La Gaceta Jurídica

Periodismo de opinión entre el pasado y el presente, enfoque ético

El Señor Justicia

Carlos Conde Calle

00:00 / 26 de septiembre de 2014

Es demasiado escolástico sostener que dentro de los géneros periodísticos existen dos: informativos y de opinión. Siempre hemos sostenido, dentro de una línea democrática al margen de poses marxistas y postmodernistas, que en los géneros informativos (aunque no siempre ocurra así) los periodistas y presentadores de televisión deben informar sobre hechos como ocurrieron y no contaminar con las subjetividades de los mismos.

Para decirlo con palabras de Margarita Riviere, “los hechos se respetan; la opinión es libre”. En algunos medios, pero no en Paceñísima tv, se sigue mezclando la opinión con la información, cuando el hacerlo constituye una falta ética. Nuestro propósito es recuperar el espacio auténtico de los géneros opinión (editorial, artículos, columnas, reportajes y otros). Los últimos 30 años del siglo pasado, honorables periodistas cultivaban los géneros de opinión.

Retrotraigámonos en la historia, cómo olvidar la contribución de Raúl Salmón de la Barra quien, en el Informal, Anverso y Reverso, desplegaba sus opiniones y pareceres sobre los hechos noticiosos que se producían en el día. Me viene a la memoria un par de periodistas que, virtualmente evolucionaron el quehacer periodístico, Carlos Mesa y Cayetano Llovet (en algún momento conducían un programa juntos).

Tienen en común que ambos escribieron libros y tenían una sólida formación científica. Ambos tenían a su lado presentadores que leían las noticias tal cual ocurrieron; inmediatamente después, los dos en sus programas emitían sus opiniones que, por lo demás, tenían un cierto rigor académico y utilización de categorías políticas o jurídicas que al final generaban corriente de opinión. Ambos no eran temidos, sino respetados (Carlos Palenque era temido).

Uno y otro, por el rigor con que manejaban sus opiniones, generaban mucho respeto de propios y extraños. Curiosamente, ambos tradujeron sus opiniones en sendos libros. Por lo general, el autor de esa columna, no estaba de acuerdo con los argumentos de los “opinadores” (Mesa y Llovet) pero no puedo negar que sus opiniones eran muy bien sustentadas. No puedo olvidar las valiosas contribuciones en el género de opinión de Lorenzo Carri. Era una opinión certera y con una amplia legitimidad. Lorenzo no amenazaba ni insultaba, sin embargo, todos estaban atentos a sus criterios muy bien pensados en el periodismo deportivo,

El mismo padre Pérez quien, a pesar de no poseer sólidos conocimientos en Ciencia Política, por más de una década se erigió en un referente dentro del sistema político.

¿Qué pasa ahora? Especialmente en televisión no hemos visto irrumpir personas con similar o mejor calidad. Casi todos pueden ser considerados meros “opinólogos”;  sus criterios son superficiales al cultivar la pura doxa, dirá Platón. Nuestros presentadores, opinan sobre absolutamente todo sin preparación previa; son extremadamente soberbios, “ya que tienen respuesta para todo”.

Qué bueno sería que en el campo político, jurídico, económico o cultural copiaran lo que en el terreno de la música produce el periodista Vladimir Bravo. Inclusive en el pasado ninguno se acerca al episteme, pero sus opiniones eran serias. En la actualidad deben transcender de la opinión al genuino análisis. En estos tiempos postmodernos, v. gr., en el campo político se banalizó la cultura, así señalan al unísono Giovani Sartori, Pierre Bourdeau, Guy Debord o Mario Vargas Llosa.

Al parecer pretenden reproducir lógicas del pasado, es decir, los comunicadores desean construir una “corriente de opinión”. Es normal el deseo, pero debemos afirmar que no existe una sola opinión pública; en plural existen disimiles y varias opiniones públicas. El público es heterogéneo, al parecer no advierte que, en la construcción de líderes de opinión, se debe tener autoridad.

