jurídico a la hora de acercarse a las normas jurídicas (3).

Luego de esta exposición, es relevante manifestar la creencia en la posibilidad de realizar la exploración antedicha a partir de la indagación en una serie de paralelismos entre las semejanzas ontológicas de ambos objetos disciplinares. En esta ocasión se realiza un recorte temático y, por ello, se presenta tan solo uno de los aspectos centrales de uno de estos paralelismos: el que se erige en torno al eje que se denomina “sistema/acto”.

El método de trabajo se construye a partir de la afirmación de que, si la Lingüística se considera exitosa en su misión explicativa, entonces, se debe incursionar primero en sus categorías de análisis para realizar una abstracción que sea aplicable a otras disciplinas.

De esta manera, se obtiene el eje del paralelismo a partir del cual cabe desplazarse a fin de indagar en la “ciencia” del Derecho y su aproximación a las normas jurídicas. Luego, a partir de la exposición del paralelismo hecho, se intenta brindar una aproximación explicativa del fenómeno propio de ambas disciplinas a partir de un concepto abstracto que pone en evidencia la similitud estructural.

Los paralelismos como método

El método para desarrollar la comparación es efectuar un paralelismo entre ambas disciplinas. Antes de proseguir, es menester dejar sentado qué se entiende por “paralelismo”, dado que éste es un concepto central en el desarrollo de este trabajo.

Aquí se recurre a una metáfora en relación con el calificativo de “paralelo” o “paralela” utilizado en geometría para describir la relación entre dos o más líneas o planos que se encuentran en equidistancia entre sí y que aun cuando se prolonguen no pueden encontrarse, intersectarse.

En consecuencia, un paralelismo implica una continuada igualdad de distancia entre puntos (rae, s/d1 y s/d2); es decir, si bien la distancia siempre se mantiene, existen correspondencias estructurales entre los elementos comparados.

De esta manera, esta figura es la más adecuada para dar cuenta de la búsqueda de semejanzas que se emprende en este trabajo entre los objetos de estudio de la Lingüística y la disciplina jurídica normativa. Así queda claro que no se pretende el solapamiento de las técnicas de análisis lingüístico por sobre las del campo jurídico (4), sino el hallazgo de categorías analíticas análogas a las utilizadas por la Lingüística para explicar cómo la disciplina jurídica lleva o cómo debe llevar a cabo el estudio de las normas jurídicas.

Postura teórica sobre la Lingüística

El campo de indagación sobre la Lingüística se acota al demarcado por la teoría de Saussure, cuya influencia en la Lingüística es más que clara, pues su Curso de lingüística general es considerada la obra fundamental de la cientificidad de la disciplina en cuestión.

Esto no implica desconocer la importancia clave que han tenido en la materia otros lingüistas destacados, entre ellos, principalmente, Benveniste (5) y Coseriu (6) quienes siguen la línea del ginebrino aunque con aportes propios que marcan nuevos senderos en la materia.

Dado que aquí se debe realizar un recorte teórico para efectuar una primera aproximación desde la cual avanzar, se ha decidido comenzar por la carta fundacional de la Lingüística, de allí que la teoría saussureana posee un lugar protagónico en este trabajo.

Al ser complementarios (aunque en lo absoluto menos relevantes), en esta instancia se ha preferido realizar la exclusión de los desarrollos doctrinarios lingüísticos posteriores para evitar un tratamiento demasiado superficial y, por lo tanto, inútil, sin desmedro de abarcarlos en una investigación de mayor amplitud que la de este trabajo.

Una cuestión concomitante al tema de este artículo lo constituye la discusión acerca de si existe una diferencia clara, una relación contingente pero existente al fin de cuentas, o una identificación entre la Filosofía del Lenguaje y la Lingüística.

Por lo pronto, es posible afirmar que el vínculo que las une es el que una a toda filosofía con las ciencias particulares. En tal sentido, la Lingüística, como ciencia, estudia el lenguaje articulado, mientras que la Filosofía del Lenguaje abarca el lenguaje en su totalidad, sin recortes disciplinares (Beuchot, 2005 y Coseriu, 1986) (7).

Postura teórica respecto del Derecho

En primer lugar, cabe destacar que para definir la naturaleza del objeto “Derecho” se sigue los postulados de la escuela del realismo jurídico clásico en cuanto lo caracteriza como un objeto analógico que se manifiesta en múltiples realidades empíricas: en normas jurídicas, en las técnicas de elaboración de leyes, en el quehacer judicial, en las conductas humanas, en los derechos subjetivos, en las obligaciones jurídicas, en el reparto de potencias e impotencias, en las relaciones de poder institucionalizadas, etc. (8).

