La Gaceta Jurídica

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Paralelismo entre la Lingüística y la disciplina jurídica

Helga María Lell

00:00 / 26 de diciembre de 2014

A partir de las dos partes anteriores, se puede observar que:

1. El lenguaje, como un todo, no es el objeto de la ciencia lingüística por ser demasiado amplio, huidizo, difuso, heterogéneo, paradójico, inabarcable e inasible. Lo mismo puede decirse del Derecho como objeto disciplinar. Reflexionar acerca de qué es este amplio objeto es tarea de la Filosofía del Derecho a través de su rama ontológica. Si no se critica a la Lingüística su indefinición en torno al lenguaje, tampoco puede hacerse lo propio con la “ciencia” del Derecho cuando no logra consenso en la conceptualización del Derecho.

2. El objeto de la Lingüística general, para Ferdinand de Saussure, es la lengua que es una parte determinada del lenguaje y es el resultado de la articulación de este. Es decir, ésta es una manifestación empírica del lenguaje y un recorte dentro del amplio espectro de posibilidades que este puede ofrecer.

Algo similar ocurre con el Derecho en tanto éste es una esencia que se manifiesta en múltiples analogados, cada uno de los cuales, a su vez, constituye una manifestación fáctica de la juridicidad. A estos objetos jurídicos es que se aboca la “ciencia” del Derecho en distintas vertientes. Si el Derecho ocupa un lugar análogo al del lenguaje, las normas jurídicas generales pueden ser pensadas como la lengua.

3. Por último, Saussure asevera que, al menos, la facultad de articular es inherente al ser humano, o sea, la capacidad de formar lenguas, unidades concretas y fácticamente abordables. Ello en contraposición con la afirmación de que el lenguaje es inherente al ser humano, cuestión que Saussure no arriesga a sostener.

Ahora bien, ¿no podría ocurrir algo semejante en relación al Derecho? Si se lo concibe como un orden del reparto para atribuir a cada uno lo que le es debido en una relación de alteridad y si se considera que el ser humano vive en comunidad, ¿no podría al menos aceptarse que en la relación de convivencia entre una pluralidad de sujetos es natural realizar algún tipo de reparto, es decir, que siempre hay algo debido a otro? Si no se discute el ser inherente al humano el articular el lenguaje en lenguas, tampoco puede discutirse coherente y filosóficamente que el Derecho puede manifestarse en realidades positivas que ordenen las conductas para la consagración de un reparto.

Es decir, si se sostiene que la Lingüística es exitosa en este punto, no puede aseverarse lo contrario para la “ciencia” del Derecho.

Hasta aquí, las características que Saussure observa en el lenguaje también se manifiestan en el Derecho. En ese sentido, la visión estructuralista que afirma la cientificidad y rigurosidad de la Lingüística basada en las enseñanzas del maestro suizo debería aceptar que, al menos, en esta etapa inicial el Derecho tiene los mismos vicios y las mismas virtudes que el lenguaje como objeto filosófico y fundante del objeto de estudio científico.

No es intención aquí sostener que la equivalencia entre la concepción saussureana y una posible visión sobre el Derecho desde estas perspectivas sea la más apropiada, pero sí que aquellos logros en una disciplina, si acaecen en otra, deben ser reconocidos positivamente (en el sentido valorativo) también en la segunda.

Se ha dicho que, en contraposición con el lenguaje, la lengua constituye un orden y un principio de clasificación. Bajo la premisa de que la articulación implica la subdivisión de la cadena de significaciones en unidades significativas se puede decir que la lengua es el lenguaje articulado y su conformación es una tarea llevada a cabo por una colectividad en forma involuntaria (Saussure, 2007: 59).

Entonces, la clave en este punto es que la lengua es una manifestación lingüística que se muestra en una comunidad dada, en la cual se crea y se mantiene. Los individuos por sí solos no la modifican, no pueden realizar una ruptura lógica y abrupta en ella.

En el ámbito jurídico ocurre algo semejante. El lugar que en la Lingüística le corresponde a la lengua, en la “ciencia” del Derecho le corresponde al conjunto de normas jurídicas generales. Estas constituyen un marco de pautas positivas para llevar a cabo el reparto de lo sensible, de derechos y obligaciones, de potencias e impotencias.