La autoridad tiene relación con el alto grado de legitimidad y consenso que puede lograr un líder de opinión. Son tiempos difíciles porque para lograr consenso hay que tener autoridad, no hay que descartar que se debe poseer un mínimo de carisma. La autoridad constituye el reconocimiento social, es decir que nuestros oyentes o televidentes vean en al líder de opinión dotado de un aurea inconfundible. Se requiere que el liderazgo se construya cada día.

Lograr el consentimiento de la sociedad es la tarea más difícil. Muchos querrán seguir los pasos de Raúl Sálmon, Carlos Mesa, Cayetano Llovet o Eduardo Pérez. Su base está en el conocimiento y, por supuesto, el “conocimiento es poder”, como sostiene Alvin Toffler en su libro La Tercera Ola. En siglo XXI, sería imposible que el presentador que pretende ser líder de opinión se aleje del EPISTEME (ciencia). Por tanto, la AUTORIDAD no tiene nada que ver con el AUTORITARISMO.

La autoridad se construye, en tanto el autoritarismo se impone. Por ende, para ser un líder de opinión y generar “corriente de opinión” se debe ganar la autoridad.

Debo sostener que tener autoridad para quienes nos leen es tarea difícil. A manera de ejemplo, la pregunta básica es: ¿cómo tener autoridad intelectual? Que el periodista-presentador por lo menos escriba ensayos, monografías o libros sobre algún área del conocimiento científico.

Dicho de otro modo, ¿qué autoridad podría tener en materia política si no es licenciado en Ciencia Política? Esto vale para el área jurídica, seguridad, ciudad, cultural, deportes o música. Vladimir Bravo es una autoridad intelectual en materia musical, ¡Digan lo contrario!

También debemos afirmar que el presentador que pretende ser líder de opinión y quiere erigirse en autoridad moral, que se presenta todos los días con la moralidad acrisolada e incorruptible, debe serlo o aparentarlo. Este periodista debe revisar su pasado y presente y estar convencido de que nunca cometió una falta moral. No conozco persona con estas condiciones.

Si existe un conductor de televisión con una alta moral, de seguro puede constituirse en líder de opinión; pero bastará un traspié en su vida y se le caerá la estantería y nadie le creerá. En consecuencia, presentarse como líder moral no es tarea fácil, a menos que tenga la capacidad de mentir. Si un líder moral está habilitado para afirmar que una política pública es “buena” o “mala”, ¿por qué cuando nos atrevemos a calificar lo malo o bueno de una conducta de nuestras fuentes informativas entramos en el terreno moral?

Si se presenta cómo autoridad política es mucho más grave, porque, primero que nada, debe probar que no fue ni es un militante de partido político. Debe probar que maneja las categorías y métodos para analizar los hechos políticos con mucho rigor. Si no lo hace, difícilmente, puede ser líder de opinión.

Si el periodista OPINA sobre hechos políticos seguramente que una afirmación o negación suya molestara a oficialistas y opositores; v. gr, si sostengo que los ancianos son maltratados por el Gobierno seguramente los opositores aplaudirán mi posición, pero causaré rechazo y hasta repulsa del oficialismo. Pues bien, si el presentador-periodista ha decidido tomar partido y empieza a dar normas de comportamiento, con seguridad, gustará a unos y no a otros. En esas condiciones, ¿se puede ser líder de opinión? Por supuesto que es muy difícil.

Eso no es todo, si me empeño en ser líder de opinión y manipulo los hechos me parcializo con una de las fuentes o no manejo con rigor categorías científicas, por supuesto que cometo graves faltas éticas. No puedo usar un medio para imponer mis ideas. Puedo proponer ideas y si éstas tienen la capacidad de legitimación y generar consenso, está bien.

La tarea es muy compleja y, nos guste o no, tiene que ver con la ética. Curiosamente, como ejemplo, en la acción comunicativa y en la política cuenta la ética, pero no en la dimensión del  periodismo. Max Weber afirma que “cuando un hombre está en la acción política es como si éste hubiere pactado con el diablo”.

Es experto en Derecho de la Información.

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