Si se acepta la idea de que el Derecho es un concepto analógico con pluralidad de manifestaciones, debe renunciarse al estudio del fenómeno jurídico de una única forma o desde una única perspectiva. Por ello, es necesario abordar cada realidad jurídica con un método adecuado al analogado que se escoja.

De entre las variadas manifestaciones fácticas que pueden darse del Derecho, aquí se escoge una: las normas jurídicas, tanto generales como individuales. Dentro de las normas jurídicas individuales se circunscribe a las sentencias judiciales (9).

Cuando se señala que se estudia las normas jurídicas generales como objeto disciplinar, se entiende que éstas son enunciados lingüísticos o formulaciones que conforman textos cuyos sentidos deben ser desentrañados mediante un proceso hermenéutico frente a un caso concreto. Las normas jurídicas que resultan de tal proceso realizado por un juez son las sentencias como normas jurídicas individuales.

Continuará

Notas

1. Título original: “Relación entre normas generales y normas individuales: un paralelismo entre la lingüística y la disciplina jurídica en torno al concepto de institución”. Este trabajo es una ampliación de la ponencia titulada de igual manera, presentada en las XVII Jornadas Argentinas de Filosofía Jurídica y Social, realizadas en la ciudad de Rosario (Santa Fe, Argentina) entre el 10, 11 y 12 de octubre de 2013 y organizadas por la Asociación Argentina de Filosofía del Derecho y la Universidad Nacional de Rosario.

2. El entrecomillado obedece a que se parte de la puesta en duda de la cientificidad de la disciplina jurídica y sus cuestionamientos y a que no es el objetivo de esta pieza resolver tal cuestión. Sin embargo, se persiste en el uso de la palabra “ciencia” en virtud de que es el término usual con el que se menciona este tipo de conocimiento jurídico.

3. Como se menciona más adelante en este trabajo, de la multiplicidad de fenómenos de los que se predica la juridicidad, aquí se realiza un enfoque centrado en las normas jurídicas. Como puede observarse, el recorte efectuado coincide con lo que Bobbio llama el “positivismo jurídico como modo de acercarse al derecho”.

Esto no quiere decir que por escoger un objeto consistente en normas jurídicas la totalidad de la concepción acerca del Derecho deba ser iuspositivista, de lo contario este trabajo parecerá incoherente en algunos puntos. Simplemente, de los múltiples analogados posibles, aquí se opta por uno. En este sentido, se da una mayor consonancia con las explicaciones que al respecto da Eloy Emiliano Suárez cuando refiere a que existen varias acepciones de la palabra “Derecho”, que no son equívocas, sino que dependen de la perspectiva de enfoque (Bobbio, 1965 y Suárez, 2009).

4. Esta técnica de abordaje lingüístico de los enunciados jurídicos se corresponde con lo que algunos autores han denominado “jurislingüística” (para ampliar sobre dicho tema, ver Cornu, 2005 y Ciuro Caldani, 2009.

5. Para Benveniste, la Lingüística tiene un objeto doble: el lenguaje y la lengua. El lenguaje es una facultad humana, característica universal e inmutable del hombre y se realiza en las lenguas que son variables y particulares. Estos objetos, a pesar de ser diferentes, se entrelazan constantemente y se confunden ya que los problemas de las lenguas ponen en cuestión, con cierto grado de generalidad, el lenguaje (Benveniste, 2002 y 2004).

6. Según Coseriu, la Lingüística es la ciencia que estudia el lenguaje humano articulado en general y en las formas específicas en que se realiza –es decir, en los actos lingüísticos y en la lengua–. Entonces, existen tres manifestaciones distintas con contenido lingüístico: una universal, otra histórica y, por último, una individual. El lenguaje es un sistema de signos que permite comunicar ideas entre dos individuos. En el lenguaje articulado se distinguen dos realidades: los actos lingüísticos y la lengua (el sistema al que corresponde el acto). Esta última es una realización humana de la facultad del lenguaje y no se presenta uniformemente sino que, por el contrario, se revela bajo numerosas formas históricas. Los primeros son aquellos que expresan y comunican algo entre individuos y difieren en cada sujeto e, incluso, en cada uno de ellos en distintos tiempos (Coseriu, 1978 y 1986).