El conjunto de estas normas es un producto social que si bien ha nacido de la voluntad humana en alguna instancia temporal concreta, no en su totalidad ha respondido a un momento genético igual. Tampoco su irrupción en una comunidad jurídica dada es repentina y abrupta.

Por el contrario, debe existir una correspondencia con una concepción de juridicidad que le brinde legitimidad, llámese costumbre, fuentes sociales, adecuación a un derecho natural, norma hipotética fundamental o el origen que se crea que da fundamento al ordenamiento jurídico.

Ahora bien, para situar a la lengua en el correspondiente lugar dentro del lenguaje, Saussure propone un esquema comunicativo en el que intervienen dos sujetos como mínimo. El punto de partida es el cerebro de uno de ellos donde los conceptos (que son hechos de conciencia) se hallan asociados a signos lingüísticos (que son imágenes acústicas).

El desencadenamiento en el cerebro de la imagen acústica correspondiente es un proceso psíquico que es acompañado por otro fisiológico: la transmisión desde el cerebro a los órganos de fonación de un impulso correspondiente a la imagen. Por último, se desencadena un proceso físico que es la propagación de ondas sonoras desde la boca del emisor a los oídos del receptor. En el receptor, el circuito se da en el orden inverso (Saussure, 2007: 60-61).

Estas distinciones entre el proceso psíquico, el fisiológico y el físico solo resultan relevantes en cuanto Saussure pretende destacar que la imagen verbal no se confunde con el sonido y es tan psíquica como el concepto asociado. De esta conclusión, el lingüista ginebrino extrae otras entre las cuales interesa poner en relieve una.

A partir de la clasificación de las partes del circuito en: a) activa (todo lo que va del centro de asociación de uno de los individuos al oído del otro sujeto) y b) pasiva (todo lo que va del oído del segundo sujeto a su centro de asociación) se deduce que, en la parte psíquica, lo activo puede ser llamado ejecutivo (asociación concepto con imagen) y receptivo a todo lo que es pasivo (asociación imagen con concepto) (Saussure, 2007: 62).

Para las normas jurídicas de índole general se aplica un circuito semejante puesto que tienen lugar los procesos de generación y transmisión de un mensaje y de recepción y decodificación de este. En el ámbito del Derecho es irrelevante si la sección física se da en forma oral o escrita, mediante palabras o símbolos, lo que interesa es que se manifiesta físicamente por algún medio. Para la teoría lingüística de Saussure sí es relevante, por otros motivos que en esta instancia no vienen al caso, el aspecto fonológico, de allí su introducción en el circuito.

La concepción acerca de las partes activa y pasiva en la comunicación adquiere relevancia en cuanto se relaciona con la facultad de asociación y coordinación que organiza la lengua como sistema y la distingue del habla. Ahora bien, ¿en qué consiste dicha facultad?

Saussure explica que para entender esto es necesario salirse del acto individual y adentrarse en el espectro social puesto que, en general, todos los individuos ligados por el lenguaje utilizan una suerte de promedio: “todos reproducirán –no exactamente, sin duda, pero sí aproximadamente– los mismos signos unidos a los mismos conceptos” (Saussure, 2007: 62).

Esto quiere decir que ante la imagen acústica “árbol” alguien puede pensar en o tener la imagen mental de un pino, otro individuo de un fresno, un tercero de un álamo y así sucesivamente.

Aunque hay diferencias entre ellos, todos logran comprender de qué se habla cuando se habla de un “árbol”. Por ejemplo, cuando el Código Penal de Argentina, en su artículo 80, señala que “Se impondrá reclusión perpetua o prisión perpetua, pudiendo aplicarse lo dispuesto en el artículo 52, al que matare: 5. Por un medio idóneo para crear un peligro común”, cada persona realizará una lectura distinta y así podrán ser imaginados varios medios para concretar un homicidio y causar un peligro común.

Lo mismo ocurre con la idea misma de peligro común, que abarca una gran multiplicidad de posibilidades. No obstante estas discrepancias, todos los lectores comprenden el mensaje con un mismo sentido, o al menos uno aproximado.

¿Cómo se llega a esta especie de “cristalización” social o más bien, cuál es la parte que es preponderante en la cristalización? Dentro de la parte psíquica, Saussure señala que el lado ejecutivo no interviene porque la ejecución es siempre individual (esto es lo que él define como “habla” o “parole”). En cambio, las facultades receptiva y coordinativa sí tienen un rol protagónico en la formación de la lengua y lo mismo en el ámbito jurídico.