7. Coseriu (1986), por ejemplo, distingue entre la Lingüística general y la Filosofía del Lenguaje. Señala que muchas veces se las identifica pero que ello es totalmente erróneo por cuanto tienen puntos de vista divergentes: mientras que la Lingüística general es la ciencia que estudia el lenguaje en su esencia y en sus aspectos generales sin hacer foco en una lengua en particular; la filosofía del lenguaje no estudia el lenguaje en sí y por sí, sino en relación con otras actividades humanas, principalmente el pensar, y procura establecer su esencia y su lugar entre los fenómenos que manifiestan la esencia del hombre. El problema principal de la filosofía del lenguaje es contestar el interrogante acerca de qué es el lenguaje. En cambio, la Lingüística investiga la manera como el lenguaje se manifiesta en forma histórica.

La Filosofía del Lenguaje se funda sobre una concepción filosófica determinada y en relación con ella se refiere a los fenómenos lingüísticos concretos, por lo tanto, no tiene ninguna finalidad descriptiva o de sistematización de los hechos lingüísticos empíricamente comprobados. La Lingüística general, por su lado, parte de los fenómenos lingüísticos concretos y trata de establecer sus características generales después de haberlos sistematizado sobre la base de la investigación llevada a cabo por las lingüísticas particulares. Podría decirse, entonces, que la filosofía del lenguaje nutre a y se nutre de la Lingüística general. Asimismo, esta última conceptualiza y clasifica fenómenos particulares y empíricos a la vez que se proyecta sobre ellos a partir de los estudios de mayor concreción. Además, el lingüista rumano se detiene en algunos problemas del lenguaje que permiten comprender con mayor precisión algunas cuestiones que han preocupado a la Lingüística.

El lenguaje es un fenómeno sumamente complejo en tanto abarca aspectos físicos, psíquicos, individuales, sociales y lógicos, entre otros. Según la orientación filosófica que sigan los lingüistas y los filósofos del lenguaje se destacan ciertos aspectos en detrimento de otros. De esta manera, como puede apreciarse en estos párrafos, Coseriu da cuenta de la relación que existe entre la Filosofía del Lenguaje y la Lingüística, sin dejar de reconocer sus diferencias. Una discusión aparte reside en si la Filosofía del Lenguaje se identifica o no con la Filosofía de la Lingüística. Al respecto, un interesante trabajo que postula la identidad de estas disciplinas es: Korta, 2002.

8. Una síntesis de esta postura puede encontrarse en Lell, 2013.

9. Conviene aquí introducir una digresión en torno al concepto de normas jurídicas individuales y las sentencias. Para quienes afirman que las normas jurídicas individuales son verdadera creación jurídica, es decir, son fuente de derecho y no una mera y simple reiteración del contenido de una norma jurídica general, no existen mayores inconvenientes en sostener que las sentencias pueden introducir innovaciones y variantes de sentido de las normas jurídicas generales. Incluso, podrían comprender sin conflicto alguno que cada sentencia que no modifique el sentido de la norma general es un nuevo acto de ratificación para el contexto interpretativo de la norma general.

Por el contrario, quienes sostienen que las normas jurídicas individuales solo pueden ser una derivación lógica del contenido y el sentido de las normas jurídicas generales, encuentran serias objeciones a permitir que las sentencias (en su calidad de normas jurídicas individuales) puedan mutar un sentido y dejar vigente la norma jurídica general. En estos casos, o bien se debe entender que la norma jurídica individual contenida en la sentencia es inválida por contrariar a su símil general y jerárquicamente superior, o bien, se debe reflexionar acerca de que, en los hechos, se estaría permitiendo que una norma individual derogue una general en forma implícita y modifique la totalidad del ordenamiento jurídico.

En relación con este tema, Bulygin (1991) analiza dos tesis usuales entre los filósofos del derecho y que, a su entender, son peligrosas y erradas. La primera de ellas es la que apunta que las sentencias judiciales son normas individuales. La segunda es la que propugna que al dictar normas jurídicas individuales los jueces crean derecho. Por su parte, el autor, en contraposición con lo expuesto, propone: 1. que las sentencias judiciales son entidades complejas que contienen normas individuales y normas generales; 2. que en un sentido relevante de la creación de normas, el juez, en realidad, da nacimiento a normas generales y no individuales; 3. estas normas generales no son obligatorias pero pueden adquirir vigencia, por lo cual, proceden a integrar el ordenamiento jurídico.

Mediante estas tres ideas, este iusfilósofo apunta que 1) las normas individuales no son jamás innovadoras y 2) que si existe alguna norma innovadora en el marco de una sentencia, es general y solo puede ser válida en caso de aplicarse a una laguna. Estas normas jurídicas generales no se equiparan a las demás creadas por las autoridades competentes pero pueden llegar a entrar en vigencia por su aceptación en la comunidad jurídica.

*    Es parte del Departamento de Filosofía del Derecho de la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa, Argentina.

Tomado de: Cuadernos Electrónicos de Filosofía del Derecho, ojs.uv.es

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