Si pudiéramos abarcar la suma de las imágenes verbales almacenadas en todos los individuos, entonces toparíamos con el lazo social que constituye la lengua. Es un tesoro depositado por la práctica del habla en los sujetos que pertenecen a una misma comunidad, un sistema gramatical virtualmente existente en cada cerebro o, más exactamente, en los cerebros de un conjunto de individuos, pues la lengua no está completa en ninguno, no existe perfectamente más que en la masa (Saussure, 2007: 63).

De la misma manera, si pudiéramos comprender la visión de cada uno de los integrantes de una comunidad acerca de las normas jurídicas generales, podríamos llegar a describir el estado de éstas tal como son comprendidas. Pero la concepción de un individuo no basta así como no basta la de dos o tres. Es necesario tener una imagen general, una suerte de promedio (en palabras de Saussure) de la forma en que todos comprenden las normas. Esta comprensión se fija en los sujetos de manera pasiva y nadie interviene activamente por sí solo.

La dicotomía lengua y habla implica la separación de estos dos elementos. Para el lingüista ginebrino esto equivale a dividir las aguas entre lo que es social y esencial y lo que es individual y accidental. Para Saussure la lengua es el objeto de la Lingüística. De esta afirmación no debe inferirse ningún tipo de menosprecio hacia el habla puesto que este autor considera que debe desarrollarse también una Lingüística del habla. Por supuesto, de estas dos aseveraciones sí puede deducirse que el interés principal se focaliza en la lengua.

La lengua es un producto que el individuo registra pasivamente sin premeditación y sin que ningún sujeto por sí solo pueda intervenir. En cambio, el habla es un acto individual, de voluntad y de inteligencia mediante el que se expresa un pensamiento personal.

Como ya se habrá vislumbrado, así como las normas jurídicas generales ocupan un lugar análogo al de la lengua, en este paralelismo el lugar correspondiente al habla lo ocupan las normas jurídicas individuales. Además, cabe recordar que de entre la multiplicidad de ellas que es posible encontrar, este trabajo solo se aboca a las sentencias.

En el marco antedicho, las sentencias judiciales son productos de la creatividad individual de un juez o de un tribunal que expresan en forma fundada una conclusión propia con carácter prescriptivo. Sin embargo, estas sentencias no surgen por la mera voluntad de los operadores jurídicos ni dependen solo de su arbitrio.

Ya se ha manifestado que responden a su esencia de ser una forma de materializar el reparto, al menos si se acepta la tesis de que el analogado principal del Derecho se identifica con éste. Pero, además, se encuentran enmarcadas dentro de las normas jurídicas generales que proporcionan pautas de actuación dentro del mismo orden.

Si bien hasta aquí se insiste en la separación y el contraste entre la lengua y el habla, por un lado, y la contraposición de las normas jurídicas generales e individuales, por el otro, cabe destacar que es solo a los efectos de comprender que cada uno de estos extremos constituye un elemento por sí mismo. No obstante, cabe destacar la interdependencia con la que operan.

La lengua y el habla están estrechamente ligados y se suponen recíprocamente: la primera hace que la segunda sea inteligible y produzca todos sus efectos; por su parte, el habla hace que la lengua se establezca históricamente.

El habla es precedente a la lengua en tanto las asociaciones de las ideas con las imágenes verbales correspondientes nacen de los actos de habla. “Oyendo a los otros es como cada uno aprende su lengua materna, que no llega a depositarse en nuestro cerebro más que al cabo de innumerables experiencias” (Saussure, 2007: 70- 71).

La lengua existe en la colectividad, es común a todos y está situada fuera de la voluntad de cada uno de los depositarios (1) del código lingüístico. El habla es la suma de todo lo que cada sujeto integrante de una comunidad dice y, por lo tanto, comprende las variadas combinaciones individuales.

De la misma manera, entre las normas jurídicas generales y las individuales existe una relación de interdependencia que no subsume la relevancia de una a la de la otra.

Las normas jurídicas generales proporcionan un marco de interpretación de los hechos, de atribución de cierto significado en relación con el reparto considerado valioso. Al ser genéricas, proporcionan un espectro abstracto de situaciones en las que pueden ser aplicadas. Por estos motivos es que brindan un fundamento para la formación de sentencias con cierto contenido material.

Pero de la misma manera en que estas normas jurídicas generales son marcos a ser aplicados frente a hechos concretos, ¿qué sentido histórico y real tendrían si no derivaran en un uso por parte de la comunidad jurídica? En este punto intervienen las normas jurídicas individuales en un lugar análogo al que le corresponde al habla en relación con la lengua.

Las sentencias se fundan en normas jurídicas generales, las cuales hacen comprensible el sentido que le atribuye un juez a ciertos hechos y que, además, son argumentos insoslayables que deben incorporar los jueces.

Por su parte, las normas jurídicas individuales posicionan las normas jurídicas generales en una instancia temporal concreta al señalar cuál es el sentido particular del reparto correcto que tales normas generales tienen frente a hechos individuales que se presentan al juez.

La influencia entre ambos tipos de normas es recíproca. Una es un marco de sentido, la otra es un sentido concreto frente a hechos particulares.Creo que esta visión permite obviar el constante interrogante acerca de, si consideramos a las normas como objeto de la disciplina jurídica, cuál de ellas es la más relevante. Ambas tienen un rol propio y la incidencia de una sobre la otra es mutua. Si ha de atribuirse un protagonismo mayor a un extremo en detrimento del otro no es por una diferencia ontológica, sino en virtud del punto de vista adoptado.

Dice Saussure: “Por todas estas razones sería quimérico reunir en un mismo punto de vista la lengua y el habla. El conjunto global del lenguaje es incognoscible porque no es homogéneo, mientras que la distinción y la subordinación propuestas lo aclaran todo” (Saussure, 2007: 71).

Esta frase pone en relieve la importancia de distinguir los tres niveles: lenguaje, lengua y habla. De entre ellos, el primero no es susceptible de estudio empírico pues es el principio de los otros dos. Precisamente, es mediante la dicotomía lengua y habla que puede llegar a conocerse algo del lenguaje.

La lengua es el grado más genérico de entre las manifestaciones del lenguaje en forma tangible y susceptible de estudio. Radica en la comunidad y se asienta en ella en forma pasiva, nadie puede modificarla por sí solo a la par que hace inteligible el habla.

El habla es la manifestación individual e implica el uso y las combinaciones que cada individuo realiza del lenguaje. De esta manera asienta a la lengua en una instancia histórica pero también la mueve paulatinamente hacia el cambio (2).

¿Qué queda para el Derecho en este marco? La pregunta ontológica acerca de qué es el Derecho o cuál es su esencia ha dado lugar a múltiples debates y es aún hoy el origen de problemas recurrentes, al decir de Hart (1963).

En adhesión a la propuesta de la escuela del realismo jurídico clásico puede afirmarse que éste es un concepto analógico que se manifiesta en diferentes realidades. Si se considera, como Javier Hervada, que la juridicidad se manifiesta en el reparto, entonces, al acercarnos a las normas jurídicas como objetos de estudio lo haremos a partir de pensarlas como concreciones de formas repartidoras.

Las normas jurídicas generales son abstractas y abarcan una multiplicidad de casos a los cuales les atribuirán sentido a partir de su entrada en vigencia. La norma general por sí sola no establece caso por caso una solución en particular, sino que éstas son provistas por las normas jurídicas individuales que concretan a sus jerárquicamente superiores en una instancia temporal específica.

Ambos tipos de normas coexisten, pero esta coexistencia no implica una colisión trágica y antagónica que, ante la pregunta acerca de qué tipos de normas son las que cumplen en mejor medida el ser del Derecho, apareje la obligación de relegar a una a un segundo plano. La interrelación entre los dos extremos es propia y necesaria de la existencia de cada uno de ellos.

Continuará

Notas1. El término de “depositarios” se debe a que Saussure describió a la lengua como un conjunto de acuñaciones depositadas en cada cerebro y la comparó con un diccionario cuyos ejemplares son repartidos entre los individuos.2. Las cuestiones estáticas y dinámicas de la lengua y el habla y su respectivo paralelismo con el ámbito jurídico constituyen otro tema de gran extensión. En virtud de ello, aquí se excluye su análisis. Una introducción a los aspectos más relevantes de este paralelismo puede ser consultado en Lell, 2014.

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